La rabia de Juan Marsé contra una Cataluña victimista, emocional y provinciana
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La rabia de Juan Marsé contra una Cataluña victimista, emocional y provinciana

El escritor barcelonés, fallecido el pasado 18 de julio de 2020, dedicó parte de sus últimos meses a corregir sus 'Notas para unas memorias que nunca escribiré' (Lumen),

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Detalle de portada

En estos últimos tiempos uno podría pensar en el escaso respeto a esos muebles de los escritores difunto que podrían contener milagrosos manuscritos inéditos esperando la muerte de sus autores para ver la luz. Con Juan Marsé tenemos una excepción. El escritor barcelonés, fallecido el pasado 18 de julio de 2020, dedicó parte de sus últimos meses a corregir, una de sus mayores pasiones literarias al considerar un texto siempre mejorable, 'Notas para unas memorias que nunca escribiré' (Lumen), recopilación de un particular diario de 2004 y anotaciones esparcidas en otros cuadernos durante el pasado decenio, cuando el 'procés' y la conciencia de ingresar en el otoño vital supusieron verdaderos quebraderos de cabeza para el maestro de 'Un día volveré'.

En el prólogo a esta edición Ignacio Echevarría insiste en este carácter de trabajo de cara a la posteridad de Marsé, quien mientras escribía su experiencia diarística se preguntaba en ocasiones si esas palabras tenían algún valor más allá de la anécdota de escribir jornada tras jornada en una agenda con espacio muy reducido para recoger sus impresiones, por lo demás aún más escaso por los dibujos y collages del gran amigo de Jaime Gil de Biedma, quien asoma a lo largo desde estas páginas desde la nostalgia del recuerdo y la, otrora, inminente biografía a cargo de Miguel Dalmau, arruinado en su contenido al considerar al poeta de 'Las personas del verbo' como un maldito en conflicto consigo mismo cuando, según su mejor camarada, era un ser encantado en pleno disfrute de conocerse.

Foto: Marsé en El Carmelo en los años 60

Si hiciéramos caso a estos fragmentos 2004 fue un annus horribilis para Marsé, pero tampoco hay ningún rastro de ellos en los escritos de su libreta, pues si bien los acontecimientos históricos fueron terribles, de los atentados de Atocha al desastre del tsunami navideño, ninguno hizo suficiente mella en una personalidad enfocada durante estos doce meses al enorme reto de adaptar el guion cinematográfico de 'Canciones de amor en Lolita’s Club' hasta convertirlo en una novela con pies y cabeza. A la postre la película fue dirigida por su malquerido Vicente Aranda, siempre desgraciado en la labor de trasladar la prosa al séptimo arte, omnipresente en ambos sectores del manuscrito al ser el protagonista de los mismos un declaro devoto del cine, sobre todo el norteamericano, tan triunfal como para inmolarse, transcribo literalmente, por culpa de la tecnología.

El día a día de un escritor

Marsé tenía setenta y un primaveras, vivía en las proximidades de la Sagrada Familia e intentaba desarrollar una rutina más bien convencional. Lo de Lolita’s era lo primero, pero mientras tanto consta con frecuencia el inicio de sus mañanas, de casa al desaparecido bar Crema de la calle Valencia, previo paso por la papelería Mariví para comprar su verdadero despertar, tres periódicos de distintas ideologías, todos ellos ideales para cabrearse con los redactores y sacar una bilis luminosa para la prosecución de las horas, en demasía interrumpidas por su generosidad, pues si bien era reacio a conceder entrevistas a muchos periodistas era amable en grado sumo con los estudiosos residentes o de paso, empeñados en consultarle para trabajos académicos, tesis doctorales o investigaciones de otro calado.

Compraba tres periódicos diarios de distintas ideologías para cabrearse

El otro bálsamo para derrotar la monotonía era su nieto Guille, obsesionado en su más tierna infancia con los superhéroes como Batman y muy serio al comentar la etimología de Sudamérica, según él debida al ingente sudor de los habitantes de esos territorios. Marsé aborrecía sobremanera los actos sociales vinculados con la literatura, circos de frivolidad repletos de hipocresía y una serie de coordenadas cada vez más banalizadas hacia una desnaturalización del libro. A nadie debería coger por sorpresa esta apreciación, subsanada en su entorno por las copas en el Majestic con Joan de Sagarra, Javier Coma y otros sospechosos habituales ya aquejados de muchos males sin por ello renunciar al whisky entre risas.

placeholder 'Notas para unas memorias' (Lumen)
'Notas para unas memorias' (Lumen)

Lo literario en el diario tiene muchos matices. A nivel de crítica para con sus semejantes no dejan de fascinar las pullas indirectas a, entre otros, Enrique Vila-Matas por metamorfosear, nunca mejor dicho, a Kafka en un escritor para escritores. Más tarde, en sus apuntes dispersos, la sensación de estar hasta las narices ante nuevos conceptos como autoficción o metaliteratura saltarán más a la vista desde una furibunda defensa de la ficción en sí, más verosímil que la misma verdad, sin tantas florituras y directa a la mente del lector. Al fin y al cabo Marsé, hijo del celuloide, era un artesano de lo suyo y si algo le dolía era el manoseo de su profesión y el daño de observar cómo el presente juega a una nada de estereotipos, y así intuía su destino futuro una vez no estuviera entre nosotros desde la comparación con sus compañeros generacionales como Manuel Vázquez Montalbán o Terenci Moix, caricaturizados para ceder su talento a la amnesia y aprovechados desde una rebaja de todos sus testamentos, íconos vacuos para confeccionar hegemonías culturales con Juan Goytisolo, la manía de Marsé hacia este y Luis era legendaria, erigido en pope de sí mismo para propiciar el sempiterno hartazgo del Cervantes de 2008, ansiado galardón y breve causa de desasosiego en 2004, cuando fue candidato y la palma recayó en Rafael Sánchez Ferlosio.

Manual de equidistancia

Esta sensibilidad para con su tarea implica una revisión perpetua de lo anterior, una sana reflexión en torno lo realizado. Estas 'Memorias que nunca escribiré' tienen múltiples niveles de lectura, para algunos serán una mera reunión de vocablos, y si los ven sin unidad errarán por distintos motivos, desde el olvido de la exigencia cotidiana hasta la posibilidad de contemplar un pensamiento maduro. En lo relativo a la literatura algunos detalles son fascinantes, como su empecinamiento pesadillesco en la memoria del asesinato de un gorrión en 1975, la mirada del pájaro fijo antes de recibir el disparo definitivo, o la aclaración del auténtico significado de las Aventis de su obra cumbre en lo técnico, 'Si te dicen que caí', compleja a nivel estructural porque las aventuras contadas por los chavales de las Ánimas son ficciones orales para configurar una mayor, y al estar enhebrada la novela de rumores, habladurías, invenciones y sueños resulta casi imposible desgranar entre lo real y los embustes de esos pobres desgraciados de la posguerra barcelonesa.

placeholder Juan Marsé (EFE)
Juan Marsé (EFE)

Otro gallo cantaría para nuestra centuria. En 2004 Marsé no tiene alguna esperanza sobre la suerte de Cataluña y España. En el Principado el primer tripartito acababa de derrotar en las urnas a Convergència, y el Pacto del Tinell, ahora demonizado, había suscitado anhelos de cambio entre un porcentaje cuantioso de la población. La indigencia política de Josep Lluís Carod-Rovira al pactar con ETA dilapidó cualquier atisbo de virar el rumbo, viable en España por las mentiras de José María Aznar y Ángel Acebes tras esa mañana de jueves, en vísperas de las elecciones del 14 de marzo, de inesperado triunfo para el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero, quien meses atrás prometió durante un mitin en el Palau Sant Jordi apoyo al Estatut aprobado por el Parlament.

Marsé afirma ser español y catalán sin ejercer de ambos porque su única patria es la ficción literaria

Marsé tenía en la cabeza, y por eso podía ser demoledor, la estructura del Estado español y la autonomía catalana. Poco después de su muerte algunos escritores y escritoras en lengua catalana, así como medios de comunicación públicos, optaron por arremeter contra el gran novelista de Barcelona, a leguas de distancia de Eduardo Mendoza, desde lo cretino de querer otorgarle una nacionalidad en las letras, cuando estas no suelen entender de banderas, sino de amores y Cultura con mayúsculas. De hecho, al principio de una de las libretas este hombre de orígenes humildes como Joan Manel Serrat afirma ser español y catalán sin ejercer de ambos porque su única patria es la ficción literaria.

Parásitos

Para estos parásitos llamar a Marsé catalán con sus cenizas calientes era ofensivo, y por eso se emplearon expresiones delirantes como escritor barcelonés en lengua catalana. Desde ese bando se le ha demonizado como enemigo de los soberanistas, cuando sus puntos de vista eran reacios a las dos posiciones enfrentadas al ser igual de mediocres. José Ignacio Wert quería catalanizar las escuelas y Pujol, Mas y Puigdemont, a quién Marsé imagina en una oficina de patentes para reclamar la de su peinado, representarían un país excluyente, patriotero, insolidario y beatorro, esto último gravísimo para quien detestaba, por encima de cualquier cosa, a curas, iglesias y monsergas carpetovetónicas.

Estas impresiones son de octubre de 2010 y trazan un preludio de lo venidero de 'sentiments y centimets', sentimientos y centimitos. El 17 de septiembre de 2015 atina al citar a Orwell y aquello de los nacionalistas obcecados por la creencia de modificar el pasado. En junio de 2017, en esos tensos intantes anteriores al desbarajuste de las leyes desconexión y el primero de octubre, arremete contra Pep Guardiola, un chico antaño listo, esputa contra los carnés de buen catalán y arrasa con estrépito al diseccionar lo corrompido de los discursos independentistas al falsear el significado del lenguaje, prolegómeno para distorsionar más aún la realidad de una Cataluña ensimismada, victimista y carca, fabricada por políticos incompetentes y gorriones amparados desde una sobredosis de emocionalidad provinciana, bien auspiciada por Tv3 y otros entes, a priori objetivos.

En sus notas disecciona lo corrompido de los discursos independentistas

La rabia es más tremenda desde la senectud. El día de su ochenta y cinco cumpleaños rememora su adolescencia, cuando salía a la calle y merodeaba por el barrio a la espera de dar con algún falangista y pitorrearse de sus montañas nevadas y su guardia en los luceros. En 2018 le agradaría tratar de frente a un independentista catalán, pero no se encuentra con ninguno, sólo los maldice y los ve en la tele, otra monstruosidad destructora de la inteligencia, maltratada no sólo desde desfiles y crispaciones, sino también por los críticos literarios, muchos de ellos descalificados como sólo sabía hacerlo Marsé, con mala leche proletaria y un ardor guerrero, como si sesenta años después del fragmento de 'Últimas tardes con Teresa' tuviera fichados a los sucesores de los señoritos de mierda y quisiera azotarlos hasta su último suspiro, el mismo que nos deja huérfanos de ese activismo espontáneo de justiciero objetivo, enemigo de tanta múltiple desolación firme y suelta hasta auspiciar un torbellino de aludes pasivos.

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