CRÓNICA CULTURETA

Glenn Gould: el mejor (y dañino) ventrílocuo de Bach

Sony publica la exhaustiva discografía que el pianista canadiense consagró al compositor germano y que vuelve a suscitar un ataque de mitomanía

Foto: Glenn Gould al piano.
Glenn Gould al piano.
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Siendo el mejor artífice del piano, Glenn Gould (1932-1982) ha sido a la vez un pianista dañino. Y no porque lo pretendiera. El malentendido que representa su reputación estrafalaria y la tentación de imitarlo en la mera superficie ha destruido a generaciones de músicos abrumados por los complejos y abrasados en el trance de la emulación. Incluso ha aniquilado a algunos pianistas de ficción, como Wertheimer, protagonista de la novela que Thomas Bernhard dedicó a Gould para desmentir la morbosidad y defenderlo de los esnobs que aún lo acosan.

No tolera Bernhard en las páginas de 'El malogrado' la versión de la caricatura victimista con que pretende discapacitarse a Gould. O sea, el retrato de un hombre atormentado por los barbitúricos, un sujeto extravagante que se dolía delante del teclado, que recubría sus nudillos con guantes, que jadeaba en sus interpretaciones y que abjuró de la sociedad para aislarse como un eremita en un estudio de grabación.

Y no pueden negarse semejantes evidencias, pero Thomas Bernhard, con acierto, las subordina a la naturaleza creativa del 'monstruo' canadiense. Y a su genialidad, mucho más representativa de cuanto pueda resultarnos el requisito mitificador de la muerte prematura a los 50 años y de cuanto pueda impresionarnos su retirada de los escenarios cuando únicamente había cumplido 32.

La espantada no expone tanto la misantropía como la sociopatía, aunque Glenn Gould renuncia a las convenciones profesionales de sus colegas porque le agotan la rutina, los viajes, las obligaciones horarias, los 'hooligans', las tiranías comerciales, "la histeria extramusical que rodea a los conciertos". Para sustraerse a ella, Gould descubre el hábitat del estudio radiofónico. Un 'laboratorio' donde él mismo puede exponerse a deshora. Un santuario donde encuentra la penumbra y la inspiración. Un espacio sagrado donde adquiere las aptitudes o las facultades de un médium. Especialmente cuando se trata de invocar, de convocar, el espíritu de Bach, protagonista estos días de una reedición, de un cofre, de un tesoro, cuyo inventario aglutina 38 CD y seis DVD (Sony). Es la versión definitiva. Y la prueba de que Gould era un tipo divertido, cálido, carismático. Hizo 'shows' televisivos. Y hasta parodias de sí mismo. Un contrapeso mundano al encuentro místico de Bach. La fuga. En sentido musical. Y en sentido alegórico. Bach fue para Gould el punto de fuga, su mejor escapatoria, la escalera metafísica. Y la razón por la que el maestro y el intérprete nos parecen juntos, reunidos, no ya música de vanguardia, sino música intemporal.

Bach fue para Gould el punto de fuga, su mejor escapatoria, la escalera metafísica

El punto de vista de Gould sobre Bach no excluye otras posibilidades, pero sí refleja la más íntima, fundamentalmente, porque el pianista canadiense encuentra al patriarca de Leipzig dentro de sí mismo.

Para llegar a Bach, Glenn Gould tiene que ser Glenn Gould. Y más alcanza a conocerse por dentro, más se acerca a las dimensiones metafísicas de la partitura. Glenn Gould encuentra a Bach hasta cuando interpreta a otros compositores. Es el aleph. Es la gota de agua que contiene el océano. De hecho, Gould no interpretaba nada. Sus 'Variaciones Goldberg' son una correlación que aspira a sobreponerse incluso a las limitaciones materiales del piano. Lo escribe Bernhard: "Glenn, durante toda su vida, quiso ser el Steinway mismo, odiaba la idea de estar entre Bach y el Steinway solo como mediador musical, y de ser triturado un día, según él: 'quedaré triturado entre Bach por un lado y el Steinway por otro".

Tarareaba el pianista la música. Y hacía ruido con ese taburete que le construyó su padre segando, como si fueran las ramas de un fresno, las patas de una silla plegable. Quedaba el pianista a 36 centímetros del suelo. Y precipitaba la sensación de que los brazos de Gould se extendían sobre el teclado como las alas de un ave noble.

Los herederos han comercializado la réplica del asiento. Y, lo que es mucho peor, sus epígonos, sus colegas, han incurrido en el error de usarla, trivializando el fenómeno interpretativo a la ridícula imitación de unas excentricidades particulares y de unos hábitos dramatúrgicos.

Gould es un mal ejemplo. Un artista tan atípico que decidió incluso construir su carrera renunciando al gran siglo del piano. Solo las excepciones de Beethoven y de Brahms matizaron su resistencia al XIX. Gould detestaba a Chopin y renunció a Schubert. Concedió unos minutos a Schumann. Hizo de Grieg una cajita de música.

"Este chiflado es un genio", proclamó el maestro George Szell cuando compartieron un concierto en Cleveland

A cambio, nos demostró que Bach estaba fuera del espacio y del tiempo. Solo Gould podía grabar dos veces las 'Variaciones Goldberg'. Discrepar de su criterio. Y desconcertar a quienes consideraban irrepetible el hito de 1956. No hablamos de los esnobs. Los esnobs solo han escuchado la primera variación. Igual que Hannibal Lecter en 'El silencio de los corderos'. Qué mejor música para un refinado antropófago de cuanto pueda serlo la desfiguración de un tópico cultural. Un enfermo del síndrome de Asperger, un neurótico, un hombre desgarrado. "Este chiflado es un genio", proclamó el maestro George Szell cuando compartieron un concierto en Cleveland.

Hubiera sido mejor decir que Gould fue un genio antes que un chiflado.

Un canadiense fornido, divertido, entrañable, cuya personalidad se nos escapa cada vez que aspiramos a definirlo, a contenerlo. Más sabemos de él, menos lo conocemos. Y sucede así porque nos hemos equivocado de método. Para conocer a Gould, solo hay que escucharlo. Descubrir que cuando Glenn Gould toca a Bach ha logrado, por fin, la desaparición del Steinway.

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