Crónica cultureta

Éric Vuillard se “radicaliza”: más breve, más intenso, más nuclear

El escritor francés publica una pequeña gran novela que alude a los procesos religiosos más convulsos del siglo XVI y que se resiente de una mercadotecnia bastante oportunista

Foto: El escritor francés Éric Vuillard. (EFE)
El escritor francés Éric Vuillard. (EFE)

Ha aparecido en las librerías la última novela de Eric Vuillard, aunque cuesta trabajo clasificarla como novela -quizá relato- porque no se ajusta a los mínimos homologables del mercado y de la convención. Reunir, reúne 94 páginas, pero el tamaño de la letra, el abuso del interlineado y el recurso de las páginas en blanco “adulteran” el libro de Tusquets y lo transforman en una pieza de orfebrería. Por la calidad de la obra, de acuerdo. Y por el precio. He pagado 14 euros. Y no he querido calcular a cuánto me sale la palabra. Casi como el divorcio de Jeff Bezos.

'La guerra de los pobres'
'La guerra de los pobres'

Ni lo voy a hacer, calcular el precio de la palabra. Las gentes de la cultura somos gastonas, desprendidas, incluso manirrotas, aunque el experimento de Vuillard predispone el debate de la brevedad y de la megalomanía. ¿Hay una medida en la obra literaria?

Ya que de autores franceses hablamos, se declara uno muy partidario de las obras breves de Patrick Modiano y de Jean Echenoz, pero es cierto, al mismo tiempo, que los libros definitivos de nuestras vidas, por poco que valgan vuestras vidas, ocupan bastante espacio y lugar en las estanterías. No ya la 'Odisea'. O los demás libros sagrados. Se me ocurren 'El Quijote'. Y 'Guerra y Paz'. Y con más énfasis todavía 'Moby Dick', la novela de todas las novelas, en sus momentos trepidantes y en los de sopor, más o menos como si el camino hacia el clímax, ocurre con las óperas de Wagner, necesitara episodios de rutina y hasta de sopor.

Digamos que hay obras que requieren de nosotros un mayor esfuerzo. Y admitamos que la recompensa es mayor cuando más atención, concentración e implicación nos exigen. Bien lo saben los alpinistas que coronan el Everest, aunque últimamente se amontonen en la cima del mundo demasiados héroes que persiguen el camino del éxtasis.

En favor de Tolstoi y de la megalomanía mantengo sin titubear que el tiempo y el espacio son nociones psicológicas. Y puedo garantizar que el melómano comprometido y sensible, como el lector que tiene entre sus manos el serial de 'En busca del tiempo perdido”', no quiere nunca que terminé “Tristán e Isolda cuando” ya se adivinan los últimos compases del Liebestod.

Se trata de respirar de una manera, de leer de una manera. Claro que hay tostones insoportables de mil páginas, como hay novelas insufribles de 94 páginas

Se trata de respirar de una manera, de leer de una manera. Claro que hay tostones insoportables de mil páginas, como hay novelas insufribles de 94 páginas. Y no me refiero en este caso, ni mucho menos, a 'La guerra de los pobres' de Eric Vuillard.

Me ha gustado mucho más de lo que pensaba, sobre todo porque temía que la crónica de la revuelta campesina bajo el yugo del Sacro Imperio Germánico fuera a convertirse en una trampa de diseño para extrapolar a nuestro tiempo la dialéctica del oprimido y del opresor.

Me ha gustado mucho más de lo que pensaba, sobre todo porque temía que la crónica de la revuelta campesina bajo el yugo del Sacro Imperio Germánico fuera a convertirse en una trampa

Lo temía porque así incluso lo anuncia la propia contraportada del libro y lo hacen algunas entrevistas que ha concedido el autor, entiendo que obligado a darle una pátina de actualidad -los chalecos amarillos, la desiguladad cronificada- al conflicto de las reformas y contrarreformas religiosas que sacudieron Centroeuropa en el siglo XVI. Imagino que ha prevalecido la mercadotecnia y el oportunismo, no vaya a asustarse el lector con la exhumación de un líder espiritual, Thomas Müntzer, que lideró desde el providencialismo y la fatalidad la revuelta del campesinado alemán entre 1524 y 1525 frente a los príncipes tiránicos.

Es difícil escribir 1.000 páginas con tensión y puede que sea tan difícil o más escribir 94, incluso con una tipografía dopada y adulterada. Vuillard concibe una crónica de enorme intensidad, a veces lírica, en ocasiones épica, pero también irónica y de excelente plasticidad.

Observaciones a Iglesias

Ya me estoy imaginando a Pablo Iglesias salivando cuando lea las entrevistas justicieras de Vuillard. Y adhiriéndose al ardor del pueblo oprimido, naturalmente haciendo de esta guerra de los pobres la guerra de todas las guerras y los pobres de todos los pobres.

Pero me voy a permitir un par de observaciones al vicepresidente del Gobierno y a su papel de prescriptor cultureta. La primera es que Vuillard hace muy buena literatura de un episodio histórico al que incorpora su propia imaginación y sus correspondientes libertades.

Y la segunda es que si hubiera que extraer conclusiones metaliterarias al servicio de la coyuntura, haría bien Iglesias o el Papa Francisco, suponiendo que no sean la misma persona, en tener presente que este estupendo opúsculo tanto expone la postergación recurrente de las clases humildes como desenmascara a los profetas temerarios y populistas, así como los mecanismos emocionales con que puede embaucarse al “pueblo”.

Este estupendo opúsculo tanto expone la postergación recurrente de las clases humildes como desenmascara a los profetas temerarios y populistas


Thomas Müntzer fue uno de ellos, especialmente cuando se olvidó de la tolerancia Cristo para reencarnarse en la cólera de Dios con su hacha justiciera y su sed de sangre y de venganza. Spoiler: terminó decapitado y expuesto al escarnio y escarmiento de sus propios feligreses.

Thomas Müntzer
Thomas Müntzer

Es el destino de los falsos profetas y de algunos de los más auténticos, pero no es necesario leer 'La guerra de los pobres' desde una implicación política ni buscando conexiones de actualidad. El mayor interés consiste en la experiencia literaria, en el placer del minimalismo y en las emociones que pueden suscitar estas 94 páginas de letra gorda y papel espeso.

Vuillard ha escrito una grandísima pequeña novela. No cumple con las expectativas de quien espera celebrar entre sus manos un manual de propagandismo marxista. Y esa es su virtud. La literatura por la literatura. La obra nuclear y esencial. El placer de leer y de lamentar, acaso, que esta pequeña gran obra maestra termine tan pronto.

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