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'Vernon Subutex': el día siniestro en que a la generación X se le acabó la fiesta

La serie que adapta la clarividente trilogía de Virginie Despentes aterriza en Filmin. La lectura que se hace de ella tras la crisis de la covid es, todavía, más desoladora

Foto: Vernon Subutex, un perdedor. (Filmin)
Vernon Subutex, un perdedor. (Filmin)

¡Eh, tú, no te confundas! Que yo no soy un perdedor. Que yo he sido lo más grande, que yo me he encamado con tías que ni imaginas que existen, de esas que no andan, sino levitan, que a mí me conocía toda la ciudad, me reverenciaban, se dejaban la piel de las rodillas implorando una palabra mía. Que no te equivoques. Que fui parte de aquello. Que yo vi nacer el punk, que era el más duro entre los duros, que este diente que me falta, ¿lo ves?, me lo partió un 'bo-bo' de un cabezazo. Que nosotros, no como vosotros, éramos contestatarios, éramos divertidos, follábamos y follábamos y sabíamos qué era lo bueno, lo bonito, lo especial. Escucha estos acordes, ¿lo oyes?, no se ha vuelto a hacer nada igual. Ahora todo es feo, triste, comprable. A nosotros no nos compraba nadie.

Cuando Virginie Despentes publicó en 2015 el primer volumen de 'Vernon Subutex', aquellos cincuentones se dieron cuenta de que la fiesta hacía tiempo que se había acabado y que todos se movían a oscuras como zombis, sin una música más allá de la que sonaba dentro de sus cabezas. La generación X se miró en masa a ese espejo literario para ver que se habían convertido en aquello que más odiaban: sus padres. Pero, a diferencia de papá y mamá, que siempre soñaron con un techo seguro, un lecho confortablemente conocido y unos hijos a los que poner en vereda, ellos pensaban que serían eternamente jóvenes e inconformistas. Que nunca tendrían que peinar cortinilla para taparse el cartón, que las amigas de sus hijas les guiñarían el ojo –estoy seguro de que me ha guiñado el ojo– y que si caían, siempre volverían a ponerse en pie.

'Vernon Subutex', el DJ más 'cool'... hace 20 años. (Filmin)
'Vernon Subutex', el DJ más 'cool'... hace 20 años. (Filmin)

Llegaron los otros dos tomos de la trilogía. Y ahora Filmin estrena la serie que los adapta –sin llegar al nivel del verbo de Despentes–, nueve capítulos dirigidos por Cathy Vernay y protagonizados por Romain Duris. Y si el bofetón en 2015 fue duro, cinco años después y con una crisis sistémica provocada por una pandemia la lectura es, todavía, más pesimista. Cuando Despentes parió a su protagonista, Vernon, pensó en su propia generación, en todos aquellos que habían vivido su adolescencia en los felices 80, cuando las tiendas de música eran un negocio rentable y la ciudadanía no veía en un desconocido cualquiera la amenaza de un delito potencial. Hace 20 años, Vernon (Duris) fue un conocido DJ, dueño de Revólver, la tienda de discos que servía de punto de encuentro de todos aquellos que querían triunfar al margen del sistema.

Hace ya años que Vernon cerró la tienda y que no ingresa ni un duro. Ha aprendido a sobrevivir escaqueándose, pero debe miles de euros a su casero y le acaba de echar a la calle. Pero es algo transitorio. Él no es un sin techo. Los sin techo son gente de otra pasta, que nacen para serlo. Él no es así. Él es alguien. Él tiene amigos. Amigos famosos. Como Álex Bleach (Athaya Mokonzi), un cantante en horas bajas, pero que todavía atrae a su séquito de fans y reporteros. Álex, su amigo Álex, será esta vez su tabla salvadora. Él, en parte, le debe haberse empapado de toda esa música que le dejó escuchar en su tienda. Él ha sido su amigo más antiguo, su apoyo incondicional. Pero, esa noche, su esperanza se desvanece y se ve abocado a pedir asilo al resto de amigos sin confesar, eso sí, su condición. Porque en esta vida puedes serlo todo, menos un perdedor.

Despentes tuvo la gran idea de retratar la desintegración y la lucha por la supervivencia de la clase media a través de un 'pulp' en el que una muerte desencadena una investigación, que tan sólo sirve como espina dorsal para llegar a la conclusión de que aquí sólo se trata de sobrevivir. Cada uno utiliza sus estrategias, más o menos lícitas, pero lo que importa es mantenerse a flote.

A través de su protagonista –y de la estupendísima banda sonora que nos recomienda– la serie reflexiona sobre un modelo social que, tarde o temprano, expulsa al inadaptado. Los amigos de Vernon, aquellos que quemaban la noche de París, viven agarrados, como él, al recuerdo de quienes fueron 20 años atrás. Algunos han logrado estabilidad económica gracias a lucrativos matrimonios desapasionados, otras se han convertido en aquello que siempre quisieron sus padres, aquello que les causa ansiedad para atiborrarse de frustraciones cada noche, otras que fueron entonces las más deseadas mendigan toneladas de amor y sacrificarían a su hijo primogénito –todos los hombres las abandonan por otra mujer más joven– por volver a sentir el poder que tenían entonces. Otros, quienes cuando vestían granos gritaban 'fuck the sistem', ahora se calzan el fachaleco antes de votar a Le Pen. Y los hay con más suerte: los que están muertos y nunca verán cómo su mundo ha desaparecido.

Céline Sallette es La Hiena, que recuerda en muchos aspectos a Despentes. (Filmin)
Céline Sallette es La Hiena, que recuerda en muchos aspectos a Despentes. (Filmin)

El mundo se transforma, incluso cambia de género. Mujeres que son hombres. Las hijas de las estrellas porno leen noche y día el Corán. En las altas esferas huelen el miedo. No les hace falta mirarte para saber si te quieren o no. Cannes, el mercado del cine. Pero también de la carne, de los egos. Deglute y vomita. "Ése tipo de ahí no sabe que éste es su último Cannes; mañana le salpicará un escándalo de zoofilia", advierte La Hiena, el personaje más pragmático (sexy) y amoral –su credo es el dinero– de toda la serie, cuyo trabajo es crear y destruir reputaciones.

Tras la pandemia, 'Vernon Subutex' adquiere un tinte más siniestro. No es descabellado hilvanar la desaparición de las tiendas de discos con la de otros cientos de trabajos que se estan quedando rápidamente obsoletos. Los techos y los suelos se esfuman, la sociedad del bienestar deja paso al malestar. Desahuciados, expulsados y sin capacidad de reciclarse, sólo queda la opción de mendigar o estafar al sistema. Pero, ante todo, que nunca se enteren de que eres un perdedor.

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