CRONICA CULTURETA

Cuando los García fundaron... Europa

Orlando Figes publica un fabuloso ensayo que recrea los orígenes de la identidad cultural del continente a partir de la revolución del tren y del impulso de una familia de cantantes españoles

Foto: Retrato de Pauline Viardot, por Ary Scheffer (óleo sobre lienzo, 1841)
Retrato de Pauline Viardot, por Ary Scheffer (óleo sobre lienzo, 1841)

Los García revolucionaron Europa. Empezando por el patriarca. Manuel (1775-1832). Compositor. Y cantante superdotado. Le correspondió estrenar en Roma 'El barbero de Sevilla', de tal manera que los vaivenes de la ópera de Rossini se convirtieron en la banda sonora del continente europeo y en un insólito argumento aglutinador. Su música se tarareaba en Milán y en San Petersburgo. En Viena y en Madrid.

No ya por la amabilidad y luminosidad del repertorio, sino porque Rossini se adhirió a las revoluciones contemporáneas. Ninguna más evidente que la invención del ferrocarril. La abolición del espacio, la victoria del tiempo. Europa se comunicaba. Y entretejía una identidad cultural, cosmopolita, que bien puede contarse desde la perspectiva de los García.

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Manuel era el padre. Y las hijas fueron María y Paulina. No las conocemos por el apellido del patriarca. Las identificamos por el de sus esposos. Malibrán y Viardot. La primera murió muy joven, víctima de un accidente ecuestre, pero llegó a tiempo de convertirse en la máxima estrella continental de la ópera. Una personalidad emancipada, una mujer a contracorriente, dionisiaca, que escandalizó a la prensa del corazón, entre otros muchos corazones. Y que hizo de 'Norma' su testamento.

Norma fue la última palabra que se le atribuye a Paulina en su lecho de muerte. O a Pauline. Murió ya anciana en su casa de París (1910) y evocó en la agonía la ópera de Bellini. Porque ella misma se había convertido en reencarnación de su hermana María. No solo por razones vocales. También en los rasgos de una mujer revolucionaria que sedujo a la sociedad parisina y que se colocó en la locomotora de la mixtificación.

Pauline no era guapa, más bien fea. Pero sí era irresistiblemente atractiva

Lo demuestra el poder de convocatoria de su salón. Tanto asistían Gounod y Berlioz como lo hacían Flaubert o Delacroix. No era guapa, más bien fea. Pero sí era irresistiblemente atractiva. Que se lo digan a Ivan Turgenev. El escritor ruso la conoció en San Petersburgo cuando él tenía 22 años. Y no pudo separarse de ella hasta el día de su muerte.

El único inconveniente, llamémosle así, consistía en que Pauline estaba casada. La había desposado un hombre mucho mayor que ella, el periodista y empresario Louis Viardot, pero el ménage à trois se hizo camino, hasta el extremo de que Turgenev terminó viviendo en la mansión parisina del matrimonio, tolerado como amante y respetado como agitador intelectual.

'Los europeos' (Taurus)
'Los europeos' (Taurus)

El trío protagoniza y ameniza las 666 páginas de 'Los europeos' (Taurus), un exhaustivo ensayo de Orlando Figes cuya tesis consiste en demostrar que el ferrocarril, la ópera, el capitalismo, la emancipación de los artistas (y los García) transformaron el continente y predispusieron su propia identidad. No por razones geopolíticas, sino porque la revolución de las nuevas tecnologías -el telégrafo, la fotografía, la impresión industrial...- predispuso el abatimiento de las fronteras y generalizó el trasiego de los artistas.

Los había que se desplazaban en tren de extremo a extremo de Europa, como los García, y los había que no tenían que moverse de casa: la velocidad de las comunicaciones adquirió un efecto multiplicador en la difusión y traducción de la literatura, aunque la prosperidad cultural que traslada el ensayo de Figes no se entiende sin la emancipación de los creadores y de las estrellas a partir de los derechos de autor.

La economía de mercado había transformado la cultura en un fenómeno comercial que desvinculó a los escritores, compositores y cantantes de los antiguos mecenazgos. Bullía la cultura como una reclamación de la sociedad civil. Lo demuestra la voracidad con que se consumían las novelas por entregas y los folletines. La prensa democratizaba la lectura Y se engendraba el embrión de una identidad común.

Pauline, Louis e Iván

Nadie mejor para representar el cosmopolitismo que Pauline, Louis e Iván. Tolerantes, políglotas, polifacéticos y artífices ellos mismos de una concepción promiscua, no ya de las relaciones sentimentales, sino de la alquimia de los flujos estéticos e intelectuales.

Pongamos como ejemplo la llegada de los Ballets rusos a París. Escandalizaron Europa en su capacidad transgresora. Y confundieron el criterio de los críticos. Se percibieron como quintaesencia de la cultura eslava, cuando, en realidad, alojaban una amalgama de influencias francesas y orientalistas a las que pusieron desorden la audacia rítmica de Stravinsky y los decorados de Picasso. Los Ballets rusos eran menos rusos que el propio Turgenev. “Soy alemán”, llegó a confesarle a Dostoievsky en un acto de abjuración patriótica.

Orlando Figes. Foto: Phil Fisk / Debate
Orlando Figes. Foto: Phil Fisk / Debate

Iván era europeo, como Paulina, como María. Estaban arraigados en París porque París aglutinaba la red ferroviaria y la diversidad, no digamos cuando empezaron a organizarse las exposiciones universales y adquirieron forma las vanguardias de fin de siglo, ninguna tan representativa como el impresionismo.

Orlando Figes concluye que el mayor impacto del cosmopolitismo fue la creación de un canon común, de un estilo continental. Se había forjado una sensibilidad europea. Se le puede y se le debe reconocer la idea embrionaria a Henri de Saint-Simon (1760-1825), patriarca del socialismo utópico, pero fueron los artistas quienes la fertilizaron, más o menos conscientes de sobrellevar una misión civilizadora.

Goethe, a título visionario, creía que el crecimiento del tráfico cultural y el intercambio entre naciones formaría un híbrido de cultura europea. “Pero solo durante el último cuarto de siglo (XIX) se abrieron paso estas ideas a la noción de la existencia de una sensibilidad europea o de una identidad cultural distintiva, una sensación de europeidad compartida por los ciudadanos de Europa, con independencia de su nacionalidad”, escribe Figes en el epílogo de su tratado.

El nacionalismo -político, cultural, lingüístico- conspiró contra la idea de la Europa sin fronteras

Pauline, por ejemplo. Nació en París (1821) como podía haber nacido en Sevilla, igual que su padre. O en Madrid, como Joaquina, su madre. O en México, donde residió. O en Londres, donde se produjo su debut operístico. Hablaba español, italiano, inglés, francés, alemán y ruso. Era compositora y maestra, aunque su mayor contribución puede que consistiera en fomentar la “intoxicación” de la cultura, rescatarla del sectarismo y de las convenciones, exponerla a la combustión estética.

El nacionalismo -político, cultural, lingüístico- conspiró contra la idea de la Europa sin fronteras. Las guerras mundiales estuvieron a punto de aniquilar el sueño de los García. Y la bandera azul ondea ahora ejemplarmente en las playas del continente, pero cada vez que Europa se jacta de su identidad, reaparecen las fuerzas oscurantistas del supremacismo y del patrioterismo.

Debería leer Boris Johnson 'Los europeos'. Lo ha escrito un erudito compatriota y representa, sin pretenderlo, un manual para la vergüenza de los 'brexiters'. Y un escarmiento. Reino Unido no puede salirse de Europa porque Europa no es tanto un proyecto institucional ni geopolítico, sino una expectativa de los artistas y de los ciudadanos que se subieron al tren para romper las fronteras y descubrir qué sucedía al otro lado de la montaña. Empezando por los García. Y por la tonadilla que escribió Don Manuel haciendo apología del contrabando...

Rubén Amón
Rubén Amón

Cultura
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