Crónica cultureta

La nada fue todo para Cioran

El filosofo franco-rumano resucita con los diarios completos que edita Tusquets, reflejando en ellos la ferocidad, la ironía y el nihilismo que lo caracterizaron

Foto: El escritor Emil Cioran
El escritor Emil Cioran

¿Se puede ser rumano? Las interrogaciones identifican el desarraigo de Emil Cioran (1911-1995). Y enfatizan sarcásticamente un determinismo del que pretendió escapar exiliándose en otra ciudad, París, y en otra lengua, la francesa. Cioran no quería ser rumano. Y estuvo a punto de ser español. Le fascinaban los excesos de la cultura ibérica. Le maravillaba el éxtasis de Santa Teresa, la locura, la voluptuosidad, pero el pensador recaló en Francia porque era antes un existencialista que un místico.

Ninguna ciudad mejor que París para reanimar el nihilismo. Y para convertir a Cioran en un personaje extravagante de su vasto paisaje intelectual. La gabardina y la melena desordenada predisponían la teatralidad del expatriado. Rotundas eran sus carcajadas, aunque no las confundamos con expresiones subconscientes de felicidad. Cioran la consideraba intolerable.

Sostenía que los hombres estamos condenados a vivir. Porque nuestra lucidez, nuestra conciencia de la muerte, no hace otra cosa que recordarnos la fragilidad y el sinsentido, aunque más todavía recelaba de la vida eterna. “Lo peor del cristianismo sería que todo fuera verdad”.

Ogro cariñoso

Es uno de los muchísimos aforismos que recorren el pensamiento de Cioran. Una dialéctica fragmentaria, sincopada. Y una manera de acercarse a los diarios completos que acaba de publicar Tusquets. Se reconoce en ellos la angustia y la ferocidad del filósofo, pero también el sentido del humor y hasta la ternura.

Fernando Savater lo frecuentó bastante en el Barrio Latino, en la orilla izquierda del Sena. Y se relamía encontrando otros pormenores del pensador que conspiraban contra su reputación de ogro devastador: entrañable, contradictorio, ingenuo, sentimental, incluso cariñoso.

'Cuadernos 1957-1972'
'Cuadernos 1957-1972'

Cálido y admonitorio, Cioran había elegido adversarios mayúsculos para librar su penar en la tierra. Schopenhauer hubiera agradecido haber encontrado un pesimista digno de sucederle. Y Nietzsche hubiera celebrado los enemigos que Cioran escogió en su cabeza y en su escritorio: Dios, el hombre y la vida, aunque la vida correspondió a Cioran con la longevidad de 84 años. Y lo premió incluso con la enfermedad que más ofendía la memoria. “La vida solo es posible si hay olvido”, decía Cioran, invocando el Alzheimer que aceleró su agonía en un hospital de París en junio de 1995.

Antes de morir, los enfermeros lo encontraron escondido en el armario de su habitación, un refugio atávico, que le hizo evocar el suelo natal. París le pareció entonces una ciudad desconocida. Y más extraño le resultaba haberse convertido en un filósofo de éxito. No rumano, francés, porque Cioran había sido asimilado en la vanguardia del pensamiento parisino. Los estudiantes de filosofía se le acercaban como a un patriarca.

¿Se puede ser rumano? En realidad, Cioran fue muy rumano. Tan rumano que se adhirió al fervor ultranacionalista. Simpatizó con el movimiento fascista, la Guarda de Hierro. Y le sedujo “la voluntad de absoluto” y el “misticismo colectivo” que reivindicaba la dramaturgia del nazismo.

Cioran fue muy rumano. Tan rumano que se adhirió al fervor ultranacionalista. Simpatizó con el movimiento fascista, la Guarda de Hierro

Pudo observar la irrupción de Hitler porque Cioran estaba en Berlín en 1933, becado como estudiante. Y se dejó conquistar por la esvástica, hasta el extremo de publicar una obra, 'La transformación de Rumanía', que se observa hoy como un panfleto vergonzante.


Tenía 25 años. Cioran simpatizaba entonces con la idea de una revolución planetaria, transnacional. No socialista y no comunista, sino totalitaria, privilegiando además el dinamismo y el mesianismo de Hitler y del Duce como depositarios del porvenir y del orden nuevo.

Se avergonzó Emil Cioran de sí mismo. Y lo hizo muy pronto. Una carta redactada a su hermano Aurel en 1946 expresa que el trauma de la II Guerra Mundial le había inmunizado contra todos los credos. Los pasados y los futuros. Cioran no creía en nada ni en nadie. Creía en la nada.

Se avergonzó Emil Cioran de sí mismo. Y lo hizo muy pronto. El trauma de la II Guerra Mundial le había inmunizado contra todos los credos

Y conste que Cioran tuvo una infancia dichosa. No por la intolerancia de su padre, que era un pope ortodoxo autoritario y feroz, sino por el candor de la madre, por la exuberancia de la campiña y porque al niño le gustaba jugar al fútbol. Muchas veces -vaya sarcasmo premonitorio- recogiendo las calaveras del cementerio.

En el fondo, Cioran era un ateo que razonaba como un teólogo. Hubiera acaso agradecido una antorcha en el abismo existencial. Sostenía que hubiera sido mejor no haber vivido nunca, pero semejante conclusión nunca despertó la tentación de suicidarse. Cioran murió de viejo. Y le guste o no le guste, todavía transita entre nosotros. No ya como profeta del nihilismo, sino como un escritor audaz, ingenioso, original. Podría suceder que el literato sobreviva el filósofo. O que lo haya hecho ya.

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