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'1793' es una bomba: ¿ha escrito un sueco 'El nombre de la rosa' del siglo XXI?

Niklas Natt Och Dag firma una novela que retrata el hedor y la podredumbre física y moral de Estocolmo en el siglo XVIII y que se ha vendido ya a 35 países

Foto: Niklas Natt Och Dag.
Niklas Natt Och Dag.

En los ochenta, dos novelas estuvieron en todas las casas, se fuera o no un gran lector: 'El perfume', de Patrick Süskind, y 'El nombre de la rosa', de Umberto Eco. La primera contaba la historia de Jean-Baptiste Grenouille, un tipo abominable, un asesino cuya arma era el olfato. De hecho, uno de los grandes logros de esta novela era que rezumaba los malos olores del París revolucionario del siglo XVIII. La segunda historia era una novela de misterio cuyos protagonistas, Guillermo de Baskerville y su pupilo Adso de Melk, tenían que desentrañar una serie de muertes en una abadía en la que los frailes coqueteaban mucho más con la maldad que con la bondad que se les supone.

En este 2020, se acaba de publicar ‘1793’, del sueco Niklas Natt Och Dag (Estocolmo, 1979), en la que se funden los dos grandes 'bestsellers' de hace tres décadas. Por lo horripilante de los crímenes, porque la novela hiede, porque ya ha ganado varios premios en su país y porque entra como el agua. Si no se convierte en un fenómeno internacional —la historia se ha vendido a 35 países—, poco le faltará para conseguirlo.

'1793'.
'1793'.

“Es verdad que no hay quien no me haya dicho que la novela no huela a las canaletas de la vieja Estocolmo. He vuelto a leer los manuscritos y me he dado cuenta de que palabras como ‘oler’, ‘hedor’, no salen mucho. Tampoco yo tengo un buen sentido del olfato. Pero sin saber muy bien qué pensar, esta comparación me parece un cumplido”, cuenta Natt Och Dag a El Confidencial. El escritor ya ha pasado esta semana por el festival BCNegra de Barcelona como una de sus estrellas.

Aunque este sueco de viejo pedigrí aristocrático —su apellido remite a una de las mejores familias del país, al menos por los títulos— niegue la evidencia, lo cierto es que de ‘1793’ nadie sale sin la nariz un poco arrugada. La historia transcurre en ese año de 1793 en una Estocolmo que poco tiene que ver con la ciudad actual. La podredumbre y enfermedades como la tisis —y otras de índole sexual— asuelan las calles. La pobreza en la que vive la mayor parte de la población palpita. La gente debe ganarse la vida como buenamente puede, muchas mujeres con la prostitución. Los robos están a la orden del día. Las borracheras también. No hay más ley que la del más fuerte (y rico y poderoso). Y en medio de todo eso aparece un cuerpo desmembrado, sin ojos en sus cuencas y sin sus genitales.

Este paisaje trágico y tan poco higiénico —como era cualquier ciudad en el siglo XVIII— está tomado de las canciones de Carl Michael Bellman, un compositor y poeta sueco de aquellos años que solía contar cómo vivía la gente de la época. “A menudo él se divertía con esa gente y los retrata borrachos, disfrutando de un buen vaso de vino, pero entonces, de repente, se convierte en una canción melancólica sobre el fallecimiento de un amigo, sobre tiernos momentos de amor, o sobre sus breves vidas llenas de sufrimiento y pobreza”, comenta Natt Och Dag, que afirma que empezó a leerlo e interpretar sus canciones en la adolescencia. De hecho, ‘1793’ forma parte de una trilogía llamada 'Bellman Noir' cuyos otros dos libros —‘1794’ y ‘1795’— se publicarán próximamente.

Un Quijote y Sancho Panza suecos

De averiguar quién ha hecho esa carnicería con el pobre hombre desmembrado se ocupan Cecil Winge, un abogado tuberculoso, y Mickel Cardell, un veterano de la guerra contra Rusia. Ambos forman una extraña pareja. O más bien, una pareja que remite bastante a la literatura, ya que son una especie de Don Quijote y Sancho Panza. Esta comparación también halaga a Natt Och Dag, quien resalta que es buen conocedor de la obra de Cervantes, aunque cuando creó a los dos personajes estaba pensando más en Tintín y el capitán Haddock.

No obstante, esta no es la única inspiración española en este libro. Al escritor le entusiasman 'Los desastres de la guerra', de Goya. “Cuando los vi, me devastaron. No puedo pensar en mejores ilustraciones sobre el hecho de que el hombre es un lobo para el hombre”, reconoce.

Lo que articula todas sus páginas es la maldad, la crueldad, el horror, la absoluta falta de empatía y el buen corazón

Y aquí sí que entramos en materia sobre la novela. Porque lo que articula todas sus páginas es la maldad, la crueldad, el horror, la absoluta falta de empatía, el buen corazón. El lector pronto se da cuenta de que está ante personajes que disfrutan con el dolor de los demás. Incluso en los juegos sexuales. Puro sadismo. Sin normas.

En este sentido, Nach Och Dagg se confiesa más cercano a las reflexiones filosóficas del marqués de Sade que a las de Rousseau: “En la secuela de 1793 intento mostrar una yuxtaposición entre Rousseau y el marqués de Sade. Ellos ven una sociedad que deja mucho que desear y están de acuerdo en un montón de cosas, aunque no en la misma importante. Rousseau argumenta que el hombre es bueno por naturaleza, pero ha sido corrompido por la sociedad moderna. El punto de vista de Sade es que el hombre es cruel y egoísta por naturaleza, y la maldad de la sociedad es una de sus consecuencias naturales. Yo estoy del lado de Sade”. Precisamente, hay también en esta novela bastante de 'Justine o los infortunios de la virtud' y 'Juliette o las prosperidades del vicio'.

Sin esperanza

Quizá lo positivo que puede sacar el lector de esta novela es que es tranquilizador vivir en 2020 y no a finales del siglo XVIII. Al menos hay unas reglas, un cierto Estado de bienestar, estados democráticos, un sistema de salud e higiene… El escritor lo reconoce: “Me encanta poder ir al dentista y arreglarme un dolor de muelas, y no, como sucedía en el siglo XVIII, andar borracho durante una década hasta que el dolor en la raíz de los dientes sea tan grande que la mejor opción sea acudir al herrero a que te los saque de cuajo con un martillo”. Pero tampoco da del todo por bueno que las cosas hoy estén mejor que antes. “No tengo una idea de primera mano sobre el cambio climático, pero lo que hemos aprendido de la Historia es que la codicia y la estupidez de nuestra especie deberían llevarnos a aniquilarnos a nosotros mismos y a llevarnos el planeta por delante”. Y sálvese quien pueda, que también diría Darwin.

"Sade dice que el hombre es cruel y egoísta por naturaleza, y la maldad de la sociedad es una de sus consecuencias naturales. Estoy del lado de Sade"

Solo hay un resquicio para la esperanza en el ser humano, según él. Por un lado, la revolución individual. “La humanidad, como colectivo, es capaz de múltiples atrocidades, pero cada vida individual proporciona la oportunidad de pequeñas victorias morales, rayos de luz en medio de la oscuridad”, indica. Por otro, el arte. “Este intelecto desarrollado a través de las últimas decenas de miles de años de evolución puede habernos convertido en los depredadores más mortales que jamás hayan caminado por el planeta, pero también hemos desarrollado una enorme cantidad de artistas fabulosos, escritores, poetas y músicos, todos crean algo parecido a la magia partiendo de la nada. Eso nos da algo de consuelo”, sostiene.

Mientras tanto, a él no parece que le vaya a ir nada mal con sus libros, lo cual le sorprende. “Yo estaba bastante preparado para el fracaso. Ni siquiera pensé en un éxito moderado. Vivir de tus libros en Suecia es bastante improbable, y como el libro aborda un periodo específico de Suecia, no podía imaginar que nadie fuera de Suecia estuviera interesado”, manifiesta. Ahí no ha estado acertado.

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