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'La flauta mágica' en el Real: ¿qué pinta Mozart entre Nosferatu y Buster Keaton?

Barry Kosky e Ivor Bolton triunfan con una versión ambientada en el cine mudo de los años 20

Foto: 'La flauta mágica' en el Teatro Real. (Javier del Real)
'La flauta mágica' en el Teatro Real. (Javier del Real)

Ha sido un acierto reponer cuatro años después la versión de 'La flauta mágica' que conmovió el Teatro Real. El montaje de Barry Kosky se ha convertido en punto de referencia y en recurso patrimonial del coliseo madrileño. Ha establecido un canon. Y ha demostrado que la ópera de Mozart es un “misterio” que puede responderse desde muchas perspectivas, aunque rara vez se produce una solución tan clarividente como la alumbrada este domingo entre las paredes del Teatro Real.

El mérito recae en la audacia escénica de Kosky y en la originalidad de extrapolarla a los “felices veinte” con guiños a la estética de Weimar, pero la originalidad del montaje no subordina la versión musical de Ivor Bolton. Puede disfrutarse de la función con los ojos cerrados. Apreciarse con detalle la trama orquestal y cromática que Bolton desmenuza con las yemas de los dedos. Dirige sin batuta. Y se prodiga en una lectura exigente, camerística, contenida. No se puede llegar al fondo sin la pulcritud de la forma. Impresiona la integración de las voces y el foso. La mesura del coro. Y la naturalidad con que el maestro británico se esmera en la pureza y en la dinámica del sonido. Es la suya una concepción de recogimiento e intimidad, a veces en franco contraste con el ritmo vertiginoso de la propuesta escénica, pero también consciente de la alquimia que se aloja entre las líneas de la partitura: la luz y la oscuridad, el humor y el dolor.

Bolton introduce en el foso algunos instrumentos de época -las trompas naturales, los timbales, el pianoforte-, pero el escrúpulo filológico no contradice las emociones ni los pasajes de elevación. Prevalece la sobriedad. Y se le agradece la conciencia con que traslada no tanto las convenciones de una ópera como las connotaciones de una gran ceremonia iniciática. Se hubiera agradecido más calor en el público, pero las noches de estreno se resienten de una frialdad enfermiza y cicatera. Se aplaudió poco, funcionarialmente, ajenos los espectadores a las labores de caracterización -tres horas de peluquería y maquillaje- y al rigor de sincronización norcoreana que requiere la alquimia teatral de Barry Kosky.

'La flauta mágica' (Javier del Real)
'La flauta mágica' (Javier del Real)

'La flauta mágica' es una ópera pera abierta, expuesta a muchas interpretaciones -desde la lectura a esotérica al ritual de iniciación masónica o del mito de la espiga dorada a la fábula taoísta- pero muy pocas resultan tan naturales -el agua en el agua- como la que escruta Barry Kosky extrapolando la estética mozartiana al cine de los años 20, proponiendo en la pantalla -y justificándolo- el desfile de Buster Keaton (Papageno), Nosferatu (Monostatos) y hasta Louise Brooks (Pamina).

La idea permite a Barrie Kosky suprimir los pasajes hablados y proyectar los diálogos como ocurre en las películas de cine mudo, redundando en un blanco y negro de valor conceptual porque representa el reino de la noche, al menos hasta que el príncipe Tamino supera el rito de la iniciación y consigue la metamorfosis del color rompiendo la cuarta pared. Se sale de la película para besar a la amada Pamina, como si fuera 'La rosa púrpura de El Cairo'. De hecho, el viaje iniciático consiste en trasladar a los personajes de las dos dimensiones que los apresan al mundo tridimensional, de los vivos.

'La flauta mágica' (Javier del Reall)
'La flauta mágica' (Javier del Reall)

La sorpresa de Barrie Kosky es una de las muchas piruetas que secuestran al espectador en una peripecia audiovisual cuyas ideas nunca se agotan. Se trata de una versión tan mágica como la flauta. Y tan plena como la ópera de Mozart en su capacidad de capturar a la vez la sensibilidad de un espectador ingenuo y el interés de un melómano sofisticado.

El montaje es para adultos y expone asuntos tan escabrosos como el voyeurismo social en una cultura reprimida o la nueva religión de la tecnología, pero estas dobleces no contradicen que pueda disfrutarse la sesión como un gran cómic de aventuras, poblado de autómatas, de insectos voraces -la Reina de la noche es un arácnido- y de recursos entrañables.

Una versión plena en su capacidad de capturar la sensibilidad de un espectador ingenuo y el interés de un melómano sofisticado

Sensible, pero no sensiblera. Humorística, pero no vulgar. Y más profunda de cuanto podría deducirse de la superficie. Kosky se recrea en la metáfora de la mariposa como expresión de la metamorfosis y del camino hacia la sabiduría que emprende Tamino, pero también nos recuerda que puede alcanzarse el crecimiento desde la ingenuidad. Ya se lo dice Papageno a Tamino cuando el príncipe le pregunta quién es él: “Un hombre, como tú”.

Los papeles se los repartieron con acierto el tenor francés Stanis de Barbeyrac -voz homogénea, timbre bello- y Andreas Wolf -un Papageno ejemplar en sus matices y su carisma-, aunque los mayores aplausos de la velada, sin demérito del estupendo Andrea Mastroni -Sarastro- recayeron en las voces femeninas. No solo por la pirotecnia de Rocío Pérez en el trapecio de la Reina de la noche, sino porque Anett Fritsch dio sentido a una Pamina sofisticada y dramática, lejos de la habitual ingenuidad. Y artífice de una producción que debería programarse cada cuatro años, como una tradición y una excusa de la metamorfosis.

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