Ópera en el teatro real

Camarena y Yoncheva rompen el hielo en el Teatro Real

El tenor mexicano y la soprano búlgara, tan diferentes, tan complementarios, reaniman el estreno de 'Il Pirata' en una versión gélida de Emilio Sagi

Foto: El tenor mexicano Javier Camarena (d), junto a la soprano Sonya Yoncheva, durante el ensayo de la ópera 'El pirata'. (EFE)
El tenor mexicano Javier Camarena (d), junto a la soprano Sonya Yoncheva, durante el ensayo de la ópera 'El pirata'. (EFE)

La exquisitez de Javier Camarena y el “pathos” de Sonya Yoncheva rompieron el hielo del Teatro Real la noche de este sábado cuando parecía que el público se resignaba a la indolencia. No estilan el calor ni la pasión los espectadores de las veladas de estreno. Ni dieron la impresión de entusiasmarse con “Il Pirata” hasta que se precipitaron los sobreagudos de Camarena o hasta que la diva búlgara se ensimismó en el aria de la locura final. Amortajada en el terciopelo de un telón negro y lúgubre, Yoncheva recurrió a su personalidad dramática y a su voz telúrica para derivar la función al delirio. Y para calentar una noche lluviosa que se resintió de la frialdad del montaje de Emilio Sagi.

El director de escena asturiano abjuró del medievo siciliano y de los aguerridos corsarios en beneficio de un espacio gélido que más parecía evocar un dramón de Pushkin o una versión dislocada de 'Anna Karenina'. No ya por el recurso de una dramaturgia esteparia e invernal, sino por un habitáculo de espejos y de mercurio cuyas bajas temperaturas contrariaban el calor de la música de Bellini. La condujo con esmero Maurizio Benini. Concibió pasajes de inspiración. Meció a los cantantes con escrúpulo. Devolvió la reputación al coro y la orquesta del Teatro Real. E hizo olvidar por idénticas razones la fechoría del compatriota Gianluca Capuano, cuya reciente versión de “Elisir d’amore” en el mes de octubre supuso una profanación a la dignidad del belcantismo.

El tenor mexicano Javier Camarena, durante la obra 'El pirata'. (EFE)
El tenor mexicano Javier Camarena, durante la obra 'El pirata'. (EFE)

Javier Camarena interpretó algunas funciones de aquélla ópera de Donizetti. Y dispuso de mayores comodidades de cuantas implica la partitura infernal de “Il Pirata”. No solo por las exigencias pirotécnicas y por la dificultad que jalonan las notas extremas -proliferan el do de pecho y el re natural-, sino por el rigor expresivo y la corpulencia dramatúrgica del personaje. Fue el mítico Rubini quien estrenó el papel de Gualtiero en 1827. Y es Camarena, ídolo de Madrid, tenor irremplazable en el podio del Real, quien se ha propuesto emularlo desde una concepción del canto aristocrático, ejemplar.

Lo demuestran el fraseo, la dicción. Lo prueban la dinámica sonora y los prodigios técnicos. El tenor mexicano es capaz de atacar un agudo desde el pianísimo, afila las notas como si tuviera una navaja de Albacete, exhibe un fiato imponente. No dispone de los medios vocales de la Yoncheva en cuestión de volumen y de color, pero la extraña pareja acertó a compenetrarse o a complementarse desde la propia diferencia. Camarena representa el canto apolíneo. Yoncheva es un monstruo dionisiaco, Todos los defectos que se le puedan objetar -la afinación de las notas altas, el timbre velado en ocasiones, la opacidad del registro grave- quedan subordinados a su imponente dimensión teatral y dramática. Fue ella quien reanimó la velada y quien acertó a romper la cuarta pared. Pesaba la fría elegancia de Sagi. Y no contribuían al calor las prestaciones de los compañeros de reparto. Ni siquiera el barítono rumano George Petean, cuyo dominio del espectro agudo apenas logró encubrir la tosquedad de sus pasajes protagonistas.

Es Camarena tenor irremplazable en el podio del Real, quien se ha propuesto emularlo desde una concepción del canto aristocrático

Nunca se había interpretado “Il Pirata” en el Teatro Real. Ni en la edad modera ni en sus orígenes. Resucitarla suponía un ejercicio de riesgo por las extremas dificultades interpretativas y porque el gusto contemporáneo recela de las novedades decimonónicas, pero ha sido una feliz idea rescatarla. Se reconoce el talento de Bellini cuando apenas había cumplido 26 años. Y se observa un lenguaje de complejidad vanguardista frente a la tiranía de Rossini. Un buen ejemplo es el dúo de Gualtiero e Imogene en el primer acto (recitativos exigentes, tensión teatral). Y otro buen ejemplo es el pasaje premonitorio, romántico, introductorio del aria de la locura final. Yoncheva se enganchó a ella para conducir la noche hasta la cima. Y para reconciliar a Emilio Sagi con la estética gótica que dio origen a este hermoso monumento belliniano.

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