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Escuchar a Beethoven en la pintura de Goya

El 250 aniversario del nacimiento del compositor repropone el vínculo estético, existencial y orgánico con el pintor aragonés

Foto: Goya y Beethoven
Goya y Beethoven

Decía el maestro coreano Myung-whun Chung que definir a Beethoven es una manera de acotarlo, de restringirlo, de limitarlo. La mejor manera de “aprehenderlo” es escuchar su música, cotejarlo en la intemporalidad. Se cumplen este año 250 años del nacimiento de Beethoven. Y van a amontonarse las celebraciones, las grabaciones, los conciertos, pero no cabe mejor “definición” que la permanente actualidad del compositor universal. Beethoven es el más habitual en las salas de concierto, el más interpretado. Quiere decirse que aglutina una personalidad permanentemente contemporánea. Un centro de gravedad de la cultura occidental al que se puede desentrañar desde la afinidad hacia... Goya, no solo por razones estéticas o sinestésicas, sino por una asombrosa vinculación invisible: no llegaron a conocerse, ni tuvieron apenas noticia el uno del otro, pero la música de Beethoven transpira, exuda, la pintura de Goya. Y por idénticas razones, Goya pinta como si estuviera escuchando la música de Beethoven en el viaje de la luz a la oscuridad. Vivieron la misma época, se iniciaron ambos en la agonía del clasicismo, fueron devotos de Napoleón y se arrepintieron de la euforia bonapartista cuando los desengañó la tiranía del condotiero corso.

También emparenta a ambas personalidades la misantropía y la sordera. Incluso los identifica las fallidas películas que han pretendido abordarlos y el tormento necrófilo que los sobrevivió, o sea, el misterio de sus cráneos. Que fueron sustraídos de sus tumbas, acaso porque se pensaba descubrir en la osamenta las razones científicas de la genialidad y del dolor. O del ensimismamiento que cultivaron en sus respectivas “quintas”. Beethoven se recluyó en la suya rodeado de pianos. Los problemas de sordera le incitaron la búsqueda de un modelo que tuviera más resonancia, más poder. Instigaba a los constructores de instrumentos para que le procuran un prodigio de la ingeniería acústica. Y los pianos terminaron asemejándose a una montonera de ataúdes.

Sus cráneos fueron sustraídos de sus tumbas: acaso se pensaba descubrir en ellos las razones científicas de la genialidad y del dolor

Quizá se explica así la naturaleza telúrica de su música. Beethoven parece escuchar los tambores de la Tierra. La tensión rítmica es un rasgo musical inequívoco de su obra, pero también puede extrapolarse a las pinturas de Goya.

De hecho, tienen en común Beethoven y Goya haber “inventado” el expresionismo. Fueron pioneros en hacerlo e incomprendidos por las mismas razones. Tanto envejecían, tanto se oscurecía su obra o se atisbaba simultáneamente el lenguaje desgarrado y premonitorio de la vanguardia.

Las pinturas negras de Goya podrían encontrar una caja de resonancia en las últimas sonatas de Beethoven. Del mismo modo, la disonancia con que arranca la “Novena” de Beethoven podría “degenerar” en un brochazo sobre el último autorretrato del pintor. Hay un desgarro, una “disonancia” pictórica y conceptual que deriva la obra de arte a la colisión.

Sensibilidad y conciencia

Puestos a coincidir sin proponérselo, Goya y Beethoven secuestran al “espectador” de su espacio de confort. Interpelan a la sensibilidad y a la conciencia. Son maestros difíciles no ya por la complejidad de sus tramas creativas, por la ferocidad, sino por la incomodidad que llegan a suscitar.

Beethoven y Goya (o al revés) interpretaron una edad del hombre desde el apasionamiento, pero los diferencia la esperanza. O la desesperanza, puesto que el compositor alemán cree en el hombre hasta en el último compás y Goya lo ubica en el umbral del abismo, a semejanza de 'El gigante'.

Es una teoría que me explicaba Luis de Pablo hace unos años en Roma. De acuerdo con el compositor, en Beethoven subyace un visionario y hasta un mesías. Sería el contexto en que se explica e desenlace eufórico, filantrópico, de la 'Novena' y en el que Beethoven podría adquirir una dimensión de “iluminado” que cuesta trabajo atribuir al pesimismo definitivo de Francisco de Goya. Menos aún después de recorrer en el Museo del Prado estos días los dibujos que atragantan el diario del dolor y de los tormentos.

El pintor se revuelve en el vacío y el sinsentido, entretanto que el testamento de Beethoven sobrentiende un lugar para la esperanza

También el poeta francés Yves Bonnefoy relaciona a Goya y a Beethoven al abrigo del exilio interior, pero el pintor se revuelve en el vacío, en el nihilismo, en el sinsentido, entretanto que el testamento de Beethoven sobrentiende un lugar digno para la luz y para la esperanza. “Goya pintaba desde el borde del abismo. Y percibía que lo único real es que todo es ilusorio. Todo es ilusorio menos el dolor”, puntualizaba Ives Bonnefoy en alusión a Goya. Y en diferencia implícita a la energía humanista, humanística, del compositor coetáneo.

Lo decía con otras palabras Joaquín Achúcarro: “Bach habla al universo, Chopin habla a cada uno de nosotros y Beethoven habla a la humanidad”. Goya termina abjurando de ella. Y no sólo cuando sueña la razón, sino cuando está presente y le asfixia. Beethoven, en cambio, deja abierto un atisbo de luz. Lejano, remoto, pero descriptivo de un punto de fuga, ya que de música y de metafísica estamos hablando.

Beehoven en diez grabaciones

-Integral de las nueve sinfonías. Wilhelm Furtwängler (EMI).

-'Fidelio'. Claudio Abbado (Deutsche Grammophon)

-Los conciertos para piano. Pierre Lauren Aimard/ Nikolaus Harnoncourt (Teldec).

-'Misa Solemnis'- John Eliot Gardiner (Archiv).

-'Concierto para violín'. Ithzak Perlman/ Carlo Maria Giulini (Warner).

-Últimos cuartetos. Alban Berg Quartett (Warner).

-Sonatas para piano. Wilhelm Kempff (Deutsche Grammophon).

-Triple concierto. Richter, Rostropovich, Oistrakh, Karajan (EMI).

-Fantasía para piano. Barenboim, Klemperer (EMI).

-Sonatas para violín y piano. Isabel Faust, Alexander Melnikov (Harmonía Mundi).

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