80 aniversario

¿Ganas de invadir Polonia? Así se abrió el infierno de la Segunda Guerra Mundial

La noche de la declaración, con las calles de Berlín desiertas sin vítores ni entusiasmos, el submarino U-30 torpedeó y hundió al transatlántico inglés Athenia. Murieron 112 pasajeros

Foto: Gran Bretaña declara la guerra en 1939
Gran Bretaña declara la guerra en 1939

Un fragmento de 'Suave es la noche' de Francis Scott Fitzgerald dice lo siguiente: "Mira aquel arroyuelo, en dos minutos podríamos llegar andando. A los ingleses les costó un mes. Todo un imperio andando muy despacio, muriendo los hombres de delante y empujando los de atrás. Ningún europeo volverá a hacerlo en esta generación". Se equivocaba.

La crisis económica surgida tras el desmorone de Wall Street en octubre de 1929 quebró las precarias utopías de la paz entre naciones y propulsó un nuevo paradigma europeo, con un progresivo y devastador auge de los totalitarismos. El ascenso al poder en Alemania de Adolf Hitler colmó un vaso demasiado lleno al denunciar la premisa fundamental de la posguerra, el Tratado de Versalles. Con su impugnación Alemania volvió a ocupar su habitual centralidad en el Viejo Mundo y el nazismo jamás mostró tapujos a la hora de enhebrar y conseguir sus reivindicaciones.

Un par de estadísticas bastan para demostrar su intencionalidad y pujanza. De 1933 a 1939 el presupuesto germánico destinado a defensa aumentó del 8,7% al 42,7%, mientras las anexiones del primer sexenio Nacionalsocialista incrementaron la población del país de 70 a 85 millones de habitantes.

[Seis meses de vértigo, errores y delirio: cien años del tratado de Versalles]

Ello se debió tanto a aciertos propios como a errores de las democracias, cada vez más menguadas y enroladas en el apaciguamiento para frenar sin hacerlo ese terremoto incomprensible. En 1938 Neville Chamberlain resumió las contradicciones inglesas y francesas en una frase descorazonadora donde encontraba horrible, fantástico e increíble cavar trincheras y probar máscaras antigás por una disputa en un país lejano entre gente de la que apenas sabían nada.

El argumento llegó al límite en agosto de 1939, cuando el Reich se dispuso a invadir Polonia. Los planes estaban trazados desde el 3 de abril, cuando se ordenó al OKW trazar herramientas para la operación, denominada Caso Blanco. Las maniobras debían iniciarse el primero de septiembre, como así fue, aunque con su habitual optimismo Hitler caviló la posibilidad de desatar la tormenta el 26 de agosto, y todos los vientos soplaban a su favor desde tres días antes, cuando el pacto germano-soviético había eliminado el peligro de la hoz y el martillo en el frente oriental además de generar un sensacional golpe de efecto diplomático.

Sin nubarrones en el horizonte

Al enterarse de la noticia tanto Neville Chamberlain como Édouard Daladier debieron llevarse las manos a la cabeza ante la conciencia de lo inevitable. En lo militar el Reino Unido y Francia tenían suertes distintas. El primero había recuperado el servicio obligatorio ante el rumbo de los acontecimientos, mientras la segunda presumía a ojos de la opinión internacional del mejor ejército del momento, con buenos pertrechos defensivos y una envidiable capacidad de combate.

Según un protocolo secreto estipulado en mayo de 1939 entre el ministro de Defensa polaco y el general Maurice Gamelin las tropas del Hexágono deberían intervenir contra Alemania quince días después de ordenar la movilización general. Esto aliviaba la tensión al gobierno de Varsovia, muy supeditado a las sugerencias de sus aliados hasta el punto de no ordenar la llamada al orden de todos sus contingentes armados hasta el 29 de agosto, con el resultado de actuar poco, tarde y mal. Cuando llegó el Día D la mayoría de unidades solo contaban con un tercio de sus efectivos.

Neville Chamberlain y Benito Mussolini en 1938
Neville Chamberlain y Benito Mussolini en 1938

No podemos saber qué hubiera acaecido si se hubiesen cumplido los planes hitlerianos. El retraso de los mismos tuvo como culpable menor a Benito Mussolini, quien de profesor había devenido alumno y dudaba entre la fidelidad a la letra escrita en el Pacto de Acero y un resquicio para escurrir el bulto desde la más cruda realidad al no estar la armada transalpina preparada para el inminente envite. Según los Diarios de Ciano, yerno del Duce y ministro de Asuntos Exteriores, Italia no podría afrontar una contienda hasta 1944, y en caso de terciar en Polonia corría el riesgo de sucumbir a la penetración gala en su frontera. Tras muchos titubeos el padre del Fascismo comunicó a Hitler su negativa a involucrarse en el asunto polaco sin por ello renunciar al idilio entre las dos fuerzas valedoras de Franco durante la Guerra Civil Española. El ruido de sables estaba al caer, pero antes prevalecería el sibilino estruendo de los pasos en las cancillerías diplomáticas.

La semana de los oídos sordos

Churchill, como casi siempre, había hilado fino en su papel de Casandra de los años treinta, cuando padeció el ostracismo por su clarividencia. En esa pesadilla se maravillaba de la complacencia de los ministros ante las espantosas experiencias sucedidas no hacía tanto. Contemplaba con asombro como multitudes atolondradas se divertían bajo el sol veraniego mientras, en la otra orilla del Mar del Norte, un terrible proceso estaba en marcha.

Neville Chamberlain tardó demasiado en comprenderlo. Hitler lo tildó de gusano cuando solo era, y ya es bastante, un primer ministro británico enfrentado entre la diatriba del pragmatismo isleño y los compromisos adquiridos con Polonia.

La guerra estaba a punto de caramelo para vestirse de gala. Desde hacía semanas los nazis habían previsto cómo desencadenarla. El 31 de agosto Alfred Naujocks debía atender en Gleiwitz, junto a la frontera polaca, el mensaje para ejecutar un simulacro de asalto del enemigo a la estación de radio alemana. La ejecución del plan correspondía a miembros de las SS ataviados con uniformes polacos, mientras los que debían quedar como muertos en el terreno y representar a las víctimas eran internados de campos de concentración, drogados para la efeméride. Cuando llegó el instante decisivo todo salió según lo previsto. Tras la pantomima difundieron una alocución de tres o cuatro minutos con una emisora de socorro. Antes de marcharse dispararon para cerrar el círculo.

Neville Chamberlain, reunido con Adolf Hitler en 1938
Neville Chamberlain, reunido con Adolf Hitler en 1938

Como es comprensible ninguno de los embajadores en Berlín podía intuir la operación, así la denominaron, 'Conservas de Lata'. La semana previa a la guerra, los vaivenes en los pasillos de la capital alemana alternaron una opereta entre la histeria y el absurdo. Los franceses se mostraron demasiado cautelosos y apocados, mientras el Reino Unido desplegó una incesante actividad dialogante con atisbos de confusión por la presencia de un topo de Goering, el misterioso sueco Dahlerus, quien emitía una segunda versión en las negociaciones para impedir el desastre cuando nada podía impedirlo. Un millón y medio de soldados alemanes se apostaban en el limes polaco para inaugurar la guerra contemporánea desde el uso de divisiones acorazadas, cobertura área y una velocidad endiablada, según muchos historiadores causada por la acuciante situación económica del Reich, demostrable por el agotamiento de las municiones una vez Polonia fue borrada del mapa.

De nada serviría regalar a Hitler las migajas de su engaño, con el corredor de Danzig y la posesión de la ciudad libre bajo el mando de la Sociedad de Naciones. Durante esos días se multiplicaron las intentonas, y Alemania propuso la llegada de un plenipotenciario polaco para hablar de un hipotético acuerdo. Esta idea era otra burla más, pues se propuso el 31 de agosto, cuando todo al fuego solo le faltaba una chispa para estallar.

La semana previa a la guerra, los vaivenes en los pasillos de la capital alemana alternaron una opereta entre la histeria y el absurdo

El primero de septiembre Alemania acometió su objetivo sin ninguna declaración bélica, y aun así las democracias no dieron su brazo a torcer para volver a la casilla de salida. Sus notas asemejaban a un ultimátum sin serlo, y en estas Benito Mussolini quiso echarles una mano con una propuesta para reverdecer el Pacto de Múnich desde otras coordenadas. El Duce abogaba por una reunión el 5 de septiembre con tres puntos en la mesa centralizados en la revisión del Tratado de Versalles. Para hacerla viable antes debía firmarse un armisticio para dejar a los ejércitos donde se hallaran en el momento de rubricar el acuerdo, bastión para arreglar la pugna germano-polaca con claro favorecimiento para los intereses del Reich.

Francia secundó la proposición italiana en otro festival de su incertidumbre en su proceder. En el consejo de ministros, Daladier se preguntaba si podían asistir a la desaparición de Polonia y Rumanía, asimismo amenazada, sin reaccionar. ¿Tenían medios para oponerse a ello? ¿Qué medidas era oportuno tomar?

Muchos historiadores militares siguen sin explicarse la lentitud gala. Si hubieran atacado con más ardor la frontera alemana hubieran tejido maniobras útiles para atemorizar a la Wehrmacht, pero cuando al fin optaron por una tímida ofensiva se frenaron a las puertas de la Línea Sigfrido para, a posteriori, retroceder a las posiciones de partida. Por aquel entonces Alemania ya había barrido a su oponente en el frente oriental y la Unión Soviética se disponía a llevarse el botín concertado el 23 de agosto en Moscú.

La guerra europea deviene mundial

Al final el Gobierno de su majestad se vio impelido al ultimátum la mañana del domingo 3 de septiembre. Como no recibieron la respuesta declararon la guerra al cabo de pocas horas. Por la tarde Francia imitó la medida. William L. Shirer, en su inmortal 'Auge y caída del Tercer Reich', pone en boca de Hitler un monumental "¿y ahora qué?". El Führer creía tener la fortuna de su lado, pero todo olía a gran imprudencia entre las reservas coloniales de los Aliados, el sueño apacible de los Estados Unidos y la precipitación de todo el dispositivo militar. Según el almirante Raeder la flota alemana no podría enfrentarse con garantías a la británica hasta 1945. La noche de la declaración, con las calles de Berlín desiertas sin vítores ni entusiasmos, el submarino U-30 torpedeó y hundió al transatlántico inglés Athenia a trescientos quilómetros al oeste de las islas Hébridas. Perecieron 112 pasajeros. La Segunda Guerra Mundial acababa de entrar en el diccionario de la realidad.

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