HISTORIA

Pactos imposibles entre bandos enfrentados a muerte

A veces, políticos de polos extremos han pactado para asegurar un bien mayor, más allá de banderas e ideologías

Foto: Aristide Briand y Gustav Stresemann. (Archivo)
Aristide Briand y Gustav Stresemann. (Archivo)

Tras el espectáculo en directo de hace bien poco suena bien raro pensar en pactos de altura entre nuestros dirigentes, pero la Historia nos ha regalado múltiples ejemplos de negociaciones para mejorar situaciones y propiciar panoramas de mejoría con la vista puesta en marcos y consensos amplios.

En el campo europeo el paradigma de estos acuerdos siempre está condicionado por los movimientos entre Francia y Alemania. En un pasaje de 'La educación sentimental' de Gustave Flaubert se comenta el rumor de una posible unión aduanera entre Francia, España, Suiza y Bélgica como contrapartida al Zollverein germánico de 1834, verdadero preludio económico hacia la unificación del país y primera piedra para cimentar la estabilidad de un duelo entre ambas potencias en el suelo del Viejo Mundo.

Mapa de Europa de 1870. (Efe)
Mapa de Europa de 1870. (Efe)

El relato de este conflicto, o eso creemos, es conocido por todos. La guerra franco prusiana de 1870-71 inició la cadena de humillaciones y venganzas con la coronación imperial de Versalles, la anexión de Alsacia y Lorena por parte del Reich y el pago de una cuantiosa compensación bélica saldada con mucha prontitud y quizá por eso mismo olvidada en muchos anales. La réplica tardaría en producirse, pero siempre estuvo en el aire. Durante la Belle Époque la idea de devolver la afrenta sobrevoló todas las cabezas del Hexágono, hasta el punto de crearse un dicho según el cuál era imposible hablar de ella con el deber de tenerla siempre presente.

Casos como el escándalo Dreyfus o la crisis de Agadir en 1911 mostraban a las claras el miedo y las ganas de un enfrentamiento, surgido al fin tras el asesinato de Sarajevo. La Primera Guerra Mundial pareció culminar el círculo de tan macabra rueda, y el tratado para dejar en la nada al enemigo, con Alsacia y Lorena de retorno a su feudo natural según los vencedores, sólo cimentó la reanudación de las hostilidades, con Hitler bien ufano al firmar su victoria contra la Tercera República en el vagón protagonista del armisticio de 1918. Los errores cometidos con anterioridad fueron esenciales para potenciar en la segunda posguerra una serie de instituciones, de la CECA al CED, como pilares para construir una Unión Europea capaz de alejar los fantasmas de antaño, algo también visible en el histórico apretón de manos entre Konrad Adenauer y Charles de Gaulle, sepulturero de la disensión y adalid básico de la amistad franco-alemana.

Algunos hombres buenos

Antes de ese instante decisivo hubo intentos aún más atrevidos. El paso de décadas y generaciones gusta de la amnesia de los naufragios, en especial si estos se desarrollan mientras reina la paz, como si los acontecimientos acaecidos en sus dominios fueran inutilidades del cuadro cronológico.

Tras la lucha de la Gran Guerra la República de Weimar fue víctima de un encarnizamiento salvaje por parte de su principal vecino. El impago de la deuda versallesca conllevó en 1923 la ocupación de la Cuenca del Ruhr y un fenómeno de hiperinflación sin precedentes en una nación caracterizada desde el tópico por su precisión y minuciosidad. La invasión del principal centro productivo de hierro, carbón y acero era la solución gala para cobrarse indemnizaciones pendientes, y la medida no contemplaba siquiera una pizca de empatía para con su oponente, mermado y al borde del colapso.

Una imagen de la ocupación del Ruhr por parte de los franceses en 1923. (Bundesarchiv)
Una imagen de la ocupación del Ruhr por parte de los franceses en 1923. (Bundesarchiv)

A partir de 1924, con la adopción del Rentenmark y el Plan Dawes, la economía de la habitual locomotora europea empezó a carburar gracias al recién instaurado clima de concordia, corroborado en 1925 con los acuerdos de Locarno, base de un orden deudor sin lugar a dudas de una voluntad pacifista para no caer en trampas pretéritas.

En la localidad suiza, Francia, Alemania y Bélgica se comprometían a respetar sus respectivas fronteras. Renania se erigió como zona neutral desmilitarizada y se despejó el camino para el abandono de las tropas galas de la Cuenca del Ruhr.

La culpa de ese pequeño milagro fue de dos hombres buenos con enormes responsabilidades. Gustav Stresemann (Berlín, 1878-1929) tuvo la calamitosa suerte de ser Canciller durante los meses más duros de la catástrofe de 1923. Sus cien días al mando le agotaron hasta hacerle meditar su abandono de la vida pública, pero al cabo de una semana devino ministro de Asuntos Exteriores de la República, su puesto perfecto desde un compromiso con su pueblo y una declarada apuesta por remarcar el inédito lenguaje de la familia europea, léxico compartido por Aristide Briand (Nantes, 1862-París, 1932), presidente del consejo en seis ocasiones y responsable del Quai d’Orsay desde 1925 hasta dos meses antes de su óbito.

Una imagen de Aristide Briand. (Archivo)
Una imagen de Aristide Briand. (Archivo)

Si la Historia fuera una mera acumulación de militancias ambos podrían ser definidos como nacionalistas; sin embargo, los hechos desmienten esa simplificación. Stresemann, perteneciente al Partido Popular alemán, tenía cierto talante conservador, contrapunto al progresismo de Briand. Estas disensiones fueron el acicate para su entente, única al fomentar un acercamiento entre sus países consolidado en la arena internacional más allá de banderas y los típicos discursos vacuos de quienes sólo tienen en su abecedario político la vista hacia el interior sin contemplar al resto de la Humanidad. Sabían, como bien expresó Stresemann, del imperativo de hilvanar una comunidad de destinos desde la colaboración para conseguir avances reacios al combate.

En 1926 su coordinación alcanzó un cénit con el ingreso de Alemania en la Sociedad de Naciones. La guerra parecía lejos. Ese mismo año recibieron conjuntamente el Premio Nobel de la Paz. Para ellos, seres de una raza en pos de la luz pese a tantas triquiñuelas de la oscuridad, el entendimiento entre sus territorios podía dirimirse en un vaso de licor repleto de concesiones para no obstaculizar las riendas del progreso.

Una muerte inesperada y el mazazo de Wall Street

Durante la segunda mitad de los años veinte Briand y Stresemann desarrollaron una hercúlea tarea diplomática. El teutón signó alianzas con la Unión Soviética, puso fin al control militar aliado y respiró con más alegría si cabe en sus últimos compases vitales con la consecución del Plan Young, pacto que fijaba el pago de reparaciones en cincuenta y nueve anualidades.

Asimismo, también apoyó a su colega en una de las más grandes utopías de las relaciones internacionales. En junio de 1927 Briand viajó a Washington y propuso a su homólogo norteamericano, Frank Billings Kellogg, un tratado para prohibir la guerra como instrumento de política nacional.

Caricatura del pacto Briand-Kellogg durante el Carnaval de París de 1929. (Archivo)
Caricatura del pacto Briand-Kellogg durante el Carnaval de París de 1929. (Archivo)

La sugerencia de Briand fue aceptada y refrendada un año más tarde en París por quince países, uniéndose a continuación cincuenta y siete más. Fue el punto álgido del pacifismo de entreguerras, y por eso mismo motivo de burla y escarnio para Henry Kissinger, quien en 'Diplomacia' (Ediciones B) lo juzgó como un ridículo sinsentido, algo comprensible al valorarlo a posteriori y con un currículum nada acorde con lo suscrito por sus antecesores, protagonistas de un contexto proclive a eliminar secretismos y favorecer actuaciones con luces y taquígrafos para aupar un bien común nada tentador en el decálogo del gran satán de la segunda mitad del siglo XX.

No contento con ello, ajeno por completo a las críticas, Briand quiso coronar su trayectoria con el reto supremo de edificar una Europa Federal basada en la solidaridad y una cooperación político-social sustentada en lo económico. Pronunció su planteamiento, siempre de acuerdo con Stresemann, el 5 de septiembre de 1929 en la sede de la Sociedad de Naciones, quien tras ovacionarlo le encomendó un memorando sobre un régimen de Unión Federal Europea escrito por el poeta Saint-John Perse y presentado en 1930. Ya era demasiado tarde. Los nubarrones ocupaban todo el espacio y los valedores se batían en retirada o habían desaparecido del mapa.

La comitiva fúnebre de Stresemann en Berlín en 1929. (Bundesarchiv)
La comitiva fúnebre de Stresemann en Berlín en 1929. (Bundesarchiv)

El 3 de octubre de 1929 Gustav Stresemann pagó su prodigiosa hiperactividad. Un accidente cerebrovascular acabó con su existencia. Su funeral en Berlín fue el acta de defunción de la República de Weimar. Al cabo de tres semanas la bolsa de Wall Street finiquitó el sistema de créditos y falsa bonanza económica. Las buenas intenciones colapsaron en el desastre, pero como mínimo sentaron los mimbres para desatascar el futuro, no en vano Jean Monnet recogió el testigo de Briand para asentar una unión aún en litigio consigo misma y la ciudadanía para definirse y abrazar una gobernanza ajena al factor nacional desde otro paradigma identitario imprescindible para nuestra centuria que, sin duda, debería tener los ecos planteados en el Argel de 1943, cuando desde su posición en el Comité de Liberación Nacional lanzó unas premisas aún vigentes: "No habrá paz en Europa si los Estados se reconstruyen sobre una base de soberanía nacional (...) Los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables. Esto supone que los Estados de Europa se agrupen en una Federación o 'entidad europea' que los convierta en una unidad económica común". En sus labios hablaban Stresemann y Briand y la conciencia de remar juntos y enhebrar noveles espíritus colectivos para no colapsar otra vez en la eterna ceguera de la repetición fracasada.

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