ENTREVISTA

Deborah Levy: "Las mujeres ya no aceptan el silencio, ya no permanecen calladas"

La escritora sudafricana está escribiendo lo que ella misma llama una "autobiografía en construcción"

Foto: Deborah Levy en los premios Man Booker de 2016. (Reuters)
Deborah Levy en los premios Man Booker de 2016. (Reuters)

Deborah Levy (Johannesburgo, 1962) está escribiendo lo que ella misma llama una "autobiografía en construcción". 'Cosas que no quiero saber' y 'El coste de la vida' (Literatura Random House) son los primeros dos volúmenes de esta autobiografía escrita "en el fragor de la vida, mientras la vida acontece". La escritora afincada en Londres desde que era una adolescente habla de la protagonista de sus libros en tercera persona, como si ésta fuera un desdoblamiento de sí misma y, en parte, lo es. La protagonista de esta "autobiografía" es Levy y, al mismo tiempo, es una mujer cualquiera, puesto que lo que le interesa a la escritora no es tanto narrar su vida, cuanto narrar la historia de una mujer que se construye a sí misma, una mujer que rompe el silencio, alza la voz y se afirma a través de sus propias palabras.

PREGUNTA. Siendo una niña, a la narradora se le dice que debe hablar más alto y decir lo que piensa. ¿Podríamos decir que su autobiografía en construcción es la historia de una mujer que busca alzar la voz, nombrarse y decir lo que piensa?

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RESPUESTA. Exactamente. Los dos libros tratan de la lucha por no permanecer callada, por hacer audibles tus palabras al mundo y, sobre todo, estos dos libros narran la lucha de una mujer por ser propietaria de sus pensamientos y sus ideas, aceptando tus contradicciones. La protagonista de estos libros debe asumir, como tenemos que asumir todas las mujeres, tanto su fuerza y poder como su vulnerabilidad, dos características que, por contradictorias que sean, conviven en todas nosotras, si bien nos resulta difícil aceptarlo. La protagonista busca construir su voz, de ahí la necesidad de hablar más alto, la necesidad de hacer escuchar su voz, porque solamente levantando la voz, haciéndola audible, es posible hablar a través de ella.

P. En este sentido, es clave la cita James Baldwin quien dice: "Para que yo aprenda tu nombre, tienes que aprender el mío".

R. En esta frase está la clave de estos dos libros. Baldwin es un escritor afroamericano que escribió en Estados Unidos durante y a favor de la lucha por los derechos civiles, oponiéndose públicamente a la discriminación racial que reinaba en el país. Sus obras tuvieron un gran impacto en mí porque subrayaban la discriminación que sufría la comunidad afroamericana, pero también porque me hacían pensar en la situación de la mujer. Esta frase que cito en el libro se refiere, evidentemente, a la realidad de discriminación que él vivía entonces en Estados Unidos, pero a mí me hace pensar también en cómo la sociedad borra los nombres de las mujeres: mi esposa, mi madre, mi pareja…. Se borra el nombre propio de las mujeres, convertidas en esposas, parejas o madres de alguien, eliminando cualquier trazo de su identidad. De ahí que recuperase la frase de Baldwin, porque para que cambien las cosas lo primero que hay que hacer es preguntar a cada uno cómo se llama, reconocerle por su nombre, por su identidad.

P. En el mundo artístico-literario, la eliminación de estos nombres implica la desaparición en el canon de muchas mujeres artistas. ¿La escritora tiene más dificultades a la hora de encontrar referentes, a la hora de encontrar una mujer en la que verse reflejada?

Tenemos que crear un mundo nuevo, un mundo que no solo apoye sino que reconozca la importancia de las mujeres y de los niños

R. No estoy están segura de ello, pues yo, en tanto que escritora y en tanto que mujer, tengo más de un referente, empezando por las escritoras francesas Marguerite Duras y Simone de Beauvoir y siguiendo con Adrianne Rich, Toni Morrison y la antropóloga Zora Neale Hurston. Todas ellas están muy presentes en 'Cosas que no quiero saber', pero no puedo no citar también a Emily Dickinson o Angela Carter, dos autoras que tuve muy presente mientras escribía el segundo volumen de mi autobiografía. Todas estas mujeres se construyeron una voz literaria propia y, a través de ella, formularon una dura crítica política al sistema. Me he convertido en la escritora que soy gracias a todas ellas y también gracias a más de una artista visual como la pintora Leonora Carrington o la fotógrafa Diane Arbus, cuyo imaginario responde también a la creación de esa voz propia que mi personaje busca encontrar a lo largo de los dos libros.

P. Un personaje que mantiene una "conflictiva" relación con Simone de Beauvoir: ella admira a la autora de El segundo sexo, pero no encaja en el modelo de mujer que De Beauvoir representa, sobre todo porque ella es madre.

R. Ante todo, hay que tener en cuenta de Simone de Beauvoir escribió en los cincuenta y en los los sesenta, en un contexto muy distinto al actual. A pesar de ello, creo que los postulados de su obra El segundo sexo siguen siendo absolutamente válidos y absolutamente actuales. Dicho esto, Simone de Beauvoir es mi musa, pero yo no podría ser nunca la suya, pero esto no debe suponer ningún un problema. Tenemos que vivir con estas pequeñas contradicciones, con el hecho de admirar una mujer como Simone de Beauvoir y, al mismo tiempo, no responder perfectamente al modelo de mujer que ella propone. Lo que quieren transmitir estos dos libros es que nada es sencillo, hablan del coste de vivir y, sobre todo, de la importancia de, en un determinando momento vital, tomar conciencia de la propia vida y dar un giro radical. Al fin de cuentas, la idea última de este libro es que, asumidas nuestras propias contradicciones debidas a la complejidad de toda vida, lo esencial es romper con ese patriarcado que nos ha impuesto desde siempre el silencio y que nunca ha tenido en cuenta ni a las mujeres ni a los niños. Tenemos que crear un mundo nuevo, un mundo que no solo apoye sino que reconozca la importancia de las mujeres y de los niños. Tenemos que buscar el valor para cambiar el mundo y darle un nuevo sentido; para ello, tenemos que dar definitivamente la espalda al relato que la sociedad patriarcal ha hecho de nosotras y construir uno nuevo, basado en el amor, en todo tipo de amor.

P. La ruptura con el patriarcado implica una reconsideración crítica de una institución como el matrimonio que, como leemos en sus libros, si bien implica falta de libertad para la mujer, sigue siendo el objetivo de muchas mujeres que ven en el hecho de tener pareja y en el matrimonio una manera de encajar en la sociedad.

R. Sí, volvemos a encontrarnos con una de las tantas contradicciones que nos definen. Las contradicciones, como te decía antes, no son malas, constituyen nuestra vida. En mi opinión, el matrimonio es bueno para los hombres, pero no lo es tanto para las mujeres. Evidentemente, cada uno tiene su propia experiencia, pero en mi opinión y en líneas generales, las mujeres son menos felices en el matrimonio de cuanto lo son los hombres. La prueba de ello la tengo en mis amigos: los hombres, a diferencia de las mujeres, se casan muchas veces y lo más paradójico es que, cuando están divorciados, llaman a sus ex mujeres por su nombre, pero, cuando están casados, borran su nombre y las llaman simplemente “mi mujer”. El matrimonio es una de las instituciones principales de la estructura patriarcal que sustenta nuestra sociedad; siendo así, ¿por qué el matrimonio debería estar pensado en beneficio de las mujeres? ¿Qué nos lleva a pensar que el matrimonio está pensando para las mujeres? Nada, nada en absoluto. Sin embargo, no quiero centrarme solo en el matrimonio sino ir más allá.

P. Su autobiografía en construcción se presenta como una respuesta al ensayo de George Orwell Por qué escribo.

R. El ensayo de Orwell se divide en cuatro apartados que corresponden a las cuatro motivaciones que le llevaron a ser escritor y a escribir: el objetivo político, el impulso histórico, el entusiasmo estético y el puro egoísmo. Las cuatro motivaciones dadas por Orwell son excelentes y, lejos de rechazarlas, lo que yo me proponía hacer con estos dos libros era retomarlas, pero abordando cada uno de los temas desde la perspectiva de la mujer, desde la mirada de una escritora.

Creo que, como escritora, era un gesto necesario y radical construir un relato a partir de la mirada de las mujeres

P. En una entrevista en 'The Guardian' sostenía que a todas estas motivaciones usted añadía la reivindicación feminista.

R. Seguramente la reivindicación feminista es la motivación que falta en el ensayo de Orwell, reivindicación que sin duda está tanto en 'Cosas que no quiero saber' como en 'El coste de vivir' a través de la exploración de la subjetividad femenina. De hecho, el tema de base de ambos libros es la subjetividad femenina, el punto de vista de la mujer, y, sobre todo, su construcción. En nuestra sociedad, el punto de vista dominante es el de los hombres. Por esto considero imprescindible reivindicar la mirada de la mujer y su subjetividad. Y cuando hablo de subjetividad me refiero a la manera en que experimentamos las cosas en nuestra cabeza, a la manera en que construimos nuestra percepción de las cosas. Creo que, como escritora, era un gesto necesario y radical construir un relato a partir de la mirada de las mujeres y llevar dichas miradas al centro, es decir, considerar el punto de vista de la mujer como algo central y no como algo marginal.

P. En este sentido, podríamos decir que su protagonista es una escritora que no quiere ser escrita, sino que quiere escribirse.

R. Es exactamente así. Hay una cita que dice: “El cuerpo debe ser escuchado, escríbete”. No hay nada que rebatir a estas palabras. Mis libros tienen que ver directamente con esta cita, en cuanto son una reacción contra el hecho de que la mujer sea siempre escrita por el relato masculino, contra la existencia de un guion para las mujeres. De ahí que la protagonista decida tomar la palabra, escribir su propio guion.

P. Usted cita a Virginia Woolf que, en su ensayo 'Un cuarto propio', afirma: "Escribirá con rabia en lugar de escribir serenamente. Escribirá tontamente en lugar de escribir con sensatez. Escribirá sobre ella misma en lugar de escribir sobre sus personajes. Está en guerra con su destino".

R. Virginia Woolf sostenía que no siempre era una buena idea escribir desde la rabia, pues se es más objetiva cuando se escribe desde la serenidad. Sin embargo, hay ocasiones en las que es imposible no sentir rabia y hay que aceptarlo. No siempre podemos analizar las cosas desde la serenidad. No es fácil aceptarlo, porque injustamente creemos que o somos fuertes o somos frágiles, o estamos rabiosas o estamos serenas… Tenemos que asumir que podemos ser fuertes y tener momentos de debilidad de la misma manera que podemos escribir desde la serenidad, pero también desde la rabia. Las mujeres no son una cosa u otra: somos complejas y sobre esta complejidad tenemos que escribir.

P. En un momento dado, la protagonista, leyendo a Virginia Woolf, constata que ella no tiene un cuarto propio. Este hecho permite reflexionar sobre la vulnerabilidad económica de muchas mujeres cuando se separan.

R. Sin duda, esta es una realidad que está ahí y, precisamente por esto, es necesario luchar por la igualdad de sueldos y de oportunidades. La experiencia de la narradora, sin embargo, no es tan desesperada. Es una mujer de cincuenta años que vende libros y que le pide a su anciana vecina que le alquile su cobertizo de madera, con estanterías, oscuro, lleno de polvo, con arañas… pero precioso. Este cobertizo, situado bajo un manzano, se convirtió en mi cuarto propio en un momento muy doloroso de mi vida y ahí pasé muchas horas pensando y escribiendo. Al inicio, pensaba que aquel cobertizo me serviría solo para escribir un libro, pero, al final, en ese cuarto polvoriento terminé por escribir tres. Mi idea era la de alquilar un cobertizo más grande y luminoso en cuanto cambiara mi situación económica, pero permanecí ahí, pues aquel viejo cobertizo se había convertido en mi habitación propia. Recientemente, tras nueve meses viviendo en París con una beca de la Universidad de Columbia, regresé a Londres y lo primero que hice fue ir a ver cómo estaba mi cobertizo. Había pasado todo el invierno, pero estaba tal y como lo había dejado, sobre mi escritorio estaban todos los libros que había utilizado para escribir' El coste de vivir'. Mi amiga, que me alquilaba el cobertizo, ya muy mayor, me dijo que tenía que vender la casa y comprar una más pequeña, pero me aseguró que la casa que se compraría tendría un jardín con cobertizo. Yo, entonces, respiré tranquila. No perdería ese cuarto propio en el que había escrito mis últimos libros.

No soy una escritora que le dice a sus lectores qué tienen que pensar, mis libros proponen reflexiones, pero no quieren ser prescriptivos

P. Uno de los temas que aborda en 'El coste de vivir' es la imposición de la femineidad: las mujeres, escribe, tienen que ser femeninas, responder al canon de femineidad que la sociedad impone.

R. Esta es la realidad, pero hay que cambiarla y, para ello, creo que es necesario que cada una de nosotras descubra por sí sola qué significa la femineidad o qué significa ser femenina para nosotras. No soy una escritora que le dice a sus lectores qué tienen que pensar, mis libros proponen reflexiones, pero no quieren ser prescriptivos. En mi opinión, las mujeres tenemos que descubrir qué significa la femineidad para cada una de nosotras, siendo conscientes de que no existe una única femineidad como tampoco existe una única acepción de masculinidad. Creo que ha llegado la hora de hablar de femineidades y de masculinidades, pues cada uno de nosotros expresamos quiénes y cómo somos de manera diferente. No tenemos que ceñirnos a un guion que nos diga cómo tenemos que ser como mujeres o como hombres, sino que tenemos que expresarnos por nosotras mismas. En una sociedad patriarcal como la nuestra, las mujeres, pero también los hombres, llevamos una máscara, interpretamos el papel que se nos dicta, respondemos a los conceptos de femineidad y de masculinidad que se nos impone.

P. De ahí la necesidad de romper con dichos roles y redefinir los conceptos o, incluso, ir más allá de ellos, borrándolos.

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R. Afortunadamente, las cosas están cambiando. Es un placer encontrarse con alguien, sea hombre o mujer, que ha encontrado la manera de auto expresarse. En este sentido, creo que estos dos libros son una crítica política a la sociedad patriarcal que ha impuesto un relato sobre cómo debemos entender la familia, el hogar, el amor, el género, el lenguaje… Lo que hay que hacer con el relato patriarcal es cogerlo por la cola y sacudirlo. Las mujeres de hoy no queremos que el relato de los otros determine lo que somo.

P. El coste de vivir cuenta la historia de una mujer de cincuenta años que toma conciencia de lo que ha sido su vida y decide tomar otro rumbo. ¿Cree que las nuevas generaciones toman conciencia de lo que quieren o lo que no quieren desde el inicio?

R. Espero que sí. Evidentemente, siempre ha habido mujeres que han tomado conciencia de su condición y han decidido cambiar el rumbo de sus vidas, pero creo que lo que hace particularmente importante este tiempo en el que vivimos es que, a día de hoy, las mujeres han roto con el silencio. Las mujeres no solo ya no aceptan determinadas situaciones sino que ya no aceptan el silencio, ya no permanecen calladas. El coste de vivir habla del placer de empezar una nueva vida, con todas las dificultades que esto implica. Este libro es una invitación a construir un nuevo modelo de familia y, consecuentemente, de sociedad.

P. Cosas que no quiero saber fue escrita cuando usted estaba en los cuarenta, El coste de vivir, cuando usted estaba en los cincuenta y, si no me equivoco, ahora está trabajando en el tercer volumen de esta autobiografía en construcción desde la mirada de una mujer de sesenta años.

R. Acabo de cumplir los sesenta años, necesito vivir algo más de esta nueva década para terminar el tercer libro, Real State, en el que intento observar qué llevan consigo las mujeres: sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas, sus sueños, sus posesiones… Por lo general, la autobiografía es el libro que se escribe al final de una vida, pero yo no quería esperar todo este tiempo. Quería que mi autobiografía se fuera escribiendo lentamente a medida que recorro la vida, a medida que la vivo. De ahí que Cosas que no quiero saber y El coste de la vida no hayan sido escritos mirando hacia atrás, desde una posición de supuesta sabiduría, sino que han sido escritos mirando de reojo a la vida, en pleno fragor de esa batalla que es toda vida.

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