70 aniversario

Mayo de 1949 en Berlín: cuando el mundo estuvo al borde de la III Guerra Mundial

A finales de primavera justo hace siete décadas, la humanidad se jugó su existencia en la primera gran batalla de la Guerra Fría jugada entre americanos y soviéticos en la capital alemana

Foto: Berlín en 1949 durante el bloqueo
Berlín en 1949 durante el bloqueo

A veces, para palpar el ambiente del momento, la hemeroteca es un recurso sensacional. El martes 24 de mayo de 1949 pudo haber sido un día de portadas históricas, pero, por ejemplo, La Vanguardia Española destacaba en su primera página la fabulosa historia del británico Michael Hippsley, un joven maniatado a sí mismo al estornudar veinte veces por minuto. Su cara, como quien dice, es un poema de desesperación ante la imposibilidad de controlar tanta proliferación de mocos... Dejemos al pobre Michael y retrocedamos un poco en el tiempo. En la Conferencia de Yalta, celebrada entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, los tres grandes decidieron dividir a la Alemania de la posguerra en cuatro zonas de ocupación. Las tres occidentales correspondieron a Estados Unidos, Reino Unido y Francia, con el sector oriental del país, reducido a las fronteras previas a las grandes anexiones del Tercer Reich, en manos soviéticas.

Para coordinarse de forma conjunto se creó el Consejo de Control. Sin embargo, los acontecimientos inmediatamente posteriores al final de las hostilidades empezaron a generar un caldo de cultivo incómodo, reafirmado en 1946 a través de dos mensajes definitorios para comprender la era en ciernes, donde los vencedores del conflicto estaban condenados a ondear la bandera de la discordia. En marzo de ese año Winston Churchill pronunció en la Universidad de Fulton su famoso discurso donde describió la irrupción de un telón de acero a lo largo y ancho del Viejo Mundo, de Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático. Pocos días antes George F. Kennan mandó a Washington su célebre telegrama largo, un memorándum de más de cinco mil palabras donde alertaba sobre el radicalismo de Stalin, contrario a la cultura del compromiso anglosajón y favorable a no ceder para perpetuar su poder personal y el de su propio régimen.

La conferencia de Yalta en 1945. De izq. a dcha., Churchill, Roosevelt y Stalin.
La conferencia de Yalta en 1945. De izq. a dcha., Churchill, Roosevelt y Stalin.

Con este par de premisas la Guerra Fría estaba servida en bandeja y deshacer la madeja era una utopía de infinitos quilates. Los americanos podían vanagloriarse de tener la bomba atómica, pero más allá del arma letal la partida se jugaba en pequeños movimientos de ajedrez cautelosos emprendidos por estrategas amantes del riesgo para comprobar la reacción del rival.

El lugar más tenso del orbe

El problema de explicar cierta historia en una era visual es el peligro de simplificarla en tópicos. Por ello no deja de ser hermoso recordar a ese soldado soviético con una sonrisa de oreja a oreja mientras portea con ligereza un busto de Hitler en un Berlín arrasado. Por ello la imagen de los criminales de guerra en Nuremberg oculta otros rostros encerrados en despachos. Al llegar a Buchenwald, Eisenhower palideció y ordenó sacar fotos de todo porque quizá algún día un cretino negaría la existencia del horror. El mal debía ser inmortalizado, no así el trabajo entre bastidores, minúsculo en el anecdotario y sustancial para comprender los acontecimientos.

Decía Lenin que quien tuviera Berlín tendría Alemania, y quien controlara Alemania dominaría Europa

Para gobernar con garantías los Lander de sus zonas los aliados occidentales optaron por miembros de la resistencia y nazis arrepentidos, por decirlo de algún modo. Los funcionarios, y lo mismo ocurrió en Italia y más tarde en la España de la Transición, eran esenciales si se quería mantener un atisbo de Estado, sobre todo cuando el viento viró hacia la disensión. En la primavera de 1946 la suspensión provisional por el general Clay, gobernador de la zona americana, de entregas en concepto de reparación a la URSS significó la ruptura de la consideración de la Alemania ocupada como una unidad económica. A fines de ese mismo año el Consejo de Control fue incapaz de adoptar decisión alguna de modo unánime y se desestimó la posibilidad de instalar su administración central en Potsdam, tal como estaba previsto.

Decía Lenin que quien tuviera Berlín tendría Alemania, y quien controlara Alemania dominaría Europa. La frase es premonitoria y puede trasladarse a distintos instantes del recorrido de la capital teutona, verdadero epicentro de una tensión irrespirable a la espera del siguiente paso hacia el incendio, paulatino, como si las chispas esperaran hermanarse para arrasar un bosque en ruinas.

El Berlín de postguerra
El Berlín de postguerra

En enero de 1947 los soviéticos bloquearon los productos agrícolas de su zona hacia el Oeste. Como contrapartida británicos y norteamericanos constituyeron la bizona, dotada de una administración central en manos de alemanes. Ante esta iniciativa Stalin tardó en reaccionar, haciéndolo quizá demasiado tarde. En julio advino el Plan Marshall, cuyo objetivo era reconstruir Europa y constituirse en palanca para evitar la expansión del Comunismo, algo confirmado por la negativa del dictador georgiano a aceptarlo en el bloque oriental. La única reacción, en cierto sentido para enhebrar un Status Quo, fue crear en el sector controlado por la hoz y el martillo una comisión análoga a la de los socios anglosajones.

La ruptura se olía en el aire y llegó en Londres, donde se celebró una conferencia de altos vuelos desde enero hasta junio de 1948. El 16 de ese mes la administración algo-americana y la francesa anunciaron para el día 21 el nacimiento del Deutsche Mark para suplir el devaluado Reichsmark, separándose así la economía de uno y otro sector, diferenciados entre sí por el vigor occidental por los efectos del Plan Marshall, mientras el este languidecía por la heroica y dificultosa tarea de revitalizar los países del venidero Pacto de Varsovia.

El bloqueo de Berlín

Por primera vez desde 1834 Alemania rompía su unidad económica. Las medidas de Stalin fueron tajantes. El 18 de junio Stalin puso toda la carne en el asador y ejecutó el bloqueo de Berlín. La capital constituyó un oasis aislado en los acuerdos de posguerra tanto por su valor simbólico como por su trascendencia en las comunicaciones. La única rendija para evitar un desastre sin paliativos surgió de un acuerdo urdido el 30 de noviembre de 1945, en el único acuerdo conjunto de la Comisión de Control, cuando se establecieron tres corredores aéreos entre Berlín, Bückeburg y Frankfurt del Meno.

El 24 de junio de 1948 los soviéticos implantaron un bloqueo total en carreteras, ferrocarriles y ríos para conseguir el abandono de Francia, Inglaterra y Estados Unidos de Berlín Occidental, donde vivían dos millones de personas que difícilmente podrían sobrevivir mucho sin comestibles y fuentes energéticas. La solución fue un milagro de logística y evitó la previsible catástrofe por la impulsividad de Clay, quien al principio del envite pensó en abastecer a los necesitados a través de un convoy armado, un indudable casus belli al suponer una invasión de la Unión Soviética.

El puente aéreo se reveló una magnífica opción: más de 900 vuelos diarios y 9.000 toneladas cada 24 horas

Como alternativa triunfó la opción de la vía aérea a partir de los tres corredores antes mencionados. Pese a las dificultades de los meses iniciales el puente aéreo se reveló una magnífica opción, con más de novecientos vuelos diarios y una cantidad aproximada de nueve mil toneladas cada veinticuatro horas. Esto reforzó la vinculación de los berlineses del Oeste con sus salvadores norteamericanos y propició un duro revés para los intereses soviéticos al no poder presentar el bloqueo como una operación inteligente para debilitar a su adversario, más bien insultante en su superioridad con algunos alardes como superarse en la distribución de carbón o bombardear a los niños con cajas de caramelos. El mantenimiento del puente aéreo durante casi un año dio, nunca mejor dicho, alas a sus autores, quienes asimismo podían argumentar haber mejorado el nivel de vida de los berlineses a su cargo, mientras los soviéticos veían como jornada tras jornada la precariedad era mayor en sus jurisdicciones. El 12 de mayo de 1949 se levantó el Bloqueo. El mundo, en una rutina habitual durante los siguientes cuatro decenios, contuvo el aliento y quizá entendió el sistema de la Guerra Fría, con el suspiro congelado, el miedo inminente y un respiro de alivio al pararse la máquina siempre, como una norma no escrita, en el último segundo.

23 de mayo de 1949

Habíamos inaugurado esta andadura con ese británico aquejado de estornudos en la primera página de un rotativo español. En su lugar debió haber figurado la fundación de la República Federal de Alemania. El primero de septiembre de 1948, nueve años después de la invasión de Polonia, se instituyó en Bonn el Consejo Parlamentario, órgano constituido por los once ministros presidentes de los Lander de las zonas de ocupación francesa, norteamericana e inglesa. Su función, junto a setenta delegados más, cinco de Berlín Occidental, fue la de elaborar una Carta Magna para un Estado Federal. El presidente del Consejo, y a la postre primer Canciller de la nueva República, fue Konrad Adenauer, el indio, antiguo alcalde de Colonia y muy respetado por todos sus pares.

Konrad Adenauer
Konrad Adenauer

Los trabajos se desarrollaron en la Academia de Pedagogía de Bonn, dando como fruto la ley Fundamental del 8 de mayo de 1949, aprobada por los tres gobernadores militares de los países ocupantes el mismo día en que se levantó el bloqueo. Entró en vigor el 23 de mayo y selló la confirmación de lo intuido durante la quiebra de la amistad entre los dos bloques ganadores del Totalitarismo. En otoño vería la luz su homólogo oriental y así, otra vez, Alemania sería alfa y omega del Planeta, en esta ocasión como condensación de una lucha sólo dilucidada con la caída del muro en noviembre de 1989, otra vez, por si lo dudaban, en Berlín.

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