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Wagner, el anarquista, contra el capitalismo

El Teatro Real ofrecerá siete funciones de 'El oro del Rin' entre los días 17 de enero y 1 de febrero

Foto: La clase obrera se rebela en 'El oro del Rin', la primera ópera de 'El anillo del Nibelungo'. (Teatro Real)
La clase obrera se rebela en 'El oro del Rin', la primera ópera de 'El anillo del Nibelungo'. (Teatro Real)

"Un anillo para gobernarlos a todos". No, no hablamos de 'El Señor de los anillos'. Hablamos del anillo de Wagner. De un nibelungo —un enano oscuro de las profundidades de la tierra— avaricioso que roba un anillo mágico, de gigantes y de dioses que luchan y matan por él. "Aquel que forje de oro del Rin el anillo, que le otorgará una fuerza inmensa, podrá ganar para sí la riqueza del mundo. Sólo el que abjure del amor obtendrá los poderes para hacer del oro un anillo", canta Alberich, el nibelungo "peludo y feo". Este 17 de enero se estrena en en Teatro Real 'El oro del Rin' ('Das Rheingold'), la primera ópera de la tetralogía 'El anillo del Nibelungo' de Richard Wagner, un ciclo que se representará a lo largo de cuatro temporadas sucesivas y que cuenta con la dirección de escena de Robert Carsen —con la coolaboración de Patrick Kinmonth— y la dirección musical de Pablo Heras-Casado —responsable de 'El holandés errante' de 2017.

Un anillo de oro para gobernarlos a todos, pero que también es una maldición: la de la avaricia, la lucha por el poder que lleva al mal, a la destrucción. Porque para Wagner, según el filósofo británico Bryan Magee, se interesó por el anarquismo filosófico y pensaba que "cualquier imposición de orden, incluso la más bienintencionada, constituye [para Wagner] una infracción, y va contra la vida, porque el gobierno como tal es un mal innecesario". La degradación moral como inicio del fin, de la muerte, de la extinción. Y aquí los dioses del libreto original de Wagner se convierten en aristócratas vestidos de gala o uniforme militar —el vestuario remite desde la Prusia imperial del Káiser Guillermo a la Alemania de los años 30-40—, como clase dirigente; los gigantes, la clase proletaria, la que produce con la fuerza de su cuerpo y viste con mono de trabajo, engañada por los poderosos; el nibelungo, un desahuciado reconvertido en explotador, y las hijas del Rin, tres vagabundas que viven entre los escombros y la basura que lanzan al río los ciudadanos corrientes y molientes de Colonia.

Alberich y las hijas del Rin en un momento de 'El oro del Rin'. (Teatro Real)
Alberich y las hijas del Rin en un momento de 'El oro del Rin'. (Teatro Real)

'El oro del Rin' de Carsen comienza con el ciudadano medio caminando a orillas del Rin; decenas de ciudadanos medios que se dirigen al trabajo cada vez a mayor velocidad —la espiral cada vez más frenética de la sociedad moderna— y que tiran sus desechos al fondo del río, que se llena de botellas de plástico, periódicos y envoltorios. El hombre desdeña a la naturaleza y la contamina creyéndose inmune, sin importarle ser el culpable de la decadencia de la Tierra y, por ende, de la suya propia . En el lecho del río, las vagabundas hijas del Rin viven entre la basura, pero custodian a su vez una fuente de oro, un recurso natural que se convierte en peligroso en cuanto el 'hombre' —o nibelungo o gigante o dios—, codicioso, lo transforma en instrumento de poder —de ahí el anillo y el yelmo que forjará más adelante el nibelungo Alberich—.

El hombre contamina creyéndose inmune, sin importarle ser el culpable de la decadencia de la naturaleza y, por ende, de la suya propia

Alberich, el enano feo desposeído, en cuanto tiene la posibilidad de ejercer el poder no duda en aplastar a aquellos de su misma clase: si antes de robarles el oro a las hijas del Rin, que intentan seducirlo para que rechace al oro por amor —eso sí, después de haberlo humillado y menospreciado—, Alberich se presenta como un pobre desgraciado, en su siguiente aparición se muestra envilecido y déspota, vestido de uniforme —ajado— y haciendo abuso del poder del anillo, obligando a sus esclavos a trabajar a destajo para seguir enriqueciéndose. ¿Les suena?

Alberich en 'El oro del Rin'. (Teatro Real)
Alberich en 'El oro del Rin'. (Teatro Real)

La analogía con la lucha de clases se hace más evidente con la aparición de Wotan y el resto de dioses, que acaban de mandar construir un castillo formidable y no quieren pagar lo estipulado a los gigantes que lo han levantado. En escena, grúas y bloques de hormigón suspendidos del techo, palés y elementos de albañilería. Wotan, el líder de los dioses, vestido con el ya mencionado uniforme de corte imperial, intenta embaucar a los constructores de su castillo: quiere disfrutar de sus muros y sus vallas que lo protegen del exterior, pero no quiere desprenderse de sus bienes. Los gigantes, una multitud enfundada en 'monos de currito' naranjas, se rebelan: la fuerza trabajadora, más numerosa que los dioses, exige respeto.

Freia es quien provee al resto de dioses de la fruta de la juventud —la mujer es la fertilidad, la perpetuación—, y a su vez objeto de compraventa

Mientras los gigantes han dedicado su sudor a colocar piedra sobre piedra para construir una vivienda que disfrutarán los dioses, éstos se dedican durante gran parte de 'El oro del Rin' a jugar al golf, beber champán, comer en abundancia y a disfrutar de los lujos a los que el resto de los personajes no tiene acceso. Disfrutan de la ostentación incluso con un cadáver caliente frente a ellos. Y tras un 'escrache' inicial, los gigantes deciden llevarse como prenda a Freia, la joven hermana de la esposa de Wotan, como contraprestación. Freia es quien provee al resto de dioses de la fruta de la juventud —la mujer como representación de la fertilidad, de la perpetuación—, pero a su vez es un objeto de compraventa.

Las hijas del Rin custodian el oro. (Teatro Real)
Las hijas del Rin custodian el oro. (Teatro Real)

La solución de los aristócratas para recuperar a Freia pasa por robar a los de abajo, no por cumplir su trato. Si los dioses no consiguen su objetivos mediante engaños, lo hacen por la fuerza. Y la codicia de unos y otros acabará conduciéndolos a la traición —incluso entre hermanos— y, en algún caso, a la muerte. El relato mitológico se torna en aviso contemporáneo: la obsesión por el oro, por la influencia y nuestro desdén por la naturaleza —que es más que una fuente de recurso— acabará con nosotros. Al final, los dioses caminan hacia el Walhalla, a través de la nieve, con soldados cargando detrás de ellos con sus muebles empaquetados, como la imagen elocuente de la clase militar al servicio del poder. Las hijas del Rin, las más pobres, las desahuciadas, lloran, mientras el servil Loge, dios del fuego, avisa: "Se precipitan a su fin quienes se imaginan tan fuertes".

Las siete funciones de El oro del Rin se ofrecerán entre los días 17 de enero y 1 de febrero con un reparto coral encabezado por Greer Grimsley (Wotan) y Samuel Youn (Alberich), secundados por Ain Anger (Fasolt), Alexander Tsymbalyuk (Fafner), Raimund Nolte (Donner), David Butt Philip (Froh), Joseph Kaiser (Loge), Mikeldi Atxalandabaso (Mime), Sarah Connolly (Fricka), Sophie Bevan (Freia), Ronnita Miller (Erda), Isabella Gaudí (Woglinde), Maria Miró (Wellgunde) y Claudia Huckle (Flosshilde).

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