autor de 'una historia de amor y oscuridad'

Muere Amos Oz a los 79 años, el escritor israelí que nunca mezclaba sus dos bolígrafos

Pacifista y extraordinario novelista, su obra literaria ha de ser tenida en cuenta en la foto finish de la mejor literatura mundial de los últimos cincuenta años

Foto: Amos Oz. (EFE)
Amos Oz. (EFE)

En 2007, cuando recibió el premio Príncipe de Asturias, Amos Oz daba cuenta de su actividad intelectual un día cualquiera: "Me levanto a las cinco de la mañana y paseo por el desierto. Eso me viene bien para mantener cierta distancia frente a la grandilocuencia de algunas palabras (nunca, para siempre, jamás). La mañana la dedico a mi obra literaria, luego hago una siesta y por la tarde me toca batallar por la paz. Escribo a mano, con bolígrafos diferentes (uno azul, otro negro) según sea una novela o un artículo contra el Gobierno. Nunca los mezclo". Amos Oz ha muerto hoy en Israel a los 79 años. La última novela del escritor, uno de los más extraordinarios narradores israelíes, la publicó Siruela en 2015 en España con el título de 'Judas'. En ese sello encontrará el lector español la práctica totalidad de su obra.

Muere Amos Oz a los 79 años, el escritor israelí que nunca mezclaba sus dos bolígrafos

El escritor israeli padecía cáncer. "Mi querido padre acaba de fallecer de cáncer después de un rápido deterioro. A todos los que le amaron, gracias", informó su hija Fania Oz-Salzberg en su cuenta de Twitter.

'Una historia de amor y oscuridad', así tituló Oz su biografía publicada en 2002, tal vez su mejor libro. Es la historia de su vida pero también la del estado de Israel y su tan increíble como ardua aventura. Y es que Amos Oz nace en 1939 en Jerusalén durante el mandato británico de Palestina y las primeras palabras que recuerda haber aprendido son "British, go home". Sus padres habían llegado allí seis años antes en un periplo convulso (y habitual para un judío en aquel tiempo) desde su huida de Odesa en 1917 al calor de la revolución bolchevique y de la Declaración Balfour. Yehuda Klausner y Fania Mussman eran dos más de los centenares de miles de judíos europeos cultos y cosmopolitas expulsados de una Europa hostil que paradójicamente repudiaba a los más europeos de sus ciudadanos y que unos años después, ya bajo la bota de Hitler, se apresuraría a exterminarlos.

'Una historia de amor y oscuridad' . (Siruela)
'Una historia de amor y oscuridad' . (Siruela)

La relación de estos intelectuales judíos con "la espléndida y mortífera" Europa era ambivalente, de amor pero también de odio, como describen, con humor y pesadumbre, las páginas de su biografía: "El Mundo entero estaba lejos, era atractivo y enigmático, pero muy peligroso y hostil para nosotros: no quieren a los judíos porque son perspicaces, astutos y sobresalientes pero también escandalosos y jactanciosos. No les gusta lo que hacemos aquí, en Eretz Israel, porque nos envidian hasta por un trozo de tierra cenagosa, pedregosa y desértica. Allí, en el mundo, todas las paredes estaban cubiertas de frases difamatorias, 'Judío, vete a Palestina', y nos fuimos a Palestina, y ahora el mundo nos grita: 'Judío, sal de Palestina'".

Los 'tzures', los recién llegados, clandestinos, desesperados, supervivientes de la Shoa, eran observados con desprecio por los veteranos

El Eretz Israel que acogía a los judíos europeos distaba mucho de ser uniforme. Recuerda Oz que en el imaginario de su culta familia una implícita escala de valores situaba en la cima a los pioneros que horadaban los valles de Galilea y fundaban kibbutzs en el desierto del Neguev. Después seguía la comunidad organizada y urbana que pagaba impuestos. A continuación una amalgama de ultraordodoxos, revolucionarios y desclasados de toda condición. Y en el último escalón social estaban los 'tzures', los recién llegados, inmigrantes clandestinos, desesperados, supervivientes de la Shoa, que eran observados con desprecio por los más veteranos que no soportaban su "lamentable yiddish”, y que no se sentían especialmente solidarios con ellos por, "con toda su sabiduría, haberse quedado sentados esperando a Hitler".

Dolor y guerra

Oz acaba de cumplir nueve años en mayo de 1948 cuando se proclama el estado de Israel; 12 en 1952 cuando se suicida su madre; 15 en 1954 cuando abandona su casa, troca el apellido Klausner por el de Oz que en hebreo significa "coraje" y se marcha al kibbutz Hulda donde viviría más de dos décadas; 17 en 1956 al estallar la Guerra del Sinaí, tras la nacionalización del canal de Suez; 28 en 1967 al relampaguear la Guerra de los Seis Días en la que es movilizado; como también lo será en la del Yom Kippur, en 1973, a los 34 años. Más tarde arreciarían la guerra del Líbano de 1982, las intifadas, la segunda guerra del Líbano de 2006, la Operación Plomo Fundido en Gaza en 2009, y nuevamente Gaza en 2014. Las tragedias íntimas y públicas de Oz se entrelazan así con las que amenazan, a lo largo de 70 años, a una joven democracia que defiende, contra sus hostiles vecinos, su derecho a existir.

Oz se mudó al kibbutz cuando era un adolescente en la década de 1950 y permaneció allí 30 años.
Oz se mudó al kibbutz cuando era un adolescente en la década de 1950 y permaneció allí 30 años.

Los padres de Oz formaban parte de las ahorrativas clases medias intelectuales de la metrópoli y admiraban a distancia, sin desearla para sus hijos, la epopeya de aquellos pioneros quemados por el sol que abandonaban los libros para dar forma con sus manos al desierto. El joven Amos explota su rebeldía juvenil rompiendo con su padre justo por ese lado. Si su padre era un intelectual conservador universitario y bibliófilo, él se suma a la causa de la izquierda socialista y se marcha al kibbutz a trabajar la tierra. No podía imaginar que precisamente allí le esperaba, como en el relato "Muerte en Ispahán", de 'Las Mil y una noches', su destino literario.

¿Son autobiográficas las novelas de Oz? ¿Es posible hallar en sus personajes femeninos, enfermizos y frustrados, trasuntos de Madame Bovary, ecos de su madre suicida...? ¿Reconocemos en los deslenguados e inquietos personajes masculinos al propio Oz? El autor responde en 'Una historia de amor y oscuridad' que sí, que por supuesto, que en sus novelas todo es autobiográfico, pero que le fastidia mucho que le pregunten tal cosa de todas formas y que además no le interesan ni el entrevistador impúdico ni el perezoso lector cotilla que solo busca chismorreos:

El espacio que el buen lector labra durante la lectura no es el que está entre lo escrito y el escritor sino el que está entre lo escrito y tú mismo

"El espacio que el buen lector prefiere labrar durante la lectura de una obra literaria no es el terreno que está entre lo escrito y el escritor sino el que está entre lo escrito y tú mismo. En vez de preguntar: 'Cuando Dostoievski era estudiante, ¿de verdad asesinó y robó a ancianas viudas?', prueba tú, lector, a ponerte en el lugar de Raskolnikov para sentir en tus carnes el terror, la desesperación y la perniciosa miseria, y compararla no entre el personaje del relato y el escrito sino entre el personaje del relato y tu propio yo secreto".

Desdicha, sufrimiento y consuelo

La obra literaria de Amos Oz ha de ser tenida en cuenta en la foto finish de la mejor literatura mundial de los últimos cincuenta años. Pone en juego para lograr tal excelencia apenas tres elementos que se reescriben y reorganizan con originalidad en cada una de sus novelas: la desdicha, el sufrimiento y el consuelo. Tales artificios literarios comparten una misma raíz ética -pues su aparición en escena nunca es desesperanzada-, además de una gran productividad literaria, como demuestra la conmoción emocional que sucede a la lectura de sus historias. Historias que son para Oz las de sus personajes.

Oz es un magnífico urdidor de personajes desdichados que sin embargo logran acariciar el consuelo con la punta de los dedos

Oz es un magnífico urdidor de personajes. La soñadora, frustrada y finalmente demenciada Jana de una de sus primeras novelas, 'Mi querido Mijael'; el inquieto y desesperado Joni y su alter ego, el torturado y verborreico Azarías de 'Un descanso verdadero'; el tan entusiasta como melancólico y políticamente incorrecto Fima de 'La tercera condición'; incluso el entrañable y traidor Profi de 'Una pantera en el garaje'. Hombres y mujeres desdichados y sufrientes que, sin embargo, logran al término, sin gratuitos finales felices, consuelo, o al menos lo acarician con la punta de los dedos.

Ha sido citada ya otras veces la posición de Amos Oz acerca de la finalidad de la literatura, del rocío que debe salpicar los corazones cuando amaina la tempestad de una buena lectura. Pero conviene recordarla aquí por su potencia explicativa. Oz traza un surco en la tierra de las letras entre los finales shakesperianos y los chejovianos. En los primeros vence la justicia poética pero su luz sólo ilumina un escenario repleto de cadáveres. En los deudores del escritor ruso los personajes pueden aparecer tristes, doloridos, cansados, tal vez incluso melancólicos... pero siguen vivos.

Amos Oz
Amos Oz

Quizás por ello, Oz reprocha a gran parte de la literatura actual su obsceno regodeo en el sufrimiento, la cruel y abusiva ligereza con que espolvorea sal en las heridas. Frente a ella, su obra literaria no deja de mostrar el sufrimiento, no elude el dolor ni la fragilidad, no defiende siquiera que el amor deba vencer necesariamente a la oscuridad, pero se conjura indudablemente de su parte, en las filas de la vida contra la muerte. La conjura de Oz es así la de la mejor literatura, aquella que no se debe nada más que a sí misma, la que se juramenta únicamente para dar forma expresiva al material de la memoria y se impone la función -como explicó en una entrevista- de "extraer de la desdicha una pizca de consuelo y un pellizco de bondad. ¿Como lo diríamos? Si no vendar nuestras heridas al menos lamerlas".

¿Dar voz a Israel?

La crítica ha dicho de Oz que su principal preocupación narrativa consiste en dar voz a Israel. Él ha respondido, con una sonrisa triste, que en realidad lo único que hace en sus historias es invitar a los muertos a tomar café, y les escucha y les habla también, pero ya en paz consigo mismo, sin reproches. Ha añadido también que, aunque su país es una fuente inagotable de historias, a veces envidia a los escritores europeos que no tienen que vivir en un lugar tan complicado. "Cuánta calma tendría, cuánta energía podría ahorrarme de no discutir de política".

Amos Oz no ha economizado nunca su energía, precisamente. En 1978 fundó el movimiento Shalom Ajshav (Paz Ahora) pero ya desde los 60 -y fue uno de los primeros intelectuales israelíes que lo hizo-, defendía la retirada de los territorios ocupados y la existencia de dos estados, palestino e israelí conviviendo en paz. Pero debiéramos andar con pies de plomo antes de adjudicarle por ello el eslogan facilón de "escritor comprometido".Y es que el compromiso de Oz es de un tipo muy particular cuya grandeza sólo puede calibrarse al hilo de su posición contra el fanatismo.

El fanático está más interesado en el otro que en sí mismo pues tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto

'Contra el fanatismo' titula Oz su mejor libro de ensayos. En sus páginas da cuenta de la caracterización del fanático como aquél "que no puede cambiar", cuya urgencia es siempre la de "pertenecer a" y lograr que todos también "pertenezcan a". "Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar.(...) El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error (...) De una forma u otra, el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto", concluye Oz.

Para la necedad meridiana del fanático todo el que no lo sea, es un cobarde. O con él o contra él. Hay que elegir. Y no es fácil, asume Oz, elegir entre ser un fanático o un cobarde. Pero si cobarde es quien se atreve a saber sin prejuicios ni ideologías, quien actúa como si el bien y la verdad efectivamente existieran, qué maravilloso cobarde es Amos Oz. Tal es su compromiso.

"No soy un pacifista en el sentido sentimental de la palabra. (...) Nunca lucharía -prefiero ir a prisión- por más territorios. Nunca lucharía por un dormitorio de más para la nación. Nunca lucharía por lugares sagrados o por vistas a los santos lugares. Nunca lucharía por supuestos intereses nacionales. Pero lucharía y lucho como un demonio por la vida y la libertad. Por nada más".

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