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Amos Oz, relatos para la dignidad y la conciliación en los kibutz

Descubrí a Amos Oz hace poco tiempo con una magnífica novela epistolar titulada La caja negra (Siruela). En ella destaca el contrapunto de las voces: la

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Amos Oz, relatos para la dignidad y la conciliación en los kibutz
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    Descubrí a Amos Oz hace poco tiempo con una magnífica novela epistolar titulada La caja negra (Siruela). En ella destaca el contrapunto de las voces: la voz lírica de Ilana; la fanática de Michael, judío ultra-ortodoxo y marido de Ilana; la voz enferma y llena de cólera de Giddeon, héroe bélico reconvertido en prestigioso y rico intelectual, primer esposo de Ilana y padre de su hijo Boaz; el cinismo cómico del abogado de Giddeon; y la cadencia casi iletrada del joven Boaz. Cada voz se dibuja en el oído de lectores que llegan a identificarlas a ciegas. Palpando con los dedos.

    Más allá del amor como lazo de sangre, el sentimiento aparece en este libro como amalgama entre violencia, dependencia y despecho. También perdura el rescoldo del sexo que acabará culminando en formas de emoción asistencial: arrebato, ira o pasión son sólo reminiscencias del pasado. A la interpretación de La caja negra como novela amorosa se une su carácter histórico y político: no es irrelevante el trasfondo de la Guerra de los seis días ni la sangrienta construcción del estado de Israel. 

    Incluso el amor, contradictorio y mutante, que vincula a los protagonistas, podría ser la metáfora de cómo se compacta un estado creado artificialmente. La redención, la “falta de talento básico para la vida”, “la enfermedad teológica” y el fanatismo, el dinero y la reflexión sobre el gozo y la felicidad que lleva a Giddeon a decir que “la felicidad es kitsch” -¡vaya imagen!- constituyen otros mimbres temáticos de esta historia escrita bellísimamente. Sin embargo, si hay un tema que sobrecoge por encima de los demás, es la denuncia de Oz del sometimiento de las mujeres a causa de la ley judía

    Para dar cuenta de estas desigualdades, las voces de La caja negra hablan de maternidad y de una superioridad sexual de las mujeres que también se plasma en el último libro del autor israelí publicado en España: Entre amigos, una colección unitaria de cuentos o quizá una novela fraguada a base de historias interconectadas. Todo sucede en un kibutz en la época del segundo gobierno de Ben-Gurión. Edita Siruela con traducción del hebreo a cargo de Raquel García Lozano.

    Retrato

    No ha cambiado mucho Amos Oz. Al menos, eso se infiere de las fotografías que aparecen en las solapas de sus libros. Un hombre de ojos azules, entrecerrados por la luz, con el iris extendido de los gatos, mira a cámara sin llegar a sonreír del todo. Tiene la piel surcada por arrugas profundas que, cuando era joven expresaban intensidad e intrepidez, y que, al hacerse mayor, resultan naturales. Las arrugas han perdido su efecto dramático. Un tipo con cara de buena persona. Los años le han dulcificado, aún más, la expresión y encanecido el pelo. Eso es todo. 

    Muchas otras cosas permanecen casi imperturbables en Oz: su compromiso con la paz en el conflicto palestino-israelí, su búsqueda de la conciliación, su capacidad para mirar con ojos ajenos o extrañados y relatar el trauma de la historia sin épica, con un tono modesto que sobrecoge a lectores que saben que aprender a ponerse en la piel del enemigo es comenzar a sufrir. Y a entender. Y a buscar una vía difícil, aunque no imposible. La misma de la que habla uno de los personajes de “El rey de Noruega”, el primer cuento de Entre amigos: el hombre “pequeño y calvo con unas enormes orejas de murciélago” es un valiente al que todos se le echan encima dentro del kibutz por decir cosas como que “las acciones de represalia no hacían más que acelerar el círculo vicioso de la violencia porque la venganza llama a la venganza y las represalias a las represalias.” 

    Un camino de templanza y racionalidad que a menudo se entiende como traición en las situaciones de conflicto. De todos estos asuntos también habla la directora canadiense Anaïs Barbeau-Lavalette en su estremecedora película Inch´Allah: será de esas películas que duren muy poco en la cartelera quizá porque nos coloca frente a realidades ante las que solemos apretar los ojos y taparnos las orejas mientras hacemos ruidos con la boca… 

     

    Justo lo contrario de lo que hace el protagonista del primer relato: el jardinero del kibutz sólo comparte malas noticias con sus vecinos. Quizá lo hace porque “cerrar los ojos ante la crueldad de la vida es, en mi opinión, una estupidez. Nosotros podemos hacer muy poco, pero (…) hay que decirlo”. La identificación entre la figura del escritor comprometido y la del agorero está servida.  

    Entre amigos

    Lo mismo que con su físico sucede con la literatura que Oz nos entrega en su madurez. En Entre amigos, al igual que en La caja negra, la historia con mayúscula se proyecta en la sentimentalidad y la sentimentalidad acaba siendo metáfora política: los problemas para convivir con los extraños y con los semejantes, dado que todos somos las dos cosas a la vez. 

    En el contexto del kibutz, Oz encuentra personajes que provocan empatía y otros que despiertan rechazo. La mayoría de ellos suscita las dos emociones según cuáles sean las circunstancias, porque una palabra clave en la bibliografía de Oz es “depende”. Es constante su cruzada contra el fanatismo. El relativismo del escritor israelí no es irresponsable sino profundamente moral. Esa doble faceta de la emoción –el miedo, la magnanimidad, el amor como pulsiones positivas o negativas- es también el objeto de un ensayo firmado por Victoria Camps, El gobierno de las emociones (Herder), pensadora que posiblemente está en sintonía con el pensamiento de Oz.

    Si en La caja negra la necesidad de dar voz a distintas sensibilidades encontraba su fórmula en la novela epistolar, aquí el problema narrativo se resuelve de otra forma: la voz es la del plural, la del colectivo que integra el kibutz y que, a veces, se personaliza con el comentario en estilo directo de alguno de los personajes que recorren y se repiten a lo largo de las narraciones para ofrecernos diferentes perspectivas de un mismo ser humano. 

    En esta peculiar voz se combina lo diferente y lo igual, y el multiperspectivismo encuentra su reverso en la construcción de un universo endogámico, claustrofóbico, del que algunos personajes necesitan salir: así le ocurre al protagonista de “Dir Ajlun”. La endogamia y las contradicciones también encuentran su correlato literario en el repertorio de historias de amor: el amor triangular y la infidelidad de “Dos mujeres”; el romance entre el viejo y la niña, la promiscuidad del hombre, en “Entre amigos”; el amor paterno-filial en “Un niño pequeño”; el amor no resuelto de juventud en “Por la noche”; el amor como compasión y espíritu asistencial en “Esperanto”. 

    Mujeres

    Y en todas los cuentos, como en La caja negra, sobresale la dimensión de mujeres que se retratan en sus instantes de máxima dignidad y valentía: abandonando al hombre que no las satisface, atendiendo al amigo que está a punto de morir, preocupándose por la salud de un esposo infiel, atreviéndose a dar el primer paso en una relación o a contradecir los preceptos del kibutz frente a toda la espeluznante asamblea.

    Los cuentos o las cuentas de este collar se unen a través de un hilo de oposiciones que se relativizan: la crueldad frente a la compasión y la compasión como posible vertiente de la crueldad; el individuo frente a la comunidad o la idea de que tal vez el individuo sólo tiene sentido en una comunidad que lo incluye hasta en sus momentos de rabia; el deseo de igualdad frente al fantasma de la homogeneización despersonalizadora; la utopía como pesadilla y a la vez la necesidad de no renunciar nunca a un horizonte…  

    Al final, esa voz colectiva que oprime a personajes que son a la vez objeto y sujeto de la narración, la voz del chismorreo, se trasmuta en “Esperanto”, la última de estas historias: el nosotros de “Esperanto” en una voz de compañía y afecto en el compartido dolor ante la muerte. Como en otros casos, aquí la mirada de Amos Oz también nos ofrece una doble perspectiva, una doble posibilidad, la opción de que algo sea bueno y malo a la vez, el “depende” de la conciliación.    

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