DEL CULTO AL LINCHAMIENTO

Letizia, Felipe y la muerte del juancarlismo: ¿la hora del exilio?

La nueva caída en desgracia del Rey emérito tras las cintas de Corinna abre otra crisis real que podría cerrarse con decisiones drásticas. ¿Queda algún juancarlista en España?

Foto: Los reyes Felipe y Letizia, la princesa Leonor y la infanta Sofía en Covadonga. (EFE)
Los reyes Felipe y Letizia, la princesa Leonor y la infanta Sofía en Covadonga. (EFE)
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"Señor: no se preocupe; nosotros nos ocupamos de todo; diviértase, vuestra majestad". He aquí el espíritu de las fraternales relaciones entre el felipismo y el juancarlismo en los años locos de la democracia, según cuenta Manuel Soriano en 'La sombra del rey' (1995), biografía autorizada de Sabino Fernández Campo, legendario fontanero real. Pero, ¡ay!, del diviértase vuestra majestad hemos pasado al escóndase vuestra majestad; del juancarlismo como gran movimiento político de masas de la democracia, al juancarlismo como enfermedad contagiosa. Del carismático estadista campechano capaz de sacar petróleo de debajo de las piedras a la persona non grata. Del culto a la personalidad y el jijí-jajá al oprobio y el linchamiento. Del no se publican cosas malas sobre el Rey... a la barra libre y el escarnio.

Si nos lo llega a decir alguien hace veinte años, le hubiéramos tomado por un loco, pero ya es un hecho: los juancarlistas están en vías de extinción en España. "¿Juancarlista yo? No, no, yo nunca fui tal cosa", vendría a ser el clima actual de desbandada. Cual 'roedores' que abandonan el barco antes de que se hunda. Casi nadie pone la mano ya en el fuego por el Rey emérito.

Bajo tierra

Y eso que el plan de rehabilitación de la figura de Juan Carlos I había salido más o menos bien… hasta ahora: 1) Abdicación exprés para evitar quilombos. 2) Asunción de responsabilidades vendida como generoso relevo generacional para llevar la monarquía al siglo XXI. 3) Lenta pero progresiva vuelta de Juan Carlos I a los actos institucionales.

Portada del 'Pronto'
Portada del 'Pronto'

Hasta que estalló el escándalo de las oscuras cintas de Corinna y Villarejo —con la examiga entrañable del rey acusándole de diversas turbiedades económicas— y el castillo de naipes de la regeneración volvió a desmoronarse.

La prensa rosa (y la otra) llevan todo el verano disertando con total naturalidad sobre los presuntos dineros suizos del emérito y sus no menos presuntas comisiones petroleras. De 'Sálvame' a la revista 'Pronto', los medios con más audiencia hablan sin parar sobre los negocios de Corinna y Juan Carlos I. Zarzuela, tenemos un problema (serio de control de daños).

Juan Carlos I, otra vez bajo tierra hasta que escampe.

Señor: no se preocupe; nosotros nos ocupamos de todo; diviértase vuestra majestad

Ni rastro del emérito en el verano mallorquín -burlando la clásica puesta en escena de la Casa Real- y pocas ganas (de momento) de que Juan Carlos I participe en los actos oficiales del 40 aniversario de la Constitución (el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, obvió su nombre hace unos días en la presentación de la conmemoración). ¿Qué hacemos con Juan Carlos I? De momento, la justicia ha decidido que no investigará la trama real de las cintas de Corinna, aunque el roto ya está hecho.

En un artículo publicado por este periódico el 26 de julio —"La inacabada abdicación de Juan Carlos I"— José Antonio Zarzalejos aseguraba que la opinión pública no iba a consentir —tampoco aquella que se considera de razón o de corazón monárquica— que no se investiguen las conductas del Rey emérito hasta donde sea posible. Zarzalejos remataba así: "El Rey se encuentra en una situación comprometida. Su hermana visitando a su marido recluso en Brieva, su padre sometido a investigación judicial, su madre mal avenida con la Reina consorte y de nuevo humillada por el Rey emérito a propósito de los ecos de su relación con Corinna Larsen, y creciendo un movimiento republicano. Y todo ello, provocando aparentemente una perplejidad que la Zarzuela no parece capaz ni de disimular ni, mucho menos, de superar. Hay acontecimientos que, por su imprevisibilidad y contundencia, restan capacidad de reacción. Es el caso. Situación de alto riesgo que se conjurará hundiendo el bisturí hasta donde sea preciso. La monarquía solo prospera si se instala bajo un techo de cristal".

Entrevista a Ana Romero

Si a la gran cantidad de información relevante que da en sus libros le añadimos sus cifras de ventas, podríamos decir que Ana Romero es ahora mismo la periodista de asuntos reales más influyente de España (el mes que viene publica un pack —'Crónicas reales'— que recopila sus dos últimos libros). Muy crítica con los manejos del comisario Villarejo que llevaron a la filtración de la cinta de Corinna, Romero analiza las claves del último psicodrama real en esta entrevista.

Nuevo libro de Ana Romero
Nuevo libro de Ana Romero

PREGUNTA. Parecía imposible caer más bajo que con la cacería y la abdicación, pero Juan Carlos I ha vuelto a caer en desgracia...

RESPUESTA. Más que de nueva caída en desgracia yo hablaría de: el remate. Juan Carlos I cayó en desgracia, abdicó, regresó discretamente, protagonizó un pequeño 'revival' en su 80 cumpleaños [enero de 2018], y cuando parecía que todo lo malo ya había pasado... En realidad no sé si esto es el remate, porque a lo mejor hay más... No obstante, las situaciones [caza de elefantes y abdicación versus cintas de Corinna y Villarejo] no son comparables en modo alguno. El impacto político e histórico de la abdicación es incomparable. Lo que pasó no va a volver a pasar nunca más. Lo de ahora es una recaída posterior a la gran caída.

P. Una vez que la bala de la abdicación ya está gastada, ¿qué margen de maniobra queda si la tormenta vuelve a arreciar?

R. Es que esto ya es como cuando los buitres dan vueltas alrededor de la carne podrida. ¿Qué más queréis? ¿Enterrarle vivo? El margen es muy pequeño. Juan Carlos I abdicó y desapareció. ¿Qué más puede hacer? Hay voces estrambóticas pidiendo que se le confine, como en la Edad Media. ¡Pero si ya abdicó por su falta de ejemplaridad!

P. No obstante, más allá de las apetencias monárquicas de cada cual, entiendo que cualquier movimiento a corto plazo vendría de dentro no de fuera. Me explico: ¿necesita la Casa Real volver a degradar a Juan Carlos I para proveerse de un nuevo cortafuegos?

R. La presencia del Rey emérito puede ser más o menos embarazosa para su familia, pero insisto en que el margen de maniobra es pequeño.

P. Al margen de las grabaciones filtradas y de los intereses perversos que hay detrás, ¿diría que Corinna es un asunto controlado y zanjado o va a dar más sustos a medio plazo?

Hay voces estrambóticas pidiendo que se confine a Juan Carlos I, como en la Edad Media. ¡Pero si ya abdicó por su falta de ejemplaridad!

R. ¿Está cerrado? No creo que sea posible que aparezca un nuevo policía corrupto con aliados mediáticos que intente sacarle más jugo a la examante del Rey. Por ahí parece que está cerrado.

P. ¿Y por parte de Corinna? Me refiero a si quedan aún flecos entre ella y el Rey emérito…

R. Corinna era caso cerrado… hasta que un personaje oscuro —el comisario Villarejo— la usó para una cosa concreta. Corinna debería volver a estar donde estaba, desaparecida, su dosier estaba cerrado: tuvo una relación con el Rey, salió muy beneficiada de la misma… y ya. Pero siempre caben todo tipo de posibilidades: si la justicia española la llama a declarar en algún momento, aunque ahora mismo no tiene pinta de que eso vaya a pasar, volvería a abrirse el caso, un nuevo elemento embarazoso para la Casa Real. Pero al margen de esa posibilidad, no se me ocurre otro motivo para que Corinna no vuelva a caer en el olvido; ahora bien: cualquier previsión sobre este asunto es aventurada.

P. ¿Cómo ha quedado la figura del emérito después de todo esto?

Corinna debería volver a estar donde estaba, desaparecida, su dosier estaba cerrado: tuvo una relación con el Rey, salió muy beneficiada de la misma… y ya

R. Lo que ha pasado es muy malo para Juan Carlos I. Las personas que quieren que el Rey pague por todo pueden estar contentas: lo que ha pasado dificulta la actividad de la Casa Real. Por otro lado, cuando el Rey emérito fallezca, no solo se destacará su buena labor durante la Transición, sino también que la cagó al final de su vida.

P. ¿Se publicarán más turbiedades?

R. Pues esto es un poco como lo de las 'nuevas' informaciones sobre Bárbara Rey: Juan Carlos I está ya amortizadísimo. Pero, oye, las circunstancias cambian: es legítimo que un país se empeñe en juzgar a una figura histórica.

Sabino, el fontanero mañoso

La sensación es, por tanto, que la Casa Real ha perdido el control informativo, y que para estabilizar la situación hace falta algo más que un cerrojazo judicial. Los tiempos han cambiado y la batalla de los medios es clave. Y es que, desde que saltó por los aires el pacto de silencio entre la monarquía y los medios —vigente desde la Transición—, la Casa Real no para de achicar agua, incapaz de procesar el brusco cambio de paradigma informativo: del no poder publicar casi ninguna noticia delicada sobre el Rey (1977-2011) hemos pasado al vale todo 'villarejista' y al 'clickbait' digital. O las luces y sombras de la ampliación del campo de batalla informativo: por suerte, ahora hay mucha más libertad que antes para escribir sobre la Casa Real, pero también mucho más libertinaje.

Existía un pacto táctico entre Sabino y la prensa: todos los temas importantes que afectaran al Rey se consultaban con él antes de publicarse. En muchas ocasiones, naturalmente, no salían a la luz

Las cosas eran muy diferentes en los viejos tiempos de Sabino Fernández Campo (1977/1993), que controlaba a la prensa con una mezcla de mano izquierda, engatusamiento y astucia de hombre de Estado.

Atentos a lo que cuenta Manuel Soriano (con el visto bueno de Sabino) en la biografía del cancerbero real. He aquí una lección magistral sobre las relaciones de poder entre periodistas y fuentes de Estado que debería estudiarse en todas las facultades para que los estudiantes de periodismo se caigan del guindo cuanto antes.

El libro sobre Sabino
El libro sobre Sabino

1) "Sabino dedicaba mucho tiempo a conseguir que los medios 'trataran bien' a la familia real o fueran discretos con sus asuntos más delicados… Desde los poderosos editores hasta el más modesto redactor de provincias que se interesara por los asuntos de la Zarzuela entraban en su agenda… Existía un pacto táctico entre Sabino y la prensa según el cual todos los temas importantes que afectaran al Rey y a su familia se consultaban con él antes de publicarse. En muchas ocasiones, naturalmente, no salían a la luz. Cuando se trataba de persuadir al periodista de que desistiera de sus propósitos, el argumento más habitual era: 'Este tema no conviene'".

2) "Siempre utilizaba unas formas impecables, exentas de la más mínima brizna autoritaria. Desplegaba toda su inteligencia y simpatía para convencer al periodista de que quien tomaba la decisión era él mismo. Trataba de conseguir una decisión voluntaria, no impuesta. Tenía muy en cuenta la necesidad de evitar que el periodista se sintiera ultrajado en su dignidad profesional. Por el contrario, le convencía de que realizaba un valioso servicio al país con su decisión de no publicar un determinado tema. Había descubierto que la vanidad es consustancial a los profesionales del periodismo. Sabía que para lograr sus fines era importante estimularla. Empleaba dosis directamente proporcionales a la fama o el prestigio del periodista con el que trataba… Sabino hacía creer a cada interlocutor que era con quien más confianza tenía. Hacía ver que se sentía obligado a facilitar alguna información importante bajo el compromiso de la confidencialidad. Era un genio del 'off the record'. Todos se lo respetaban. Tuvo la capacidad de conseguir que los periodistas le fueran muy leales. Hipnotizaba dando la impresión de que hacía grandes revelaciones, pero administraba con reserva lo que sabía, que era casi todo, sin mentir al periodista".

Sabino hipnotizaba dando la impresión de que hacía grandes revelaciones, pero administraba con reserva lo que sabía, que era casi todo, sin mentir al periodista


3) "Escogió la práctica de la persuasión. Con enormes dosis de paciencia, tranquilidad y meticulosidad, Sabino se empleaba a fondo, una y otra vez, para desactivar las bombas informativas que con cierta frecuencia aparecían enterradas en distintas redacciones. Como los técnicos de explosivos, lo primero que hacía era acordonar la zona. Intentaba que la noticia no transcendiera a otros medios. Después estudiaba detenidamente la composición del explosivo informativo y se dirigía al periodista. Si este no quería, la noticia no se difundía. Para lograrlo, Sabino se ganaba la voluntad del periodista a base de hacerle creer que compartía con él la estabilidad del Estado… El jefe de la Casa entendió que su misión era ayudar al monarca a proyectar de él una imagen de ejemplaridad irreprochable. Tenía que hacer el esfuerzo necesario para evitar que sus comportamientos, tanto públicos como privados, dieran ocasión a habladurías y rumores o a la publicación de historias lesivas… Don Juan Carlos no quería renunciar a disponer de una vida privada impregnada de su carácter vitalista, extrovertido y sencillo...".

Resumiendo: Sabino, el mito, el 'gentleman', o cuando la información delicada sobre el Rey... ni estaba ni se la esperaba. Los viejos buenos tiempos. Y sí, si Sabino resucitara, quizá le diera un infarto al ver cómo ha cambiado el flujo informativo sobre la Casa Real desde el estallido de la crisis y el 'boom' de internet.

El mito del Rey rojo

El silencio de la prensa, por tanto, fue una de las claves de las enormes dosis de popularidad del juancarlismo el pasado siglo. Quizá nada ilustre mejor su éxito transversal que la fascinación que sentían por él los grandes prohombres socialistas. Los políticos socialistas no veían contradicción alguna en declararse republicanos convencidos y juarncarlistas entregados, en una serie de declaraciones públicas de lealtad al borbón que a veces rozaban el surrealismo político:

"Preguntado si el PSOE seguía siendo republicano, Zapatero contestó que el Partido Socialista era 'constitucional' y que ello suponía asumir el carácter monárquico que la Constitución otorgaba a la Jefatura del Estado. En vez de quedarse ahí, con una airosa salida por la tangente, quiso rizar el rizo con un argumento que salvaguardaba la conciencia republicana del PSOE a costa de convertir al Rey en algo que estaba muy lejos de ser. Don Juan Carlos era, en opinión del presidente del Gobierno, un hombre 'bastante republicano', porque ese es el honroso calificativo que merece, según él, aquel que defiende las instituciones, los valores democráticos y la vida pública y respeta los sagrados principios de una ciudadanía libre. 'En ese sentido, estamos muy tranquilos y muy a gusto', concluía un Zapatero profundamente agradecido al papel institucional que venía desempeñando el monarca. El galimatías creado por él para eludir una pregunta incómoda —'¿sigue siendo republicano el Partido Socialista?'— suponía finalmente atribuir al nieto de Alfonso XIII un republicanismo que el socialismo gobernante no se atrevía a reivindicar como propio, como si al final la república coronada se hubiera despojado incluso de la corona y los socialistas sintieran que en ese jefe del Estado 'bastante republicano' habían encontrado la horma de su zapato", cuenta el historiador Juan Francisco Fuentes en ‘Con el Rey y contra el Rey’.

O ZP diciendo que el Rey era más rojo que todo el Partido Socialista junto. Superen eso.

La leyenda del campechano

Más allá de sus méritos y deméritos políticos, parte de la popularidad de Juan Carlos I tenía profundas raíces culturales y folclóricas. El monarca caía bien por ese gusto populista español por el campechanismo, actitud que explotó a fondo como buen borbón plebeyista: Juan Carlos era el rey del pueblo porque no tenía pretenciosidad alguna, abrazaba las costumbres populares, lo pasaba bomba comiendo paella con Arévalo y Bertín Osborne.

No era la única habilidad del monarca, auténtico animal social, cuya capacidad para decirle a todo el mundo lo que quería oír en cada momento —ya fueran rojos, azules o mediopensionistas— está más que certificada. Por no hablar de su don para hacerse el tonto, como resume con brutal precisión Juan Villalonga, expresidente de Telefónica, en las cintas filtradas de Corinna/Villarejo: "A mí siempre me pareció muy tonto, hasta que un día estuve pensando y dije: ha toreado a Franco y ha toreado a todo el mundo, debe ser menos tonto de lo que creemos, porque es tonto para los criterios que nosotros utilizamos para medir la inteligencia, pero en lo que él se sabe mover es un fuera de serie, el cabrón".

Juan Carlos I era, por tanto, lo que cada uno de nosotros queríamos que fuera. Un relaciones públicas nato con buenas noticias para todos. Lo que Íñigo Errejón llamaría un significante vacío… que cada uno podía rellenar a su antojo.

Sabíamos que Juan Carlos I era simpático, pero cada uno rellenaba esa 'simpatía' como le hubiese gustado que fuese. A lo mejor en la mente de mi padre era un mujeriego simpatiquísimo y en la de mi madre un hombre de familia magnánimo

"El campechanismo tenía como base esencial el silencio y la opacidad. Solo podía funcionar si cada español podía imaginarse una narrativa de su personalidad 'ad hoc'. Cada uno nos lo imaginábamos como queríamos. Sabíamos que era simpático, pero cada uno rellenaba esa 'simpatía' como le hubiese gustado que fuese. ¿Me explico? A lo mejor en la mente de mi padre era un mujeriego simpatiquísimo y en la de mi madre un hombre de familia magnánimo", cuenta un periodista de crónica social que prefiere no ser citado.

Hasta que el humor del país cambió drásticamente con la crisis económica y el 15-M... y lo que antes parecían chascarrillos tronchantes del Rey pasaron a ser comportamientos impropios (por utilizar un eufemismo) de un hombre de Estado.

El juancarlismo ha sido el gran movimiento político español de la democracia —con permiso del felipismo— y ahora es peor que el tifus. ¿Tiene cura o es un caso perdido?

Entrevista a Mariola Urrea

Mariola Urrea, profesora de Derecho Internacional Público de la Universidad de La Rioja, lleva tiempo escribiendo opinión en 'El País' sobre el futuro de la monarquía. Esa clase de columnas que dicen más cosas de las que parecen. Urrea, por ejemplo, escribió lo siguiente trece meses antes de la abdicación de Juan Carlos I: "Existe una realidad previa que ha erosionado a la Corona y que nos invita a valorar si dicho desgaste puede ser encauzado por su actual titular o si, por el contrario, el Rey ha contribuido de forma significativa a ello gracias a una serie de circunstancias... que lejos de hacer factible una mejoría, permiten más bien anticipar una situación cada vez más complicada. Si, como entendemos, estuviéramos en el segundo de los escenarios, la estabilidad de la monarquía en España demandaría probablemente un relevo relativamente rápido en la persona del príncipe de Asturias". Urrea, en definitiva, se anticipó a la abdicación. Pues bien: ahora intuye que Juan Carlos I puede acabar en el exilio... Hablamos con ella.

P. ¿Ha acabado el caso Corinna con el cortafuegos de la abdicación?

La única solución pasa por articular un 'exilio' voluntario y discreto del rey Juan Carlos

R. Si bien la abdicación del rey Juan Carlos se explicó como un ejercicio de relevo generacional, todo apunta a que fue más bien un ejercicio de asunción de responsabilidades políticas por comportamientos poco honorables que desgastaban claramente a la corona. Aquella narrativa de la abdicación como una sucesión en clave generacional fue, sin embargo, aceptada como válida hasta que se han dado a conocer unas conversaciones que, de ser ciertas, resultan comprometidas para el Rey emérito y, por supuesto, para la corona. En este nuevo contexto, la abdicación ya no resultaba una operación suficiente para proteger la reputación de la corona y, en definitiva, su sostenibilidad a futuro. ¿Existe, por tanto, algún otro mecanismo a considerar para que la situación del Rey emérito no siga deteriorando al rey Felipe VI?".

P. ¿Existe? ¿Cuál sería ese mecanismo?

El Rey emérito es hoy un factor de desestabilización para la corona

R. Siguiendo la lógica de la monarquía, la única solución pasa por articular un 'exilio' voluntario y discreto del rey Juan Carlos. Traducido en términos civiles: retirarle de la agenda pública y familiar de la casa. No es aceptable que el Rey emérito siga incorporándose a la agenda familiar con dimensión pública en Palma de Mallorca, ni que participe de forma protagónica en los actos de conmemoración de la Constitución. Parece obvio que todos los datos que se han conocido, más allá del nulo recorrido judicial que tengan, no lo hacen recomendable. No podemos ignorar que la corona está en un momento muy delicado y, aunque en determinados entornos resulte duro de aceptar, el Rey emérito es hoy un factor más de desestabilización para la corona que debe ser analizado y abordado en serio. Mas aún, los interesados en preservar la corona deben ser los más interesados en adoptar decisiones firmes y contundentes. La sociedad no aceptará dilaciones, ni explicaciones inverosímiles.

P. ¿Despacharse a Juan Carlos I zanjaría la actual crisis de la monarquía?

R. El futuro de la corona no depende exclusivamente de cómo la Casa del Rey gestione la figura del Rey emérito. Teniendo claro que Rey solo hay uno, el desafío de la corona pasa por acertar en la narrativa que legitime al rey Felipe VI. Analizando lo hecho hasta ahora percibo una profunda soledad del Rey. Solo así se puede entender algunos errores significativos como el que, a mi juicio, supuso el discurso del 3 de octubre [crisis catalana] o una agenda en ocasiones errática o marcada por lógicas propias de otra época (los actos vinculados con la infanta Leonor [primer acto oficial como princesa en Covadonga] describen perfectamente lo que trato de señalar). Honestamente tengo serias dudas de que, más allá del titular de la corona, los equipos de la Casa del Rey estén alineados con lo que la sociedad a la que sirven espera realmente de la corona y de la familia real.

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