acoso sexual

El 'mea culpa' del imperio Vice y otros hipsters que hicieron autocrítica en 2017

La cultura ‘cool’ pide disculpas por años de machismo, elitismo y narcisismo

Foto: Shane Smith y S. Alvi, fundadores de VICE (Reuters)
Shane Smith y S. Alvi, fundadores de VICE (Reuters)
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El emporio Vice, de origen canadiense, es una de las mayores historias de éxito mediático del siglo XXI. En principio, se les comparaba con un recambio hipster a la MTV, pero hace tiempo que desbordaron ese marco. El pasado verano, el patrimonio de su fundador Shane Smith superó los mil millones de dólares. El aumento se debe a una ronda de inversión de 450 millones del fondo TPG, según explica 'Forbes'. A pesar del subidón económico, Vice atraviesa uno de sus peores momentos de imagen, debido al machismo rampante que ha caracterizado su funcionamiento. Una investigación del 'New York Times' ha desvelado los detalles.

El texto ha obligado a sus fundadores a disculparse. “De arriba a abajo, hemos fallado a la hora de crear un ambiente de trabajo seguro e inclusivo, especialmente con las mujeres”, explica un comunicado firmado por Smith y el otro cofundador, Suroosh Alvi. “Hemos permitido un ambiente nocivo, de club masculino, que se impuso por mala gestión, incluso disfuncional, que permeó a toda la empresa”, reconocen. Vice, que se vende como una revista contracultural, ha acabado mutando en producto sexy para la derecha estadounidense gamberra, hasta el punto de recibir en 2013 una inversión que ronda los 52 millones de euros del magnate Rupert Murdoch, valedor mediático de Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Donald Trump.

La mujer como “trabajador inferior”

De arriba a abajo, hemos fallado a la hora de crear un ambiente de trabajo seguro e inclusivo, especialmente con las mujeres

Sandra Miller, ejecutiva de la firma, recuerda que vivió “un ambiente tóxico, donde a los hombres se les permitía decir las cosas más desagradables, mientras que las mujeres eran consideradas trabajadoras inferiores”, denuncia. Más de veinte empleadas fueron víctimas o testigos de casos de acoso sexual. Hasta el momento, se ha llegado a cuatro acuerdos extrajudiciales, uno de los cuales implica a Andrew Creighton, actual presidente del grupo. El directivo despidió a una subalterna por negarse a tener una relación con él. Para evitar el juicio, Vice tuvo que pagar 135.000 dólares. Otra empleada de Londres, Joanna Fuertes-Knight, fue objeto de acoso sexual, maltrato laboral y discriminación racial. Jessica Hopper, periodista freelance que colaboraba en Vice, incluyó en uno de sus artículos que durante una entrevista el rapero Murs le propuso tener sexo, a lo que ella se negó. Superiores masculinos de Vice cambiaron el texto, sin su permiso, indicando que ella había aceptado. Cuando la periodista contactó con abogados, obtuvo una rectificación y una indemnización. “Incluso los empleados más progresistas miraban para otro lado”, explica otra trabajadora.

Medidas concretas

Incluso los empleados más progresistas miraban para otro lado

Vice volvió a ser objeto de críticas el pasado noviembre cuando realizó un acto corporativo sobre el estado de la empresa y no se abordó el problema del acoso sexual. Ahora parece que la cabecera empieza a tomar en serio el asunto: han cambiado al responsable de Recursos Humanos, firmado un compromiso por la igualdad salarial y contratado un comité de asesores, que incluye a la prestigiosa feminista Gloria Steinem. Tras la publicación del reportaje del 'New York Times', han aflorado nuevos casos, por ejemplo el de Billie ‘JD’ Porter, una londinense que empezó a trabajar en Vice con solo dieciséis años. Cuando le entregaron sus tarjetas de visita habían descrito su cargo como “Lolita capaz de arruinarte la vida”. Entre los inversores de Vice destacan empresas que hacen gala de su apoyo a los valores familiares, por ejemplo Disney y 20th Century Fox. La historia recuerda a una versión ampliada del conflicto de American Apparel, marca de ropa hipster, donde la junta de accionistas forzó la salida del fundador Dov Charney, tras numerosas acusaciones de conductas sexuales impropias.

Yupis disfrazados de indies

Portada
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Haciendo memoria, 2017 ha sido un año donde diversos hipsters se han animado a cuestionar sus propios códigos culturales. Es el caso de Ian Svenonious, punk-rockero de culto, autor del libro ‘Te están robando el alma. Contra Ikea, Apple, Wikipedia, el rock corporativo y la depilación púbica’ (Blackie Books). En la parte más cultural del texto, habla del rock alternativo y universitario como un reflejo de los valores capitalistas. “Así como los yuppies afrontaron un proyecto a largo plazo para gentrificar las ciudades estadounidenses y rehacerlas a su propia imagen, los grupos indies, normalmente formados por descendientes de oyentes de la National Public Radio (adinerados, educados, blancos) se enfrentaron a la misión de gentrificar el punk (…) El concepto clave para esta versión personal, emprendedora, apolítica, capitalista e individualista del punk fue también la filosofía 'hazlo tú mismo', y fluyó a la perfección junto al ya para entonces ya paradigmático credo yuppie y su énfasis por los productos caseros, singulares y de procedencia local”.

¿Conclusión? Aquello no fue una subcultura rebelde, sino una renovación de los decorados del capitalismo. “La estética indie es igual de inflexible: H&M, Urban Outfitters y American Apparel venden a todos los estadounidenses el flácido estilo ‘británico de vacaciones’. La música de Radiohead y Arcade Fire estalla por los altavoces de los estadios. Para muchas pobres almas, no existe una alternativa a lo alternativo”, señala.

Autocrítica en España

En nuestro país también pueden encontrarse ejemplos de rechazo hacia el esnobismo hipster, enunciados por autores que conocen la cultura desde dentro. Es el caso del ensayo ‘Sociología del moderneo’ (Melusina), del antropólogo Iñaki Domínguez, donde repasa algunas de las disfunciones de la tribu. Su aportación más brillante consiste en relacionar la popularidad de drogas como el MDMA con las carencias emocionales de este colectivo: “La relación del moderno con su cuerpo es profundamente narcisista -solipsista-, por lo que necesita de este tipo de soluciones pasajeras para dar salida a sus necesidades afectivas. Es un modo de entrar en sintonía con su propio cuerpo. (…) El moderno es un ser atrapado entre sus deseos egoístas (autoimagen), su necesidad del otro como espectador y su anhelo de satisfacción afectiva. En el contacto físico y sexual hay una búsqueda inconsciente de trascendencia; de superar el aislamiento narcisista que promueven los mercados", lamenta.

Muermo en Malasaña

Estábamos domesticando el espacio a base de capuchinos hasta consolidar ese producto de consumo que es Malasaña

La revista Minerva también publicó este año un texto brillante , con gran carga autocrítica, donde el sociólogo Daniel Sorando recordaba sus años en Malasaña, sin duda el barrio más cool de Madrid:

“Lejanas ya muchas de sus vecinas más empobrecidas, su territorio era una pista de aterrizaje continuo para turistas nacionales e internacionales en busca de la siguiente frontera urbana. No cabe duda de que la encontraban: en cada uno de nuestros grafitis (ahora subvencionados por las marcas de cerveza que se sirven en el barrio); en cada una de nuestras conversaciones en las terrazas donde celebrábamos las nuevas galerías de arte transformador; y en cada uno de los huertos urbanos que plantábamos en los solares en barbecho de los especuladores. Como sostiene Sharon Zukin, estábamos domesticando el espacio a base de capuchinos hasta consolidar ese producto de consumo que es Malasaña. Un producto distinguido, por supuesto. Nada que ver con la monotonía de los adosados de las élites conservadoras. Y entre tanta distinción, unas geografías contra otras no han hecho sino lubricar el mecanismo por el cual la fortuna de nuestros barrios se devalúa o revaloriza según criterios definidos por el mercado y no por el Derecho a la Ciudad. Es precisamente esta dinámica la que denuncia esa palabra tan extraña que no conocía la primera vez que pisé las calles de Malasaña y que, pasados los años, me ha permitido comprender tantas intuiciones e inquietudes. Gentrificación no es un nombre de señora”.

Resumiendo: los hipsters más espabilados piden perdón y entregan las armas. ¿Podemos ya pasar página de este bochornoso episodio cultural?

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