'sociología del moderneo'

Así es un hipster por dentro: narcisismo, MDMA, trap y obediencia ciega

El último libro del antropólogo Iñaki Domínguez se adentra en las zonas de sombra de la cultura más cool sin rehuir los recuerdos personales

Foto: Doctor hipster
Doctor hipster

Es posible que ustedes ya estén cansados de leer artículos contra los modernos, normalmente escritos por miembros o exmiembros de la tribu. En todo caso, analizar sus dinámicas culturales sigue siendo pertinente, ya que todavía no nos hemos librado de la gentrificación, la anglofilia cultural y el narcisismo consumista, todos ellos relacionados con el culto a lo cool. Para seguir aclarando zonas de sombra ha llegado ‘Sociología del moderneo’ (Melusina), escrito por Iñaki Domínguez, licenciado en Filosofía y doctor en Antropología.

Portada de 'Sociología del moderneo' (Melusina)
Portada de 'Sociología del moderneo' (Melusina)

El texto disecciona la cultura hipster con calma y rigor, sin rehuir los recuerdos personales (él mismo estuvo abducido por ese ambiente algunos años). Precisamente por eso, comienzo preguntándole si ha encontrado alguna salida vital razonable. "Dar con una solución a este problema exige poderes casi sobrehumanos. Lo más parecido a una escapatoria de la mercantilización del 'yo' consiste en cultivar el pensamiento crítico, analizando la realidad a fondo, siendo escéptico y escapando así a las redes del pensamiento dogmático, lo que solemos llamar valores impuestos. Para mí, la respuesta individual y colectiva pasa por un proceso de ilustración". Resumiendo: si no quieres ser como los modernos, lee un poco los argumentos en contra de esta corriente que domina la música, la moda, la publicidad, la decoración de interiores y los medios de comunicación.

Sexo disfuncional

El libro aborda un asunto muy poco estudiado: el ligoteo hipster, que prescribe mostrarse distante y desinteresado para aumentar tu atractivo. "Es algo que me fascina. En una subcultura así, basada en la distinción y la imagen, el contacto íntimo se resiente. Sin embargo este tipo de carencias afectivas vinculadas a la falta de intimidad se pueden suplir a través del consumo de drogas como el MDMA, que fomenta la empatía, tanto fraternal como sexual. Sirve de intimidad artificial o transitoria; intimidad sin erosión emocional; falsa intimidad".

"La relación del moderno con su cuerpo es profundamente narcisista -solipsista-, por lo que necesita de este tipo de soluciones pasajeras para dar salida a sus necesidades afectivas. Es un modo de entrar en sintonía con su propio cuerpo". Así de crudo: vivimos en una época donde hay gente que necesita drogas para ligar o contar su vida a los amigos. "El moderno es un ser atrapado entre sus deseos egoístas (autoimagen), su necesidad del otro como espectador y su anhelo de satisfacción afectiva. En el contacto físico y sexual hay una búsqueda inconsciente de trascendencia; de superar el aislamiento narcisista que promueven los mercados", lamenta.

Narcisismo terminal

Entre los aciertos del libro destaca la reivindicación de la figura de Christoper Lasch, autor de ‘La cultura del narcisismo’. Hablamos de un ensayista conservador, igualitario y anticonsumista, hoy prácticamente olvidado. "Creo que Lasch es un educador. Lo mejor es su intuición sobre el solipsismo y cómo analiza el narcisismo cultural ya en 1979. La historia le ha dado la razón: el narcisismo actual es tan extremo que resulta aberrante". Yendo a lo práctico, ¿cómo nos perjudica esto en nuestra vida cotidiana?

Jóvenes hipsters con máscaras de animales
Jóvenes hipsters con máscaras de animales

"Los límites entre el trabajo y el descanso se han difuminado. Para el moderno el ocio es trabajoso y el trabajo debe ser vocacional. Esto se debe a que el consumo ha invadido todas las esferas de la vida, ya sea pública o privada. El moderneo se basa en ajustarse a constelaciones y dogmas impuestos por el mercado; en hacer referencia a los grupos, pelis, series, alimentos y localizaciones turísticas que gozan de prestigio dentro del colectivo. No tiene nada de vanguardista", afirma, destruyendo el discurso de la prensa hipster. Lo que algunos consideran rebelde y rompedor es un simple acto de obediencia al sistema. "El consumismo es omnipresente e inclusivo; todos debemos consumir. Es algo así como un nuevo catolicismo. Una de las ideas clave en mi libro es cómo consumimos identidades". Gastar 800 euros en el Primavera Sound no es tan distinto a gastarlos en El Corte Inglés.

La trampa del trap

El autor habla con frecuencia sobre el trap, el estilo musical oficial de la gente cool en 2017, capaz de atravesar clases sociales. La opinión de Domínguez no es muy entusiasta. "El trap es una simbiosis entre el rap sureño y la música electrónica. Me parece un horror. El hip-hop fue un fenómeno que surgió en el Bronx, por entonces uno de los barrios más degradados y violentos del planeta; una subcultura lumpen llena de valor estético. La música rock, por ejemplo, ha sido un producto en gran medida de las clases trabajadoras: Elvis, John Lennon, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Eagles, Kurt Cobain y un sinfín de nombres".

"El trap, junto al rap hortera actual, es una reinterpretación de la cultura proletaria desde una perspectiva mercantil", denuncia. No es solo una impugnación política, sino también artística, que alcanza tanto a la industria como a los traperos. "Quienes tienen los medios económicos para promover ciertas músicas a nivel global simplifican la notación musical y el contenido lírico porque consideran que así será más fácil su consumo; insultando al público en el proceso". Ahí queda esta postura sustanciosa y contraria a la corriente.

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