la HISTORIA DESCONOCIDA

¡Nazis en Barcelona! Pesadilla en la capital catalana

Un libro recién publicado muestra cómo alemanes e italianos coparon el centro de Barcelona con equipamientos, celebraciones, actos, fiestas, desfiles y homenajes tras la guerra civil

Foto: Palau de la Musica de Barcelona el 10 de noviembre de 1943 durante la celebración del cumpleaños de Hitler
Palau de la Musica de Barcelona el 10 de noviembre de 1943 durante la celebración del cumpleaños de Hitler

La Barcelona de la primerísima posguerra es una gran desconocida, y quizá pase lo mismo con el resto de España. La llegada de las tropas nacionales el 26 de enero de 1939 supuso un trauma colectivo que inauguró un tiempo de silencio y exterminio de las antiguas ideas hegemónicas que no sólo debía llevarse a cabo mediante ejecuciones físicas. El dominio de ese espacio liberado y ocupado según la terminología del nuevo régimen debía ser absoluto, y para lograrlo eran necesarios símbolos y acciones para suplantar el antiguo orden republicano que los vencedores catalogaban en la Ciudad Condal como rojo-separatista.

Los primeros pasos indicaron a las claras la pesadilla en la que iba a sumergirse la capital catalana durante los siguientes decenios. La misa marcial en plaça de Catalunya dio paso a una represión brutal que se acompasó con otros movimientos cruciales entre los que cabe mencionar el barrido de cualquier monumento o inmueble que recordara vagamente la época anterior. El hotel Colón, antigua sede del PSUC, se vio reemplazado por el Banco español de Crédito, pero peor suerte corrió el Palau de les belles Arts, perla de la Exposición de 1888 y lugar fundacional de la CNT, o el grupo escultórico que conmemoraba al Doctor Robert. Desaparecieron como si nunca hubieran existido, y tan radical era la metamorfosis que hasta en 1940 murió la popular Moños, como si su presencia molestara en esa construcción con claros tintes fascistas.

Lo normal es que después de vaciarla, llenes la cuadrícula urbana con tu imaginario, y eso hicieron los falangistas, aliñándolo con una inevitable presencia: la de sus aliados en la recién terminada Guerra Civil. Alemanes e italianos coparon el centro de Barcelona con equipamientos, celebraciones, actos, fiestas, desfiles y homenajes. Lo cuentan a las mil maravillas Mireia Capdevila y Francesc Vilanova en 'Nazis a Barcelona, l’esplendor feixista de postguerra' (1939-1945), libro editado por l’Avenç que cuenta con todo lujo de detalles el giro copernicano que supusieron esos años entre los dos conflictos centrales del pasado siglo.

'Nazis a Barcelona'
'Nazis a Barcelona'

Lo hacen acompañados de un increíble repertorio fotográfico que muestra a las claras la exhibición de poder constante de los que parecían destinados a inaugurar una ruptura absoluta en la Historia europea. Tanto los fascistas como los nacionalsocialistas recibieron todo tipo de agasajos concretados a nivel edilicio en el posicionamiento en el centro neurálgico barcelonés de sus principales instituciones culturales y comerciales. Algunas de ellas siguen en el mismo lugar sin que nadie se plantee el motivo de esa preminencia, y lo mismo podría decirse del descuido de la avenida Roma, llamada así en honor a la visita del conde Ciano, un periplo español iniciado en el portal de la paz, engalanado para la ocasión con un arco de triunfo provisional que ratificaba la inquebrantable amistad de Franco y Mussolini.

Tanto los fascistas como los nacionalsocialistas recibieron todo tipo de agasajos en la ciudad de Barcelona

Los transalpinos tuvieron menor trascendencia, casi como si fueran unos hermanos siameses a los que prestar poca importancia. En cambio, la alianza alemana se consideró primordial. Himmler y Ciano podían saludar al gentío desde su balcón del Ritz e igualarse en espíritu, pero la balanza siempre se decantó a favor de la esvástica, pues la amistad entre Alemania y España empieza por nuestras Juventudes y termina con sangre generosa vertida en los campos de batalla para liberar a Europa.

Gimnasia nacional socialista

Las Hitlerjugend realizaron varias visitas a Cataluña. El 11 de octubre de 1941 deleiteron al público asistente con una exhibición gimnástica en la fábrica de la España Industrial, hecho nada anecdótico que demuestra la complicidad del sector privado con la política exterior de la Dictadura. Si los jóvenes se lucían con el deporte y visitaban localidades emblemáticas como Montserrat, como también hizo Himmler por otros motivos, los mayores se divertían con conmemoraciones y otros eventos válidos para retratar toda una época.

La comunidad nazi tenía una amplia agenda de aniversarios que incluían el ascenso de Hitler al poder, su cumpleaños, el día de los caídos, la fiesta del trabajo, el día de la cosecha y la épica del 9 de noviembre, cuando recordaban los primeros muertos por la causa durante el putsch muniqués de la cervecería en 1923.

Paraninfo de la Universidad de Barcelona en 1941 durante la Exposición del Libro alemán
Paraninfo de la Universidad de Barcelona en 1941 durante la Exposición del Libro alemán

Las autoridades municipales no dudaban en ceder para estos actos instalaciones como el Palau de la Música o los teatros Tívoli y Coliseum, como tampoco pestañearon al organizar en 1942 una feria del libro alemán en la Universidad de Barcelona. Tampoco les supuso menor problema emocionarse con desfiles en otros emplazamientos como plaza de toros Monumental o rendir honores a los últimos fallecidos de la Legión Cóndor con placas en la Diagonal, algo nada casual porque la por aquel entonces insípida avenida rectilínea se erigió en un indiscutible centro de hegemonía por parte de los que presumían de ser camisas azules fascistas, expresión nada errada si se atiende que hasta 1944 el saludo romano fue obligatorio en España.

Ese mismo año, concretamente el 7 de junio, día después de la invasión de Normandia, el jurista Carl Schmitt protagonizó el último acontecimiento de relieve del matrimonio entre los dos amantes del águila con una conferencia en el colegio de abogados. Su influencia permanecería después de esa fecha, no así la del Imperio que debía durar mil años.

España no fue neutral

Uno de los argumentos con los que se ha promocionado la obra de Capdevila y Vilanova ha sido demostrar con sus tesis que España no fue neutral durante el segundo conflicto bélico planetario. No es nada sorprendente, de hecho, se sabía que hasta 1943 Franco defendió la no beligerancia y en otros ensayos se han aportado pruebas fehacientes de cómo el dictador teutón quiso llevar a Franco a la guerra hasta entender que tenerlo en sus filas era un inútil sinsentido.

Lo significativo de 'Nazis en Barcelona' es observar el despliegue de la alianza desde un prisma ideológico, pues esa invasión del espacio público era, ante todo, una maratón de doctrina que además aumentaba la humillación al vencido, que sin embargo permaneció bastante firme ante ese alud imparable. Lo corrobora el escaso entusiasmo con que los barceloneses recibieron la convocatoria para alistarse en la División Azul, sólo seguida por los más acérrimos falangistas, y el desprecio a través del humor con una anécdota que no aparece en el libro.

Visita apoteósica a Barcelona del conde Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Exteriores italiano, desfilando por las Ramblas y pasando ante el Liceu
Visita apoteósica a Barcelona del conde Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Exteriores italiano, desfilando por las Ramblas y pasando ante el Liceu

El 26 de enero de 1940 el obelisco de la Diagonal, que durante la República fue un homenaje a la misma, se coronó con un aguilucho no muy conseguido y la plaza pasó a llamarse de la Victoria. Los ciudadanos se disgustaron ante esa decoración y comenzaron a llamar el enclave la plaça del lloro, hasta que en 1941 se retiró al pajarraco para evitar las mofas vecinales, muy típicas de un humor catalán que el mismo Régimen liquidó, y no es de extrañar si se atiende al control que la censura ejerció en la prensa, la propaganda insertada en los periódicos y algunas ilustres plumas que firmaron piezas de claro apoyo al Eje durante el transcurso de las hostilidades.

Otros, como Josep Pla y su editor en Destino Josep Vergés, entendieron pronto que la causa aliada era la justa. Cuando los campos de batalla cesaron su ruido soñaron con un futuro mejor, pero lo cierto es que una vez enterrados Hitler y Mussolini nada cambió en España y la larga noche siguió instalada con menos brazos en alto, igual represión y mayor permisividad de la comunidad Occidental, contenta con tener a un militar anticomunista en su punta de lanza geográfica.

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