Cómo dejé las drogas gracias a Depeche Mode
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Cómo dejé las drogas gracias a Depeche Mode

Los superventas británicos anuncian álbum y serán cabeza de cartel del BBK Live 2017. Una historia personal que explica la obsesión mundial con el grupo

Foto: El cantante Dave Gahan en directo en 2014 (Reuters)
El cantante Dave Gahan en directo en 2014 (Reuters)

Hablemos claro: Depeche Mode son un grupo ridículamente sobrevalorado. El gran truco de su carrera es tan sencillo como efectivo: actuar en todo como una boy band, pero vestir de negro en vez de blanco y hablar de sentimientos tortuosos en vez de subidones eufóricos de la adolescencia. Ese toque solemne y existencialista les ha conferido un prestigio infinito, traducido en una larga y exitosa trayectoria. De hecho acaban de anunciar el lanzamiento de su decimocuarto disco de estudio,'Spirit', que definen como fiel a su sonido clásico, pero más “crudo y sexy”. Lo presentarán en España en julio de 2017 como cabezas de cartel del festival BBK Live.

Pensar que un grupo suena plano y aburrido no es mal lugar para comenzar a descubrirlos. Te obliga a olvidar tu punto de vista y considerar el de los demás oyentes. ¿Cómo han conseguido Depeche Mode llenar estadios de fútbol durante cuatro décadas? Canciones como 'Personal Jesus', 'Enjoy The Silence' y 'I Just Can`t Get Enough' son himnos indiscutibles, que destacan claramente sobre la media de su repertorio y hacen venirse arriba al público por mucho que se haya amuermado un concierto. Resulta imposible negar la importancia de un grupo capaz de obsesionar a millones de personas en todo el mundo.

Desintoxicacion pop

Un ejemplo extremo es el libro 'Algo tan trivial', donde el escritor mexicano Fausto Alzati Fernández cuenta su doloroso proceso de desintoxicación. Cada capítulo está titulado con una canción de 'Violator', álbum clásico de Depeche Mode, que contiene varios de sus mejores himnos. "Es un disco impecable: nueve canciones y ninguna sobra, ni por un segundo. Después de 'Violator' hicieron otro par de discos respetables, además de que su producción mejora, pero el contenido se vuelve soso. Ya no hay sudor, lágrimas, ni plegarias. Ya no hay transgresión ni descubrimiento", señala Alzati.

En el libro, desde adolescente, el autor consume cantidades industriales de todo tipo de drogas. A los dieciocho años, compra veinte dosis de LSD para compartir con sus amigos, pero sin darse cuenta se va comiendo los papelitos hasta que no queda ninguno. Desde entonces, se suceden los pasotes de coca, jaco, hongos, hachís y drogas sintéticas, regados con abundantes cantidades de alcohol. Pero no estamos ante un politoxicómano exhibicionista, o no solo, sino ante alguien que busca encontrar sentido a la existencia y para ello (entre otras cosas) se apoya en las canciones de Depeche Mode.

La dictadura de la ironía

El libro contiene observaciones devastadoras: "Para mí generación, la ironía dejó de ser un recurso retórico y se volvió una obligación. Posiblemente es uno de tantos símbolos postideológicos de la época, como si al caerse el muro de Berlín, también se derribara cierto compromiso lingüístico. Ya no se usa la ironía, en general, para desestabilizar certezas, sino para poner cualquier declaración en entredicho. Es ya solo otra muestra del temor a equivocarse”, lamenta. "Al ironizar se evita cualquier muestra de fragilidad".

'World in my Eyes"

Alzati se somete a los tratamientos más extremos para desintoxicarse. Campos de concentración donde se anula el hábito tratando de anular la personalidad. Al final consigue su objetivo, sustituyendo la jeringa para inyectarse heroína por la de tatuar, su oficio actual. "Tomó años, pero me reconciié con la agujas. El primer tatuaje me lo hice a los quince años, una mariposa en el antebrazo derecho. Estaba pacheco. Como todos los días entonces. Después me inyectaba justo en las alas de la mariposa. A diario. Además de evadirme de un mundo de apariencias y control, un mundo de políticos, que tanto observé de niño, la mariposa fue un patrón de aterrizaje para las jeringas". Con ellas también consiguió la redención. Alzati es hijo de un conocido político corrupto, que pasó de las élites a la indigencia.

Armas y drogas

Más allá del morbo de seguir el diario de un adicto, el libro retrata con brutal honestidad el vacío de los niños ricos en la recta final del siglo XX: "No volvería a vivir mi adolescencia ni por un millón de dólares. No recomiendo a nadie ser un adolescente hipersensible, grosero, engreído, aislado, drogado, con la cabeza llena de Nietzsche y poesía romántica. (…) Tenía la nueve milímetros de mi padre sobre el escritorio. La había tomado de su clóset, sin preguntarle. A un lado del arma estaba mi huato de mota (marihuana), abierto, envuelto en un periódico. No sé si quería matar a alguien, pegarme un tiro, llamar la atención, tener una epifanía, resolver mis problemas o intimidar a mis padres para que me dejaran drogarme tranquilo en su casa, con su dinero. Una combinación, probablemente. Mi confusión era total, la tristeza no acababa de llenar el hueco de mi tripa, estaba aterrado de la vida que conocía y del ruido de mi cabeza". En esos estados de turbulencia emocional, nada como las certezas solemnes de Depeche Mode para encontrar un poco de calma.

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