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'¿Qué invadimos ahora?': la teletienda narcisista y deshonesta de Michael Moore

El controvertido y popular documentalista estadounidense vuelve a la carga con otro filme sobre lo bien que se vive en Europa y lo mal que se vive en EEUU

Foto: Michael Moore estrena su nueva película '¿Qué invadimos ahora?'
Michael Moore estrena su nueva película '¿Qué invadimos ahora?'

Si nos fijamos exclusivamente en aspectos como datos de taquilla o grado de notoriedad pública, la conclusión es que Michael Moore es el documentalista de más éxito de todos los tiempos. Esa categorización, eso sí, ignora el simplismo casi deshonesto de sus argumentos, el sesgo de sus estadísticas, el carácter anecdótico de sus evidencias, su actitud narcisista y propensa al sermoneo y otras flaquezas que han llegado a despertar las suspicacias hasta de aquellos favorables a su activismo.

El título de su nueva película, '¿Qué invadimos ahora?', sugiere que el último objetivo de Moore es la política exterior de Estados Unidos y su agenda imperialista, pero no. Se trata más bien de un jovial alegato contra las graves carencias y deficiencias en materia social que azotan al pueblo americano, basado en la siguiente premisa: el director viaja a una sucesión de países europeos (casi todos) con el fin de apropiarse de sus políticas sociales y trasladarlas a su país. Lo hace con bandera de barras y estrellas en mano, preparado para clavarla en suelo extranjero, parodiando la necesidad yanqui de plagiar y esquilmar otras culturas.

'¿Qué invadimos ahora?': la teletienda narcisista y deshonesta de Michael Moore

El mejor sistema educativo del mundo

A lo largo del periplo, en todo momento imitando al típico americano ignorante y arrogantemente provinciano, Moore se sorprende al entrar en contacto con países que hacen las cosas bien en áreas en las que EEUU las hace mal. Descubre que Finlandia posee el mejor sistema educativo del mundo desde que abolieron los deberes -los alumnos norteamericanos tienen más y más deberes cada año y siguen siendo unos alcornoques-; que el sistema penitenciario noruego, que otorga al reo una vida de lujo, ha reducido la reincidencia en un 80% -las marciales cárceles estadounidenses tienen 'overbooking' hasta el fin de los tiempos-; que los comedores escolares franceses ofrecen menús 'gourmet' y fomentan la dieta sana -las escuelas americanas dan de comer mierda a un montón de alumnos gordos-; que en Alemania han curado de forma ejemplar las heridas del nazismo, que en Eslovenia la universidad es gratis, que en Portugal han descriminalizado las drogas, que en Islandia han puesto a mujeres en posiciones de poder político y empresarial… Y así.

Para resumir el asunto, imaginemos un programa de la Teletienda en el que en lugar de cuchillos de cocina lo que se vende es la sociedad perfecta y cuyo presentador, Michael Moore, reacciona con exagerada incredulidad y ojos abiertos como platos ante lo que el experto le explica. “¡¡¿¿Cuántas vacaciones al año dice usted que tienen los italianos??!!”, le pregunta al gerente de una fábrica de motocicletas en Bolonia. Siete semanas, le contesta. “¡¡¿En serio? ¿Y cómo es eso posible?!!”. Porque es lo correcto. Vendido. Siguiente producto.

No hay momento más inoportuno en toda la historia de Europa posterior a 1939 para ensalzar las virtudes del continente

Lo que Moore pasa por alto es que las tasas de paro italianas son dramáticas; o que la extrema derecha sigue ascendiendo en Alemania -no solo allí-. Es decir, no da espacio para otros puntos de vista, no mira la otra cara de la moneda. Presenta pedacitos de diferentes mapas sociales para montar su propia geografía utópica. Difumina los matices de los países que visita para retratarlos como lugares verdes y frondosos donde todos son amables con todos, pese a que quizá no haya habido momento más inoportuno en toda la historia de Europa posterior a 1939 para ensalzar las virtudes del continente -al menos así opinan cientos de miles de refugiados y algún que otro valiente preparado para embutirse un chaleco de explosivos-. En otras palabras, trata al espectador como si fuera un niño de dos años, y eso resulta algo insultante. Por otra parte, es cierto que el público natural de '¿Qué invadimos ahora?' es el estadounidense. Quizá su director piense que sus conciudadanos no dan para más.

Chupar cámara

Qué duda cabe, eso sí, que Moore vuelve a confirmarse como un comentarista social apasionado y retóricamente ingenioso, y que sabe tres o cuatro cosas sobre cómo usar el montaje, el ritmo y la estructura para hacer que sus ideas permeen las escenas sin que, al menos de forma inmediata, nos demos cuenta de por dónde hacen aguas. La diferencia es que sus primeras películas -sobre todo 'Roger y yo' (1989) y 'Bowling for Columbine' (2002)-, aunque empañadas por las ansias de Moore de chupar cámara, derrochaban justa indignación: el tipo estaba cabreado, y con motivo.

'¿Qué invadimos ahora?': la teletienda narcisista y deshonesta de Michael Moore

Eso es lo que se le da bien como director: plantear un problema, investigar su alcance y exigir respuestas. Pero en su nueva película, Moore no busca respuestas; ya las tiene preparadas, y las suministra en bandeja de plata. Más que un provocador, aquí Moore es como ese amigo pesado que insiste en ponerte las diapositivas de su viaje a Vietnam. No le hace falta recurrir a esas entrevistas-emboscada que tanto le gustan porque todos los entrevistados están encantados de hablar con él; ni necesita usar técnicas de montaje tramposas porque no hay conclusiones que inferir, más que nada porque en última instancia no se toma molestia alguna por explicar cómo sería posible implementar todas esas medidas en su país. Parece menos interesado en arreglar los problemas de Estados Unidos que en convencer a sus paisanos de que se muden a Europa.

Al final, en todo caso, el gran problema de las películas de Michael Moore es Michael Moore. Su presencia permanente -la falsa ingenuidad, el autoritarismo moral, la convicción de que el público está tan cegado por su carisma como él mismo- define todo lo que hace y amenaza con anular el mensaje o incluso rebatirlo, y en última instancia hace que sus películas resulten insoportables precisamente para aquellos a quienes trata de convencer con ese mensaje. Al final, solo sirven para que aquellos que compartimos posturas progresistas con él nos sintamos reafirmados.  

 
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