José ángel Ruiz publica 'y llegó la barbarie'

La barbarie nacionalista de Yugoslavia a Cataluña: parecidos y diferencias

Cómo comprender el enigma de los conflictos balcánicos y aportar algo nuevo

Foto: el centro memorial Potocari, en sbrenica (Bosnia Herzegovina)
el centro memorial Potocari, en sbrenica (Bosnia Herzegovina)

Cuando el historiador José Ángel Ruiz Jiménez (Motril, 1974) se encontró en un congreso con Susan George y le contó que estaba escribiendo un libro sobre las guerras que asolaron los Balcanes en los años 90, la pensadora y activista francesa de origen estadounidense le respondió: "Buena suerte, nunca he entendido lo que pasó allí".

'Y llegó la barbarie'
'Y llegó la barbarie'

Y es que los conflictos salvajes que encendieron de nuevo la guerra en el corazón de Europa despúes de décadas de paz fueron tan sorpresivos como enigmáticos, y ofrecen aún hoy un desafío que Ruiz Jiménez intenta resolver en 'Y llegó la barbarie' (Ariel, 2016): "Por una parte, ser capaz de comprender suficientemente los conflictos balcánicos y una vez que lo había hecho, aportar algo nuevo e interesante con la perspectiva de los 25 años transcurridos desde su comienzo".

P. Explica que aquel fue el gran conflicto que los de nuestra generación vivimos a través de los medios. Yugoslavia era un país simpático, con buenos equipos de basket, en el que, de pronto, sus habitantes comenzaron a matarse sin aparente motivo. 

R. Desde luego, nadie esperaba que Yugoslavia, que efectivamente era un país simpático, se hundiese en semejante espiral de barbarie. Muy abierto al turismo, líder del movimiento de países no alineados en política exterior, y con un lema que rezaba hermandad y unidad en el interior, nada parecía presagiar la violencia que se avecinaba. Ni siquiera la mayoría de su población, que aún se pregunta cómo pudo suceder todo aquello. En cuanto al enorme impacto de las guerras balcánicas en los europeos de los 90, se dieron varios factores que añadir a que fueran tan inesperadas, destacando dos de ellos. El primero, la cercanía geográfica a países tan influyentes, prósperos y estables como Italia y Alemania. El segundo y más importante es que los medios de comunicación nunca habían mostrado una guerra con semejante despliegue de medios y detalles. Además, estaban ansiosos por hacerlo tras el fiasco que les supuso la Guerra del golfo de 1991.

Al no haber ninguna gran potencia implicada, los periodistas se movieron con mucha libertad por los frentes y el conflicto se convirtió en un gran negocio que no paraba de producir noticias e imágenes impactantes. Aquello parecía superar una trama novelesca, pues convergían elementos y grupos armados que parecían salidos de la segunda guerra mundial, con muyahidines, fascistas, comunistas, nacionalistas, genocidios, campos de concentración, ciudades asediadas, monumentos que saltaban por los aires, francotiradores, violaciones masivas y mucho más. El hecho de que se explicara tanto sobre qué pasaba pero nadie pareciera entender por qué pasaba parecía hacerlo todo aún más fascinante, consolidando el halo de misterio, odios y violencia atribuidos históricamente a la región.

Aquello parecía superar una trama novelesca: muyahidines, fascistas, comunistas, nacionalistas, genocidios, campos de concentración...

P. Explica que la peculiar historia de los Balcanes ha convertido el lugar en un perfecto devorador de tópicos. Allí explota habitualmente la historia y sus peores males: el racismo, el fanatismo religioso, la violencia... Desde Syldavia a Latveria, su imagen no ha podido ser peor. Usted defiende que esta imagen distorsionada no es casual.

R. Esa imagen se fraguó por parte de las potencias europeas occidentales en el siglo XIX. Éstas habían expandido sus colonias por Asia, África y Oceanía, mientras su cultura se había apoderado de América. Sin embargo, junto a sus fronteras, los Balcanes permanecían como un territorio vetado y desconocido, pues casi toda la región estaba en manos del Imperio Turco, de religión musulmana. Su calidad de Oriente en Occidente, lo poco accesible de la zona y su mescolanza de idiomas desconocidos para los occidentales contribuyeron muchísimo a que novelistas y políticos crearan una imagen distorsionada de los Balcanes, fruto sobre todo de una ignorancia que parecían querer compensar con imaginación, no siempre bien intencionada. La invención de Latveria y Syldavia como países balcánicos son dos buenos ejemplos de ello.

El 12 de junio de 1999 tropas británicas de la OTAN pasan por Blace, en la frontera de Kosovo con Macedonia. Llegaba el momento del repliegue. Foto: EFE/Antonio Bat
El 12 de junio de 1999 tropas británicas de la OTAN pasan por Blace, en la frontera de Kosovo con Macedonia. Llegaba el momento del repliegue. Foto: EFE/Antonio Bat

P. Los serbios fueron especialmente malparados. ¿Se lo ganaron a pulso?

R. Los medios de comunicación y los políticos reducen los conflictos armados a una pugna entre el bien y el mal, entre víctimas y agresores. En las guerras balcánicas, los medios y las cancillerías occidentales otorgaron a Serbia el papel de villano, y eso tuvo mucho que ver, por ejemplo, en que ahora usted me haga esta pregunta. En la antigua Yugoslavia, todas las naciones implicadas en las guerras se sienten víctimas, y todas esgrimen apasionados argumentos para hacerlo. Medir los crímenes de unos y otros para discernir quien es más culpable que quién es un ejercicio en el que muchos llevan un cuarto de siglo enzarzados. Digamos que Serbia era quien más tenía que perder con la descomposición de Yugoslavia, pues su nación podía quedar dividida en cuatro Estados, que al final han llegado a ser cinco. Sus líderes hicieron uso de toda su fuerza, incluyendo la limpieza étnica y el asesinato de civiles, para tratar de evitarlo.

Pero lo cierto es que en el collage étnico que era el mapa yugoslavo, no fue el proceder exclusivo de Serbia, pues todas las partes tuvieron el mismo objetivo de mantener unida a la nación propia y ninguna reparó en medios para lograrlo. Por otra parte, es injusto hablar de los serbios o los croatas como un todo. En el caso de Serbia, por ejemplo, podríamos recordar a los miles de jóvenes que se negaron a movilizarse para luchar en Croacia y Bosnia-Herzegovina cuando el Estado los llamó a filas.

P. El colapso de Yugoslavia no se debió a odios ancestrales, aseguran los académicos. ¿No hay ninguna causa principal que activara la catástrofe? ¿Ni siquiera la más obvia: el nacionalismo?

R. El nacionalismo fue un medio muy eficaz para movilizar y unir a la población, sobre todo tras una década en que las autoridades de cada república, que deseaban librarse del gobierno federal, promocionaron una visión de la historia muy particular. Ésta se basada en los agravios de que la nación propia había sido objeto por sus vecinos y en la idea de que el gobierno central les había negado sistemáticamente su identidad y libertad. De este modo, se fueron marcando identidades simplemente distintas como enemigas. Ahora bien, aparte de las apetencias de poder de los líderes republicanos, hubo otras causas que avivaron la catástrofe, tales como una crisis del comunismo que invitaba a abandonar Yugoslavia para integrarse en el Occidente capitalista o el hecho de que potencias como Estados Unidos hubieran fomentado el separatismo desde mediados de los años 80 para realizar un experimento que inspirara a hacer lo mismo a las repúblicas soviéticas respecto a la URSS.

Para sorpresa de los propios instigadores, la URSS cayó antes que Yugoslavia, quien perdió entonces su valor como inspirador de la caída del comunismo. Tras ser cómplices en sembrar la discordia en los Balcanes, EEUU, junto a la UE, miraron para otro lado en medio del optimismo del fin de la Guerra Fría, la reunificación de Alemania y el éxito de la Guerra del Golfo. La situación se fue pudriendo ante la indiferencia general hasta estallar con consecuencias insospechadas. Una vez empezadas las guerras, la lentitud, arrogancia, falta de criterios y cortedad de miras de la comunidad internacional sólo empeoraron la situación.

El nacionalismo fue un medio muy eficaz para movilizar y unir a unas poblaciones que deseaban librarse del gobierno federal

P. La Yugoslavia anterior a la guerra parecía representar el sueño del cosmopolitismo, del olvido de las diferencias tribales -étnicas, religiosas-, en pos de un proyecto superior común. ¿Lo ocurrido lanza una advertencia sobre la inocencia de aquellas virtudes por las que Occidente dice diferenciarse del resto?

R. El mapa étnico de Yugoslavia era tan parecido a un puzzle que hacía imposible crear Estados nación homogéneos. Por eso se diseñó un espacio de convivencia que diera cabida a todas las comunidades de aquella sociedad plural. Se construyó un modelo de país basado en lo que unía a todos: la identidad sudeslava, una lengua común -pese a los matices regionales- y una ideología comunista que hacía hincapié en la identidad de clase por encima de la nacional -considerada burguesa- y la religiosa -el Estado era oficialmente ateo, aunque tolerase todas las confesiones y sus cultos-. A ello cabe añadir la legitimidad lograda por el crecimiento económico desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta los últimos años 70. Más que una cuestión de quiebra de las virtudes europeas, consideremos que, al fin y al cabo, el nacionalismo es una creación de Occidente y, por tanto, no podemos separarlo de su identidad.

Por otra parte, aquella Yugoslavia tenía características políticas estructurales que poco tenían que ver con las virtudes que se arroga Europa: era una dictadura de partido único muy represiva con los opositores y llevó a cabo un proceso de descentralización sin democracia que terminó por derivar a las repúblicas hacia el nacionalismo. Respecto a la inocencia, si ello supone una confianza pasiva en que los valores del civismo y la convivencia están garantizados por ser parte intrínseca de nuestra cultura europea, podemos levantarnos una mañana encontrándonos, como los yugoslavos de aquellos años, con que nuestras únicas alternativas son morir, matar o huir.

Karadzic junto al general Ratko Mladic, 'el Carnicero de los Balcanes', en abril de 1995 (Reuters)
Karadzic junto al general Ratko Mladic, 'el Carnicero de los Balcanes', en abril de 1995 (Reuters)

P. Uno de los tópicos malparados en su libro es el del que la izquierda es congénitamente refractaria al nacionalismo. Es curioso que tantos izquierdistas bienintencionados se empeñen en defenderlo cuanto tantos otros les demuestran a diario lo contrario, ¿no cree?

R. Etiquetas como izquierda, nacionalismo o liberalismo, muy puras en la teoría, simplifican posturas que en la realidad son mucho más complejas y con frecuencia apenas representan la punta de un iceberg de intereses en el que no faltan las contradicciones. De cualquier modo, el nacionalismo ha demostrado ser un arma de cohesión social formidable, si bien implica construirse en contraposición a quienes no forman parte de tu comunidad. Los seres humanos somos animales simbólicos, y desde el siglo XIX se ha venido demostrando que las banderas, los himnos, una peculiar enseñanza de la historia, implantar medios de comunicación y la creación de de equipos deportivos, todo ello basado en criterios nacionales, si bien son inventos muy recientes resultan tremendamente eficaces para adoctrinar a las poblaciones, que terminan creyendo en que hay una esencia y naturaleza intrínsecas a la patria.

Por lo demás, se pueden añadir y aprovechar discrecionalmente cuantos elementos puedan ser útiles, pero son criterios que el nacionalismo explota o ignora según su conveniencia. Por ejemplo, naciones igualmente respetables como la argentina o la mejicana no precisan de un idioma propio para serlo, pero Grecia o Hungría, con lenguas que no se hablan fuera de sus fronteras, sí pueden hacer de ellas un emblema nacional. Lo mismo sucede con la religión o cualquier otra circunstancia previa a la irrupción de los nacionalismos en el siglo pasado. Hasta entones, los mapas, los emblemas y las lealtades no dependían de las naciones, que no existían como tales, sino de las dinastías gobernantes. Lo que sí ilustró perfectamente el caso yugoslavo es que el nacionalismo puede dividir y confrontar con particular virulencia a las sociedades plurales, y el que sus comunidades sientan que hay un conflcito entre ellas en el que si gana una pierde el otra es su gran éxito.

Lo que sí ilustró perfectamente el caso yugoslavo es que el nacionalismo puede dividir y confrontar con particular virulencia a las sociedades plurales

P. 'Y llegó la barbarie' atemoriza especialmente porque muestra cómo ninguna paz, ninguna prosperidad está garantizada por nuestros grandes valores de civilización, cultura y convivencia... ¿Estamos condenados a vivir siempre mirando con el rabillo del ojo?

R. Desde luego que las guerras suponen la ocasión extrema en que las personas sacamos lo peor de nosotros mismos, viéndose comportamientos e instintos sádicos que los mismos individuos no hubieran sacado a la superficie en tiempo de paz. También son momentos en los que la nobleza de muchos brilla y desafía identidades nacionales o religiosas, egoísmos, apellidos y peligros para dar conmovedores ejemplos de ayuda mutua. Ser conscientes del daño que podemos hacernos y del poco freno que suponen los valores de convivencia que se promocionan en tiempo de paz es el primer paso para aprender a autolimitarnos como individuos y como sociedades.

Debemos aprender que los conflictos son inevitables e intrínsecos a la existencia, pero la violencia no lo es, de modo que seamos capaces de gestionar y transformar esos conflictos de modo constructivo y no destructivo. De hecho, en las últimas décadas se ha ido desarrollando con éxito toda una disciplina académica, la investigación para la paz, precisamente volcada hacia este fin.

P. Los historiadores odian las comparaciones pero los periodistas, más haraganes, las amamos... Cuando se habla del riesgo de balcanización en la España de hoy en la que un nacionalismo en concreto, el catalán, ha anunciado la inmediata quiebra del estado... ¿qué similitudes son aceptables y cuáles no?

R. No quisiera plantear la cuestión contraponiendo periodistas haraganes pero capaces de explicar de forma clara y simple la realidad, con académicos que han estudiado los detalles y raíces de los problemas, pero se pierden en complejas disertaciones, detalles y matices que desorientan por completo a quienes les escuchan. En este caso, es lógico que muchos realicen un paralelismo razonable entre Yugoslavia y España, dos Estados soberanos, miembros de la comunidad internacional y con un alto grado de descentralización administrativa desafiados por nacionalismos separatistas. Por ello es normal que la barbarie sucedida en Yugoslavia genere inquietud en nuestro país. Ahora bien, a las similitudes caben añadirse diferencias de profundo calado.

Por ejemplo, España es un Estado con más de 500 años de existencia, mientras Yugoslavia alcanzó a permanecer unida por menos de 80 años; España es una democracia consolidada, mientras Yugoslavia era una dictadura comunista en la que se llevó a cabo una descentralización sin democracia muy perniciosa; los medios de comunicación estaban allí exclusivamente en manos de las elites políticas, no habiendo apenas prensa escrita, radio ni televisiones privadas, ni tampoco prácticamente acceso a medios extranjeros. Esto último hizo mucho más fácil manipular a una población acostumbrada a no cuestionar la autoridad ni lo que dijese la prensa. En nuestro país y en nuestro tiempo hay numerosos medios públicos y privados, así como enormes facilidades para obtener información alternativa del extranjero por internet, antenas parabólicas o plataformas digitales.

Por último, la población yugoslava había sido entrenada para la guerra, el servicio militar era obligatorio, hasta las chicas aprendían a disparar durante la enseñanza secundaria, y cada población disponía de arsenales ocultos a los que recurrir en caso de invasión extranjera. Así, a diferencia de España, se trataba de un país lleno de armas en el que la gente sabía dónde estaban y cómo usarlas, lo que sin duda contribuyó a que fuese un conflicto tan cruento. Son algunas diferencias de suficiente calado como para entender que una comparación fácil entre los dos casos estaría simplificando en exceso la cuestión.

Es normal que la barbarie de Yugoslavia genere inquietud en nuestro país. Ahora bien, a las similitudes caben añadirse diferencias de calado

P. La globalización o el proceso de construcción europea prometía una sola especie humana y ha despertado, aliada con la crisis económica, todo tipo de identidades nacionales y religiosas que permanecían dormidas. ¿Sigue siendo tan buena idea liquidar el estado-nación o es posible inventar un punto medio que conecte lo global con lo local sin que todo se desmorone?

R. El sentimiento de pertenecer a un colectivo es algo natural en los seres humanos, siendo la identidad una de nuestras necesidades básicas. De hecho, tenemos numerosas identidades -ideológicas, religiosas, de género, etc.- con las que convivimos con toda naturalidad. Solo desde el siglo XIX, la identidad nacional se convierte en la más importante en nuestra vida, pues es la que articula el Estado, otorgando derechos y obligaciones. Desde entonces, las personas nos hemos segregado haciendo de la nación el criterio básico. En tiempos de paz, la convivencia entre distintas naciones es agradable y hasta disfrutamos de ella. Sin embargo, hay dos momentos en que, en palabras de Amin Maaluf, la nacional se convierte en identidad asesina. La primera es en tiempos de crisis, en los que suele culparse al otro de todos los males. La segunda y más importante se da en sociedades plurales. Y es que el mapa de las naciones no siempre coincide con el de los Estados.

Veamos. Las naciones tienen dos motivaciones básicas: tener a todos sus miembros unidos y gobernarse de forma independiente. Cuando varias de ellas comparten un espacio, las alternativas son: que una someta a la otra; que la tolere cuando es minoría, siempre que acepte que vive casi como invitada en el Estado Nación de la mayoría; o que se realice una limpieza étnica o, en el último extremo, un genocidio para lograr un Estado nación más homogéneo. Hay ejemplos históricos de las cuatro posibilidades. Por otra parte, aquellas naciones que tienen parte de su población en países vecinos aspiran siempre a incorporarla al propio, aunque ello suponga aceptar algunos extranjeros que también vivan allí. En otras palabras, la idea de Estado nación ha creado tensiones fronterizas permanentes, pues todas las naciones aspiran a unir a todos sus miembros bajo el mismo Estado, pero al hacerlo desmembran otras que tienen el mismo objetivo. Un claro ejemplo fue la política exterior de Hitler en los años 30. Alemania no fue nada original en preferir que todos los alemanes estuvieran juntos, para lo que incorporó Austria, Chequia, Polonia y hasta alemanes de varias regiones bálticas y ucranianas.

Y es que siempre era preferible tener minorías extranjeras en Alemania a que hubiese alemanes que fuesen minoría en los países circundantes. En otras palabras, mientras existan sociedades en que convivan varias identidades nacionales, y éstas sean las que den sentido y ciudadanía de primera, el nacionalismo será una bomba de relojería. Tampoco los referéndums son una solución mágica y definitiva, sino con frecuencia una trampa, pues cada parte lo usa para legitimarse, planteándolo sólo en el espacio en que puede ganar. Precisamente en Yugoslavia se dio la paradoja de que las mismas repúblicas que afirmaban tener derecho a separarse de la federación por encima de la ley porque así lo habían decidido tras un referéndum democrático, consideraban inaceptable que varias de sus regiones realizaran su propio referéndum para independizarse a su vez de los nuevos países o quedarse en Yugoslavia. En definitiva, seguimos tan atados a la identidad nacional que estamos lejos de encontrar ese punto medio al que se refiere. No obstante, recordemos que los Estados nación responden a una época muy determinada tras largos milenios en que la humanidad vivió sin ellos, y los mismo que emergieron en su momento, terminarán desapareciendo algún día.

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