Kate Winslet hace el ridículo en 'La modista', una comedieta difícilmente soportable
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Estreno de 'La modista'

Kate Winslet hace el ridículo en 'La modista', una comedieta difícilmente soportable

Tilly vuelve al remoto poblacho australiano del que fue expulsada de niña tras matar a un compañero y se convierte en costurera. Si la premisa es lunática, la dirección es peor...

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'La modista'

La trayectoria de Kate Winslet después de su Oscar por 'El lector ' (2008) tiene menos sentido que pedir reserva de mesa en un restaurante chino. Si exceptuamos puntuales alardes de genio como su trabajo en la miniserie 'Mildred Pierce' (2011), su carrera es una sucesión de elecciones incomprensibles -el cursi folletín 'Una vida en tres días' (2013), el risible drama de época 'A Little Chaos' (2014), la penosa saga 'Divergente'- a las que ahora se suma su personaje en este disparate llamado 'La modista'.

Se trata de Tilly Dunnage, que vuelve al remoto poblacho australiano del que fue expulsada cuando era niña tras matar -presuntamente- a un compañero de clase, en un incidente del que tiene un recuerdo vago y del que en todo caso se considera inocente. El objetivo de su regreso es averiguar qué sucedió realmente, y en el proceso dejar en evidencia la hipocresía paleta que impera en su tierra natal. Para ello, mientras se convierte en diseñadora de alta costura para sus paisanos y recupera así su buen nombre -los trapos que fabrica resultan tener propiedades espiritualmente curativas similares a las de las creaciones reposteras de Juliette Binoche en 'Chocolat' (2000)-, lleva a cabo un proceso de desestabilización que resultará en una conflagración social.

Tráiler en español de 'La modista' (2016)

Puede que tal premisa narrativa suene lunática de por sí, pero en todo caso es la dirección de Jocelyn Moorhouse lo que empuja 'La modista' al terreno del disparate. La película arranca a modo de 'western', presentando a Winslet en la piel de un 'sheriff' decidido a hacer justicia en una tierra dejada de la mano de Dios, aunque armado no con pistolas sino con una máquina de coser; inmediatamente se transforma en una comedieta repleta de fanáticos religiosos, policías travestidos y otros seres excéntricos -piénsese en una versión de 'Doctor en Alaska' con arena en lugar de nieve y sin el más mínimo encanto-; y en su segunda mitad empieza a acumular radicales giros argumentales, improbables romances, venganzas, violaciones y otros actos de violencia doméstica, misterios a medio hervir y una de las muertes más ridículas de la historia del cine. Se supone que debe rompernos el corazón, pero resulta más efectiva partiéndonos la caja.

La película arranca como un 'western', con Winslet de 'sheriff' decidido a hacer justicia en una tierra dejada de la mano de Dios con una máquina de coser

Mientras maneja todos esos elementos, la película ofrece un guirigay de tonos contradictorios que chocan entre sí a menudo dentro de una misma escena o incluso a veces dentro de una misma frase de diálogo. Moorhouse se toma asuntos oscuros a la ligera, pero carece de la habilidad para hacer comedia negra con ellos, aunque al mismo tiempo, incluso en sus momentos más estúpidos, 'La modista' quiere ser tomada en serio. En otras palabras, es tan caótica como el armario de Rita Barberà, una Gomorra estilística en que las rayas se lo montan con los lunares y los collares con los fulares, y en que las perlas cuanto más gordas, mejor.

El exceso se extiende también a una colección de interpretaciones 'cartoonescas' -Hugo Weaving ataviado con plumas de pavo real, Judy Davis en plena audición para un remake de '¿Qué fue de Baby Jane?'- en medio de las que, durante al menos media película, Winslet posa con una mano en la cadera y la otra apuntando al cielo con un cigarrillo encendido.

En última instancia, sin embargo, no son la confusión y el ruido lo que hace que contemplar 'La modista' sea difícilmente soportable: a pesar de tanta actividad, es una película increíblemente lenta y estática. Cuando, alcanzada la hora y media de metraje, cualquier espectador sensato estará ya buscando la chaqueta en la butaca de al lado, listo para olvidarse de lo visto y seguir con su vida, Moorhouse decide estirar la historia media hora más, empujándola en direcciones no justificadas por lo sucedido hasta entonces y llenándola de accesorios inútiles como si fuera el piso de un anciano con síndrome de Diógenes. Dado que la protagonista de 'La modista' es tan hábil tricotando, no le habría estado de más hacerle algún que otro zurcido a su propia historia.

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