Pascal Bruckner publica 'un buen hijo'

Cómo perdonar a un padre que adora a Hitler y maltrata a tu madre

El autor se hurga y se retuerce, escupe su pasado con una prosa directa y salvaje, destructiva: “El auténtico secreto de familia no es el que se calla, sino el que todo el mundo conoce"

Foto: Hitler de cera en el museo Madame Tussaud's en Berlín. (EFE)
Hitler de cera en el museo Madame Tussaud's en Berlín. (EFE)

“Dios mío, os dejo la elección del accidente, pero haced que mi padre se mate”. Pascal Bruckner (París, 1948), filósofo, ensayista y novelista, a los diez años es “el niño-que-le-hace-la-pelota a Dios” para que acabe con la vida de un tirano doméstico que maltrata, golpea y humilla a su madre, que es antisemita, racista, odia a los Hermanos Marx y a Charles Chaplin, que envejece y se parece cada vez más a Jean Marie Le Penn,“como si su apariencia le viniera dictada por sus opiniones”.

Un ser contra el que su hijo, como es evidente, se rebela rechazando todo lo que representa, aniquilando la música clásica y la cultura alemana, enterrando su pasado para seguir adelante y mantenerse a su lado hasta el día de su muerte, perdonando su adoración por los nazis y su barbaridad. “Para sobrevivir hay que olvidar, apartar los recuerdos que impiden progresar”, escribe en las primeras páginas de la portentosa autobiografía El buen hijo (Impedimenta), un desbordamiento abrumador de recuerdos que envenenan. Bruckner se hurga y se retuerce, escupe toda esa carga con una prosa directa y salvaje, destructiva con las convenciones: “El auténtico secreto de familia no es el que se calla, sino el que todo el mundo conoce. Está sobre-expuesto y, por lo tanto, resulta imperceptible”.  

Un buen hijo también podría haberse titulado Un mal padre, porque la dolorosa primera persona, que desbroza la intimidad de una de las figuras capitales de Mayo francés, reparte protagonismo entre el culpable y la víctima, entre Francia y Alemania, entre el reproche y el perdón, entre el pasado y el futuro, entre la memoria y el olvido, entre la violencia y el diálogo. “Aquel hombre timorato, doblegado ante cualquier autoridad, débil ante los fuertes y despiadado con los débiles, adoraba la brutalidad de algunos salvajes, porque era incapaz de ella”. Dos generaciones destinadas a odiarse y a perdonarse, dos mundos que chocan y están condenados a hacer las paces.

Ser a la contra

Bruckner, autor de Lunas de hiel (adaptada por Roman Polanski), La tiranía de la penitencia: ensayo sobre el masoquismo occidental, Miseria de la prosperidad: la religión del mercado y sus enemigos, se ha preguntado recientemente cómo hemos podido trivializar tanto la idea de la felicidad. Ha escrito sobre un mundo fundamentado en un positivismo injustificado, con vendedores de sueños irrealizables.

Una felicidad pervertida, embrutecida en un Estado del Bienestar degenerado, diferente al que él, Alain Finkielkraut y André Glucksmann defendieron en el 68 y popularizaron, a pesar de la generación anterior. De ahí este repaso tormentoso a la telaraña genealógica de la que trata de escapar. En este ajuste de cuentas con su padre está el origen de sus posiciones ideológicas, en la demolición de su padre. Ser es ser a la contra. 

Crecer es inventar la propia vida: envejecer es reducirla a algunos elementos anteriores

“No hay nada más difícil que ser padre: si es héroe, te aplasta con su gloria; si es malvado, con su infamia; si es vulgar, con su mediocridad. También puede ser un héroe mediocre o un malvado conmovedor. Haga lo que haga, se equivoca: o es demasiado o demasiado poco”. Así es como justifica el pensamiento extremista y la imperdonable actitud de su padre.

Bruckner también es padre y termina aceptando los errores de ese viejo que sobrevive doce años a la mujer a la que “mató a fuego lento”. “Ella se inmoló a sus humores en vez de asumir el control de su destino”, recuerda de su madre, quien mató en ella toda feminidad para castigarle… castigándose.

Un buen hijo es un libro violento, en el que la dignidad recupera su lugar a golpes contra el pudor. Las heridas que deja son mucho más dolorosas que las físicas, porque viaja al pasado a destruir todo lo que encuentra, a tumba abierta contra la memoria de su padre (que falleció dos años antes de que se publicara el libro). “Crecer es inventar la propia vida: envejecer es reducirla a algunos elementos anteriores. Si las decisiones han sido erróneas, la vejez será la imagen de esos errores”.

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