aquí están los lectores

Bibliotecas: más masajes, menos novelas

Recortan sus recursos y las novedades no llegan, multiplican sus actividades para fomentar la lectura y se rebelan contra la lógica del consumo. Son islas en las ciudades de un país con sequía de lectores

“¿Esto qué es, un centro comercial?”. Es sábado y la biblioteca municipal Eugenio Trías está abierta y a rebosar, por eso pregunta, confundido, el visitante que se asoma al mostrador del centro, en pleno parque del Retiro madrileño. Los espacios públicos se han convertido en espacios extraños, por su escasez y porque han sido colonizados por la lógica del consumo. Choca encontrarse protegido, dentro de la ciudad, fuera de la casa de uno.

Las bibliotecas son eso, reuniones en libertad donde se practica la intimidad públicamente. Ahí están los lectores, colocados frente a un gran ventanal que baña con luz natural la biblioteca, la más visitada, la que más presta, la que más actividades tiene de toda la ciudad. A un lado, la butaca preparada para la ventana de la imaginación; al otro, la ventana de la naturaleza. Y el silencio del significado en medio de la revolución de lo insignificante. De alguna manera, son hospitales donde los pacientes se practican intervenciones muy delicadas sobre sus actitudes.

De camino al trabajo, cada día interrumpe la rutina para hacer una hora de lectura. Argentino, difícil distraer la vista lejos de su puntiaguda perilla. ¿Por qué lees? “Para entender qué lugar ocupo en el mundo y qué lugar ocupa el mundo en mí”. En estos momentos tiene entre manos Historia de Argentina, del historiador José Luis Romero. Lee sobre su historia para “corregir” todo lo que le enseñaron en la escuela. Pero éste no le convence, “es demasiado oligarca”.

Uno de los rincones de la biblioteca Eugenio Trías, con el parque del Retiro al fondo. (EC)
Uno de los rincones de la biblioteca Eugenio Trías, con el parque del Retiro al fondo. (EC)

Le llama la atención una sociedad que no le interesa la lectura, que no trata de entender épocas complicadas como la que le ha tocado vivir. Es el curioso orgullo del analfabeto, que sabe leer pero prefiere no hacerlo. El 35% de los españoles no lo hace nunca o casi nunca, según el CIS. Y sólo el 12,6% de los encuestados lo hace alguna vez al mes.

Masajes infantiles

Los habitantes de países del norte son los más aficionados a las bibliotecas: un 74% de los suecos han visitado una en el último año. En Finlandia son el 66%, en Dinamarca el 63% y en España, según las encuestas publicadas por el último Eurobarómetro de hábitos culturales, un 33% han pasado una vez por una biblioteca en los últimos doce meses. Casi la mitad de los españoles que no han pasado por una reconocen que no tienen interés, el 28% aluden a la falta de tiempo.

 

“Las bibliotecas ya no son sólo una sala de estudio o de lectura”, explica Diana, jefa de servicio del centro del Retiro. Hay dramatizaciones, clubes de lectura... hasta masaje infantil para bebés. Casi 200 eventos al mes. Paradójicamente, y fruto de las decisiones del Ayuntamiento de la capital, las bibliotecas cada vez tienen menos novedades. Pocas adquisiciones debido a la congelación de las inversiones en los centros. En 2014, el presupuesto para compra de material de las bibliotecas fue un 76% menor que en el año 2009.

Según se puede ver en el portal de datos abiertos del Ayuntamiento de Madrid, los viernes son el día preferido por los ciudadanos para los préstamos. Los títulos que más se llevan son Érase una vez el cuerpo humano, La celestina (de Fernando de Rojas), El invierno del mundo (de Ken Follet), Misión Olvido (de María Dueñas) o el Lazarillo de Tormes. Y detrás, Cincuenta sombras de Grey (E.L. James).

 

El Estado también marca tendencia en la moda de dejar en los huesos a las bibliotecas. Son partidas poco espectaculares, pero imprescindibles. No tienen foto, no tienen apoyo. En los últimos Presupuestos Generales del Gobierno, archivos, bibliotecas, conservación y patrimonio se desploman. Ha sido una constante en las cuentas del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.   

La propia jefa de servicio, responsable de la coordinación, reconoce que la de Eugenio Trías es una biblioteca que se inauguró hace dos años sin mucho fondo y que las adquisiciones se han cortado. “Aceptamos donaciones, eso sí, y recibimos muchísimas. Lectores con novedades que una vez la leyeron se desprenden de ellas. La novela es lo que más se presta”. Y se roba: es la tercera vez que tiene que pedir la serie completa de Juego de tronos, porque se lo llevan, a pesar del vigilante de la puerta. En 2011, la inversión era de 238.418 euros; en 2014, se reduce a 127.887 euros. Un recorte que tiene que ver más con la asfixia.    

 

Las bibliotecas son lugares contra los no lugares. Lugares con una identidad reposada por los personajes y las personas, por la ficción y la realidad, por la palabra y las imágenes. Una identidad en la que también intervienen los futuros lectores, como las decenas de escolares que acaban de entrar en fila, asaltando la calma. O este señor que lee el periódico y al que no le preocupa “ni la Esperanza, ni el coletas, sólo despertarme cada mañana”. “Soy hijo de la posguerra y comprar un libro era imposible. Íbamos a un piso de Diego de León, que tenía tebeos y novelas del oeste. Para mí las bibliotecas son fundamentales”, cuenta.

Él también pasó por aquí cuando estas paredes de ladrillo guardaban fieras en vez de lectores. Una mesa, a la entrada, recibe los recuerdos de la anterior vida del centro. Fotos que ceden los espontáneos en las que posan junto a tigres y osos aburridos, monos que matan por un aperitivo y un bisonte despeluchado.

“Todos los animales tenían mucha hambre y los leones, cuando era su hora (al anochecer), rugían pidiendo comida que los cuidadores les traían en una carretilla”, también hay recuerdos a puño y letra. Firma “una Mary cualquiera”, dice que tiene 75 años, que lamenta “mucho, mucho, muchísimo, la tardanza en convertir este lugar en la biblioteca”. Recuerda que los osos se ponían a dos patas pidiendo pan duro, que un mono saltó el foso para cogerle el plátano a su hija: “Todavía recuerdo sus dedos gordos y negros cuando le arrebató la fruta”. Su letra redonda, bolígrafo azul, se describe como una persona que no ha perdido la curiosidad por leer, “aunque vea regular”. Candela deja un comentario: "No echo de menos a las fieras. Prefiero los libros y los árboles, y las bibliotecas..."

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