un libro retrata su historia

Desertar, un acto de valentía en la Segunda Guerra Mundial

'Desertores', de Charles Glass, narra la historia silenciada de aquellos soldados que abandonaban las armas y eran juzgados como traidores

Foto: El Alamein 1942: Infantería británica avanza entre el polvo y el humo de la batalla (CC)
El Alamein 1942: Infantería británica avanza entre el polvo y el humo de la batalla (CC)

Los libros, las películas y todas las historias que hablan sobre la Segunda Guerra Mundial lo hacen siempre desde el mismo punto de vista: los heroicos soldados que dieron la vida en el campo de batalla.

Valientes, decididos, y altruistas. Fuera del radar de aquellos que combatieron no existe nada. Sin embargo, más de 150.000 soldados abandonaron las filas de los ejércitos aliados. La prensa intentaba no dar bombo a historias que podían minar el ánimo la sociedad, pero un gran número de jóvenes no pudo soportar las condiciones de un conflicto cruel y sangriento que no entendían. Hacia ellos sólo existía un adjetivo: cobardes.

Sin embargo, había mucha valentía en sus actos. Gente que decidía entregarse al amor y arriesgar su vida por escaparse de filas, gente que por principios decidió no luchar, o incluso soldados que después de pelear en muchas batallas no pudieron más. Su cuerpo y su mente se quebraron y eligieron huir.

Ahora, por primera vez un libro dedica sus páginas a las historias silenciadas de aquellos que escaparon. Se trata de Desertores, de Charles Glass (Editorial Ariel). Para ello ha necesitado consultar archivos de guerra, diarios personales e incluso ha conseguido testimonios en primera persona de soldados que abandonaron el ejército.

Marines descansando en Guadalcanal (CC)
Marines descansando en Guadalcanal (CC)

No era fácil tomar la decisión de desertar, y más cuando generales como George S. Patton se confesaban partidarios de fusilar a los traidores que huyeran.

Entre los 150.000 soldados que abandonaron las filas, 49 fueron condenados a muerte por deserción. Sin embargo, normalmente, las penas se fueron conmutando y rebajando, excepto en una ocasión.

El libro de Charles Glass fija sus ojos en la historia de Eddie Slovik, un exconvicto al que califica como el soldado con la peor suerte del mundo, al ser el único ejecutado. Slovik ni siquiera llegó a huir de filas, sino que manifestó, en octubre de 1944, a sus superiores que prefería la cárcel al ejército. Los militares no le concedieron su deseo, sino que en vez de ello le condenaron a muerte por mosquetería.

La mala suerte de Slovik hizo que tanto su consejo de guerra y su apelación coincidieran en fecha con grandes masacres ocurridas en la Segunda Guerra Mundial en las que cayeron muchos soldados del ejército aliado. Esto hizo que los dirigentes pensaran que no era el momento de condonar una deserción. Había que mostrarse impasibles y demostrar al mundo, y a los demás soldados, que los desertores eran condenados.

La prensa ni siquiera hacía referencia a estos casos, ya que se consideraba una publicidad muy negativa para los militares que salieran a la luz este tipo de historias.

El caso de Eddie Slovik se destapó en 1948 gracias al periodista William Bradford Huie, y gracias a él se pudo saber que en la correspondencia que mantenían los altos cargos que decidieron el destino del soldado, nunca se manifestó otra intención que no fuera ajusticiarle.

Pensaban que su muerte era necesaria para que otros no siguieran su ejemplo. Conscientes de lo atroz de sus actos, mantuvieron la ejecución en secreto. La propia mujer de Slovik no supo el motivo real de su muerte hasta años después.

En la mente del desertor

Lo importante para Charles Glass es intentar entrar en la mente de aquellos soldados que decidieron dejarlo todo en plena Segunda Guerra Mundial.

Para ello se centra en conocer la vida, las vivencias en pleno conflicto y las motivaciones de tres personajes. Alfred Whitehead, un granjero de Tennessee condecorado con las estrellas de plata y bronce por su coraje en Normandía, y que sin embargo acabó como gánster en París robando provisiones a los soldados aliados. John Bain, que desertó hasta tres veces, aunque nunca llegó a abandonar el combate. De hecho, acabó perdiendo las piernas en el norte de África; y Steve Weiss, un soldado que abandonó las filas para incorporarse a la resistencia francesa antes de ser sentenciado a cadena perpetua y trabajos forzosos.

Lo sorprendente no es que tantos hombres desertaran, sino que lo hicieran tan pocos

La mayoría de esos desertores fueron soldados rasos que luchaban en el frente y que se derrumbaban por el estrés sufrido tras largos periodos de bombardeos, climatología extrema, malnutrición y la muerte de camaradas. Muchos fueron juzgados y sentenciados. Otros aún siguen en busca y captura.

El libro deja claro que muy pocos desertores merecen ser calificados de cobardes, ya que la mayoría llegaron a luchar contra el enemigo durante meses enteros. Una situación que mermó su voluntad por culpa de un defectuoso sistema de reemplazo de tropas por el cual se forzaba a los hombres hasta más allá de sus límites, además del mal liderazgo de muchos suboficiales que ni siquiera pisaron el frente y mandaban a los soldados más jóvenes a soportar la artillería enemiga.

Como expone Glass en su obra: “Lo sorprendente no es que tantos hombres desertaran, sino que lo hicieran tan pocos”.

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