Adelanto Editorial | 'No hacer nada': una forma de entender la vida poco valorada
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Adelanto Editorial | 'No hacer nada': una forma de entender la vida poco valorada

"Más allá de cuidar de nosotros mismos y de la capaci­dad para escuchar, la práctica del no hacer nada tiene algo que ofrecernos: un antídoto contra la retórica del crecimiento"

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'No hacer nada': una forma de entender la vida. (Foto: EC Diseño)

La sociedad actual avanza por un camino en el que la hiperconectividad y el movimiento lo ocupan todo. El peso cada vez mayor de las redes sociales en nuestro día a día da lugar a que tengamos la sensación de que, si nuestra vida no es frenética, quizá no la estemos disfrutando en la medida que se espera y, por ende, que estemos echando a perder nuestros mejores años sin aprovechar las oportunidades que tenemos a nuestro alrededor. Pero nada más lejos de la realidad: en ocasiones, la defensa a no hacer nada es la mejor opción por la que podemos optar.

Esta es la idea que defiende la escritora y educadora norteamericana Jenny Odell en su nuevo libro 'Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención', que publicará Ariel el próximo 31 de marzo. El mundo ajetreado, lleno de oportunidades y cargado de estímulos en el que nos desenvolvemos nos invita a vivir un modo de vida donde la aceleración se erige como el principal bastión en el que se sustenta nuestro día a día. Sin embargo, aunque a veces no lo veamos, existe otra opción: parar, desconectar, no hacer nada. A veces, nos olvidamos del valor que tiene.

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En defensa de la nada

Quiero dejar claro que no estoy animando a nadie a dejar de hacer cosas del todo. De hecho, creo que 'no hacer nada' —en el sentido de rechazar la productividad y dejar de es­cuchar— implica un proceso activo de escucha que busca eliminar los efectos de la injusticia racial, medioambiental y económica y trae un cambio real. Considero que 'no hacer nada' es tanto una especie de dispositivo de desprograma­ción como un sostén para aquellos que se sienten demasiado desensamblados como para actuar con sentido. A ese nivel, la práctica de no hacer nada cuenta con diversas herramien­tas que ofrecernos cuando de lo que se trata es de resistirse a la economía de la atención.

La primera herramienta tiene que ver con la reparación. En momentos como estos, disponer de periodos y espacios para 'no hacer nada' es de vital importancia, porque sin ellos no tenemos modo de pensar, reflexionar, sanarnos y sostenernos individual o colectivamente. Existe un tipo de nada que es necesaria para acabar haciendo algo. Cuando la sobreestimulación se convierte en un hecho cotidiano, sugie­ro que volvamos a imaginar el miedo a la exclusión, que ha dado en llamarse #FOMO (del inglés Fear Of Missing Out), y lo transformemos en #NOMO, es decir, la necesidad de la ex­clusión, o en #NOSMO, la necesidad ocasional de exclusión.

'No hacer nada' es una especie de dispositivo de desprograma­ción y un sostén para los que se sienten desensamblados para actuar con sentido

Esa es una de las funciones estratégicas de la nada y, en este sentido, lo que he dicho hasta ahora podría archivarse bajo la categoría de 'cuidar de una misma'. Pero, si lo haces así, que ese 'cuidar de una misma' lo sea en el sentido acti­vista que le daba Audre Lorde en la década de 1980, cuando aseguraba que "cuidar de mí misma no es malcriarme, es preservarme, y ese es un acto de lucha política". Se trata de una distinción importante que conviene dejar clara hoy en día, cuando 'cuidar de uno mismo' es algo que se usa con fines comerciales y corre el riesgo de convertirse en un estereotipo. Como escribía Gabrielle Moss, autora de Glop: Nontoxic, Ex­pensive Ideas That Will Make You Look Ridiculous and Feel Pre­tentious (un libro en el que se parodia a goop, el imperio de carísimos productos para el bienestar creados por Gwyneth Paltrow): cuidar de una misma es algo que está "a punto de serles arrebatado a las activistas y convertido en una excusa para que compremos aceites de baño caros".

La segunda herramienta que nos ofrece no hacer nada es una capacidad más aguda para escuchar. Ya me he refe­rido a la Escucha Profunda, pero esta vez me refiero a ella en el sentido más amplio de entendernos unos a otros. No hacer nada es permanecer inmóviles para poder percibir lo que en realidad está ahí. Como dijo Gordon Hempton, un ecologista de la acústica que se dedica a grabar paisajes so­noros naturales: "El silencio no es la ausencia de algo, sino la presencia de todo". Por desgracia, nuestra implicación constante en la economía de la atención supone que eso es algo que muchos de nosotros (me incluyo) vamos a tener que reaprender. Incluso dejando de lado el problema de la burbuja del filtro, las plataformas que usamos para comu­nicarnos los unos con los otros no nos animan a escuchar. Lo que hacen es compensar los gritos y las reacciones exce­sivamente simples: de conseguir un 'clic' tras haber leído solo un titular.

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Pinche en la imagen para más información sobre el libro

Me he referido anteriormente al problema de la veloci­dad, pero ese también es un problema de la escucha y de los cuerpos. De hecho, existe una relación entre 1) escuchar en el sentido de la Escucha Profunda, corporal y 2) escuchar en el sentido de entender la perspectiva de la otra persona. Cuando escribe sobre la circulación de la información, Berardi establece una distinción, que resulta particularmen­te útil en este punto, entre lo que él denomina conectividad y la sensibilidad.

La conectividad es la rápida circulación de la información entre unidades compatibles; un ejemplo sería un artículo que consiguiera ser compartido en Facebook un buen pu­ñado de veces de manera rápida, impulsiva, por personas de mentalidad similar. Con la conectividad, o somos compati­bles o no lo somos. Rellena la casilla roja o azul. En ese tipo de transmisión de información, las unidades no cambian, como tampoco cambia la información.

En cambio, la sensibilidad implica un encuentro difícil, incómodo, ambiguo, entre dos cuerpos de distintas formas que son, ellos mismos, ambiguos, y ese encuentro, esa cap­tación, requiere de tiempo y se da en el tiempo. Y no solo eso, sino que debido al esfuerzo de percibir, las dos entida­des pueden salir de ese encuentro algo distintas de como entraron en él. Pensar en la sensibilidad me recuerda a una residencia artística de un mes de duración a la que asistí junto a otras dos artistas plásticas en un lugar muy remoto de la Sierra Nevada estadounidense. Allí no había mucho que hacer por las noches, así que una de las artistas y yo, a veces, íbamos a sentarnos en el tejado y contemplábamos la puesta de sol. Ella era católica y del Medio Oeste; yo soy algo así como el paradigma de la atea californiana. Tengo unos recuerdos buenísimos de las largas conversaciones que mantuvimos sobre ciencia y religión. Y lo que me sorprende es que ninguna de las dos, en ningún momento, convenció a la otra (no se trataba de eso), pero nos escuchábamos, y las dos salimos de allí distintas, con una comprensión más sutil de la posición de la otra.

Conectividad es compartir o, en caso contrario, desencadenar; sensibilidad es una conversación en persona, agradable, difícil o las dos cosas

Así pues, conectividad es compartir o, en caso contrario, desencadenar; sensibilidad es una conversación en persona, ya sea agradable o difícil, o las dos cosas a la vez. Evidente­mente, las plataformas online favorecen la conectividad, no solo por el hecho de ser virtuales, sino también, seguramente, por una cuestión de beneficios, pues la diferencia entre co­nectividad y sensibilidad es el tiempo, y el tiempo es dinero. Una vez más, demasiado caro.

A medida que el cuerpo desaparece, también lo hace nuestra capacidad para empatizar. Berardi sugiere que exis­te un vínculo entre nuestros sentidos y nuestra capacidad para entender las cosas, y nos pregunta que nos planteemos "la hipótesis de una conexión entre la expansión de la in­foesfera… y el deterioro de la membrana sensorial que per­mite a los seres humanos entender eso que no puede verba­lizarse, eso que no puede reducirse a signos codificados". En el entorno de nuestras plataformas online, "eso que no puede verbalizarse" se considera excesivo o incompatible, por más que todo encuentro en persona nos enseñe la importancia de las expresiones no verbales del cuerpo, eso por no mencionar la presencia puramente factual del cuerpo que tenemos delante.

Pero más allá de cuidar de nosotros mismos y de la capaci­dad para escuchar (de verdad), la práctica del no hacer nada tiene algo más amplio que ofrecernos: un antídoto contra la retórica del crecimiento. En el contexto de la salud y la eco­logía, las cosas que crecen sin control suelen considerarse parasitarias o cancerígenas. A pesar de ello, habitamos en una cultura que potencia la novedad y el crecimiento sobre lo cíclico y lo regenerativo. Nuestra idea misma de producti­vidad se basa en la idea de producir algo nuevo, cuando, en cambio, no tendemos a ver el mantenimiento y los cuidados como cosas productivas del mismo modo.

La sociedad actual avanza por un camino en el que la hiperconectividad y el movimiento lo ocupan todo. El peso cada vez mayor de las redes sociales en nuestro día a día da lugar a que tengamos la sensación de que, si nuestra vida no es frenética, quizá no la estemos disfrutando en la medida que se espera y, por ende, que estemos echando a perder nuestros mejores años sin aprovechar las oportunidades que tenemos a nuestro alrededor. Pero nada más lejos de la realidad: en ocasiones, la defensa a no hacer nada es la mejor opción por la que podemos optar.

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