"No queremos una confrontación con China. Pero sí una Europa más fuerte"
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Las relaciones con China

"No queremos una confrontación con China. Pero sí una Europa más fuerte"

El director de política exterior y seguridad del Gobierno español publica un libro en el que analiza el futuro de las relaciones entre China, Estados Unidos y Europa

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EC.

Fidel Sendagorta (Madrid, 1956) es un diplomático veterano. Ha desempeñado varios cargos en embajadas de medio mundo y ha sido director general para el Mediterráneo, Magreb y Oriente Próximo (2008-2010) y director general para América del Norte, Asia y Pacífico (2015-2018). Tras esta última experiencia, que le permitió observar cómo se iban transformando paulatinamente las relaciones entre Estados Unidos y China, pasó un año en Harvard, donde publicó un informe clave, "The Triangle in the Long Game", en el que analizaba el nuevo mundo dominado por esas dos potencias y el papel que en él representaría la Unión Europea. Ese informe fue la base de su nuevo libro, recién publicado en español: "Estrategias de poder. China, Estados Unidos y Europa en la era de la gran rivalidad" (Deusto), un libro extraordinariamente claro, descriptivo y útil para entender la nueva geopolítica. Actualmente es, además, director general de política exterior y seguridad.

Pregunta. A partir de los años setenta, tras el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, China asumió algunas ideas occidentales para sacar al país del atraso y la pobreza, como la industrialización o la modernización tecnológica. Muchos pensaron que la siguiente idea que adoptaría, una vez se hubiera enriquecido y modernizado, sería la de democracia liberal. Pero esto no ha sucedido.

Resupuesta. Déjeme hacerle una analogía. En el siglo XIX, en la época Meiji, Japón decide que si quiere seguir siendo un país independiente y de futuro, tiene que adoptar no solo la tecnología, sino también la política de Occidente. Para ello, el Gobierno japonés manda varias delegaciones a Europa: una a Alemania para ver cómo era la Constitución, otra a Inglaterra para ver cómo era la industria, etcétera. Quizá sea una leyenda, pero parece que también preguntaron si tenían que adoptar el cristianismo. Porque estaban pragmáticamente dispuestos: si era lo que había que hacer, lo harían. Pero en aquella época dieron con discípulos de Nietzsche que les respondieron que no, que no hacía falta. Y ellos, pragmáticamente, no adoptaron el cristianismo.

Yo creo que en la época de Deng Xiaoping, China, en su esfuerzo de modernización, también estuvo abierta a hacer experimentos políticos. Yo lo vi una vez. En la universidad de Shanghái, me llevaron a una reunión cerrada de profesores presidida por la persona del partido, que era la decana, para hacerme preguntas sobre la transición en España, que indicaban claramente que tenían el caso chino en la cabeza. E incluso se habló de que podían adoptar un modelo a la japonesa, con un partido preponderante con diferentes facciones que se alternaran en el poder. Pero llegó un momento en el que les pasó como a los japoneses con el cristianismo y pensaron: “Ya no nos hace falta. Podemos tener un socialismo con características chinas y no nos hace falta adoptar reformas democráticas a la manera occidental”.

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Portada de 'Estrategias de poder', el nuevo libro de Fidel Sendagorta

P. A pesar de la perplejidad de Occidente ante lo sucedido en Tiananmen, en la década siguiente China se convirtió en un socio global más o menos fiable, destino de inversiones inmensas, y en los años noventa su crecimiento es enorme ¿En qué momento esa cooperación pasa a ser una competición, y luego una confrontación? ¿Es con la llegada al poder de Xi Jinping en China, o con la llegada de Donald Trump a la presidencia estadounidense?

R. En realidad, el giro es bastante reciente. Obama se dio cuenta de que el futuro iba a centrarse en Asia y que debía tratar de desvincularse de los conflictos de Oriente Medio, que estaban absorbiendo sus energías, y mirar más hacia allí. Pero, en aquel momento, la consigna de Obama era que China debía ser un participante responsable del sistema internacional: se estaba volviendo más poderosa, se beneficiaba del sistema, y lo que se le pide es que sea responsable, que contribuya y no solo se aproveche del sistema.

Yo diría que el cambio se produce entre 2017 y 2018. Para Estados Unidos, el gran desafío de seguridad ya no es el terrorismo, como anteriormente, sino las potencias revisionistas, Rusia y China, pero en especial China. Entonces se utiliza por primera vez la expresión de “competidor estratégico”. Y la competencia es omnicomprensiva, afecta a todos los ámbitos, pero en particular a la tecnología, porque Estados Unidos se da cuenta de que, como no se produzca un despertar, China puede adelantarle en algunos aspectos clave. Clave para la economía del futuro, pero también para la defensa del futuro. Son tecnologías de doble uso como la inteligencia artificial, que pueden proporcionar una ventaja decisiva sobre el otro, como hizo en su día el arma nuclear. Ahí es donde la competición con China empieza a armarse más, teórica y prácticamente.

Para Estados Unidos, el gran desafío de seguridad ya no es el terrorismo, como anteriormente, sino las potencias revisionistas, Rusia y China

P. La Unión Europea se da cuenta un poco más tarde.

R. Efectivamente. Primero lo hace Alemania, que tiene cierto liderazgo en las relaciones con China porque mantiene con ella una relación muy estrecha, de la que se ha beneficiado mucho. Alemania se da cuenta de que China puede comprar sus mejores empresas sin que tenga ningún instrumento legal para impedirlo. Entiende que su modelo económico se puede ir al garete debido a una competencia que no es leal, porque China subvenciona a sus empresas, utiliza sus empresas estatales, y existe una falta de reciprocidad que le permite invertir donde quiera en Europa mientras que las empresas europeas no pueden invertir en China. Y eso produce un despertar. Hay un documento de la patronal de la industria alemana, ya de finales de 2018, que influye decisivamente en el informe de la UE que dice que con China somos socios, competidores y también rivales sistémicos. Por un lado, eso surge de Alemania, pero también de Francia. La de Francia es una visión más geoestratégica, más geopolítica, sobre todo respecto a la Nueva Ruta de la Seda. En diplomacia los mapas determinan muchas cosas. El que tiene la visión de poner uno encima de la mesa y que todo el mundo lo acepte está dibujando quién manda en la geopolítica contemporánea. Y los chinos han puesto ese mapa de la Ruta de la Seda encima de la mesa, donde el énfasis se pone en Eurasia. Los franceses vieron claro que eso pretendía ser una alternativa al mapa transatlántico de Estados Unidos, Canadá y Europa.

placeholder Angela Merkel y Xi Jinping, entre otros líderes asistentes al G20 de Osaka el año pasado. (Reuters)
Angela Merkel y Xi Jinping, entre otros líderes asistentes al G20 de Osaka el año pasado. (Reuters)

P. ¿Cuál es la posición de España en esta nueva realidad, en la que China además de un socio es un rival? China ha invertido comparativamente poco en España. ¿Es una estrategia nacional, una cuestión de Estado, o hay otras razones?

R. Nuestro instinto es jugar siempre la dimensión europea. Cuando vemos que Alemania y Francia se ponen de acuerdo en este asunto, y que las instituciones europeas empiezan a hacerlo en esa dirección, nuestro instinto es estar ahí. Pensamos que España no tiene la dimensión para plantear una política en solitario respecto a China y que tiene mucho más sentido hacerlo a nivel europeo. También diría que España tenía un nivel de infraestructuras muy bueno. Por eso cuando China viene a varios países europeos con la carta de la inversión en infraestructuras, aquí eso no despierta un especial interés. En su día, lo que se le planteó a China fue hacer proyectos en terceros países, proyectos de infraestructuras con “joint ventures”, con empresas de un lado y de otro, pero no vimos que le interesara mucho. Nuestra posición es que el mercado chino es un mercado importante, las relaciones con China son importantes, vamos a cultivarlas, no queremos en absoluto una confrontación. Pero sí queremos estar en una Europa más fuerte, que sepa negociar con China desde la fortaleza y no desde la debilidad y la división.

Foto: Bandera europea junto a una china durante un encuentro de alto nivel entre la UE y Pekín. (Reuters)

P. ¿Cree que estamos entrando en una nueva guerra fría, una era de confrontación entre dos modelos como el capitalismo y el comunismo?

R. Se pueden hacer comparaciones con la Guerra Fría. Pero con la Unión Soviética no teníamos relaciones comerciales. No había esa interdependencia que hay con China, ni el interés en un mercado de clase media de cientos de millones de personas y con una capacidad de inversión enorme en todo el mundo. Creo que estamos ante algo distinto, a lo que todavía no le hemos puesto nombre. Lo que sí vemos es que en la Guerra Fría hubo bloques militares, y ahora no los hay, aunque sí empieza a haber una cierta segregación en el campo tecnológico. Estados Unidos no quiere depender tanto de China en determinados productos que para ellos tienen una dimensión estratégica, ya sea porque son infraestructuras críticas, como el 5G, o porque, como decíamos antes, tienen una aplicación en defensa. Quieren que las cadenas de suministro no pasen por China y eso puede crear una segregación tecnológica en algunos ámbitos. Pero no estamos ante bloques militares como en la Guerra Fría. Es otra cosa.

placeholder Donald Trump y Xi Jinping en la reunión del G20 en la ciudad japonesa de Osaka. (Reuters)
Donald Trump y Xi Jinping en la reunión del G20 en la ciudad japonesa de Osaka. (Reuters)

P. ¿Qué influencia tendrán en esta confrontación el covid-19 y la manera en que todas las potencias están intentando utilizarlo para consolidar su posición?

R. Como lo ha llamado el alto representante Borrell, hemos tenido una guerra de relatos. El relato estadounidense ha sido que la pandemia empezó en China, que no nos avisaron a tiempo, no se tomaron las medidas adecuadas y la OMS no fue capaz de informarse objetivamente. Luego está el relato chino: hemos sufrido una pandemia terrible pero la hemos dominado, en estos momentos somos el país del mundo donde está más controlada y hemos demostrado que nuestro sistema es capaz de gestionar un desafío así, mientras que el estadounidense no lo es.

La queja que veo en muchos países europeos y en las instituciones europeas, con todo, es que el Gobierno chino ha utilizado una diplomacia de propaganda muy agresiva que en Europa no ha calado, más bien ha causado reacciones contrarias. Creo que este se ha dado cuenta y está intentando una aproximación distinta a la diplomacia con Europa. No digo que lo esté consiguiendo, pero sí está tratando de hacer algo más sutil y menos evidente que la propaganda.

El Gobierno chino ha utilizado una diplomacia de propaganda muy agresiva que en Europa no ha calado, más bien ha causado reacciones contrarias

P. ¿Y cuál es el papel de Europa en este escenario que no es de guerra fría, pero sí cambia sustancialmente el de las tres últimas décadas?

R. En Europa hay un instinto transatlántico. No es propio solo de los últimos setenta años, desde el inicio de la Alianza Atlántica, no es solo el hecho de que Europa dependa aún para su seguridad de Estados Unidos, quizá en exceso. Sino que este instinto va más allá de la defensa e incluso de la economía, tiene que ver con una cultura y unos valores comunes. Y eso a pesar de que en estos años la relación con Washington ha sido muy turbulenta y hasta ha habido gente que ha puesto en cuestión que realmente compartamos determinados valores. Si se miran las cosas a largo plazo, yo creo que sí lo hacemos. Seguiremos teniendo en común valores fundamentales y eso es un punto de unión. ¿Estaremos de acuerdo con Estados Unidos en todos los temas que tengan relación con China? No lo creo, pero dependerá de quién gobierne en Washington. Hay sensibilidades más favorables a trabajar con los aliados y otras que menos, como vemos ahora. Pero tal vez haya temas en los que estemos más de acuerdo con China, por ejemplo, cómo queremos que sea la regulación del cambio climático internacional o del sistema comercial internacional —a día de hoy, porque todo esto puede cambiar—. Y puede que, por ejemplo, con Estados Unidos estemos más de acuerdo en que nuestros valores son importantes para defender un modelo digital abierto, una internet abierta y libre frente a un modelo como el chino, controlado, vigilado.

No digo que vaya a haber una equidistancia, pero sería deseable que Europa jugara con un cierto equilibrio, sin una mentalidad de política de bloques, pero sabiendo que tampoco hay una simetría. En lo fundamental, que son los valores, siempre vamos a estar más cerca de Estados Unidos.

Fidel Sendagorta (Madrid, 1956) es un diplomático veterano. Ha desempeñado varios cargos en embajadas de medio mundo y ha sido director general para el Mediterráneo, Magreb y Oriente Próximo (2008-2010) y director general para América del Norte, Asia y Pacífico (2015-2018). Tras esta última experiencia, que le permitió observar cómo se iban transformando paulatinamente las relaciones entre Estados Unidos y China, pasó un año en Harvard, donde publicó un informe clave, "The Triangle in the Long Game", en el que analizaba el nuevo mundo dominado por esas dos potencias y el papel que en él representaría la Unión Europea. Ese informe fue la base de su nuevo libro, recién publicado en español: "Estrategias de poder. China, Estados Unidos y Europa en la era de la gran rivalidad" (Deusto), un libro extraordinariamente claro, descriptivo y útil para entender la nueva geopolítica. Actualmente es, además, director general de política exterior y seguridad.

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