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  1. Cultura

'TRINCHERA CULTURAL"

El mayor peligro de la Ley Trans se llama "terapia de afirmación"

"Terapias de conversión" es como se llama a la tortura que aplicaban a los homosexuales en los años cincuenta y sesenta, con descargas eléctricas incluidas, para "sacarlos de su error"

Brenda Lis, transgénero y cantante cubana. (EFE/Yander Zamora).

Yo sé que a muchos de ustedes la polémica en torno a la Ley Trans les parece una disputa bizantina sobre el sexo de los ángeles. La ley ahonda en el camino que ya habían establecido la mayoría de las Comunidades Autónomas y separa la identidad de género de la biología. Permite el cambio de género en los registros oficiales con la sencillez de un trámite y sin más requisito que la voluntad, como si el sexo no nos atara y, por tanto, como si ser mujer u hombre fuera un asunto de exclusiva interpretación personal.

El cambio legal tendrá muchas consecuencias. La diferencia sexual es una viga maestra de la sociedad tal como se ha construido desde hace milenios, y mover una pieza de esa estructura sin hacer cálculos precisos provoca desequilibrios. La reciente prohibición de competir a mujeres transgénero en los certámenes femeninos por parte de la Federación Internacional de Natación tras la serie de victorias de Lia Thomas, que antes se llamaba Will, es uno de tantos ejemplos.

Las feministas están en pie de guerra. Y lo cierto es que tienen más de un motivo razonable para preocuparse. Tras la entrada en vigor de esta ley, los baños y vestuarios de mujeres dejarán de ser un lugar restringido para quien tenga genitales masculinos. Si te declaras mujer y has hecho el papeleo, podrás entrar en ese recinto sin que nadie te lo impida, por más barba que luzcas. Y lo mismo pasará con las cárceles femeninas, y con las cuotas en becas, puestos de trabajo, etc. Al menos, se ha previsto un mecanismo para evitar el fraude de ley y que criminales no puedan cambiar de sexo, por ejemplo, para librarse de un juicio por violencia de género.

Sin embargo, la ley tiene un problema. Al menos, para unos cuantos terapeutas con los que he venido hablando esta semana y que se niegan a dar sus nombres, porque conocen bien los riesgos de participar en este debate. Lo más preocupante de la nueva ley es que tacha de "terapias de conversión", y las prohíbe, cualquier acercamiento profesional a personas que dicen ser trans que no suponga la afirmación de su identidad de género expresada.

"No creo en la esencia, ni en el alma"

¿Por qué digo "personas que dicen ser trans"? Porque no creo que la disforia de género sea necesariamente algo inequívoco, ni un punto final de la identidad. No creo en la esencia, ni en el alma. La identidad de género, como cualquier otro vector de la persona, está sometida a vaivenes, pero algunos de los tratamientos médicos que se activan tras la epifanía no tienen vuelta atrás. Dado que todos podemos cometer errores al responder a la pregunta "¿qué soy yo?", es vital que haya una marcha atrás sin consecuencias.

Pasar por una fase de experimentación con la identidad de género no es equivalente a pasar por una fase de experimentación con las preferencias sexuales. Lo primero puede tener consecuencias graves para el cuerpo si esa persona decide someterse a tratamientos.

La ley proporciona una posible solución. Dado que su enfoque está volcado en las facilidades administrativas para el cambio de sexo oficial, eso tal vez alejará a algunos individuos que pasan por una fase de confusión o alienación transitoria de su identidad de género de los posibles tratamientos irreversibles. El cambio del nombre y de sexo en los papeles sin que medie diagnóstico de disforia, operaciones estéticas o procesos de hormonación, va por ese camino. Y parece un acierto, si pensamos, por ejemplo, en adolescentes confusos y lastrados por un oscuro sufrimiento que atribuyen a una causa, cuando puede tener otras.

La ministra de Igualdad, Irene Montero, en el acto institucional organizado con motivo del Día Internacional del Orgullo LGTBI. (EFE/Fernando Alvarado).

Pero nadie nos garantiza que, una vez que esta persona haya tramitado el cambio nominal, no se pongan en marcha otros mecanismos, sociales o administrativos, que la arrastren a base de propaganda y facilidades al tratamiento irreversible, a las hormonas o la cirugía. Ha ocurrido en otros países donde se ha legislado en la misma dirección, y la mención explícita en la ley de Montero a las "terapias de conversión" hace difícil confiar en que el sistema no se esté inclinando hacia allí.

"Terapias de conversión" es como se llama a la tortura que aplicaban a los homosexuales en los años cincuenta y sesenta, con descargas eléctricas incluidas, para "sacarlos de su error" y devolverlos al redil de la heterosexualidad. Suponían forzar la voluntad y la apetencia de individuos que no estaban enfermos con un proceso que terminaba por enfermarlos. Suponía negar la existencia de la homosexualidad fuera del espectro de las enfermedades mentales. Hoy existen, todavía, algunos casos de terapias de conversión para homosexuales.

"El truco es meter en el mismo saco las terapias referidas a homosexuales y gente trans"

Sin embargo, la ley es poco precisa, y da pie a la interpretación de los psicólogos. El truco es meter en el mismo saco las terapias referidas a homosexuales y gente trans. Los primeros no necesitan acompañamiento alguno, los segundos suelen necesitarlo. De ahí que parezca que, en el terreno trans, la ley llama "conversión" a todo lo que no es terapia afirmativa.

Nada tiene que ver el contracondicionamiento cruel de los homosexuales con el trabajo actual de los psicólogos cuando alguien manifiesta un grave sufrimiento por haber nacido en el cuerpo equivocado. A esa persona se la acompaña y se la ayuda en su malestar, pero esto no implica darle la razón cuando entra por la puerta, sino un trabajo sensible y atento, y protocolos, no con el fin de "sacarla de su error", sino de ayudarla a identificar cuáles son realmente las causas de su malestar.

Esto no puede hacerse con las llamadas "terapias afirmativas" que parece promocionar esta ley. Estas parten de la exigencia de la ratificación del paciente en su discurso sobre su identidad de género, bajo la presunción de que nadie puede saber mejor que uno mismo, cuál es el sexo al que pertenece o el género que le corresponde. Esto podrá ser cierto para las personas trans, pero no necesariamente para todas las que crean serlo y vayan a una consulta.

La terapia afirmativa parte de la base de que uno sabe siempre lo que le pasa, y esa es una presunción que pocos terapeutas pueden aceptar. Cuando se tacha de "terapia de conversión" a todo acercamiento que se aleje de esa línea, lo que tenemos es un veto al cuestionamiento del paciente, que implica la generación de un tabú peligroso en el trabajo del terapeuta. Peligroso para quien va a la consulta.

Los partidarios de la terapia de afirmación dicen que es el único tratamiento que ayuda a la despatologización definitiva de la identidad trans, pero esto es falso, porque someterse a un tratamiento psicológico no significa que uno esté enfermo, ni loco, sino que está sufriendo. Un psicólogo que te da siempre la razón seguramente está haciendo mal su trabajo. Para descubrir las causas profundas del malestar sirve, de hecho, una buena terapia. Y no hace falta "estar enfermo" para asistir a una. La abolición de las terapias "no afirmativas" está negando el derecho a una atención psicológica correcta a quien diga "soy trans".

Quienes han escrito esta ley entienden que palabras como "soy trans", "soy hombre" o "soy mujer" son una suerte de exteriorización de la esencia de esa persona, algo que nadie debe cuestionar. Como si, en lugar de hablar de las escurridizas causas de los malestares psicológicos, estuviéramos hablando del alma. Como si hubiera un alma trans, igual que hay un alma cisgénero, inmutable y fácil de identificar para todo el mundo. Como si no existiera el fenómeno de la destransición, y gente castrada o mutilada que en un momento creyó saber lo que le pasaba.

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Algunos de los países que se lanzaron a la institucionalización de las terapias de afirmación están echando marcha atrás, mientras aquí parece que llamamos, por ley, "terapia de conversión" a todo lo que se aleje de este enfoque. Se echa en falta una herramienta de criba, y debería preocuparnos la gente que no es trans y está convencida serlo, y atribuye a esto su sufrimiento y su malestar, en particular si son muy jóvenes.

Es muy peligroso que a quien enciende esta señal de alarma se le tache de tránsfobo. Eso explica, en parte, el silencio de la profesión psicológica estos días. La ley debería establecer muy claramente qué son las "terapias de conversión" para evitar un problema mayor en el futuro.

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