UNA FILOSOFÍA DE VIDA

El decálogo del 'funning' o cómo aprender a correr y pasarlo bien al mismo tiempo

Normalmente, los corredores seguimos la misma evolución: descubrimos el 'running', empezamos a entrenar, nos proponemos algo y nos volvemos más ambiciosos, hasta que nos terminamos frustando

Foto: La competición no está reñida con el buen humor. (iStock)
La competición no está reñida con el buen humor. (iStock)

Ahora que el running está tan de moda, son muchos los que se lanzan a entrenar durante largas jornadas y a competir con el primero que se cruza en su camino. El periodista y maratoniano Rafa Vega propone otra alternativa en su libro Funning. Diviértete corriendo (Córner), en el que nos explica cómo podemos correr con un espíritu optimista y positivo. En el fragmento que reproducimos a continuación nos enseña, con humor, las bases de su filosofía y nos explica por qué comenzó a correr.

1. Lo pasarás bien por encima de todas las cosas.

2. No mirarás el reloj ni hablarás de tiempos.

3. Saluda y sé educado. Sonríe a quien te anima, corresponde con un gesto al que te aplaude en carreras y responde a quien te habla al cruzarse contigo en un entrenamiento.

4. No codiciarás dorsales ajenos.

5. Queda con amigos para correr. Tomarás con ellos una cervecita al acabar el entrenamiento.

6. Santificarás el domingo como el día de la tirada larga.

7. En el trabajo no usarás el ascensor y en el centro comercial evitarás las escaleras mecánicas. Sube andando, es más saludable.

8. Utiliza las redes sociales para conocer a otros runners, no para alardear de tus tiempos.

9. No te enfadarás ni te frustrarás si no consigues el objetivo propuesto. La meta es el camino, no el fin.

10. Acabarás el entrenamiento con una sonrisa.

Ocho segundos

Todo tiene un comienzo. Y, para mí, el funning fue una especie de revelación en un momento en el que correr estaba empezando a dejar de ser una actividad placentera. Normalmente, los corredores seguimos la misma evolución: descubrimos el running, empezamos a entrenar, nos proponemos hacer una carrera de pocos kilómetros (como mucho una media), después buscamos objetivos más ambiciosos (los cuarenta y dos kilómetros aparecen en el horizonte), en la primera maratón nos planteamos solo acabar y, una vez que la hemos terminado, ya empezamos a pensar en bajar el tiempo de nuestro estreno maratoniano.

Hubo un día que vi la luz: fue en 2012, al final de una media maratón, acabé con un mosqueo terrible. No conseguí el objetivo propuesto por ocho segundos.

A partir de ahí, se acabó el disfrutar. Una vez que cruzamos la línea de meta en nuestro bautismo «filipídico», nos convertimos en esclavos del reloj. A mí también me pasó. Empecé a obsesionarme con los tiempos, los ritmos y las pulsaciones... Entrenaba no para sentirme bien, sino para correr más rápido. Y, cuando no lo conseguía, dejaba de tener esas buenas sensaciones. Entonces, el objetivo primigenio del correr se esfumaba casi tan rápido como un plato de jamón en la Feria de Abril.

Sentía que cada vez iba más rápido, que cada día corría más veloz, que la línea de meta me perseguía a mí, y no yo a ella. En cada carrera estaba más cerca. En cada carrera tardaba menos en alcanzarla. En cada carrera volaba rebajando mis tiempos de manera pasmosa. Hasta que llegó un momento en el que esa evolución exponencial empezó a ser simplemente aritmética. Y entonces empecé a dejar de ser tan feliz como cuando le pegaba considerables mordiscos al reloj. Ya no eran minutos los que rebajaba mi tiempo, sino apenas segundos. Y eso suponía tener que entrenar más, tener que sacrificar más, tener que poner mucho más... ¿Merecía la pena tanto esfuerzo?

Hubo un día que vi la luz: fue en 2012, al final de una media maratón, acabé con un mosqueo terrible. No conseguí el objetivo propuesto por ocho segundos. Tenía un enfado de padre y muy señor mío. Entré en la línea de meta resoplando y, cuando me encontré con mi pareja, refunfuñaba por no haber sido capaz de lograr lo que me había propuesto. Buscaba las razones por las que había hecho esa marca tan «indecente» para mí en aquel momento. Me machacaba por no haber entrenado más o por no haberme colocado mejor en la salida, en lugar de congratularme por estar tan cerca de un objetivo así de ambicioso, de haber luchado para conseguirlo. ¡Por ocho segundos estaba que no me aguantaba ni a mí mismo!

Primero, intentamos correr más rápido. Luego intentamos correr más duro. Y luego aprendemos a aceptarnos a nosotros mismos

Un tiempo que podía haber perdido en algún avituallamiento al recoger el agua, o al tomar una curva demasiado abierta. Ochos segundos de nada. ¿Y qué significan esos míseros ocho segundos? No somos profesionales, ni vivimos de esto. Nadie me iba a pagar por cumplir mis objetivos. Corremos para evadirnos, para estar bien física y mentalmente. Entonces, ¿por qué demonios me iba a enfadar por esos ocho segundos? Desde entonces cambié mi manera de plantearme el running. Ahora disfruto en cada carrera, charlo con los otros corredores, me paro si veo a alguien conocido, sonrío ante una pancarta de ánimo, trato de disfrutar cada metro de las maratones en las que corro... Igual llego ocho segundos más tarde, pero soy mucho más feliz.

Ya lo decía Amby Burfoot (ganó la Maratón de Boston en 1968 y ha sido muchos años editor de Runner's World): «Primero, intentamos correr más rápido. Luego intentamos correr más duro. Y luego aprendemos a aceptarnos a nosotros mismos y nuestras limitaciones. Y, al final, podemos apreciar el verdadero disfrute y el significado del running».

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