Los malentendidos entre la escuela y el mundo del trabajo

Si a partir de ahora el trabajo no va a ser estable, ¿no deberían preparar los centros educativos a sus estudiantes para que puedan desenvolverse en el nuevo entorno?

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En los debates sobre el voto femenino en los comienzos de la República, se manejaba un argumento que era un elogio envenenado. La mujer es la defensora de todo lo puro y valioso del mundo, por eso no puede meterse en política. Eso hay que dejárselo a los hombres, seres menos trascendentales, que pueden ocuparse de esos sucios menesteres. También la escuela ha sufrido a veces ese elogio envenenado. Debía dedicarse a la formación de los espíritus, a las 'artes liberales', para no contaminarse.

La historia había empezado mal, porque la palabra 'escuela' procede del griego ‘sjolé’, que significaba ocio, es decir, era el lugar al que podían ir quienes no tenían que trabajar. La educación era una exclusiva del hombre libre; el trabajo, del siervo. La escuela podía resultar peligrosa porque podía animar a la gente a no trabajar. La Junta de Reformación, creada por el conde-duque de Olivares para regenerar el país, pidió a Felipe IV que “en pueblos y lugares pequeños donde en fechas recientes se han instalado estudios de gramática, que se supriman, porque con la facilidad que su proximidad permite, muchos labradores envían a ellos a sus hijos y los sacan de sus ocupaciones, en las cuales nacieron y se criaron, y a las cuales deben destinarse”.

La 'pública felicidad'

Fue la Ilustración la que enalteció el trabajo. Creía en el progreso humano y pensaba que la escuela debía colaborar a él, fomentando la 'pública felicidad', que incluía la prosperidad económica. El libro emblema de la Ilustración, la ‘Encyclopédie’, se titula: ‘Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios’. En España, Jovellanos insistió en la necesidad de estudiar las ciencias matemáticas, la buena física, la química, “porque han enseñado al hombre muchas verdades útiles, que han desterrado del mundo muchas preocupaciones perniciosas y a quienes la agricultura, las artes y el comercio de Europa deben los rápidos progresos que han hecho en este siglo”. Las Sociedades de Amigos del País intentaron fomentar la industriosidad, el estudio y la práctica económica. Con este fin se crearon las Escuelas de Artes y Oficios.

La escuela, esa vieja y gorda vaca sagrada, abre un abismo de clases, prepara una élite y con ella el fascismo

Pero esta idea no duró mucho. La Ilustración fue seguida de una industrialización masiva, que no necesitaba mano de obra especializada. El marxismo, que había empezado reconociendo que el trabajo es la función mediante la cual el hombre se realiza, acabó pensando que en realidad le enajenaba y que en un mundo ideal el trabajo desaparecería. Malas lenguas decían que habían oído gritar a Henry Ford: “Cuando necesito dos fuertes brazos, me mandan una persona. ¿Y qué hago yo con una persona?”. En los sesenta del pasado siglo, una parte de la ‘pedagogía crítica’ sostuvo la idea de que el trabajo formaba parte del sistema de opresión capitalista, y que la escuela se limitaba a 'reproducir' la estructura social vigente. Aparecieron movimientos contrarios a la escuela, como el impulsado por Ivan Illich: “La escuela, esa vieja y gorda vaca sagrada, abre un abismo de clases, prepara una élite y con ella el fascismo”. Freire se quejaba de que la escuela está orientada a formar “futuros trabajadores sumisos, consumidores expectantes y ciudadanos pasivos”. Después apareció la pedagogía sesentayochista aspirando a construir una civilización que no se basara en la represión y el trabajo, sino en la liberación de los instintos. Eros y civilización era el lema. Pronto, el problema vino en sentido contrario. No se trataba de cómo liberarse del trabajo. El problema era que se iba a terminar. El nuevo libro de éxito era el de Jeremy Rifkin, 'El fin del trabajo' (1994). El aumento del desempleo obligaría, decía, “a replantearse las bases mismas del contrato social”.

Los tres objetivos de la escuela

En esas estamos. Se advierte de que los robots van a colonizar las fábricas y se repite en los foros internacionales que el 60% de los puestos de trabajo que van a ocupar los niños que ya están en la escuela no se ha inventado todavía. Es cierto que la escuela no tiene como único objetivo preparar para la entrada en el mundo laboral, pero no puede desentenderse de él. El sistema educativo tiene tres objetivos que debe saber coordinar: el desarrollo personal, la formación para la convivencia y la ciudadanía, el acceso al mundo del trabajo. Necesitamos saber organizar bien estos objetivos. No se trata de pegar la formación profesional como un postizo a la escuela. La escuela forma personas, ciudadanos y profesionales en todos los niveles.

Aunque oigan decir con frecuencia que hemos entrado en la sociedad del conocimiento, lo cierto es que hemos entrado en la era del aprendizaje

Estamos diciendo que nuestros alumnos no van a tener un trabajo estable y damos de ello una visión optimista hasta la bobería: ¡qué bien! ¡Van a poder ejercer su creatividad, reinventarse continuamente, convertirse todos en emprendedores, cuidar de su marca personal, explorar! ¡Todos vamos a ser autónomos! ¿No es la autonomía la quintaesencia de la libertad? Pero ¿estamos preparados para esto? Luis Enrique Alonso, en su libro ‘La crisis de la ciudadanía laboral’, señala que esta permanente apelación al riesgo, la competitividad y el azar ha abierto un espacio para la desformalización y desinstitucionalización de las relaciones laborales.

Toda persona, institución, empresa o sociedad, para sobrevivir, necesita aprender al menos a la misma velocidad a la que cambia el entorno

La incertidumbre ha dejado de ser un miedo para introducirse, de forma natural, en el discurso laboral. Pero Richard Sennett, en 'La corrosión del carácter', después de señalar que “la cultura moderna del riesgo se caracteriza por que no moverse es sinónimo de fracaso, y la estabilidad parece casi una muerte en vida”, advirtió de los problemas personales, familiares y sociales que ese “mundo laboral líquido” provoca. Todo esto me lleva a señalar como tarea urgente del mundo educativo —por el bien de nuestros alumnos— repensar profundamente las relaciones entre escuela y trabajo.

Un Ministerio de Educación moderno

Ya saben que he trabajado mucho para conseguir un pacto educativo. Ya no es el momento. Necesitamos un plan más ambicioso. Aunque oigan decir con frecuencia que hemos entrado en la sociedad del conocimiento, lo cierto es que hemos entrado en la era del aprendizaje, porque el conocimiento no nos llega por ciencia infusa. Vivimos sometidos a una implacable ‘ley universal del aprendizaje’, que dice así: “Toda persona, toda institución, toda empresa o toda sociedad, para sobrevivir, necesita aprender al menos a la misma velocidad a la que cambia el entorno; y si quiere progresar, ha de hacerlo a más velocidad”. Por eso, lo que necesitamos es un ‘Pacto para la creación de una sociedad del aprendizaje’, tomando el título de la obra de Joseph Stiglitz ‘Creating the Learning Society’. Este debería ser el objetivo de un Ministerio de Educación moderno, que tendría que tener el carácter de vicepresidencia porque tiene que coordinar áreas de varios ministerios: industria, investigación, trabajo, bienestar social, sanidad, cultura, hacienda. Y también movilizar a todos los agentes sociales.

Tendremos que actualizarnos como máximo cada cinco años; hacerlo cada 20 sería una eternidad

El tiempo se nos está acabando. Ayer, Héctor G. Barnés publicaba en El Confidencial una estupenda entrevista con el rector de la Universidad Nacional de Singapur, considerada la mejor de Asia. Se reconocía preocupado porque buenos profesionales estaban siendo despedidos a partir de los 40 años, porque sus conocimientos habían quedado obsoletos. Como gran innovación, su universidad iba a ofrecer a sus alumnos egresados que 20 años después pudieran cursar gratuitamente dos cursos de actualización que eligieran voluntariamente. La idea es revolucionaria y, sin embargo, va a quedar inmediatamente insuficiente, porque 20 años van a ser una eternidad, y la actualización va a tener que hacerse como máximo cada cinco años. Todos estos cambios exigen un esfuerzo tremendo para repensar el futuro del trabajo desde el mundo de la educación. Mientras tanto, nuestros políticos siguen discutiendo si son galgos o podencos. Los siete millones de alumnos en las aulas, a los que considero 'mis' alumnos, nos piden que quienes estamos ya situados, y tenemos por ello la posibilidad de dedicar tiempo y esfuerzo al cambio, nos ocupemos de su futuro.

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