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La nostalgia en las guerras: nunca echar de menos el hogar decantó tantas derrotas
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EL DOLOR DE VOLVER A CASA

La nostalgia en las guerras: nunca echar de menos el hogar decantó tantas derrotas

Desde Odiseo hasta la invasión de Ucrania, desengranamos cómo influye políticamente la promesa, el pensamiento o el lamento de un lugar y un tiempo que ya nunca volverán

Foto: Batalla de Auterlitz (François Gérard, 1806)
Batalla de Auterlitz (François Gérard, 1806)

Nostos y algia, traducido del griego como "retorno a casa" y "dolor". Todos en algún momento de nuestra vida hemos pronunciado la palabra "nostalgia" para describir esa amarga sensación de recordar un tiempo que ya no volverá. Podríamos confundirla con "melancolía", cuya etimología viene a significar "bilis negra". En la Antigua Grecia, el primer médico del mundo occidental, Hipócrates, pensaba que los síntomas de trastornos mentales tenían un origen físico. "El estado de melancolía se debía, lo mismo que la disentería y las erupciones cutáneas, a un exceso de bilis negra", como explica la lingüista argentina Cristina Elgue-Martini, de la Universidad de Córdoba en uno de sus estudios.

A partir de este análisis etimológico, podemos deducir que la melancolía se refiere a un estado de tristeza general, mientras que la nostalgia describe una más concreta, que es la causada por una añoranza del hogar. Si atendemos a la literatura más clásica, que nace junto con estas palabras, tendríamos que detenernos en la Odisea de Homero, el primer relato de gran importancia en la historia de la literatura universal. Su trama principal gira en torno a Odiseo (Ulises), el héroe más nostálgico: su única misión es volver a casa después de una gran guerra de diez años contra el ejército troyano, y para hacerlo tendrá que enfrentarse a seres mitológicos, dioses y hasta bajar al averno. Tardará nada menos que otros diez años en lograrlo, pero para cuando llega todo ha cambiado en su ausencia. Ya nada será igual. A su mujer quieren desposarla, teniendo que enfrentarse a sus pretendientes para liberarla.

"El médico francés Jourdan Le Cointe propuso erradicar la nostalgia de los soldados amenazándolos con quemarlos con hierros candentes o enterrarlos vivos"

El relato de Odiseo se corresponde de manera fiel con lo que entendemos como nostalgia: añoranza de un lugar al que ya no podemos volver por más que nos empeñemos. En este sentido, no es casualidad que el relato homérico tenga de telón de fondo un conflicto bélico. La nostalgia como tal fue una palabra recuperada por primera vez en 1688, cuando un estudiante de medicina de tan solo 19 años de la Universidad de Basilea llamado Jean Hofer recurre a ella para describir una enfermedad aparecida entre los soldados de su país que morían en el extranjero por una especie de estado de enajenación mental al añorar el hogar perdido, como apunta el historiador Charles B. Rice-Davis en un artículo publicado en la revista francesa Siglo XVIII. Por tanto, además de usarse para describir una sensación propia de soldados que echan de menos su patria, con su contexto bélico, también designa la añoranza de un lugar concreto: el país perdido.

Estos 'odiseos anónimos' pronto descubrirían que no se trataba de volver a un lugar, sino a un tiempo. Fue el filósofo alemán Immanuel Kant quien da el giro terminológico y con ello la palabra "nostalgia" obtendrá el uso y significado que le damos hoy en día. En 1798, el pensador escribe que lo que se echa de menos "no es la patria, la tierra de origen, sino la juventud misma, a la que nunca se puede volver". A partir de entonces, se desprende de su connotación bélica y pasa a considerarse como un estado de ánimo basado en una añoranza general del tiempo perdido. Pero no tan rápido, pues en vez de formar parte del discurso general como sucede hoy en día, adquiere mucha más relevancia y gravedad en el ámbito de las guerras por parte de los generales franceses del siglo XVIII que tienen que firmar partidas de defunción de sus soldados por "nostalgia".

Una epidemia de nostalgia

Fue en las guerras napoleónicas cuando empezó a extenderse por los soldados franceses una enfermedad mental que podía llevarles a la muerte. Muchos no morían por las balas de los fusiles en el frente, sino por un tipo de nostalgia que se contagiaba entre todos ellos, provocándoles síntomas mentales agudos que solo se curaban con su vuelta al hogar, a esa Francia imaginaria antes de la guerra. "La plana mayor del ejército temía que un brote pudiera asolar a todo un batallón", escribe el profesor universitario Grafton Tanner en su excelente Las horas han perdido su reloj. Las políticas de la nostalgia, publicado este mismo año en Alpha Decay. "No nos interesa aquí si la nostalgia podía matar realmente a una persona. Lo que sí sabemos es que se conservan partidas de defunción de soldados de finales del siglo XIX en las que consta la 'nostalgia' como causa".

"Los médicos imponían cuarentenas a los nostálgicos y los confinaban en las altas torres, pero el aislamiento no hacía más que agravar los síntomas"

"Cuando alguien enfermaba", prosigue Tanner, "los médicos solo contaban con unas pocas opciones y un tiempo limitado para aplicarlas. Podían sangrar al enfermo con sanguijuelas o combinar distintos remedios de hierbas medicinales, pero esos métodos contribuían en poco o nada a apaciguar ese anhelo persistente de los soldados por regresar a sus hogares. El médico francés Jourdan Le Cointe propuso erradicar la nostalgia de los soldados cortando por lo sano: los amenazó con quemarlos con hierros candentes o enterrarlos vivos. Los médicos imponían cuarentenas a los nostálgicos y a veces incluso los confinaban en las altas torres para que pudieran respirar aire fresco, pero el aislamiento no hacía más que agravar los síntomas".

"Ahí reside la curiosa fuerza de la nostalgia: puedes sentirte nostálgico por esa experiencia que te hizo sentir nostalgia por primera vez"

Como vemos, esta afección mental llegaba a tratarse como si fuera un virus físico, con métodos que nos recuerdan a una pandemia reciente. "Los mandos militares trataban de prevenir la aparición de brotes de nostalgia, pues la enfermedad era difícil de contener una vez se declaraba. Ordenaban a los soldados que se abstuvieran de cantar o silbar canciones populares del terruño, ya que temían que esas melodías familiares pudieran desencadenar un brote", señala el autor.

placeholder Batalla de Waterloo, 1815. (William Sadler)
Batalla de Waterloo, 1815. (William Sadler)

Como la nostalgia empezó a ser considerada una enfermedad contagiosa e incurable en las guerras, los altos mandos de Napoleón tuvieron una idea: inocular el nacionalismo entre sus ciudadanos para que quisieran combatir. Hacer deseable la guerra. Un buen ciudadano ya no fue aquel que cumplía una función dentro de la sociedad y pagaba sus tributos, sino quien luchaba por su general. A cambio, recibirían una condecoración cívica especial cargada de privilegios, como una atención médica mucho más pormenorizada o más derechos civiles. "La solución que encontraron los médicos fue disciplinarlos a fin de que terminaran amando la guerra", sentencia el profesor.

Una espiral de nostalgia

Pero no funcionó. "La nostalgia era incontenible y los soldados eran repatriados con frecuencia para que pudieran retomar sus vidas como simples ciudadanos en sus hogares", remarca Tanner. "Sin embargo, cuando estaban en guerra, la nostalgia era un aliado. Muchos jóvenes franceses se recreaban en ensueños nostálgicos de sus hogares para soportar el proceso paradójico de cuidado al que eran sometidos por el ejército. Cuando volvían a sus casas, sin embargo, les acompañaba la nostalgia. Lo que había sustentado a esos hombres en tiempos de guerra, regresaba como su fantasma en la vida civil, una sirena que les cantaba que volvieran a sus barracones. Convertidos en máquinas de combate, los soldados no podían volver a las vidas que habían dejado y descubrieron que la nostalgia, su compañera emocional durante la guerra, no iba a abandonarlos fácilmente. Ahí reside la curiosa fuerza de la nostalgia: puedes sentirte nostálgico por esa experiencia que te hizo sentir nostalgia por primera vez".

placeholder Portada de 'Las horas han perdido su reloj', de Grafton Tanner. (2022)
Portada de 'Las horas han perdido su reloj', de Grafton Tanner. (2022)

Las guerras napoleónicas fueron el primer caso de lo que se conoce como "guerra total", es decir, los conflictos bélicos tal y como los conocemos hasta ahora o la idea que tenemos de ellos. Tanner expone en su libro cómo fue evolucionando la nostalgia entre los soldados en sucesivas contiendas, como las guerras mundiales o la guerra de Vietnam. Se trata de un mal que curiosamente resuena al pasado más remoto de nuestra civilización: Homero finalmente llegó a Ítaca, pero ya no era como antes. La herida ya estaba abierta y era imposible cerrarla.

La nostalgia en las guerras del ahora

Son muchas las películas y productos culturales del siglo XX que nos hablan de esa imposibilidad de reconciliarse con el hogar que se dejó tras la guerra o, como mínimo, de verlo con los mismos ojos de antes. Esto, como expone Tanner en sucesivos episodios de su libro, cristaliza en un nacionalismo feroz que siempre piensa que "cualquier tiempo pasado fue mejor", y que a su vez ha sido el alimento del populismo de derechas que ha caracterizado la vida política de la última década. Desde el "Make America Great Again" de Donald Trump hasta el Brexit, sucesivas fuerzas políticas han espoleado la nostalgia de sus ciudadanos.

Foto: Fuente: iStock / Elaboración propia

Después del fin de la Guerra Fría y las guerras imperialistas enmarcadas en este contexto, el punto de inflexión lo marca el 11-S, cuando ya el enemigo a combatir no está fuera, sino dentro de las propias fronteras. Entonces, la lógica del ciudadano-soldado regresa, pero esta vez no hace falta cruzar un océano o pilotar un avión: el vecino que vive a dos manzanas de tu calle puede ser un terrorista. De ahí que ese espíritu bélico se haya instalado como fruto del fracaso de la globalización y del auge de la xenofobia. La nostalgia nutre el desencanto popular a partir del nacionalismo y la escena política internacional queda demarcada en dos fuerzas: las que ansían esa supuesta gloria perdida, es decir, los años de supremacía, frente a aquellos que apuestan por el globalismo integrador.

No habría que demonizar la nostalgia así porque sí, pues gracias a ella podemos encontrar bajo otras formas aquello que perdimos en su día

Esa guerra total de antaño, obviamente y por desgracia, no terminó tras la Guerra Fría. Numerosos expertos ven en la invasión de Ucrania por parte de Rusia características similares de esos conflictos bélicos que tanta destrucción causaron en el siglo XX. A pocas semanas de comenzar la invasión, el presidente ucraniano Volodimir Zelenski instó a los militares rusos a volver a casa con sus familias. "No hagáis caso a vuestros comandantes. Abandonad nuestro país, volved al vuestro", declaró. También se ha dirigido más de una vez a las madres de los soldados rusos que acudían al frente: "Quiero decirles una vez más a las madres rusas: 'No enviéis a vuestros hijos a la guerra en tierra extranjera. Comprobad dónde están vuestros hijos'". Una desesperada llamada a la deserción por parte de Zelenski para convencer a las tropas del Kremlin que no tenían por qué hacerlo. Y desafortunadamente, la guerra siguió su curso, segando cientos de vidas, aunque también se han reportado noticias de soldados arrepentidos (no sabemos si por presión de sus captores al haber un número tan grande de soldados prisioneros de un bando y de otro).

La pasión más triste

Como vemos, la nostalgia en su sentido más bélico sigue jugando un papel muy relevante en las guerras de hoy en día y en el argumentario político de nuestro tiempo. Habría que tener en cuenta que la Ítaca perdida con la que todos soñamos ya no es como la recordamos o diretamente ya no existe. Todos ansiamos con un hogar personal al que volver algún día, pero también tenemos la certeza de que en caso de que eso suceda es muy posible que nos comiera la amargura de la añoranza. Como indica Tanner, tampoco habría que demonizarla así porque sí, pues gracias a ella podemos encontrar bajo otras formas aquello que perdimos en su día. Si sentimos nostalgia por un hogar, lo positivo es que tarde o temprano podremos volver a crearlo, en otro lugar o con otras personas. Si no, nunca hubiéramos evolucionado como especie y a nivel personal. Ello no quiere decir que nos tengamos que entregar a una nostalgia idealizada, y mucho menos por aquella que viene inoculada bajo unos intereses ajenos a los nuestros.

Nostos y algia, traducido del griego como "retorno a casa" y "dolor". Todos en algún momento de nuestra vida hemos pronunciado la palabra "nostalgia" para describir esa amarga sensación de recordar un tiempo que ya no volverá. Podríamos confundirla con "melancolía", cuya etimología viene a significar "bilis negra". En la Antigua Grecia, el primer médico del mundo occidental, Hipócrates, pensaba que los síntomas de trastornos mentales tenían un origen físico. "El estado de melancolía se debía, lo mismo que la disentería y las erupciones cutáneas, a un exceso de bilis negra", como explica la lingüista argentina Cristina Elgue-Martini, de la Universidad de Córdoba en uno de sus estudios.

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