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El lenguaje rebelde del 'Cottagecore': cómo la fantasía de la nostalgia ayuda a la juventud
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El lenguaje rebelde del 'Cottagecore': cómo la fantasía de la nostalgia ayuda a la juventud

'Cottagecore', según su definición más precisa, es un estilo de vida que se centra en la sencillez y "la armonía con la naturaleza" inspirado por una interpretación romántica de la vida agrícola

Foto: Fuente: iStock / Elaboración propia
Fuente: iStock / Elaboración propia

"Soñamos, es bueno que estemos soñando", escribió Emily Dickinson hace dos siglos. Probablemente, la poeta estadounidense emulaba en palabras esa voluntad de conformar realidades flotantes, inpalpables, pero sumamente resistentes a un cuerpo cansado del escenario que habita. Dickinson no podría imaginar entonces, ni siquiera en sueños, que los mismos se materializarían en un espacio paralelo a la vida conocido como la nube, que ahí, su poesía tomaría una infinidad de formas y moldearía esa misma voluntad suya en conciencias muy lejanas. La juventud de hoy en día piensa en Dickinson, en la soledad, en la reminiscencia de la escritura y en la forma de protegerse de la desgracia que le rodea. La juventud de hoy en día recorre el sendero de la ensoñación con lo que tiene, y tiene el pasado desconocido, un montón de máquinas, Internet y el futuro desesperanzador que emerge de todo esto.

No es nada nuevo que la adolescencia suponga un espacio entre la conciencia y la inconciencia, donde agruparse supone resistir al delirio propio, pero también y sobre todo al delirio colectivo. Si hay una etapa de la vida humana donde la colectividad incide directamente en los pensamientos, esa es esta, la misma que la sociedad se ha empeñado en caracterizar como individualista, como el momento exacto de la corrosión, como un agujero negro… Pero para que esto fuera mínimamente cierto habría, entonces, que olvidar la cultura del grupo, de las corrientes, de las pandillas, de los movimientos.

Foto: 'Sehnsucht zwintscher'.

En la actualidad, miles de estos submundos conviven con el vacío que Internet les ofrece: un mundo conectado, acercado, y una noción global instantánea y diluída. A través de él, toda esa panorámica gira también hacia un espejo donde los sueños, habría visto Dickinson, se reflejan: el 'Cottagecore' es uno de ellos, tal vez uno de los más evidentes, pero también por ello de los más complejos. Igual no sabes lo que es, pero hay algo en el término que te suena, puede ser el concepto de 'cottage', puede ser la terminación 'core'. La estética de la música, del cine y del arte en general tiene mucho que ver. ¿Qué sería de todo ello sin la juventud?

Producto de internet

Cottagecore, según su definición más precisa (la que ofrecen sus propias seguidoras en 'Aesthetics Wiki') es un estilo de vida que se centra en la sencillez y "la armonía con la naturaleza". Estas ideas están inspiradas "en una interpretación romántica de la vida agrícola occidental" como un conjunto de actividades y principios, desde la autosuficiencia y la repostería hasta el autocuidado y el cuidado de otras personas. Sin embargo, sus comienzos surgen de la estética misma de toda esta interpretación.

En la sociedad de la imagen, el sentido estético es una especie de raíz que indica el camino, la herramienta más útil para la población jóven que ha crecido en él, pero también un falso amigo. Como cualquier movimiento estético actual, el cottagecore es inequívocamente un producto de Internet, con todo lo que ello conlleve. El movimiento se remonta a 2017, cuando la plataforma de 'Tumblr' estaba en su máximo apogeo: millones de adolescentes construían en ella su vía de escape, a través de conceptos visuales que les abrazaban el alma a através de las retinas. No obstante, ha ganado popularidad en 'TikTok' durante la pandemia.

Desde 2020, cientos de miles de cuentas en esta nueva red social y también en otras como 'Instagram' muestran escenas que bien podrían haber salido de un cuadro naturalista del siglo XIX, pero llenas de barroquismo. Porcelana, mimbre, telas bordadas con motivos florales, flores secas, jardines con flores, vestidos largos en mitad del bosque, animales monísimos y tartas que pintan estar riquísimas. El campo es el lugar donde ocurre todo esto, o el lugar donde ocurriría. Como sostiene la escritora Madeleine Holden en 'Mel Magazine', la mayoría de las personas detrás de esas cuentas "son zoomers que viven vidas cargadas de tecnología en áreas urbanas, codiciando un estilo de vida rural repleto de cucharas de hadas hechas a mano y zumo de fresa con lavanda".

Una fantasía escapista

Para Holden, la población joven, que tiene ahora mayor participación en la escena social pero poca o ninguna voz en las decisiones, "ven el cottagecore como una fantasía escapista ecológica del poscapitalismo y el cambio climático".

El escapismo, sin ir más lejos, ya no suena extraño o incluso negativo: la cuarentena solo intensificó ese anhelo de una vida sencilla y doméstica cuando, de repente, permanecer semanas en casa comenzó a significar meterse en la cocina, amasar por primera vez, agotar la levadura en los supermercados, intentar aferrarse a esa presencia interior. Mientras tanto, sonaba lo nuevo de Taylor Swift: 'Folklore' y 'Evermore'.

"Ahora más que nunca, la sensación de hogar como un lugar de seguridad, como algo en lo que realmente se vive y no como algo que se debe dejar todos los días de camino a otros lugares, se ha vuelto más significativo", dice al respecto la investigadora Chi Luu en 'Jstor'. Y esto resultó una suerte extraña para las nuevas generaciones que, antes de que el Covid frenara los ritmos del mercado global, trataban de hacerlo manifestándose, tomando el sentido de un discurso abandonado y dándole, de nuevo, su forma de protesta. La juventud estaba cansada, llevaba décadas cansada, merodeando por un lenguaje de apariencias.

Idealización y ecologismo

Desde lo punk hasta lo emo, no han hecho otra cosa que derramar la tensión que un mundo acelerado ha depositado sobre ellos. Ahora, la estética resulta inversa, opuesta a la simbología de calaveras, cadenas y rebeldía. Ahora es una estética ideal, e idealizada, del miedo; un nuevo romanticismo, sugiere la periodista Tanya Gold en 'Unherd'. "Inicialmente se reunió en los bordes de Internet y ahora florece, ¿y por qué no? Para lo urbano añorar el pasado rural es un retorno a la bondad imaginada de la (Madre) Naturaleza; una respuesta al desastre climático, la claustrofobia y la pandemia. Es nostalgia en una era de dolor".

placeholder Fuente: Wikipedia
Fuente: Wikipedia

El tiempo, han aprendido, lo es todo, y el tiempo de la Generación Z se presenta malo. "Están mirando hacia un mundo que funcionalmente está muriendo". Es así como el anhelo se torna nostalgia: lo cottagecore es un cuento de hadas. "No solo romantiza el pasado, sino que intenta resuperar una versión del pasado que nunca existió".

Esta es la contradicción que encierra esta nueva (ya no tan nueva) corriente: promueve los sueños de un mundo libre de tecnología usando la tecnología. Pero, ¿qué podrían hacer sino ocupar esos espacios virtuales que conocen para reconocerce?. "Soñamos, es bueno que estemos soñando", que diría Dickinson. El escapismo está fuera, la realidad está dentro.

¿Romanticismo rebelde?

Ya Walter Benjamin ya anticipó en su teoría de la politización del arte que la población trabajadora, sofocada por el énfasis del capitalismo en la productividad, utilizaría las tecnologías de producción contra objetivos materiales en lugar de dirigir la guerra contra el sistema mismo. Olvidó la posibilidad de que este sentimiento despertara en la edad previa a convertirse en clase trabajadora.

Estas nuevas generaciones, que nacieron en el arranque de un sueño: el 'Estado del Bienestar', han tomado la ensoñación como su moneda de cambio. "Pocos de ellos alguna vez podrán permitirse una casa de campo como las que comparten, con un estanque de patos en el jardín; o comprar ropa de Cabbages & Roses, que está diseñada para aristócratas que deambulan por los pantanos. Sueñan en fotografías y publicaciones en redes sociales: frustrados, y me pregunto si ese es, por completo, su encanto".

placeholder Ophelia, de John William Waterhouse (1889)
Ophelia, de John William Waterhouse (1889)

Sin embargo, detrás de los colores pasteles y las evocaciones a escenarios rurales idealizados, los elementos rebeldes de este lenguaje son dobles: quienes siguen el cottagecore no solo están creando una estética (que no recreando) sino que también están politizando un estilo de vida. El movimiento encarna una estética, claro, pero promueve elecciones reales y concientes. Con su enfoque en la sostenibilidad, en lo casero, mostrando que las acciones cotidianas tienen un profundo significado político. En un ejemplo, como describe la historiadora de moda Summer Lee: "La celebración de las artesanías tradicionales está claramente impulsada por una oposición a la producción en masa y el deseo de sostenibilidad ambiental, una reminiscencia del movimiento 'Arts and Crafts' provocado por la Revolución Industrial".

Antecedentes y otras posibilidades

Es una experiencia digital para muchos en lugar de una que realmente puedan vivir, sí, pero eso es parte de la necesidad en un proceso de resistencia que no resulta fácil. El problema es que su propia condición vacíe sus posibles intenciones: "Esta idealización de la era de Internet de una vida rural saludable es la última penetración del género pastoril, un conjunto de temas y motivos que se remonta siglos atrás. El género pastoral enfatiza específicamente el estilo de vida de los pastores, pero puede identificarse ampliamente como idealizando un estilo de vida rural que evita cualquier mención de las dificultades y aspectos prácticos de la vida real en el campo", advierte la escritora Chantel Delulio en 'Fodors'.

placeholder La retirada de las espigadoras, de Jules Breton (1859)
La retirada de las espigadoras, de Jules Breton (1859)

En esa línea, existe otra corriente estética que comparte aspectos del Cottagecore pero también discrepa con los vértices de este. Se trata del 'Solarpunk', otro subgénero estético pero en este caso centrado en una visión ecológica optimista de cara a un futuro donde la tecnología podría nutrir a la naturaleza, y no al revés. Es, además, anticolonial e inclusivo, algo que muchas personas echan en falta cuando entran en el hashtag #cottagecore. Con un discurso profundo sobre el cambio climático y la contaminación, se popularizó incluso antes, a finales de la década de 2000, abrazando, por ejemplo, la literatura de las novelas utópicas ecologistas.

La escritora Yannise Jean, entre otras, señala por ejemplo que "los vestidos con volantes y las flores brillantes simbolizan una era construida sobre la ideología de la supremacía blanca que exalta la vida pastoral y de los colonos". En este sentido,el cottagecore ha producido un despertar colectivo que nos lleva a la exclusión de otros cánones belleza: la idea generalizada de la mujer blanca delgada con una cesta de mimbre con huevos de granja colgada del brazo como protagonista de estas estampas ideales.

Un movimiento muy queer

Así pues, a la crítica sobre la simplificación de la vida y el trabajo de la población rural, se suma la falta de representación como un manifiesto de que la historia, aunque la contemplen bonita, no lo fue.

placeholder Las espigadoras, de Jean François Millet (1857)
Las espigadoras, de Jean François Millet (1857)

Sin embargo, el movimiento tiene un atractivo particular entre la comunidad LGBTQ+, especialmente en las mujeres, que lo emplean para expresar su disgusto por el capitalismo y la sociedad heteronormativa. Mientras en los años que evocan las mujeres seguían sujetas a ocultarse de la realidad que los hombres les negaron durante sigles, muchas de las chicas que ahora conforman este movimiento hablan de "escapar del capitalismo y de los hombres para vivir una vida humilde en el campo".

Igualmente, explica Irma K. en 'Lithium Magazine', "la atracción escapista del cottagecore es doblemente intensa para los jóvenes queer que son rechazados, simbolizados y cosificados por la sociedad. Para la comunidad queer, el cottagecore ofrece una visión concreta de una vida sana y sin estigmas con un ser querido, una visión que aún no se ha representado en la mayoría de los medios de comunicación y entretenimiento populares".

Como el Punk, el cottagecore es antimoderno, pero existe y prospera en los espacios modernos. Aunque resulten opuestos, tienen en común una forma (aunque sobrecargada) de recuperar lo auténtico, de alejarse de las normas capitalistas. "En una sociedad opresiva, combinar ideas políticas con obras de arte es un acto de rebelión", recuerda Irma K. El espíritu del Cottagecore no es un rechazo total de la sociedad capitalista conectada, pero es una afirmación de que, como seres humanos, también necesitamos actividades que nutran el espíritu.

"Soñamos, es bueno que estemos soñando", escribió Emily Dickinson hace dos siglos. Probablemente, la poeta estadounidense emulaba en palabras esa voluntad de conformar realidades flotantes, inpalpables, pero sumamente resistentes a un cuerpo cansado del escenario que habita. Dickinson no podría imaginar entonces, ni siquiera en sueños, que los mismos se materializarían en un espacio paralelo a la vida conocido como la nube, que ahí, su poesía tomaría una infinidad de formas y moldearía esa misma voluntad suya en conciencias muy lejanas. La juventud de hoy en día piensa en Dickinson, en la soledad, en la reminiscencia de la escritura y en la forma de protegerse de la desgracia que le rodea. La juventud de hoy en día recorre el sendero de la ensoñación con lo que tiene, y tiene el pasado desconocido, un montón de máquinas, Internet y el futuro desesperanzador que emerge de todo esto.

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