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Biología de la codicia: la mandíbula de los Habsburgo y el precio del incesto real en Europa
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Biología de la codicia: la mandíbula de los Habsburgo y el precio del incesto real en Europa

Coronas en mano con matrimonios mediante, esta familia se negó a abandonar la vida en palacio. Al tiempo que sus reinados crecían, la salud de sus herederos se debilitaba a toda vista

Foto: Retratos de Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y Carlos II, rey de España de 1665 a 1700. Obras atribuida a Jan Cornelisz y a Luca Giordano respectivamente. Fuente: Wikimedia.
Retratos de Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y Carlos II, rey de España de 1665 a 1700. Obras atribuida a Jan Cornelisz y a Luca Giordano respectivamente. Fuente: Wikimedia.

Cuando el primer Habsburgo que reinó España, Carlos V, llegó al país en 1516, no podía cerrar la boca. La gente, dicen, le gritaba: "¡Su majestad, cierre la boca que las moscas aquí son muy molestas!", pero era asunto imposible. No es que el hombre hablara mucho, tampoco estaba sorprendido por los devenires de su vida, aunque eran estos últimos los causantes de aquella expresión de la que no podía librarse: su mandíbula acabaría siendo más prominente que su linaje.

De ascendencia alemana y austriaca, los Habsburgo ya controlaban varias regiones de Europa desde el siglo XIII, en el apogeo del sistema feudal. España, sin embargo, se les resistía, pero nada que un casamiento no solucionara. El truco empezaba a ser más que común entre esta extensa familia, ya que así consiguieron que lo que originalmente era solo el nombre del castillo de la familia se convirtiera en un símbolo de poder absoluto cuando Federico fue coronado Rey del Sacro Imperio Romano Germánico en 1452. Ahora, el plan ya venía rodado para que uno de sus herederos, Felipe I de Borgoña (territorio que incluía partes de los actuales Luxemburgo, Bélgica, Francia y los Países Bajos) se casara con Juana de Castilla, la sucesora al trono de lo que ahora es gran parte de España, en 1496.

Foto: Retratos de Felipe IV en el Museo del Prado. (EFE)

Nueva corona en mano con matrimonio mediante, no estaban dispuestos a perderla, y en su determinación comenzaron a crear su propio árbol genealógico del futuro buscando cónyuges únicamente reales y solo dentro de su propia familia o, lo que es lo mismo: establecieron el incesto como opción, sino como norma. Pero aquella endogamia sin límites iba a tener consecuencias: No fueron solo las coronas las que se transmitieron de generación en generación, sino una serie de genes que les produjeron todo tipo de daños colaterales en un intrincado camino de pisadas sobre el poder.

placeholder Retrato fechado en el año 1515 del entonces príncipe Carlos, el futuro emperador, con su familia paterna. Desde arriba, y de izquierda a derecha: Maximiliano I, Felipe el Hermoso, María de Borgoña, Fernando I, Carlos V y Luis II de Hungría. Fuente: Wikipedia.
Retrato fechado en el año 1515 del entonces príncipe Carlos, el futuro emperador, con su familia paterna. Desde arriba, y de izquierda a derecha: Maximiliano I, Felipe el Hermoso, María de Borgoña, Fernando I, Carlos V y Luis II de Hungría. Fuente: Wikipedia.

Una genética preconfigurada

Solo la mitad de los niños de los Habsburgo sobrevivieron a la infancia, traspasando la barrera de los 10 años, y no fue casualidad. "Los Habsburgo sufrían de una mortalidad infantil más alta que la media de la población, aunque la familia era inmensamente rica y no experimentaba los problemas de salud relacionados con la pobreza como le sucedía a mucha gente en esos tiempos", apunta el genetista Gonzalo Álvarez.

placeholder Retrato del rey Carlos II de España, realizado por Juan Carreño de Miranda en el año 1671.
Retrato del rey Carlos II de España, realizado por Juan Carreño de Miranda en el año 1671.

Ahora sabemos, gracias al trabajo de investigadores e investigadoras como Álvarez, que los matrimonios incestuosos son mucho más que moralmente dañinos, pues conllevan tasas elevadas de abortos espontáneos, mortinatos y muertes neonatales. Los Habsburgo que nacieron, de hecho, lo hicieron con una marca más real que la sangre azul: un cúmulo de genética preconfigurada que mutaba cual protuberancia, haciéndose eco en sus rostros. Solían ser tan parecidos por fuera como por dentro.

Los Habsburgo fueron una de las dinastías reales más grandes de Europa, sí, pero también una de las más curiosas. A lo largo de 500 años, ramas de la familia gobernaron países tan diversos como los actuales territorios de Alemania, España, Eslovaquia, Perú, México y Croacia. Eran emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico y jefes del Imperio austrohúngaro, y fue el asesinato de uno de su clan, el archiduque Francisco Fernando, lo que inició la Primera Guerra Mundial. De tanto extenderse, al final, se distorsionaron.

Un lío o un círculo cerrado

En realidad, el matrimonio entre primos, hermanos o cualquier parentesco de sangre no era extraño entre la aristocracia de la época. Digamos que desde que en el año 1273 y, sin ser él nada de eso, Rodolfo I se convirtiera en el primer rey romano alemán contra la voluntad de Ottokar II Premysl, rey en ese momento de Bohemia, a los Habsburgo solo se les fue yendo de las manos, y se les fue tanto que entre ellos mismos marcaron el fin de su ansiado poder.

Llegaron a Austria (de ahí lo de reconocerles también como los Austrias), se apoderaron del Tirol, una región de los Alpes compartida por Austria y el norte de Italia y en el siglo XVI controlaron la codiciada región de Borgoña cuando el futuro emperador Maximiliano se casó con María, la hija de Carlos el Temerario. La jugada les estaba saliendo casi impecable.

placeholder Retrato de Maximiliano I de Habsburgo alrededor del año 1519. Fuente: Wikimedia.
Retrato de Maximiliano I de Habsburgo alrededor del año 1519. Fuente: Wikimedia.

En poco tiempo, de Leopoldo I, que se casó con su propia sobrina, Margarita Teresa de España, al padre de Carlos II, Felipe IV, que también contrajo matrimonio con la hija de su propia hermana, los genes de esta familia ya habían atravesado fronteras marcando las suyas propias cuando Carlos llegó al trono de la península.

Incapaces de cerrar la boca

Apodado "El Hechizado", Carlos II de España fue el último del experimento. Tenía la mandíbula inferior tan pronunciada que no solo era incapaz de cerrar la boca como algunos de sus antepasados, sino que le costaba comer y hablar. Además, el resto de su cuerpo respondía a un cóctel de enfermedades heredadas como el raquitismo y la epilepsia, que acordaron disimular con el efecto social que en ese momento tenía la brujería. Su estado le incapacitaba para reinar, pero también para procrear.

placeholder Fuente: Wikimedia.
Fuente: Wikimedia.

Su muerte sin hijos, con problemas mentales y con las cosas de palacio patas arriba, abrió un periodo de incertidumbre que se tradujo en la Guerra de Sucesión para acabar desviando el poder a los Borbones. La interrogación quedó sobre ellos, pero no fue hasta 2019 que se demostrara científicamente que la endogamia de la monarquía fue responsable directa de la desaparición de aquella línea masculina sucesoria hasta la extinción de toda una dinastía.

Publicada en 'Annals of Human Biology', una investigación llevada a cabo por científicos de la Universidad de Santiago de Compostela constituyó los resultados del puzle que suponían los Habsburgo: hasta 10 cirujanos maxilofaciales analizaron la deformidad facial en 66 retratos de 15 miembros de esta familia.

Nueve generaciones de control y decadencia

Según apunta el estudio, el prognatismo mandibular, como se denomina a esta característica familiar, estaba presente en buena parte de ellos, aunque el más pronunciado se dio en Felipe IV, rey de España y Portugal de 1621 a 1640. Sin embargo, la mayor deficiencia maxilar la detectaron en otros cinco miembros del clan: Maximiliano I, su hija Margarita de Austria, su sobrino Carlos I de España, el bisnieto de este último, Felipe IV, y el último en la línea, Carlos II.

placeholder Retrato de María Luisa de Orleans, reina de España, reina consorte de España entre 1679 a 1689 tras acabar casada con el ya rey Carlos II. La rama Habsburgo francesa y la española se unieron, de nuevo, a través de ellos. Fuente: Wikimedia.
Retrato de María Luisa de Orleans, reina de España, reina consorte de España entre 1679 a 1689 tras acabar casada con el ya rey Carlos II. La rama Habsburgo francesa y la española se unieron, de nuevo, a través de ellos. Fuente: Wikimedia.

No obstante, un artículo publicado en 1988 en el 'Journal of Medical Genetics' ya afirmaba que hasta nueve generaciones sucesivas de la familia Habsburgo tenían este tipo de desviación en sus estructuras faciales. Con el tiempo, comenzó a conocerse comúnmente como la mandíbula de los Habsburgo.

Sus rasgos faciales desgarbados, eso sí, no fueron el único efecto secundario negativo de la endogamia: los genetistas de la Universidad de Santiago descubrieron también que la endogamia disminuía las posibilidades de supervivencia de la descendencia de los Habsburgo hasta en un 18%. Tal era el nivel de consanguinidad a veces entre ellos que aún hoy pululan otras consecuencias en algunas de las monarquías que aún existen en Europa, como la apodada "enfermedad de los reyes" o hemofilia. Se trata de una enfermedad poco frecuente que causa un grave trastorno de la coagulación de la sangre; es hereditaria y afecta, por lo general, a los hombres, y de manera muy poco común, a las mujeres.

Cuando el primer Habsburgo que reinó España, Carlos V, llegó al país en 1516, no podía cerrar la boca. La gente, dicen, le gritaba: "¡Su majestad, cierre la boca que las moscas aquí son muy molestas!", pero era asunto imposible. No es que el hombre hablara mucho, tampoco estaba sorprendido por los devenires de su vida, aunque eran estos últimos los causantes de aquella expresión de la que no podía librarse: su mandíbula acabaría siendo más prominente que su linaje.

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