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El cerebro de tu hijo adolescente está programado para ignorar tu voz
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El cerebro de tu hijo adolescente está programado para ignorar tu voz

A partir de los 13 años, los cerebros de los niños y las niñas no encuentran gratificantes las voces de sus progenitores, al tiempo que comienzan a sintonizar más con voces desconocidas

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Seguro que ahora recuerdas con cierto arrepentimiento más de una vez que no escuchaste a tus padres en tu adolescencia. “Te lo digo por tu bien”, y todas esas frases hechas que nos entraban por un oído y nos salían por otro porque ay, qué pesados papá y mamá. Con el tiempo, aquella inercia de obviar cualquier palabra de nuestros progenitores cobra un sentido distinto.

Sabemos que no fuimos los únicos en hacerlo, y eso nos apacigua el remordimiento, porque de hecho, nadie puede decir que nunca ha ignorado esa voz al fondo. La costumbre de resultar maleducados parece que se ha extendido por todas las generaciones: ¿Es una herencia? No. Es una maniobra del cerebro.

Foto: Jóvenes comprometidos por el clima en el 'Fridays for Future', celebrado en Madrid en 2021. (EFE)

Claro que si ves a tu hermano mayor haciéndolo, vas a repetirlo igual, pero más allá de este afán por parecernos siempre al que nos precede y así sucesivamente, hay algo más, algo tal vez inevitable. Un grupo de investigadores de la Escuela de Medicina de Stanford, en Estados Unidos, ha encontrado que a partir de los 13 años, los cerebros de los niños y las niñas no encuentran gratificantes las voces de sus madres y de sus padres, al tiempo que comienzan a sintonizar más con voces desconocidas.

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Una explicación neurobiológica

Este nuevo estudio, publicado recientemente en el portal de 'Journal of Neuroscience', incluye métodos de escáneres cerebrales para dar una primera explicación neurobiológica detallada de cómo en los primeros años de la adolescencia las personas comienzan a alejarse de sus padres. Así es, no se trata solo de un asunto social, también de una función cerebral.

Para llevar a cabo la investigación, sus autores grabaron tres palabras en boca de las madres de un grupo de niños de diferentes edades, desde pequeños hasta jóvenes, así como de dos mujeres desconocidas para ellos. Tras la escucha, el 97% de las veces los participantes pudieron identificar correctamente las voces de sus madres. Sin embargo, luego fueron colocados en un escáner de resonancia magnética donde escucharon las grabaciones de voz nuevamente, y ahí la cosa empezaba a cambiar.

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Los investigadores descubrieron entonces que entre los adolescentes, todas las voces provocaban una mayor activación cerebral en comparación con los niños más pequeños. Esto no significaba que los adolescentes desconectaran su capacidad de escucha deliberadamente ante la voz de sus madres. La realidad es que a medida que crecemos, nuestro cerebro se vuelve más receptivo a todas las voces y no solo a unas pocas concretas.

Hacia una mejor comprensión del cerebro autista

Es decir, dicho de manera más precisa: los circuitos de recompensa y los centros cerebrales que dan prioridad a los estímulos importantes en la mente de los chicos se activaron más con voces desconocidas que con las de sus madres. Cada rango de edad mostraba unos patrones claros que explican este proceso.

En 2016, ya encontraron que los niños menores de 12 años pueden identificar las voces de sus figuras maternas con gran precisión

En cualquier caso, no es la primera vez que los investigadores de Stanford exploran la relación entre los cerebros de los adolescentes y las voces de sus madres. Ya en investigaciones publicadas en 2016 encontraron que los niños menores de 12 años pueden identificar las voces de sus figuras maternas con gran precisión.

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También apreciaron en aquel momento que el sonido activa las áreas de procesamiento auditivo del cerebro, así como muchas áreas que no responden a voces desconocidas, como los centros de recompensa, las regiones de procesamiento emocional y los centros de procesamiento visual.

Estos nuevos datos, apunta el grupo de expertos, ayudarán a comprender qué sucede en el cerebro de niños con autismo, por ejemplo. Y otros padecimientos que afectan la forma en que escuchan voces y reciben algunos estímulos sociales.

Seguro que ahora recuerdas con cierto arrepentimiento más de una vez que no escuchaste a tus padres en tu adolescencia. “Te lo digo por tu bien”, y todas esas frases hechas que nos entraban por un oído y nos salían por otro porque ay, qué pesados papá y mamá. Con el tiempo, aquella inercia de obviar cualquier palabra de nuestros progenitores cobra un sentido distinto.

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