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¿Cómo será la vida cuando podamos predecir la fecha y la hora de nuestra muerte?
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¿Cómo será la vida cuando podamos predecir la fecha y la hora de nuestra muerte?

Un gran estudio halla un método para saber con fiabilidad a quién le queda poco y a quién no de un gran grueso de población. ¿Qué implicaciones éticas y filosóficas tiene este hallazgo?

Foto: El ser humano, entre dos aguas. (iStock)
El ser humano, entre dos aguas. (iStock)

27 de noviembre de 1754. Unos cuantos siglos antes de que se inventaran herramientas como la inteligencia artificial o el propio Internet, un hombre agoniza en su lecho, en la más profunda de las pobrezas. Su nombre es Abraham de Moivre, y a pesar de ser elogiado en diversas ocasiones por padres de la ciencia moderna, como Isaac Newton, su religión y ascendencia familiar le condenaron al más puro ostracismo por parte de la comunidad científica de la época, teniendo que huir de su Francia natal a Inglaterra. Lo insólito de su caso es que seguramente fuera la primera persona en el mundo que conocía la fecha exacta de su muerte.

Sin ningún otro sistema predictivo informático más que su propia mente, de Moivre se percató que a medida que pasaban los días de su longeva edad (87 años) una extraña somnolencia le conminaba a despertarse 15 minutos más tarde. Entonces, basándose en sus propios cálculos estadísticos, ampliamente respaldados a posteriori por popes matemáticos, dedujo que el día que durmiera durante un día completo, es decir, 24 horas, sería el de su hora postrera. Solo, ciego y pobre dejó este mundo, sin que el mundo le reconociera haber dado con conceptos tan determinantes para las matemáticas del mañana como la distribución gaussiana o la independencia estadística en su libro 'La doctrina de las suertes' (1718).

"Este hallazgo permite que con solo un análisis de sangre se pueda pronosticar de manera fiable y para un gran grueso poblacional quiénes están en serio riesgo de muerte prematura"

Ahora, casi 300 años después del fallecimiento de Abraham de Moivre, el auge de las herramientas de predicción en lo concerniente a la muerte a partir de datos biométricos y cálculos estadísticos empleando inteligencia artificial, prometen acabar con la sospecha que todos los seres humanos hemos tenido desde el comienzo de los tiempos. Esa clase de preguntas filosóficas que antaño eran relegadas a la ciencia ficción, como por ejemplo cuándo será nuestro último día en la Tierra y cómo moriremos, están cada vez más cerca de ser resueltas. ¿O no?

El estudio deCODE

Un nuevo estudio publicado en la revista 'Communications Biology' parece haber hallado una técnica predictiva para saber cuánto tiempo de vida le queda a una persona concreta. Al menos, promete ser la más fiable hasta el momento. Científicos islandeses del instituto deCODE genetics desarrollaron esta herramienta basada en un cálculo estadístico de 5.000 parámetros proteicos extraídos de la sangre de 22.913 islandeses, de los cuales por cierto murieron 7.061 durante todo el período de la investigación, para calcular cuánto les quedaba de vida.

Foto: Fuente: iStock

Evidentemente, los resultados que arrojó esta herramienta, que también aplica inteligencia artificial a la hora de hacer los cálculos, no arrojaban una fecha y hora exacta de su muerte. Es decir, tan solo inferían cuál era el porcentaje de personas que estaban en mayor riesgo de sufrir una muerte prematura (en concreto un 5% de los participantes analizados), así como aquellos que todavía no tenían un riesgo alto de muerte (un 1%). Lo más novedoso y llamativo de este hallazgo es que, como reconocieron los autores Kari Stefansson y Thjodbjorg Eirikstdottir, con solo un análisis de sangre se pueda pronosticar de manera fiable y para un gran grueso poblacional quiénes están en serio riesgo de muerte prematura", en contraste con aquellos que no, que todavía pueden gozar de tiempo y calidad de vida.

De forma paralela, los autores se han propuesto la creación de un "algoritmo de la muerte", como lo podríamos llamar, ya que tienen pensado emplearlo en pacientes muy graves o que están en cuidados paliativos. Según ellos, la inteligencia artificial podría calcular cuándo es el momento exacto en el que una persona muere, todo con tal de facilitar la labor de los médicos (ayudándoles en la toma de decisiones y con la gestión emocional de cara a sus familiares). Algo inédito hasta ahora, pues en este tipo de situaciones tan críticas nunca la ciencia ha sido capaz de desentrañar cuándo era el momento exacto del último aliento, siempre se ha manejado en plazos y suposiciones de horas de vida. Puede ser que en cuestión de unos pocos años la temida charla que pondera el tiempo que le queda a un paciente quede obsoleta, teniendo un número real de cantidad de horas o de días que le restan a los pacientes terminales.

Foto: Foto: Pixabay. Opinión

Estos avances en biomedicina y tecnología no dejan de suscitar ciertas dudas. Más allá de la teoría y la puesta en práctica adecuada de los métodos explicados, cabe reflexionar sobre las implicaciones éticas y filosóficas que tendría el hecho de que cada vez estemos más cerca de saber aproximadamente cuándo nuestras funciones vitales dejarán de funcionar. O, al menos, de que haya una pretensión científica tan fuerte en la actualidad por llegar a desentrañar esa respuesta. ¿Podremos, con la ayuda de las máquinas, ser capaces de predecir en un futuro no muy lejano cuánto nos queda sobre el planeta Tierra como hizo Abraham de Moivre? ¿En realidad querríamos saberlo? ¿Cómo se comportarían los gobiernos y las instituciones públicas de salud frente a esta posibilidad con los ciudadanos?

Ciencia y medicina transhumana

José Manuel Chillón, doctor en Filosofía y profesor de esta materia en la Universidad de Valladolid (UVa), afirma que "todo método científico está llamado a ser confiable, a reducir la incertidumbre", pero, sin embargo, cree que el paso de la vida a la muerte se trata de un "instante cualitativo", desconfiando de que "gracias a la ciencia o la tecnología sepamos cuándo va a suceder ese momento decisivo". En este sentido, el profesor apuntó que lejos de tener la pretensión de predecir con exactitud cuándo se nos acabaría la vida, la ciencia biomédica debería ocuparse de "cómo mejorar la vida o hacer la existencia más fácil y llevadera", teniendo en cuenta que este tipo de esfuerzos científicos van encaminados a "intentar controlar algo que nos va a pasar a todos" como es la muerte, así como también "hacer más remoto ese futuro al que nos vemos encaminados".

"Ir viviendo implica descubrir que uno va muriendo, ya que nos vamos haciendo cargo de la muerte al no poder hacer las mismas cosas que antes"

El pensador vallisoletano, autor de 'Serenidad. Heidegger para un tiempo postfilosófico' (Comares, 2019), ahonda en la idea de que la ciencia y la tecnología de nuestra época tienen un marcado carácter "transhumano", el cual se postula por encima "de la condición humana", que no es otra que el hecho de "ser consciente de la muerte a medida que vives". Entonces, al igual que en el mito bíblico de la manzana de Adán y Eva (escogido por Apple como logo de una manera intencionada), el ser humano se rebela contra su propia condición, aspirando a dar respuesta a grandes preguntas que giran en torno a la muerte. "Ir viviendo implica descubrir que uno va muriendo", asevera. "A medida que vivimos, nos vamos haciendo cargo de la muerte, porque nos acostumbramos a cierto tipo de limitaciones físicas o mentales que nos hacen comprender que ya no podemos ser como antes, cuando nos quedaba más tiempo. Peor para nosotros si no lo hacemos".

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A este respecto, estudios como el anteriormente explicado entran dentro de la obsesión médica y científica de tener cercada a la muerte para evitarla a toda costa, pues en caso contrario no se dedicarían tantos esfuerzos en investigación e innovación tecnológica para detectar cuándo una persona va a morir y, con ello, alargar el proceso de envejecimiento. Al fin y al cabo, ¿quién no querría vivir más tiempo del que le corresponde?

Un peligro sanitario: la tesis de Schillace

Otra de las voces críticas más interesantes que concuerda con las tesis de Chillón es la de Brandy Schillace, un historiador estadounidense que ha publicado un interesante texto en la revista 'Wired' haciéndose eco del estudio. "Lo que mantiene viva a la gente no son los aparatos médicos, las UCIs o los respiradores", señala, tajante. "Lo que la mantiene viva es vivir en un lugar seguro, no morirse de hambre o tener acceso a medicinas a un precio razonable". Su perspectiva estriba en que si se desarrollan y aplican este tipo de tecnologías en el futuro, podríamos llegar a un escenario en el que hubiera ciudadanos de primera y de segunda categoría en relación con los gastos médicos que hay que afrontar para mantenerles con vida.

"Estas herramientas predictivas pueden ser valiosas para detectar enfermedades, pero nada podría medir el valor de una vida, solo nosotros mismos"

Hay que tener en cuenta que el sistema público de salud estadounidense dista mucho del español, pero no obstante la reflexión que hace Schillace es bastante aguda y tiene un referente inmediato claro: las incómodas labores de triaje en los hospitales durante la crisis del coronavirus para seleccionar qué paciente debía ser tratado y quién no, quién tenía más posibilidades de salvarse y quién ya estaba perdido, quién podía gozar de una vida más digna o más completa una vez curado y quién estaba abocado a los cuidados paliativos. Todos estos cálculos supusieron, como es evidente, un profundo trauma en la población sanitaria de todo el mundo.

Como siempre, una herramienta tecnológica no es buena ni mala de por sí, sino en relación con el uso que le damos. Pero en caso de que se pudiera estandarizar este sistema de cálculo de tiempo de vida o de tiempo de calidad de vida, sería muy peligroso hacer uso de él para establecer sesgos en la población entre quién tiene más probabilidades de morir en los próximos años y quién no. A fin de cuentas, si has fumado o tienes sobrepeso por una adicción al azúcar no superada, es más probable que tu nombre fácilmente entre antes en este hipotético (y oscuro) ránking. Y eso, si se gestionara sin tener en cuenta principios éticos, podría llevarnos a un escenario social muy injusto y peligroso. Schillace, quien entra dentro de esta 'lista negra' al ser discapacitado (y no gozar de una buena calidad de vida o que requiere muchos cuidados), concluye que estas herramientas predictivas "pueden ser valiosas para detectar enfermedades, pero al final nada podría medir el valor de una vida, solo nosotros mismos".

Los tres niveles de una vida

Por último, Chillón reflexiona sobre los tres niveles que mantienen a una vida, atendiendo a sus rasgos físicos, psíquicos y sociales. Así, en el primer plano estaría lo más puramente biológico, como el hecho de cumplir las necesidades vitales (nutrición, relación y reproducción) o gozar de una buena salud. En el segundo nivel estarían los factores socioeconómicos que dan sentido a esa vida, es decir, el acceso a un trabajo, a un sistema público de salud o de educación, el derecho a gozar de tiempo libre o a unas condiciones de vida dignas. Ya en el tercer nivel quedaría el anclaje a todo lo demás, sin el cual "no podríamos vivir". Este no es más que nuestra comprensión filosófica del mundo, aquel que da sentido a nuestra vida de una manera profunda.

"Este tercer nivel está afectando más que nunca al primero y al segundo, alguien que sufre problemas de ansiedad o depresión tiene alterados sus sistemas de defensa biológicos"

Paradójicamente, el profesor asevera que en estos tiempos de pandemia hemos visto cómo ese tercer nivel influía de manera determinante en el primero o el segundo. "Uno puede tener resuelto un tipo de existencia biológica y socioeconómica de manera perfecta, pero sin embargo estar cargado de sin sentido", aduce. "Y bien podemos sentir que está tan cargada de significados que sea imposible de resolver, lo que nos llevaría a una vida como Sísifo, plagada de ansiedades. También puede darse lo contrario, es decir, que sintamos que nuestra vida está tan descargada que a uno no le apetezca ni levantarse de la cama, lo que podría implicar un estado depresivo". Y concluye: "Este tercer nivel está afectando más que nunca al primero y al segundo, alguien que sufre problemas de ansiedad o depresión tiene alterados sus sistemas de defensa biológicos, ya que hay una correlación entre el mal físico y el mal psíquico, están interrelacionados".

Es por ello que, como aseguraban tanto Chillón como Schillace, la obsesión científica por querer alargar una vida o controlar el punto exacto en el que esta misma va a dejar de existir, debería ser complementaria a una intención de querer mejorar las condiciones socioeconómicas de la gente, así como la significación que hacen del mundo que les rodea. O, al menos, estar equilibrada. Si no, acabaríamos siendo como ese personaje de aquella película de Michael Haneke, quien de tan anciano y a pesar de gozar de buena salud y amasar una fortuna, lo único en lo que piensa a lo largo de sus días es en desaparecer de este mundo. Su inquietud por la muerte no viene de intentar evitarla, sino al contrario; precisamente porque lo más elemental, ese anclaje metafísico al mundo, está fallando. De ahí el peligro real de que muchos hallazgos científicos puedan no ser considerados desde un punto de vista ético y filosófico, y se acepten solo porque alivian, mejoran o dan respuestas a una circunstancia de incertidumbre que a nadie nos gusta: la propia muerte.

27 de noviembre de 1754. Unos cuantos siglos antes de que se inventaran herramientas como la inteligencia artificial o el propio Internet, un hombre agoniza en su lecho, en la más profunda de las pobrezas. Su nombre es Abraham de Moivre, y a pesar de ser elogiado en diversas ocasiones por padres de la ciencia moderna, como Isaac Newton, su religión y ascendencia familiar le condenaron al más puro ostracismo por parte de la comunidad científica de la época, teniendo que huir de su Francia natal a Inglaterra. Lo insólito de su caso es que seguramente fuera la primera persona en el mundo que conocía la fecha exacta de su muerte.

Filosofía Inteligencia Artificial Isaac Newton
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