Maldito reloj: historia a contratiempo (y contra el tiempo) de este objeto tan perverso
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Maldito reloj: historia a contratiempo (y contra el tiempo) de este objeto tan perverso

A través de la filosofía, la historia y la antropología, repasamos las razones por las que algo tan simple como un objeto circular con manecillas haya podido hacer tanto mal a tantas personas

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Fuente: iStock

15 de febrero de 1894, Londres. Un día como otro cualquiera. A decir verdad, poco o nada parecido a los que ahora nos concurren. En aquel año, no había una red cibernética global ni líneas aéreas que conectaran la gran metrópoli con el resto de países de Europa. Pero sí que se acababa de inventar algo determinante para el futuro de las naciones y el progreso tecnológico: un gran reloj que dividía la Tierra en distintos usos horarios y estandarizó el control del ser humano sobre algo tan intangible y abstracto como es el tiempo. El GMT (o "Greenwich Mean Time") se refería al tiempo solar medio en el Real Observatorio de Greenwich, el cual fijó un horario universal para toda la esfera terrestre con sus correspondientes meridianos. De algún modo, muchos vieron este distrito situado al este de Londres como el centro del mundo, el punto según el cual la Tierra giraba alrededor del Sol un total de 365 días al año. Por primera vez en la historia, el control del tiempo se volvió preciso, lógico y matemático. Y, sobre todo, perverso.

Eso es lo que debió pensar un joven francés de 26 años llamado Martial Bourdin, quien en un acto loco e impredecible, hizo detonar una bomba ese 15 de febrero de 1984 justo en el punto cero del meridiano, pensando tal vez que con su descabellada y autodestructiva acción (él mismo falleció poco después de que el explosivo perforara su estómago y reventara sus piernas) pudiera acabar con la tiranía del tiempo estandarizado que al fin asentó un orden temporal en la Tierra, quedando los seres humanos atados a las manecillas de los relojes desde aquel día hasta el presente.

"Cuando llegó el anochecer del primer día de lucha, en varios sitios de París se disparó simultáneamente sobre los relojes de las torres"

Este héroe o villano -dependiendo de qué opinión tenga el lector para cuando acabe de leer este artículo que se posiciona contra el totalitarismo aceptado y autoasumido de lo que podemos llamar "tiempo"- pertenecía al grupo de anarquistas Autonomie, como pudo comprobar la policía cuando le detuvieron y le llevaron al hospital moribundo. No fue el único ni el primero en darse cuenta de que el verdadero fundamento y sustento de la sociedad capitalista dedicada a explotar recursos naturales y humanos era algo tan simple y obvio como un reloj; su acción encontró la inspiración en otras tantas que se sucedieron a lo largo del siglo XIX, como narra Walter Benjamin en sus 'Tesis de filosofía de la historia' cuando rememora la 'revolución de las barricadas' que tuvo lugar en julio de 1830 en Francia: "Cuando llegó el anochecer del primer día de lucha, ocurrió que en varios sitios de París, independiente y simultáneamente, se disparó sobre los relojes de las torres".

¿Cómo se interpretan estos arrebatos de furia insurreccional contra los relojes de grandes ciudades europeas? Como en cualquier otro tema de discusión histórica, es muy difícil entender lo ocurrido hace varios siglos con los ojos del presente. Pero el acto de Bourdin y de los revolucionarios franceses no es más que parte de un conjunto de acciones simbólicas por las que se intentó desbaratar el orden temporal que impuso el capital a los seres humanos y que con la industrialización empezó a alcanzar su máximo apogeo. Pues los relojes, al fin y al cabo, empezaron a ser objetos indispensables para la sociedad desde el momento en que se generalizó el uso de las infraestructuras de transporte, como el ferrocarril. Y por ello, muchos de los obreros de aquellos años vieron como principal garantista de la opresión que sufrían a este aparato de manecillas circular.

"El tiempo medido por los relojes es una forma de medida subjetiva fruto de una construcción social"

Las veces que se atiende a reflexionar sobre el tiempo se suele hacer desde un prisma subjetivo: los artículos sobre cómo hemos percibido el paso (y también el peso) del tiempo durante estos últimos meses tan atípicos de pandemia no han cesado, así como los debates políticos de actualidad sobre acortar la jornada laboral para ganar en conciliación familiar y bienestar; pero pocas veces se ha sometido a crítica al reloj en sí mismo, las razones de por qué la primera lección que todo buen niño debe aprender en la escuela es saber decir la hora que es, por qué tendemos a diferenciar entre tiempo de trabajo y tiempo libre, y por qué la mayor lucha filosófica del ser humano contra sí mismo y la naturaleza es ganarle tiempo al tiempo, acortar los tiempos de espera gracias a la tecnología, y en definitiva, vencer el pulso a la muerte, es decir, prolongar y evitar que llegue, en la medida de lo posible, la última hora de nuestra vida.

Un aparato circular para medir 'algo' lineal y abstracto

En primer lugar, como reconoce José Manuel Chillón, profesor de Filosofía de la Universidad de Valladolid, habría que distinguir entre dos conceptos: tiempo objetivo (aquel que viene determinado por el reloj y el conteo de los días, meses y años, o bien la historia contada de manera cronológica) y el tiempo subjetivo, que alude a la percepción individual que tenemos sobre un período concreto. En este sentido, hace una distinción muy ilustrativa y hermosa sobre "el paso del tiempo" y el "peso del tiempo", poniendo énfasis en que "vivimos en un presente fruto de una intersección entre pasado y futuro". En cambio, establece que "el tiempo medido por los relojes es una forma de medida subjetiva fruto de una construcción social". Además, recalca que el reloj es un objeto en el que las horas vienen dadas de manera circular ("las manecillas siempre vuelven a pasar por el mismo punto") que mide una percepción lineal, "como un río que no para de fluir".

"El reloj no es simplemente un medio para mantener la huella de las horas, sino también para la sincronización de las acciones"

¿Cómo se inventaron los relojes? ¿A quién se le ocurrió que ese devenir lineal fuera medido de manera circular? ¿Bajo qué propósito? Para responder a estas preguntas, merece la pena revisar los textos del sociólogo e historiador estadounidense Lewis Mumford, uno de los mayores popes a la hora de reflexionar sobre la tecnología y el progreso científico. En un artículo fascinante titulado 'El monasterio y el reloj', sintetiza en unas pocas líneas cómo fue la creación de los primeros relojes y las perversas intenciones de aquellos que los extendieron como la medida de tiempo definitiva frente a otras formas de medir el tiempo más primitivas, como vienen a ser los relojes de sol o de agua. Estas maneras arcaicas de calcular el tiempo tenían en cuenta la posición del ser humano en relación con su entorno, es decir, respecto al sol y a la naturaleza. Sin embargo, el reloj impuso una forma matemática de medir el tiempo, sustituyendo intuición por deducción, percepción por números y cálculos, a partir de un movimiento de manecillas preciso y mecánico que arrojaba resultados inapelables basados en su movimiento siempre fijo y circular.

placeholder 'El mito de la máquina' (Pepitas de calabaza, 2017)
'El mito de la máquina' (Pepitas de calabaza, 2017)

Mumford sostiene que fueron los monjes benedictinos que vivían en las ciudades del siglo XIII los verdaderos responsables de consolidar esta forma de medir el tiempo, primero de manera privada, obsesionados por llevar un estilo de vida regular y uniforme en su monasterio, y luego de forma pública, tocando las campanas por cada hora que marcaran los primitivos relojes mecánicos a los que en un principio solo ellos tenían acceso. "Los benedictinos, la gran orden trabajadora, fueron quizá los fundadores originales del capitalismo moderno", asegura. "No estamos exagerando los hechos cuando sugerimos que los monasterios ayudaron a dar a la empresa humana el latido y ritmo regulares colectivos de la máquina, pues el reloj no es simplemente un medio para mantener la huella de las horas, sino también para la sincronización de las acciones de los hombres".

"Somos vulnerables porque somos tiempo, y por tanto, somos paso y peso del tiempo"

"Hacia el siglo XIII existen claros registros de relojes mecánicos y hacia 1370 Heinrich von Wyck había construido en París un reloj 'moderno' bien proyectado", prosigue el sociólogo. "Entretanto, habían aparecido los relojes de las torres, y estos relojes nuevos, si bien no tenían hasta el siglo XIV una esfera y una manecilla que transformaran un movimiento del tiempo en un movimiento en el espacio, de todas maneras sonaban las horas. Las nubes que podían paralizar el reloj del sol, el hielo que podía detener el reloj de agua, ya no eran obstáculos para medir el tiempo: verano o invierno, de día o de noche, se daba uno cuenta del rítmico sonar del reloj. El instrumento pronto se extendió fuera del monasterio y el sonido regular de las campanas trajo una nueva regularidad a la vida del trabajador y del comerciante. Las campanas del reloj de la torre determinaban la existencia urbana. La medición del tiempo pasó al servicio del tiempo, al recuento del tiempo y al racionalismo del tiempo. Al ocurrir esto, la eternidad dejó poco a poco de servir como medida y foco de las acciones humanas".

Seres para la muerte... no para el reloj

Esa 'eternidad' que niega el reloj de la que habla Mumford puede resonarnos al concepto de 'vida auténtica' que usaron otros filósofos como Martin Heidegger; salvando las grandes distancias ente ambos filósofos, sobre todo a nivel ideológico, pues las interpretaciones de los textos de Mumford quedan alineadas más en la línea anarquista mientras que la reputación de Heidegger fue manchada por su adherencia al partido nazi, aunque al final se retirara de toda actividad política y no por ello su filosofía deba ser leída bajo el prisma del nazismo.

Según el alemán, la 'vida auténtica' se alcanzaba cuando el ser humano es consciente de su finitud, es decir, de que vive para la muerte. "Pero no solo eso", puntualiza Chillón, quien es uno de los mayores expertos académicos en la oscura obra del autor en nuestro país, "sino que la muerte se va haciendo presente en nosotros en la medida en que ya no podemos con ciertas cosas, por nuestras debilidades, poquedades e insignificancias". Así, "la muerte no es algo que llegará, sino que está llegando". El sujeto, entonces, puede optar por dos opciones: "el pesimismo angustioso, propio del existencialismo, o la alegría, la satisfacción y la belleza de vivir que hace al ser que ya no solo soporte el tiempo", haciendo referencia a ese "paso" y "peso" del tiempo, "sino que también lo ve crecer".

"El progreso científico aspira a ideales transhumanos que buscan borrar la mortalidad de la naturaleza humana, es decir, la noción de tiempo"

Chillón incide en que la 'vida auténtica' propuesta por Heidegger no es solo "darnos cuenta de que vamos a morir y por tanto vivir al máximo hasta el último día", sino "reparar en que cuanto más conscientes somos de la muerte menos gala haremos de la prepotencia y petulancia, muy humana por cierto, de intentar negarla", aludiendo al pecado original relatado en el Génesis por el cual Dios expulsa a Adán y Eva del Paraíso al pretender ser tan poderosos como él, al poner en tela de juicio su mortalidad. Además, el profesor menciona con inteligencia el famoso logo de Apple de la manzana mordida, subrayando que las corrientes transhumanistas que tan en auge están hoy en día cumplen a la perfección con esa pretensión de querer superar la condición humana mortal. Poner freno al final del tiempo.

placeholder Martin Heidegger, posiblemente pensando en el ser y en el tiempo. (CC)
Martin Heidegger, posiblemente pensando en el ser y en el tiempo. (CC)

La incursión en Heidegger a la hora de hablar de la tiranía impuesta por el reloj no es baladí ni gratuita. Partiendo de que su libro más importante ya alude desde el título al tiempo, podemos comprobar cómo en los últimos meses hemos sido más conscientes que nunca de esa parca a la que tanto nos cuesta aceptar y dirigirnos. Algunas personas, por desgracia, la han sentido muy de cerca, mientras que otras afortunadamente solo la han visto plasmada en sus televisores y teléfonos móviles. Además, el confinamiento trastocó toda nuestra percepción subjetiva del tiempo, pues ante la falta de contacto con el exterior y de una rutina como habíamos tenido hasta entonces (impuesta y determinada, por cierto, por la vigilancia constante del reloj), nuestros ritmos circadianos y ciclos de sueño se descompensaron con suma facilidad. Sumado al hecho, como decíamos, de tener muy presente la muerte tras la llegada de la enfermedad a nuestra vida colectiva. ¿Era esto la 'vida auténtica' que propugnaba el filósofo?

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"Esa vivencia que tuvimos todos nos dio una perspectiva de vulnerabilidad", responde Chillón. "Somos vulnerables porque somos tiempo, y por tanto, somos paso del tiempo. Y esto es lo que no puede soportar el sistema socioeconómico en el que nos hallamos. Tiene que jugar con la idea de que somos eternos; el progreso científico, médico y tecnológico aspira a ideales transhumanos que buscan borrar la mortalidad y la finitud de la naturaleza humana. El capital es el tiempo de las cosas, siempre hay cosas que hacer, que comprar, que producir, que experimentar... Y desde el primer momento cedes tu tiempo a cambio de algo, hay un cálculo constante del coste de oportunidad, no solo en los bienes y productos, sino en las vidas humanas. El hecho de ir a trabajar durante ciertas horas por tal salario es algo que debes aceptar si quieres mantenerte".

Imperialismo y crisis climática

Volviendo a autores más contemporáneos, hace unas semanas Joe Zadeh, periodista y columnista norteamericano, publicaba un artículo muy lúcido en 'Noema Magazine'. En él, cita a algunos de los grandes pensadores actuales más críticos en cuanto al tiempo y su agente político, el reloj, como Kevin Birth, antropólogo, profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, o el historiador y sociólogo italiano Giordano Nanni. Una de sus tesis es que, durante los procesos de colonización, las grandes potencias imperialistas europeas no solo quisieron conquistar el territorio e imponer sus creencias a las comunidades indígenas que invadieron, sino también establecer un control temporal rígido que acabara con su propia concepción del tiempo.

"El reloj nos ayuda con cosas que son uniformes en duración. Pero cuando buscas programar un proceso natural, la naturaleza no coopera"

"Cuando los colonizadores británicos irrumpieron en el sureste australiano en busca de oro, describieron las prácticas de cronometraje de las sociedades indígenas, criticándolas por su irregularidad e impredicibilidad en contraste con la naturaleza racional y lineal del reloj", asevera Zadeh. "Estas estaban basadas en la luna, las estrellas, las lluvias, el florecimiento de los árboles y el fluir de las mareas, usándolas para determinar la disponibilidad de alimentos y recursos". Esto llevó a los europeos a la sospecha y la confabulación, "concibiendo la cercanía con la naturaleza como algo que cuestionaba la humanidad misma de los indígenas", sostiene Nanni por su parte. "Los valores de la Ilustración habían llegado a asociar la idea de 'humanidad' con la trascendencia y el dominio del hombre sobre la naturaleza, y por otro lado, el salvajismo, como un modo de vida que existía más cercano al medio natural".

Una de las frases más sentenciosas que recoge el artículo de Zadeh es la que viene formulada por Kevin Birth en uno de sus libros: "El reloj nos ayuda con cosas que son uniformes en duración. Pero cualquier cosa que no sea uniforme, cualquier cosa que varíe... el reloj se estropea. Cuando intentas programar un proceso natural, la naturaleza no coopera". En este sentido, el antropólogo estadounidense alude al cambio climático y la obsesión que existe en el mundo técnico y científico por intentar cifrar cuál es el punto de inflexión a partir del cual ya no habrá nada más que hacer. A este respecto, cabe observar el gran aumento de artículos alarmistas en los medios de comunicación de masas encabezados por titulares que aseguran que ya no hay marcha atrás, es decir, que ya no hay tiempo, o directamente se ponen en el escenario de cómo será la Tierra dentro de 30 ó 40 años, cuando el calentamiento global y el aumento del nivel del mar ya haya empezado a causar verdaderos estragos.

"Cuando ocurre una 'sorpresa', las estimaciones de tiempo se desmoronan frente a la realidad. La naturaleza no coopera con nosotros"

Más allá de lo obvio que resulta reconocer los inmensos daños que la industria y la actividad humana ya han provocado a la naturaleza y sus consecuencias (maremotos, terremotos, derretimiento de los polos...), los científicos viven obsesionados con medir las hipotéticas crisis con algoritmos, predicciones matemáticas o, directamente, cuentas atrás para el fin del mundo. Pero en realidad, una crisis por sí misma se define como un hecho imprevisto en el fluir del tiempo, es decir, un suceso que rompe con la cadena lineal de acontecimientos perfectamente programados o dados por hecho. "Se enmarca la crisis como algo mensurable, cuantificable y predecible, algo que podemos concebir de la misma forma que las horas de trabajo, las vacaciones, las tareas o los proyectos", critica de forma lúcida Zadeh.

"Las temperaturas más cálidas, la contaminación de los océanos, el derretimiento del hielo y los niveles altos de dióxido de carbono en la atmósfera se traducen constantemente en la hora del reloj para crear puntos de inflexión, umbrales, hojas de ruta y objetivos de desarrollo sostenible que debemos superar o alcanzar", prosigue el columnista. "Cuando ocurre una 'sorpresa', las estimaciones de tiempo se desmoronan frente a la realidad. La naturaleza no coopera con nosotros". El mayor ejemplo de lo que expone Zadeh es la crisis pandémica, cuando muchas de las previsiones e indagaciones sobre lo que vendría o estaría por pasar fueron erróneas o falsas.

Imaginar un mundo sin reloj

Vivimos en un tiempo decisivo en el que somos conscientes que no podremos seguir viviendo de la misma forma. Más allá de los colapsos socioeconómicos, ambientales o pandémicos que siempre están a riesgo de suceder, queda la esperanza de revertir la situación y cambiar las cosas. Si ya está siendo difícil desmembrar y acabar con otros constructos sociales como los de raza, género o sexo, la tarea de imaginar un mundo sin relojes más que utópica resulta imposible. Sobre todo si no llegas a fin de mes, no tienes trabajo (en esta situación concreta el tiempo está especialmente presente) o no atisbas un futuro de estabilidad económica.

Por ello, el primer paso para no sentir el continuo tic tac, como concluye Chillón, es "exigir el derecho al aburrimiento", algo especialmente difícil en esta época en la que la atención constante que brinda el reloj solo es solapada por la que infunden las pantallas que visualizamos día y noche. El aburrimiento es la puerta "al conocimiento y la creatividad", como sostiene el filósofo, y aunque al principio el tiempo en él pueda resultar lacerante o asfixiante, trastoca las leyes que el reloj impone, pues estás inmerso en un completo devenir que no concibe metas ni propósitos, así como tampoco impone el consumo de productos, servicios y experiencias al que estamos acostumbrados. En cuanto a cómo podría administrarse una ciudad o un país sin reloj a estas alturas del desarrollo, esa ya es otra historia; pero tal vez los seres humanos del mañana debieran negar tantas concesiones a la tecnología para apostar por saberes algo más primitivos que nos vuelvan a reconectar no solo con la naturaleza (en vez de dar tantas cifras y postularse como los salvadores del planeta), sino también entre nosotros mismos.

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