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¿Podría la compasión cambiar el rumbo de la historia?
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"SUFRIR JUNTOS"

¿Podría la compasión cambiar el rumbo de la historia?

Ante las crisis humanitarias de hoy en día y las que están por venir, cabe recordar cómo este sentimiento ha recorrido la esencia de nuestra civilización de manera individual y colectiva, haciéndola progresar

Foto: Refugiados húngaros cruzan la frontera para llegar a Austria a comienzos de octubre. (iStock)
Refugiados húngaros cruzan la frontera para llegar a Austria a comienzos de octubre. (iStock)

En mitad del ensordecedor silencio provocado por el cese de un bombardeo, varios días después de las explosiones en el centro de la ciudad de Varsovia, un hombre husmea algo que comer en el interior de una lata de pepinillos en conserva. Su nombre es Wladyslaw Szpilman, un pianista polaco de origen judío que hasta el 1 de septiembre de 1939, fecha de la invasión nazi de Polonia, trabajaba en una radio local para amenizar las comidas y cenas de sus vecinos con piezas de Robert Schumann y Richard Strauss. Tras el estallido de la guerra, recorre los edificios destruidos y deshabitados en busca de alimento mientras la fuerzas del Ejército Rojo combaten en el exterior. El destino quiso que fuera descubierto por un oficial de la Wehrmacht, llamado Wilm Hosenfeld y, temiendo su fin, inesperadamente este le propone que toque el piano para él.

Efectivamente, hablamos de una de las escenas de 'El Pianista' (Roman Polanski, 2002), basada en el relato autobiográfico del pianista polaco. Después de tantísima crueldad mostrada, los actores Adrien Brody y Thomas Kretschmann se encuentran frente a frente, regalándonos una de las secuencias más sobrecogedoras y emocionantes de la historia del cine: el oficial alemán le pide al músico que toque algo al piano, y este se decide por una de las baladas de Chopin. "Fue el único ser humano con uniforme alemán que yo conocí", declararía años más tarde Szpilman tras ser salvado, escondido y protegido por Hosenfeld.

placeholder Fotograma de 'El Pianista', una perfecta representación cinematográfica de la compasión. (Roman Polanski, 2002)
Fotograma de 'El Pianista', una perfecta representación cinematográfica de la compasión. (Roman Polanski, 2002)

¿Por qué nos conmueve tanto esta imagen? Tal vez sea el contraste entre las barbaridades atroces que cometieron los soldados alemanes contra el pueblo judío, mostradas con anterioridad en la película, y el acto de humanidad que desprende el oficial nazi que, sin querer nos devuelve, la sensación de que en mitad del infierno o del fin del mundo, cuando ya está justificada todo tipo de crueldad, siempre hay alguien dispuesto a rebelarse y arriesgar su vida por la de los demás.

¿Por qué surge la compasión?

La primera palabra que se nos puede venir a la cabeza para describir el acto de Hosenfeld puede ser "compasión". Y, en verdad y a riesgo de equivocarnos, este fue uno de los sentimientos que debió inundar al oficial alemán aquel día, el cual viene definido, por la emoción que nos embarga cuando sentimos pena, ternura y, sobre todo, identificación por los problemas de alguien.

"La violencia no es fortaleza y la compasión no es debilidad"

Más completa es la definición de "compasión" que establece Thupten Jinpa, el principal traductor al inglés de las enseñanzas del Dalai Lama y uno de los filósofos que más ha estudiado la filosofía de este sentimiento. Para él, es "un estado mental dotado de un sentido de preocupación por el sufrimiento de los demás y la aspiración de ver ese sufrimiento aliviado", lo que sin duda conecta de manera más correcta con lo que debió de sentir Hosenfeld tras ver a Szpilman indagando dentro de aquella lata de conservas.

El hombre más compasivo

Sin embargo, el personaje histórico más influyente en torno a la compasión no tiene nada que ver con la doctrina budista, aunque esta también otorgue suma importancia a este sentimiento. Habría que remontarse a Jesucristo y al mandamiento que encomendó a sus discípulos para desentrañar la raíz elemental de ese estado emocional que él mismo supo poner en práctica con sus hechos y milagros en una época en la que el resto del mundo no era precisamente compasivo: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado".

"Gracias a la revolución científica podemos desentrañar una ley diferente para la existencia humana basada en el amor y la compasión"

Si hacemos una lectura abierta del mensaje de Jesús, sin caer en el dogma cristiano, valdría la pena recabar en cómo el sentimiento de compasión ha cambiado reiteradas veces el rumbo de la historia muchos años después de que formulara su lema, provocando avances históricos y sociales que han sido determinantes para nuestra civilización.

La Mesa Redonda del Rey Arturo

No en vano la compasión es uno de los valores que más luce en uno de los relatos míticos medievales anglosajones más conocidos: el Rey Arturo y su lejano Camelot. La serie de novelas escritas por Terence Hanbury White entre 1938 y 1940, 'The Once and Future King' (como es su nombre original), transmitieron a aquellos niños que tuvieron el gusto de leer o escuchar estas leyendas que versaban sobre una espada mágica y un mago llamado Merlín, además de valores humanos como la nobleza (en el sentido más ético de la palabra) y la necesidad de obrar de manera justa. Y, sobre todo, son una excelente metáfora de lo que posteriormente se daría en llamar "democracia" o "gobierno entre iguales", aquella Mesa Redonda -cuya forma circular representaba la igualdad entre los presentes- en la que se reunían los fieles al rey para deliberar sobre los asuntos de la corte.

"La innovación esencial del Nuevo Testamento fue que Dios se hizo Hombre y vino a la tierra para sentir y sufrir las mismas pasiones y dolores de los humanos"

White se inspiró en la obra de Thomas Malory, un autor nacido en el siglo XV del que se sabe muy poco, pero que dejó una herencia literaria y cultural que perdura hasta nuestros días en forma de películas, cuentos y óperas. Una de estas versiones de sus relatos recopilados por White es el musical 'Camelot' dirigido por Alan Jay Lerner y Frederick Loewe y presentado en Broadway en 1960. En él, se resalta el carácter compasivo del Rey Arturo frente a sus enemigos, los sajones, pero sobre todo con sus propios caballeros, expresando una frase que servirá de 'lied' argumental: "La violencia no es fortaleza y la compasión no es debilidad".

Otra de las versiones más conocidas del cuento es la ópera de cinco actos de Henry Purcell compuesta a partir de los textos del poeta John Dryden en julio de 1961. En ella, los sajones encarnan a las fuerzas paganas que intentan disputar Camelot a los britones del Rey Arturo, dibujándoles como seres cándidos y hermosos que no dejan de compadecerse de sus enemigos y solo quieren defender a su pueblo. En cambio, los sajones son descritos como seres salvajes, fieros y sin escrúpulos, que no dudan en realizar sacrificios de animales y humanos, pues entre sus filas hay vikingos que rezan a dioses como Thor o Freya.

Foto: Los refugiados en un control de acceso al tren esperan en la frontera entre Croacia y Hungría. (EFE)
Elogio de la compasión
José Antonio Marina

Como en todas las narraciones bélicas medievales, incluidas las de nuestro tiempo, la batalla no solo se da en el plano físico, sino también en el moral. En este caso se imponen los valores cristianos frente a las prácticas paganas, crueles y sanguinarias. De ahí que merezca la pena regresar a la figura de Jesucristo para descubrir aún más cómo influyó su pensamiento y sentimiento compasivo en los movimientos sociales de la historia contemporánea.

Nada como "sufrir juntos"

El filósofo italiano Franco 'Bifo' Berardi acierta al identificar las dos grandes diferencias argumentales entre el Viejo y el Nuevo Testamento. En su libro, 'Fenomenología del fin' (Caja Negra, 2017), ve la semblanza de esta primera parte de la Biblia con el mundo anterior al impacto del derecho, las leyes o las tecnologías. "El Viejo Testamento concibió la naturaleza desde un punto de vista impasible, como un flujo de tiempo a-histórico sin emociones", afirma, recalcando que había sido creado por un Dios impasible y ajeno al sufrimiento humano. "La innovación esencial del Nuevo Testamento fue que Dios se hizo Hombre y vino a la tierra para sentir y sufrir las mismas pasiones y dolores a las que estaban acostumbrados los humanos. De este modo, el tiempo sin pasión de Dios se interrumpió, se rompió y se entrelazó con el del hombre".

"El socialismo afirmó la posibilidad de justicia e igualdad basándose en la capacidad de compartir los mismos sentimientos, el mismo sufrimiento y los mismos objetivos"

"Esta es la razón por la que la revolución humanista moderna tuvo lugar dentro del espacio de la cristiandad, pues tanto esta como el humanismo concibieron la historia en una esfera temporal que no era la de la verdad eterna o la de la naturaleza impasible", prosigue el filósofo. "Antes, el fundamento de la verdad se hallaba en el sufrimiento humano, como lo creía también Confuncio". Más adelante concluye que "gracias a la revolución científica", impulsada primero por el Renacimiento (con el lema antropocéntrico de "situar al hombre en el centro") y luego por la Ilustración (poner la luz de la razón sobre el oscurantismo de la superstición o la impulsividad de la emoción), "conocemos las leyes mecánicas que gobiernan los planetas, el cielo y las piedras, y podemos desentrañar una ley diferente para la existencia humana basada en el amor y la compasión".

De ahí que la etimología de la palabra "compasión" venga a ser 'cum-pati', es decir, "sufrir juntos", como apunta Berardi. "En la esfera humanista de la Modernidad, luego de la separación del tiempo natural gobernado por las leyes inalterables de la física y del tiempo histórico gobernado por la voluntad del príncipe o de la democracia, el establecimiento de leyes políticas se basó en la comprensión de las pasiones y los intereses humanos", reitera. "La civilización moderna estuvo fundamentada en la idea de que el mundo social no debe corresponderse con las leyes del universo sino con las de la compasión: mutuo entendimiento, solidaridad".

Foto: La filósofa Hannah Arendt.

Incluso, el pensador italiano atribuye al sentimiento de compasión postulado por el cristianismo como el origen de movimientos políticos como el socialismo que, a partir del desarrollo de las ideas humanistas, consiguen romper la rueda de la historia cuando los obreros, es decir, la mayoría social de la época, son conscientes de su sufrimiento compartido y buscan organizarse para ponerle freno. "El humanismo afirmó la autonomía del espacio humano frente a las leyes impasibles de la naturaleza y la Ilustración actuó como un regulador racional de este espacio", concluye Berardi. "El pensamiento socialista del siglo XIX afirmó la posibilidad de justicia e igualdad sin basarse en la naturaleza, sino en la razón humana y en la compasión: la capacidad de compartir los mismos sentimientos, el mismo sufrimiento y los mismos objetivos".

La compasión en tiempos convulsos

En mitad de la pandemia, si había algo que rompía el silencio que reinaba en las calles vacías, esos fueron los aplausos vecinales y colectivos. Aunque la mera forma puede generar largos debates a favor o en contra debido a que un aplauso se desata a 'priori' cuando ocurre algo bueno o para expresar gratitud o furor en un espectáculo, lo esencial de ese momento a las ocho fue la necesidad de expresar algún tipo de compasión frente a un sufrimiento compartido. Frente a un problema tan grave como es la irrupción de una pandemia, los aplausos sirvieron para desatar esas emociones complejas que todos sentíamos en aquellos momentos de zozobra y miedo; de algún modo, para exorcizar o revertir esos sentimientos negativos y transformarlos en positivos solo por el hecho de estar pasando juntos esa dificultad.

placeholder ¿Cuánto hay del presente a esta imagen? (EFE)
¿Cuánto hay del presente a esta imagen? (EFE)

Afortunadamente, la pandemia ya ha pasado, y el lector seguramente recuerde esos instantes de furor colectivo como algo muy anclado en ese tiempo que nos tocó vivir. Y, en cierto sentido, como algo difícil de trasladar a nuestra realidad cotidiana presente ahora que ha vuelto a ser más parecida a la de hace un año y medio. Nos hemos apresurado a volver a nuestras vidas como si tuviéramos prisa y quizá hayamos dejado de lado ese sentimiento de colectividad que nos unió ante este problema mayor.

La compasión puede cambiar el mundo, de hecho así lo ha hecho varias veces. Pero un sentimiento por sí solo no consigue nada. Son las personas

Sin embargo, en el resto del mundo todavía hay muchos seres humanos que sufren situaciones injustas aún más graves que necesitan de una solución urgente. Sin ir más lejos, los refugiados e inmigrantes que huyen de sus países de origen por distintos motivos. A pesar de que su forma de vida tenga poco que ver con la nuestra y con ello sea difícil interiorizar su sufrimiento salvo cuando de vez en cuando una imagen nos revuelve las tripas, no sería una locura pensar en que tal vez algún día muy posiblemente seamos nosotros los que estemos forzados a saltar fronteras como ellos en mitad de un mundo plagado de intereses, ya sea por razones políticas o por el cambio climático.

Sería fácil imaginarse la postura que tendría el padre ideológico de la compasión, Jesucristo, ante este problema. Es paradójico que algunos sectores sociales que presumen de seguir sus enseñanzas también enarbolen discursos identitarios o nacionalistas contra este colectivo, aunque lógicamente no todos. Uno de sus líderes espirituales, el papa Francisco, de tanto en cuando sale en su defensa, de ahí que le hayan salido tantos detractores al no congeniar con sus ideas.

Foto: El papa Francisco. (EFE)

La compasión puede cambiar el mundo, de hecho así lo ha hecho varias veces. Pero un sentimiento por sí solo no consigue nada. Son las personas, y la medida en la que están dispuestas a renunciar a parte de sus privilegios, como lo hizo aquel oficial alemán que ayudó y protegió a un pianista polaco a riesgo de ser acusado de traidor y ajusticiado por sus superiores.

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