La historia de los náufragos españoles que quedaron sepultados en el tiempo
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Algunos nombres olvidados

La historia de los náufragos españoles que quedaron sepultados en el tiempo

Aquellos individuos que en remotos lugares del planeta quedaron enterrados vivos en el olvido más atroz

Foto: Jerónimo de Aguilar (Fuente: Real Academia de la Historia)
Jerónimo de Aguilar (Fuente: Real Academia de la Historia)

Si crees que eres demasiado pequeño para causar impacto, intenta dormir con varios mosquitos en una habitación.

Refrán africano.

La historia de los náufragos que por España en diferentes etapas de la historia quedaron sepultados en el tiempo, es sino onerosa, al menos lacerante para nuestra ya de por sí castigada y proverbial amnesia. No hace falta remontarse a la noche de los tiempos para reivindicar a aquellos olvidados, que en remotos lugares del planeta quedaron enterrados vivos y en el olvido más atroz. Hoy, traemos a estas líneas un muestrario de algunos de ellos que sobrevivieron y pudieron contarlo.

La historia, en ocasiones puede ser benévola o imparcial, pero en otras es la peor versión de una pesadilla. Muchos españoles a los que en su momento no se les hizo justicia, acuden habitualmente a personarse en estas páginas para reivindicar sus gestas ante la lacerante condena a las que se les ha sometido, reivindicándose ante una orfandad injusta, frente a un desamparo cruel. Posiblemente, el más famoso de ellos fuera Jerónimo de Aguilar. Cautivo privilegiado del infortunio, vivió en compañía de otros dos amigos, la indiferencia más extrema durante cerca de ocho años bajo una luz caribeña intensa, seguida de unas noches plagadas de estrellas en medio de un silencio descomunal a

Jerónimo de Aguilar

A sabiendas de que podrían ser devorados por la apisonadora del olvido o por la más atroz desidia de interés, dejando sus restos expuestos a la nada, sin despedidas multitudinarias, sin ni siquiera una pobre oración musitada, sin reconocimiento, en la nada más absoluta. Eran a la postre, seres ignorados, sencillos átomos en una magnitud sideral desbordante de preguntas.

Foto: Tenochtitlan (Fuente: iStock)

Tras el naufragio en las costas de Jamaica primero y Cozumel después, pareciera que Jerónimo de Aguilar, cansado de llenar el vacío con cosas de dudosa utilidad, acabaría condenado por el irreal orden de una vida menor, alejada de la banalidad de la rutina y sus días como individuo quedarían cercados por la nada. Pero la paz, el esplendor de la naturaleza y la ausencia del mal en ese santuario habitado por su solemne soledad, eran un imperio, un imperio de verdad en el que todo estaba pendiente de construir.

El buen salvaje de Rousseau, así como El Señor de las Moscas de William Golding, reparan en un detalle trascendental tal que la presencia de humanos en el horizonte puede estropear lo idílico. Y así fue, pero los que aparecieron en el horizonte serían ellos y los “malvados” eran los de tierra adentro.

Finalmente, los antes mencionados y algunos pocos más que quedaban con aliento, arribaron a la costa orientales de Yucatán donde rápidamente serían capturados por unos nativos mayas muy subidos, a cuyo cacique le dio un repente místico a la par que sacrificaba a los dioses al aturdido Valdivia y otros supervivientes. Los demás quedaron a buen recaudo para oficiar en las labores del campo.

"Depositó la vaga esperanza que le quedaba en ese clavo ardiendo llamado fe"

En ocasiones, la fatalidad nos devuelve a un punto donde se crea un nuevo mundo menos poblado de frivolas distracciones y por ende con un ángulo de visión más claro al estar exento de quincalla.

Este desahuciado, Jerónimo de Aguilar, tal vez el más famoso naufrago de la historia de España, en medio de aquella "Terra Incógnita“ depositó la vaga esperanza que le quedaba en ese clavo ardiendo llamado fe, una fe representada por una confusa nebulosa en la que ese Dios todopoderoso y desmemoriado de rotundo perfil amnésico, olvidaba a seres creados a su “imagen y semejanza” a un desprecio insultante. En fin, que el “altísimo” no era precisamente un elemento de confianza para trabajar en equipo.

Entretanto, aquellos náufragos entre insolaciones, alucinaciones y el castigo de la esclavitud, poseídos por la extenuación y los efectos de los delirios provocados por severísimas fiebres que no les permitían saber si estaban del lado de los vivos o los muertos, aceptaban su sino en la ilocalizable y caprichosa consciencia con sus peculiares puertas giratorias rodeados de mundos paralelos.

A la postre, unos enviados de Cortés que pasaban por allí en busca de los náufragos de la trágica expedición antaño perdida; dieron con los huesos del barbudo y desaliñado explorador, con el tiempo, reconvertido en interprete.

Pero hay más manteca.

La tragedia de Pedro Serrano

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Fuente: iStock

El náufrago que inspiró a Defoe era español y se llamaba Pedro Serrano.

Este capitán sobrevivió en compañía de otro camarada, rodeado de palmeras, pero sin complementos, en un banco de arena caribeño quedando varado durante años bajo el cielo estrellado de aquellas latitudes.

En el Archivo General de Indias en Sevilla, enorme caja de sorpresas y de información seria no, lo siguiente, información actualizada y de alto valor documental, a veces se topa uno con revelaciones inauditas que hacen que no se gane para sustos. Hacia el año 1526, un tremendo huracán fuera de temporada sorprendió a la exigua tripulación de un solitario patache en medio de la inmensidad del océano. La nave era una embarcación a vela de dos palos, de unas 40 toneladas, rapidísima, ligera y de calado muy recortado, pero de quilla de cuchilla, para así poder navegar en aquellos lugares inaccesibles para galeones y fragatas a la par que aguantar los embates de costado. Era una hermosa de nave mezcla de bergantín y goleta, (en Lepanto sus informes fueron determinantes) y que fue usada prolíficamente en viajes transoceánicos como correo, pues su afilada proa y capacidad de navegación, eran notoriamente superiores a todas las demás naves del momento.

En el caso que nos ocupa, la envergadura de la tormenta a la que tuvo que enfrentarse el piloto Pedro Serrano en medio de olas colosales, no alimentaba razones para la supervivencia. Lo que era de temer en buena lógica, ocurrió. Ante la magnitud de la fuerza desatada, los pequeños humanos que tripulaban la minúscula y ágil nave perecerían sin más contemplaciones. Escritores como Emilio Salgari, se inspiraron en esta dura peripecia. Pedro Serrano, un superviviente nato, se fijó a la rueda del timón extrayéndola de la horquilla de sujeción y de paso, encomendándose a todos los santos.

"Tras tres años de calamidades, pero de un enriquecedor suspiro vital, la mochila de penalidades le traería acompañamiento"

Una enorme ola “encontrada” entrando probablemente por una de las amuras en un plomizo mar gris y arbolado, lo arrastró hacia la nada liquida. El caso es que tres días sobrevivió de forma milagrosa hasta que de forma inaudita se topó con un monumental banco de arena en medio de la nada. A unas 130 millas del archipiélago de San Andrés, al noreste de la actual Colombia, existía un islote cual aparición mariana, donde quiso la fortuna poner su vida a salvo. Ocho años después sería rescatado mientras en la península se le había dado de baja a efectos administrativos.

Tras tres años de calamidades, pero de un enriquecedor suspiro vital, la mochila de penalidades le traería acompañamiento. Un superviviente de un naufragio acontecido en las inmediaciones, aterrizaría como quien no quiere la cosa en aquella almendra en medio del océano. Este último venía más preparado, puesto que había llegado a la orilla en un pequeño bote.

Aislados totalmente de las rutas de navegación - por allá no circulaba ni el Tato -, se encomendaron al Altísimo, que como es habitual, estaba a por uvas. Durante los cinco años siguientes construyeron una micro pesquería, filtros de agua y una torre de vigía a base corales y piedras recuperadas para tal efecto que les servirían de refugio contra los vientos reinantes y puntualmente, para hacer señales de humo.

Foto: Méndez Núñez cayó herido durante el bombardeo a los fuertes de El Callao

La capacidad de supervivencia del género humano es legendaria pero no por ello está exenta de sufrimiento. Estos dos sujetos jamás arrojarían la toalla, y de esta manera, con la imaginación por delante, enfrentaron la incertidumbre. Aquel solitario banco de arena que no estaba en ningún registro, perdido en la inmensidad, se haría famoso en las crónicas cortesanas de la época. Hacia 1534, ocurrió que la casualidad se dio y la tripulación de un enorme galeón que iba en dirección a La Habana desde Cartagena de Indias, los avistó por las señales de humo. En consecuencia, enviaron una chalupa para su socorro y lo imposible sucedió.

Serrano, tuvo mejor suerte que su compañero de fatigas que murió durante la travesía a Cuba. Su regreso a España se tradujo en fama y caja como tertuliano. La Corte Española y las europeas se lo rifaban. Sus peripecias en los salones de la alta sociedad, ávidos de novedades, le harían olvidar aquel duro episodio de la levedad del ser.

El relato que hace el Inca Garcilaso (probablemente el primer mestizo “homologado”) sobre este náufrago, es en sí una definición más que elocuente de la grandeza humana sobre las adversidades sin cuento a la que la especie es sometida en su devenir en este orfanato sideral ante lo que en esencia llamamos coloquialmente, la vida. En apariencia, Pedro Serrano, parecía un caso perdido; pero solo era una apariencia…

Cabeza de Vaca en la última frontera

Pero en el tiempo en el que ocurrían estos acontecimientos, Cabeza de Vaca, un increíble e inmortal explorador donde los haya, describía en su famoso libro Los Náufragos, la primera crónica en la historia conocida que hace alusión explicita a este duro tema.

Cabeza de Vaca en su periplo norteamericano, fue el exponente más claro de lo que es la aventura extrema. En esencia era un negociador nato, practicante confeso de la no–violencia y un cristiano de íntimas convicciones, fue asimismo un humanista acorde con sus valores religiosos. Para él, todos los hombres eran iguales ante el creador y el destino, sin discriminación posible. En su increíble exploración de 11.000.Km. partiendo de la península de Florida hasta la actual geografía de la costa del Pacífico de México, pasó por calamidades sin cuento y adversidades de todos los colores, que aportarían más grandeza si cabe a su gesta.

"Los territorios que anexionó Cabeza de Vaca al Imperio Español equivalen sin despeinarse a la extensión de Europa occidental"

Fue explorador, esclavo y chaman, ídolo de masas tras operar a un indígena a consecuencia de un infarto, respetado hasta la veneración y con más seguidores que Forrest Gump en su apogeo. Era un personaje a caballo entre la agonizante Edad Media y el efervescente Renacimiento, pupilo del Gran Capitán, había sido tocado por el conocimiento en mayúsculas. Era el momento de los condotieri Sforza, Médicis, Colonna y otros. Era una construcción grecolatina y un anarquista íntimo de espíritu libre, la Italia del XVI le dio las alas al aventurero que le habitaba e inspiraba a empresas mayores.

La grandeza de este hombre enjuto y apergaminado, rebasa los límites de la imaginación. Los territorios que anexionó Cabeza de Vaca al Imperio Español, posteriormente insertos en el Virreinato de Nueva España, equivalen sin despeinarse a la extensión de lo que hoy es la geografía de Europa occidental, y los hitos de sus conquistas, es probable que solo hayan sido superados por el genio del Gran Alejandro hace casi 2.000 años antes en su expansión hacia el antiguo oriente.

Cabeza de Vaca, comenzó su andadura con 600 hombres en la malhadada expedición de Pánfilo de Narváez. Recorrió los territorios del sur de los actuales EE.UU atravesando Alabama, Misisipi, Luisiana, Texas, Nuevo México, Arizona y la Baja California. Acabó con tan solo cuatro hombres, entre ellos, el famoso Estebanico, el primer afroamericano del que hay constancia. Aquello, más que una gesta heroica, fue un milagro a secas. Cuando al final de su periplo se presentó ante las autoridades locales, en Veracruz, estas no conseguían salir de su asombro ante la presencia de los restos de aquella increíble expedición de la cual, no existían referencias desde hacía ya más de ocho años.

Pedro Afán de Ribera, en los límites de la muerte

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Cuando en medio de un intenso cañoneo, la fragata Mercedes voló literalmente por los aires tras una severa andanada de un buque de línea inglés, cerca de 250 marinos españoles pasarían a mejor vida. Fue visto y no visto. Un silencio imponente cayó sobre los contendientes, que cesaron de repente en su afán de matarse a destajo. Aquello parecía un funeral al aire libre.

Pedro Afán de Ribera, sería uno de los escasos supervivientes que vomitó al mar la tragedia de aquella desgraciada nave. Por él se sabe, como la clave del rescate y posterior recuperación de buena parte del tesoro que albergaba La Mercedes, fue piedra angular para reclamar el tesoro que se apropió el Odissey.

Hacia 1804, sin previa declaración de guerra, una banda de forajidos con uniforme de la marina británica, o lo que es lo mismo, la marina británica haciendo lo de siempre, se apostaron taimadamente en las inmediaciones del Cabo Santa María ( Portugal). El comodín del fair play británico iba a volar por los aires una vez más. De ese mito solo se salvaría el siempre caballero, almirante Nelson.

"Devorado por la sal, aquel cuerpo con heridas extremas contaba los minutos que le restaban en aquel infierno"

Formadas en orden de combate, cuatro fragatas inglesas esperaban la oportunidad de merendar. Con los barcos muy limitados en la maniobra, severamente penalizada por la enorme impedimenta embarcada, poco se podía hacer frente a los hechos consumados. La fragata Amphion en destacada, lanzó su mortífera carga y prácticamente en las primeras andanadas, un golpe de fortuna para los anglos, les daría una victoria poco trabajada. En apariencia, la prensa británica estaba indignada con la acción de guerra de sus marinos, actitud que por unos instantes les honra. Lo ocurrido a La Mercedes fue una tragedia redonda. Venia imprudentemente con la totalidad del oro y la plata, abundante canela, y las solicitadas telas de vicuña.

Flotando, asido al mascarón de proa de los restos de la condenada fragata, un hombre al borde de la muerte, con severas amputaciones de todo tipo y una profunda deshidratación, condenado en medio del insultante abrazo depredador del océano, pedía socorro. El teniente de navío, a remojo, creía que no lo contaba. Devorado por la sal, musitando plegarias en voz queda y ya en capilla, aquel cuerpo con heridas extremas, contaba los minutos que le restaban en aquel infierno.

In extremis, acudió un bote inglés al oído de socorro del doliente naufrago. Poco se pudo hacer por el oficial más allá de cerrarle los muñones y aliviarle el dolor con sal, clavo y abundante ron. Ya prisionero, iría a parar a Londres siendo atendido con la máxima corrección. Pero Inglaterra no devolvía lo robado, y otra vez, hubo que apelar a las armas. Napoleón se frotaba las manos ante un aliado inesperado. El mundo volvía a estar en llamas.

Pasados los siglos, un sutil y desapercibido recordatorio, una carta manuscrita horas antes del fatal accidente, asida a su pecho, devolvió a la palestra a aquel ilustre marino. Pedro Afán de Ribera aportaría un documento vital con el que vengaría el cruel azar del destino desquitándose de aquel ataque a traición.

Las autoridades españolas usaron aquella carta determinante a la que se aferraba Pedro Afán de Ribera en su soledad oceánica. El pleito entablado conduciría a rescatar en los tribunales de Estados Unidos aquel tesoro que recuperó el Odyssey en el 2007.

Afán de Ribera y su pequeño manuscrito secreto fueron su postrer servicio a la patria.

Naufragio Reino Unido
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