Unas mujeres con determinación: la defensa de Palencia en el siglo XIV
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la inteligencia es superior a la fuerza

Unas mujeres con determinación: la defensa de Palencia en el siglo XIV

Si hoy existe la ciudad es porque hace aproximadamente 700 años unas mujeres con una determinación a prueba de bombas, la defendieron en condiciones de inferioridad

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Todos los hombres, en algún momento de sus vidas, se sienten solos. Y lo están. Vivir es separarse de lo que fuimos para acercarnos a lo que seremos en el futuro. La soledad es el hecho más profundo de la condición humana.

Octavio Paz

Cuando casi todos los hombres habían muerto en batalla, desaparecidos, descuartizados por la metralla de los falconetes y bombardas, atravesados por las flechas de las poderosas ballestas o moribundos esperando la luz verde para el Gran Transito; aparecieron ellas para recoger el testigo de sus seres amados caídos en combate. Esto, ocurría en Palencia cuando agonizaba el siglo XIV.

Las mujeres españolas son mujeres de casta y resistencia sobrenatural, son de una pasta especial; la prueba es que han sobrevivido a un machismo ancestral, carente de sensibilidad para ver en ellas el valor que representaban. Solo las admiramos cuando las cosas se ponen feas o cuando pretendemos su "favores". Una curiosa teoría de la relatividad.

Lamentablemente, hasta hace muy poco, en nuestro país en particular, el techo de cristal que impedía a nuestras compañeras, mujeres, esposas, madres, hijas, etc. se parecía más a una losa secular en la que el perjuicio de los prejuicios y estereotipos presididos por el peso abstracto de la ignorancia y falta de reconocimiento de los valores y capacidades de nuestros pares, era obviado sin más contemplaciones. Yo, lo llamaría “alfalfabetismo”, indiferencia e insensibilidad; es por ello que debemos de ser coherentes con su peculiar fortaleza basada en la resistencia ante las adversidades, aspecto este para el que están más entrenadas que nosotros ya que tienen que soportar sobre sus espaldas una autentica losa de hormigón cultural y en ocasiones, a verdaderos cabestros.

Las mujeres españolas son mujeres de casta y resistencia sobrenatural, son de una pasta especial; la prueba es que han sobrevivido a un machismo ancestral

Afortunadamente todas estas reticencias – aunque con resistencias todavía – , se van disipando con el tiempo y una labor de concienciación por parte de mejoras en la educación y las campañas promovidas por algunos gobiernos progresistas para la erradicación de esta lacra que infravaloraba a nuestras compañeras de viaje en este orfanato ambulante llamado tierra, y que negándoles la mayor a través de injusticias y agravios jurídicos sin cuento, les ninguneaban derechos inalienables que les correspondían.

Algunos hipócritas purpurados, en su natural línea de demencia contra natura, en el Concilio de Nicea en el año 325, decidieron que las mujeres no tenían alma hasta que en el Concilio de Trento (1545-1563), 12 siglos después, ¡Eureka! se decidió que la mujer no era un bípedo afectado por esa tara y gentilmente se le concedió la facultad de tener alma y así de paso, llenar los cepillos de la Santa Madre Iglesia con generosas aportaciones de las invisibilizadas féminas, para así engrosar las arcas de esta multinacional especializada en la impostura y la retórica más incomprensible que se haya visto jamás en la faz de la tierra.

Todos aquellos que quisieron integrar a la mujer como un igual ante el “Altísimo” (Arrianismo, Cátaros, Valdenses, etc.) fueron pasados a cuchillo por los “buenos” e indignos portantes del sagrado símbolo del crucifijo, impostores que frecuentaban los prostíbulos romanos (o que como en el caso del Papa Borgia, llegaría a tener 103 hijos naturales), y que además de la impunidad del poder absoluto y sus auríferos e impactantes anillos, tenían al Santo Oficio- que dislate de eufemismo-, por si había que escarmentar a la disidencia.

Si hoy existe Palencia es porque hace aproximadamente 700 años, unas mujeres con determinación defendieron esta hermosa ciudad

El antiquísimo estandarte comunista (muy alejado del marxismo de Engels y su rijoso pupilo de poblada barba) y mucho más cercano a los postulados del primigenio cristianismo y el de las órdenes mendicantes que compartían sus escasos recursos con los más pobres, algo que entraba en franco conflicto con la estética ¿valores? y el oropel Vaticano, fue resuelto por los franciscanos, que inculcaron la caridad o compasión (esta orden era más de corte budista) hacia sus semejantes; que era a la postre, lo que Cristo repitió hasta la saciedad antes de que le dieran el pasaporte. Según el precepto propugnado por estos, con el amor y no con el odio, podían atenuarse las desigualdades sociales, y ellos, los franciscanos, son los que llegan a proponer al papado, la integración de la mujer en igualdad de condiciones en todo el espectro de la estructura monolítica de la Iglesia de Roma. ¿Resultado? Ni caso.

Tras esta “chapa” preliminar, vamos a ver que pasó en Palencia en la Baja Edad Media y que ocurrió con las mujeres que por su fortaleza y heroicidad, pasarían a la historia por derecho propio.

Si hoy existe Palencia, es porque hace aproximadamente 700 años, unas mujeres con una determinación a prueba de bombas, defendieron esta hermosa ciudad en condiciones de inferioridad manifiestas contra un adversario inmensamente superior. En el año 1385, los ejércitos castellanos, muy acostumbrados a la guerra y con un currículo impresionante de victorias entre las que destacaba su afición por aporrear a los moritos allá por los pagos de Sierra Morena, y a los ingleses a domicilio infligiéndoles onerosas derrotas que los sibilinos y mendaces vecinitos del norte ocultan en su muy manipulada historia; sufrieron una estrepitosa derrota tras una pésima planificación y una autosuficiencia más que arrogante. Una derrota sin paliativos ante nuestros hermanos portugueses en un lugar de infausta memoria llamado Aljubarrota, victoria que dio alas a los lusos, convencidos de que en el envite les iba la vida como reino y nación, de tal manera que lucharon como nunca y les arrearon a los susodichos unas docenas de collejas bien localizadas.

En 1385 los ejércitos castellanos sufrieron una estrepitosa derrota tras una pésima planificación y una autosuficiencia más que arrogante

Como ya hemos explicado en otros artículos, el guerracivilismo patrio de parvulario está inserto en nuestro ADN Hispánico. En la época de Quinto Sertorio contra Pompeyo Magno, ya nos metíamos el dedo en el ojo como parte de nuestro deporte nacional por excelencia; esto es, tocarnos las partes pudendas así como quien no quiere la cosa.

En el momento de los sucesos de Aljubarrota (que Camoes en Os Lusiadas, describe magistralmente), Castilla estaba metida hasta el cuello en una lucha sucesoria fratricida en la que los portugueses nos podían haber absorbido con fundadas razones para crear una Unión Ibérica mucho antes de que lo hiciera Felipe II. El llamado Pedro el Cruel (según otros, el Justo) estaba a la greña con Enrique de Trastámara, y miles de mercenarios por uno y otro bando, pululaban por Castilla como Pedro por su casa. Por otra parte, la antigua Europa, estaba enredada en la guerra de los Cien Años. Lo que ocurría en la cada vez más codiciada Castilla – un reino potente y en plena expansión territorial – , rebasaba a las intrincadas telenovelas colombianas o mexicanas y hacía de la saga de Juego de Tronos, un cuento moralizante para inocentes infantes de kindergarten. Aquí, nos arreábamos de lo lindo, nada de zarandajas ni bailes de salón.

El Duque de Lancaster y Juan de Avis (el rey de Portugal), se habían instalado en Orense tras desembarcar los ingleses en Galicia, haciéndola capital provisional de sus ambiciones futuras. El tema para los castellanos se estaba poniendo más que feo, pero no hay nada peor que una fiera herida. El Duque de Lancaster en un acto de valentía de cara a la galería, se quiso poner un par de medallas y con Palencia ya a la vista, se las prometía felices.

Las campanas de la Torre de San Miguel suenan a rebato ante aquel bosque de lanzas invasoras. Palencia está desnuda, solo hay niños y ancianos… y miles de mujeres claro. Aljubarrota había dejado en cuadro al ejército castellano.

Aquella milicia de faldas se apresta para defender las murallas mientras los ingleses intentan escalarlas

Sobre la puerta del puente principal que cruza el Carrión, una bandera carmesí flamea desafiante a aquella horda de saqueadores, antiquísima profesión en la que los hombres de Inglaterra están altamente especializados. La alcaldesa en funciones de la ciudad, en un tono vibrante, arenga a aquellas mujeres congregadas que saben que la inteligencia es superior a la fuerza y que debidamente protegida la ciudad en sus puntos más vulnerables, sobrevivirá. Aquella milicia de faldas se apresta para defender las murallas y mientras los ingleses intentan escalarlas, ellas con certeros impactos de flechas de ballestas, aceite y agua hirviendo, excrementos de todo tipo, piedras del adoquinado, pértigas para empujar las escalas, espadas para cercenar cuellos; entran en acción poniendo en fuga a la primera oleada de asalto de los sajones.

Un explorador inglés camuflado entre la foresta avista al ejército castellano de Juan I acercándose a marchas forzadas hacia la ciudad para socorrer a las mujeres sitiadas. El Duque de Lancaster, sin condumio, con una logística que brillaba por su ausencia, un aristócrata que casi toda la gloria en tierras desconocidas y que además carecía de guías, estaba emparedado entre dos fuerzas y con grave riesgo de ser volatilizado por aquella horda de campesinos armados hasta los dientes. Con el ejército castellano ya a la vista, decidieron darse a la fuga y el felón inglés, dejaría tirado al rey de Portugal, y sus ambiciones, convertidas en frustraciones.

Las mujeres palentinas supieron en todo momento lo que les aguardaba y su valor en la defensa de la ciudad supera con creces otras victorias más sonadas

Tras unos apaños diplomáticos y unos arreglos matrimoniales – muy del estilo de la época – , el sentido común se impuso y el rey otorgó a las mujeres de Palencia sin excepción, abuelas y monjas, madres e hijas y su descendencia “el Derecho de Toca”, derecho que les permitía convertirse en caballeros a todo el colectivo femenino que había defendido la ciudad y con el aliciente de no tener que inclinarse ni descubrirse ante el rey.

Las mujeres palentinas supieron en todo momento lo que les aguardaba y su valor en la defensa de la ciudad, supera con creces otras victorias más sonadas; pero la historia en su versión más mezquina las apartó de una gloria merecida; cientos de viudas serían amparadas y los huérfanos criados por las supervivientes como si de hijos propios se trataran. El rey castellano supo ser generoso y aligerar sus arcas para crear una pujante economía local que permitiera la supervivencia de aquellas bravas criaturas y las compensara tras aquella gloriosa tragedia.

Palencia y sus mujeres.

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