LA FANTASÍA DE LA AUTENTICIDAD

9 hombres cuentan por qué recurren a la prostitución (y prefieren la callejera)

En un trabajo publicado en la revista 'Sexualities', diversos varones muestran la importancia que tiene a la hora de recurrir a una prostituta que resulte espontánea y natural

Foto: Una prostituta del este de Europa. (iStock)
Una prostituta del este de Europa. (iStock)

En la ciudad australiana del estado de Victoria, Melbourne, viven casi cinco millones de personas. Entre 200 y 500 de ellas (mujeres, hombres y trans) recorren cada noche el barrio de Santa Kilda, un mercado callejero del sexo que se ha convertido en el gran punto de encuentro en la región. No es fácil. En los últimos años, varias mujeres han asesinadas y otras han recibido palizas con bates de béisbol. Es el “entorno laboral más peligroso de Australia”, como lo describía un medio local.

A unos kilómetros de Santa Kilda, otro nuevo mercado del sexo ha surgido. Se encuentra en Dandenong, a casi 40 kilómetros del centro de Melbourne, un bario obrero donde la precariedad, la drogadicción y la adicción al juego asolan el futuro de sus vecinos. Esto, que podría parecer un elemento disuasorio, ha provocado que muchos hombres en busca de sexo acudan a Dandenong en lugar del abarrotado y peligroso Santa Kilda. Alrededor de una cabina de teléfono situada en la calle que separa la zona de negocios de la de apartamentos, un puñado de mujeres se pasean en busca de clientes. “Es que es barato, aquí puedes conseguir lo que quieras por sesenta o setenta dólares”, comenta un tal Carlos. “A Santa Kilda no voy, un colega fue allí y me dijo que le pidieron 120 pavos por lo básico”.

Los hombres prefieren acudir a las prostitutas callejeras porque les permite tener la fantasía de que es una relación espontánea y no comercial

Estas declaraciones están extraídas de un trabajo de Ben Durant y Jen Couch, de la Universidad Católica de Australia, publicado en 'Sexualities', que por una vez ha dejado de preguntarse por qué ellas se prostituyen para averiguar por qué ellos pagan por sexo. Y, sobre todo, por qué se decantan por la prostitución callejera en un “mercado emergente” y no por otras alternativas como los burdeles, ya que al haber un menor número de trabajadoras, deben pasar más tiempo en la zona y, por lo tanto, tienen más probabilidades de ser descubiertos o detenidos (los clientes son perseguidos en Australia). ¿La respuesta? Que lo hacían, ante todo, por autenticidad.

“Esas chicas son diferentes, son bellezas naturales”, explica Shadid. “Las chicas de los burdeles llevan el pelo y el maquillaje como si tuviesen que ir a algún sitio especial, pero ellas son así. No necesitas hacer todo eso para estar guapa”. Lo que queda implícito en las palabras de los entrevistados es que, en realidad, prefieren coger el coche y dar una vuelta por la calle Curtis porque es lo más parecido que pueden encontrar a hacer el amor sin que haya una transacción comercial de por medio. Es decir, algo semejante a conocer a una chica, ligar con ella, y acostarse juntos.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

“Por eso voy a Curtis, porque es más natural”, explica Shane. “No es como si estuviese ligando en un garito por la noche, porque al fin y al cabo les pagas. Pero, no sé, es más natural. Conduces por ahí hasta que encuentras una chica que te gusta y te pones a hablar con ella”. En ese sentido, resulta clave no solo la apariencia de la prostituta que, aparentemente, es más natural que las de los burdeles, sino también que el encuentro se lleve a cabo en un entorno público, lo que genera la (falsa) sensación de estar viviendo una relación sexual “no comercial”.

“Para la mayoría de ellos, parecía que las prostitutas de Curtis Street compartían al menos un pequeño parecido con las mujeres que perciben como potenciales parejas sexuales en otros contexto”, recuerdan los autores. Estos han conseguido el siempre complicado acceso a nueve clientes gracias a una peculiar estrategia: las prostitutas de Dandenong han sido su puerta de acceso, al preguntar a aquellos que habían recurrido a sus servicios sexuales si estarían dispuestos a responder a un puñado de preguntas, todo por el bien de la ciencia.

Objetivo: que la prostituta sea tu novia

La mayoría de testimonios señalan en una misma dirección: los clientes de prostitución hacen todo lo posible para conseguir que esta deje de serlo (o por lo menos, de parecerlo) y, por lo tanto, pase de ser una transacción comercial a una relación quizá no amorosa, pero sí cercana a la amistad o el noviazgo. Aunque con frecuencia sea a través del chantaje: “Haces unas semanas Sally me llamó porque necesitaba 50 pavos”, explica Carlos. “Me decía que no tenía dinero, así que le respondí que si no me lo iba a devolver, por lo mejor debía hacerme un trabajito”.

No es que seamos pareja, no lo aguantaría, pero me gusta sacarla a pasear o comprarle cosas que quiere de vez en cuando

Para muchos hombres es relativamente sencillo –y cómodo– pasar a convertirse en proveedores materiales de estas prostitutas, que en un alto grado se ven obligadas a hacerlo por una adicción a las drogas que les exigía gastar una gran cantidad diaria. Reg, por ejemplo, presume de su supuesta generosidad al confesar que presta dinero por pena a las prostitutas que conoce. “Cuando no me lo devuelven, si no les digo algo en plan 'me lo voy tener que cobrar de otra forma' se van a pensar que soy un pardillo al que pueden estafar cuando tienen el mono”, añade. “No soy un pardillo, y menos con tías como esas”. Otro, llamado Louis, alardea de haber conseguido sexo oral a cambio de 20 dólares para que una prostituta comprase marihuana.

Sigue siendo prostitución, pero al romper el esquema habitual, en la cabeza de los clientes, no lo parece. En esa búsqueda de la autenticidad que define el consumo moderno, es importante proporcionar una apariencia de naturalidad. “No me gustan los burdeles, es todo falso”, confiesa Ephran. “Cuando estás en uno, comienzan a pensar que son la leche y empiezan a fingir, pero aquí no, puedes hablar con ellas de toda clase de mierdas. Las otras no, lo único que quieren es terminar para poder volver a sentar el culo”. Hay quien incluso compara los burdeles con una hamburguesería McDonald's: “Te dan este menú con todos los servicios y te llevan a una habitación a hacerte pruebas”, cuenta Shane. “Es como si tuvieses que ir al médico cada vez que quisieras follar”.

Los autores muestran cómo esta distinción entre un espacio “natural” y espontáneo, público y callejero, donde habitan las chicas del mundo real, y otro ficticio, estandarizado e industrializado, donde se lleva a cabo una representación teatral, es reveladora de los verdaderos deseos de los clientes de prostitución. Al menos, de aquellos que pretenden que su experiencia con una prostituta sea semejante a tener pareja. “No es que seamos ovios ni nada parecido”, concluye Costa. “Ni de coña, no aguantaría que se follase a todos esos tíos. Pero me gusta sacarla a cenar a veces, o en ocasiones le compro algo que quiere”.

Los tres tipos de clientes de prostitución

Durante mucho tiempo, la literatura científica sobre los clientes de prostitución se limitaba a recordar que su motivación era encontrar relaciones sexuales que no podían conseguir de otra manera. A lo largo de los años, los enfoques cambiaron para reflejar la variedad de motivaciones que mueven a estos hombres, y donde también entran en juego sus fantasías de poder o sus necesidades románticas. En 1993, la profesora holandesa Ine Vanwesenbeeck estableció una pequeña tipología sobre los clientes de la prostitución a través de diversos rasgos. En particular, sobre la utilización (o no) de preservativos durante el acto sexual con prostitutas, uno de los rasgos definitorios.

La mayoría de los que no lo hacían eran los “misóginos”, para los cuales utilizar los servicios de una prostituta no solo les permitía satisfacer sus deseos sexuales, sino dominar a una mujer en un contexto de amo y esclava, lo que ponía a estas en posición vulnerable. Se definían por su propensión a la violencia y a no utilizar preservativo como una forma de imponer su voluntad a la trabajadora. Por el contrario, los de la clase “negocios” aceptaban la naturaleza económica de la situación; por último, los “romántico-amistosos” perseguían en su utilización de los servicios de las prostitutas el deseo de formar una relación más allá de lo comercial, algo que terminaba resultando un problema para ellas, atrapadas entre un trabajo peligroso por definición y clientes que pretendían romper continuamente las reglas del juego.

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