LA ERA DE LOS ESPOSOS TEMPORALES

Casarse tres veces es mejor que una: la vieja teoría del matrimonio que vuelve con fuerza

Cada vez son más los jóvenes que defienden que el enlace conyugal sea un contrato renovable, pero no es nada nuevo: Margaret Mead ya habló de los tres matrimonios

Foto: Uno, dos, tres. (iStock)
Uno, dos, tres. (iStock)

“Hasta que la muerte os separe” ha sido, durante siglos, la duración obligada de todo matrimonio legal a ojos del altísimo. El resto de la fórmula –“en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza”– daba una buena pista pista sobre por qué era tan importante para los mortales que viven en el mundo material que la relación no tuviese caducidad. Se trataba de una institución social que garantizaba que los dos miembros al menos se tendrían el uno al otro en la vejez. La liberación sexual, no obstante, aportó otra fórmula alternativa: “La primera relación es para el sexo, la segunda para los niños y la tercera para hacerse compañía”.

Fue la antropóloga Margaret Mead quien pronunció dicha fase. La autora de 'Sexo y temperamento' fue la principal teórica de una nueva manera de entender las relaciones que ha resurgido con fuerza en los últimos años entre los nacidos a partir de los años 80. Lo que Mead defendía era una suerte de “monogamia en serie” que tuviese en cuenta que, a medida que el tiempo avanzaba, nosotros cambiábamos y con ello, nuestras prioridades vitales. El matrimonio tradicional obligaba a condensar los tres objetivos (sexo, pero también exploración y pasión; niños, pero también responsabilidad y herencia; compañía, pero también supervivencia) en una única persona, que debía evolucionar tal y como nosotros queríamos.

La precariedad laboral tiene su reflejo en la precariedad marital: dos años es el tiempo máximo que uno puede encadenar contratos temporales

Durante los últimos tiempos se ha utilizado el término “matrimonio beta” para definir esta nueva manera de entender las relaciones personales como algo temporal, negociable y con un bajo nivel de compromiso. Fue acuñado a partir de una pequeña encuesta que un artículo en 'Time' utilizó como reflejo fiel de dicha tendencia, pero basta con echar un vistazo a los datos para comprobar que, en realidad, esta clase de relaciones ya están aquí, solo que de forma implícita. Como ocurre con la 'gig economy', aún no hemos adaptado nuestra legislación (o costumbres) a ello, pero en España, por ejemplo, casi un 7% de las parejas se divorcia con dos años o menos de matrimonio.

Ese es el tiempo que, según los defensores de esta clase de enlace, debería durar el contrato de convivencia en una pareja. Una vez terminado ese período, estos deberían decidir libremente si desean seguir adelante o no. Otros modelos alternativos propuestos eran el de la legislatura a la americana (la relación dura cuatro años con opción a otros cuatro, pero no puede presentarse a una nueva reelección pasado o ese tiempo) o el de un contrato de alquiler. A simple apariencia, puede parecer una manifestación más de la frivolidad de nuestra época, pero en realidad dice mucho de la época que nos ha tocado vivir.

Las tres edades del hombre

Es una casualidad significativa que dos años sean precisamente el tiempo que se pueden encadenar contratos temporales en una empresa antes de firmar uno indefinido (o salir por la puerta de atrás). De esa forma, la precariedad laboral tiene su reflejo en la precariedad marital: si antes los contratos duraban toda la vida, parecía razonable que el matrimonio también pudiese hacerlo. Si ya no es así, y debemos cambiar de vida laboral continuamente, también deberemos modificar la amorosa para adaptarla a ella. Una muestra de que vivimos en una sociedad donde las relaciones laborales determinan el resto de aspectos de nuestra vida.

Siempre habrá otra oportunidad. (iStock)
Siempre habrá otra oportunidad. (iStock)

Hay otra respuesta de Margaret Mead que sirve para entender esta nueva fórmula. En una entrevista le preguntaron por qué habían fracasado sus tres matrimonios. La respuesta fue contundente: “No fracasaron”. Con ello, recordaba que el criterio principal que utilizamos para medir el éxito o el fracaso de una relación de pareja es su longevidad. La calidad generalmente da igual, siempre y cuando sea la muerte lo que separe a la pareja. Como bromea la escritoria Vickie Larson, autora de 'El nuevo 'sí, quiero'', “en otras palabras, si alguien muere, ¡has ganado!” Lo que Mead sugería es que un matrimonio temporal puede ser exitoso si cumplía las expectativas planteadas aunque termine más pronto que tarde.

Estos tres matrimonios son un reflejo de esas tres edades del hombre que tienen su representación en todas las culturas del mundo, y que metafóricamente se han relacionado con el amanecer, el día y el atardecer. Pero también hay factores propiamente sociales que defienden la necesidad de esta clase de divisiones: Mead apuntaba que el primer matrimonio era un compromiso individual ente dos personas cuyos medios materiales eran limitados, y que o bien podía disolverse en cualquier momento o transformarse en un compromiso parental cuando las condiciones materiales lo permitían. En momentos de crisis o precariedad, es natural que muchas parejas se queden atrapadas en un ciclo interminable de esos primeros matrimonios sin la posibilidad de avanzar al segundo.

Quizá las relaciones de pareja tenían una fecha de caducidad de cinco años, el tiempo que se tarda en criar a un niño

La disolución del segundo matrimonio es relativamente habitual en nuestras culturas. Mead marcaba la frontera en el momento en el que los hijos se independizaban del hogar y, síndrome del nido vacío mediante, se podía buscar una nueva pareja para lo que restaba del viaje. Como explicaba la especialista en relaciones Helen Fisher tras analizar los datos en países de todo el mundo, el número de divorcios alcanza su pico cuatro años después de la boda, especialmente entre aquellos que estaban a punto de cumplir los 30. Cuantos más hijos tiene una pareja, menos probable es que terminase separándose.

Ello le llevaba a argumentar que quizá las relaciones de pareja tenían (evolutivamente) una fecha de caducidad grabada: los cinco años que se tarda en que un niño tenga independencia, y que pueden prolongarse en caso de que llegue otro retoño a la familia. En nuestro país, no obstante, es menos frecuente –la mayoría de parejas que se separan lo suelen hacer mientras sus hijos son menores de edad o aún son dependientes económicamente–, lo que quizá muestre que a medida que pasan los años y más hay en juego, más complicada es la experimentación amorosa.

Un contrato para toda la vida

El matrimonio tradicional era el reflejo de las relaciones que se mantuvieron entre el género masculino y el femenino durante siglos. Para empezar, “hasta que la muerte nos separe” no solía significar pasar juntos 50 años o más como puede ocurrir ahora, sino, en la mayoría de casos, apenas unas décadas: a principios del siglo XIX, la esperanza de vida se encontraba entre los 30 y los 40 años. Además, a menudo era un pacto táctico entre los dos miembros de la pareja en un momento en el que la independencia económica de la mujer era prácticamente nula. Como argumentó el Nobel en economía Gary Becker, la gente optaba por casarse básicamente cuando resultaba más útil que seguir soltero.

Margaret Mead y sus tres matrimonios exitosos. (Foto: Smithsonian)
Margaret Mead y sus tres matrimonios exitosos. (Foto: Smithsonian)

La llegada al mundo laboral de la mujer y la equiparación de sueldos contribuye a una mayor independencia de ambos miembros de la pareja, por lo que la necesidad de mantenerse juntos “en la pobreza y en la riqueza” es menor. Ello ha conferido una mayor libertad para abandonar la relación cuando se desee, aunque otros factores como la larga duración de las hipotecas o el aumento del precio de la vivienda juegue en su contra. Lo material es clave ante todo en el segundo matrimonio, que es en el que se ha de soportar la carga económica de traer un nuevo niño al mundo.

La idea de mantener diversas relaciones a lo largo de la vida de manera voluntaria, y sin considerarlo un fracaso, es una idea más o menos común a lo largo del siglo XX, desde Bertrand Russell hasta Edith Lees, la esposa homosexual del sexólogo Havelock Ellis. Es una revisión progresista surgida como reacción a las restricciones de la era victoriana, en la que las uniones eran de entrada temporales y podían mantener diversos niveles de compromiso. Como recuerda Larson en un artículo publicado en 'Aeon', el declive del matrimonio como institución podía paliarse a través de un replanteamiento del mismo, en el que los términos de dicho contrato (fidelidad, duración, expectativas) no estuviesen impuestos desde fuera sino por los propios miembros de la pareja.

Alma, Corazón, Vida

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