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¿Quién quiere casarse con mi madre?
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HIJOS Y PROGENITORAS CONFUNDEN ROLES

¿Quién quiere casarse con mi madre?

Los formatos televisivos han convertido en espectáculo público una realidad de presencia silenciosa en la intimidad de muchos hogares: la patológica simbiosis entre madres e hijos

Foto: ¿Quién quiere casarse con mi madre?
¿Quién quiere casarse con mi madre?

Los formatos televisivos han convertido en espectáculo público una realidad de presencia silenciosa en la intimidad de muchos hogares: la patológica simbiosis entre madres e hijos en pos de lo que puede entenderse como un objetivo psicológico bien poco saludable, esto es, encontrarle una pareja al hijo y que ésta satisfaga antes que a nadie a la matriarca.

La dificultad para abandonar el domicilio y hacerse económicamente independientes convierte a muchos hijos ya talludos, en especial entre los vástagos varones, en surrogados amantes platónicos de sus respectivas madres. El padre asiste así, en ocasiones, a un fenómeno que puede venir coleando desde el nacimiento mismo y por el que paulatinamente se ve desplazado por el varoncito recién llegado, acabando hecho un espectador más o menos indignado de un vínculo que se le muestra tan empobrecedor para los tres vértices del triángulo como irrompible.

Aumento de la angustia de separación

Cuando esta razón, sumada a otras o no, produce la separación de los padres, lo habitual es que la madre responda con un estrechamiento aún mayor de la relación con el hijo. La diada madre-niño que normalmente debe relajarse hasta romperse en la adolescencia o primera adultez, puede ahogar y complicar los sentimientos de madre e hijo hasta hacer casi imposible su aceptación de “nuevos” terceros en su ecuación. Se preserva así el cordón umbilical como un atributo más de sus anatomías y de su relación, que al no cortarse en tiempo y modo adecuado termina por gangrenarse y convertirse en una atadura tóxica para ambos.

Diversas patobiografías de genocidas o que la psiquiatría forense de los asesinos múltiples registra, reproducen consistentemente el antecedente de los problemas de “vinculación” (por exceso o defecto) entre el personaje en cuestión y su madre. Si estos complejos pueden o no explicar por sí mismos los actos sádicos de dichos sujetos es materia discutible, pero la presencia de Agripinas o de Klaras Hitler en cualquier esbozo de relación con otras mujeres y con el mundo, han convertido este factor en un recurso común de la historiografía.

En el terreno de lo cotidiano, lo que desvela la utilización de servicios de salud mental es que existe un aumento preocupante de las angustias de separación entre madres e hijos adultos, sin parangón en términos numéricos en décadas previas. Modificada por la recesión y el paro juvenil, la depresión subsiguiente al síndrome del “nido vacío” se ha  ido sustituyendo por  quejas de “abandono” ante el mínimo intento de emancipación del joven, lo que a la postre contribuye a generar individuos resentidos, en ocasiones violentos, cuyas alas se han atrofiado en el confort del hogar, así como madres sufridoras que de tanto en tanto manipulan su sufrimiento y que toman antidepresivos porque sus hijos no las llaman.

Atribuir el rol equivocado

Las consecuencias externas no se reducen al efecto de las inmadureces de los hijos sobre los intentos de pareja que estos emprenden, y que acaban chocando con la realidad de que no encuentren con facilidad la mujer complaciente que ría todas sus gracias y desgracias. El carácter tiránico de algunos jóvenes adultos con sus propias madres y sus ulteriores parejas, no pocas veces, es la consecuencia de una crianza que no contempló la imposición de los límites imprescindibles y potenció la sobreimplicación emocional con el niño, atribuyendo al hijo el rol equivocado de pareja.

En otros términos, las posibilidades de que un sujeto se convierta en adulto maduro, responsable de sus acciones y capaz de amar y cuidar, se cimenta más en los excesos y daños que no debería experimentar que en el asfixiante celo y los obsesivos cuidados contra las dificultades. Se trata de que los niños no sean sobreprotegidos, de no resultar universalmente eximidos de las malas acciones y de que el infante sea estimulado para tomar decisiones y adherirse a las mismas, sin permitir la injerencia de otros.

Javier Sánchez García*. Médico psiquiatra y sexólogo. Salud y Bienestar Sangrial

Los formatos televisivos han convertido en espectáculo público una realidad de presencia silenciosa en la intimidad de muchos hogares: la patológica simbiosis entre madres e hijos en pos de lo que puede entenderse como un objetivo psicológico bien poco saludable, esto es, encontrarle una pareja al hijo y que ésta satisfaga antes que a nadie a la matriarca.