una de las mentes más preclaras deL PAÍS

España no se acuerda de los suyos: el gran Torres Quevedo, olvidado

Cabalgó entre la confusión sempiterna de una España que quería desbrozar el futuro y otra que se apoltronaba en hábitos y costumbres que actuaban como frenos

Foto:  Un hombre para la historia.
Un hombre para la historia.

"Los límites de lo posible solo se pueden definir yendo más allá de ellos en lo imposible".

–Arthur C. Clarke

En aquel tiempo, España era una tierra yerma de esperanza, castigada por las tremendas secuelas de las Guerras Carlistas, con fantasmas endémicos y atrabiliarios rondando el centro y las periferias, y todavía no había llegado lo peor. El atraso en muchos campos maldecía a un país en decadencia, antaño inmensamente poderoso; la moral, entendida como motor de creación y catapulta sicológica, no era precisamente una fortaleza que caracterizara el perfil social de la nación, ya que esta flaqueaba y su autoestima no era el paritorio ideal de la pléyade para los genios que surgirían en esos años. Pero las cosas ocurrían más allá de las trabas y obstáculos.

El aroma del ingenio se cuela por las rendijas más extrañas.

Sus portentosas credenciales y su apellido hacían de él candidato a heredero de otro gran renacentista

En aquel marasmo, en un ecosistema de improbables donde las estadísticas del éxito no anidan por falta de oxigenació,; Leonardo Torres Quevedo, un ser superior, inusual, de un ingenio natural y radicalmente talentoso, había amanecido en una tierra mítica cuando la historia era muy antigua otro mito sobrenatural. Esto sucedía en la Cantabria de aquellos cántabros que tanta leña dieron a los cultos romanos.

Sus portentosas credenciales hacían de él honor a su nombre, tal vez, un heredero de otro gran renacentista o la encarnación misma de un genio que hubiera atravesado la sustancia del tiempo proyectando en aquel gigante todas sus esencias.

Abonada para la amnesia

Pero España es la madre de la desmemoria y de muchos huérfanos de prestigioso andar. Tierra abonada para la amnesia de sus héroes y sabios, da la impresión también de ser el etéreo sudario donde se reexpiden sin muchos miramientos hacia la eternidad a los que le dan presencia y prestigio. Solo el triunfo en tierras lejanas nos recuerda a aquellos que se fueron al no encontrar eco patrio, pero cuando ya es tarde o su voz se ha apagado. Lo habitual es que el lacerante látigo de la distorsión de la historia, aunque no acabe con la implicación emocional y vinculante de nuestros hombres y mujeres más avanzados, sí al menos los deje tocados. La decepción ante la falta de vinculación emocional de cualquier madre –o padre– suele dejar impresas invisibles cicatrices de difícil olvido.

En la encrucijada de los siglos XIX y XX, la doctrina del progreso se agigantaba con nombres como Isaac Peral, Narciso Monturiol, De la Cierva y una orla de grandes de largo recitar. Eso aquí, en el solar patrio. Fuera, Marconi, Edison, los Curie, los Wright, hacían de la suyas. Era la decantación natural de las dos revoluciones industriales inglesas precedidas quizás por la más importante, la agrícola, que expulsó del mapa del hambre a la Inglaterra rural y dio un paso gigantesco hacia la modernidad.

Brilló fuera de nuestras fronteras

Torres Quevedo cabalgó entre la confusión sempiterna de una España que quería desbrozar el futuro y otra que se apoltronaba en hábitos y costumbres que actuaban como frenos ante las necesarias reformas de todo tipo que requería la nación para dar ese salto cualitativo hacia la modernidad.

El inmenso talento de Torres Quevedo avasallaba en el extranjero: aquí el conocimiento de su existencia como inventor no pasaba de lo anecdótico

Su adolescencia en Bilbao y la muerte de las protectoras hermanas Barrenechea, con la generosa donación de una importantísima herencia, le permitieron soñar y hacer volar estos sueños. Asimismo, el estado español, en un ataque de lucidez y viendo la enorme proyección y reputación alcanzadas en tierras lejanas, le financió un laboratorio de investigación “comme il faut”, lo que le dio combustible en un loable impulso meritorio por parte de las autoridades del momento, que estuvieron al quite.

Quizás el inmenso talento de Torres Quevedo avasallaba en el extranjero porque aquí, el conocimiento de su existencia como inventor no pasaba de lo anecdótico; pero tras asombrar a los ingenieros franceses de Astra con sus innovadores dirigibles usados profusamente en el frente en la I Guerra Mundial; un verano del año 1916 hacia lo mismo con los canadienses y los norteamericanos. El Spanish Aerocar cruzaba elegantemente las dos márgenes del rio Niágara impresionando a un público entregado en ovación cerrada. Pero la cosa no se quedaba ahí.

Ingeniero de caminos

Puestos a enredar, inventó el primer prototipo de ordenador con poleas, conmutadores y electroimanes, una primigenia calculadora con capacidad autónoma. Es muy probable que con este invento por sí solo – el aritmómetro-, levantara el futuro de la computación. Patentó un detonador por control remoto -era ingeniero de caminos- muy parecido a un mando a distancia, el famoso telekino, también y probablemente, precursor de todos los mandos a distancia de los actuales televisores.

Mientras, en París, su famoso ajedrecista jugaba finales de torre y rey contra rey; algo que hoy a cualquier profesional del ajedrez le parecería una fruslería.

Uno de los inventos de Torres Quevedo.
Uno de los inventos de Torres Quevedo.

No solo La Sorbona lo nombró Doctor Honoris Causa en 1922. Cinco años después, en 1927 consiguió ni más ni menos, con 34 votos frente a los cuatro de Ernest Rutherford, Premio Nobel de Química en 1908, o los dos votos otorgados a Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina en 1906, su ingreso en la Academia de Ciencias de París.

Su máquina de escribir Torres competía con la famosa Adler en igualdad de condiciones y con precios mucho más competitivos. El puntero telescópico proyectable o el atrevido proyector didáctico para presentaciones en convenciones de médicos o en universidades fueron su canto del cisne. Seis meses después del trágico golpe de estado, durante una copiosa nevada, un 18 de diciembre de 1936, cuando España se desangraba de nuevo, una de las mentes más preclaras de nuestro país alzaba vuelo hacia el Reino Lejano.

Alma, Corazón, Vida

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