El timo del 'brain training' y de los métodos para ser más listo: qué funciona y qué no
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El timo del 'brain training' y de los métodos para ser más listo: qué funciona y qué no

Aunque se hayan popularizado desde hace año y formen una potentísima industria, muchos neurólogos y científicos dudan de que realmente marquen la diferencia

Foto: ¿Para qué sirve realmente? (iStock)
¿Para qué sirve realmente? (iStock)

Ahora que se acerca la Navidad, las estanterías de las tiendas se llenarán aún más con productos que prometen al comprador un rápido entrenamiento mental que le permitirá mejorar sus habilidades cognitivas, ejercitar su cerebro y darle un subidón a su coeficiente intelectual. Videojuegos, libros, programas de ordenador, cursillos y, sobre todo, una amplia variedad de 'apps' aseguran al consumidor ser más inteligente, pensar más rápido y congelar el deterioro cognitivo. Es una industria que mueve miles de millones de euros en todo el mundo, apelando a una de las principales ansiedades de la civilización moderna: ser el más listo.

Desde hace años, no obstante, son cada vez más los datos que muestran que si nuestro objetivo es mejorar las habilidades cognitivas, quizá no sea lo más útil. La última muestra es una investigación de investigaciones, es decir, un metaestudio publicado en 'Current Directions in Psychological Science' que revisa lo que sabíamos hasta la fecha y que muestra que los resultados que producen estos programas son “entre pequeños y moderados”. Su experimento se ha centrado en tres ámbitos: el ajedrez, el aprendizaje musical y el entrenamiento de la memoria. Los resultados, en todos los casos, son igual de limitados.

Tocar música o jugar al ajedrez no influye en habilidades cognitivas como la inteligencia fluida, la memoria o la habilidad espacial


“Los maestros del ajedrez y los músicos virtuosos parecen ser, de media, más inteligentes que la población general”, explican los autores del estudio. Por lo tanto, muchas personas creen que si alguien practica este juego o aprende a tocar un instrumento, sus habilidades mentales se verán mejoradas automáticamente. En realidad, como explican sus autores, Giovanni Sala y Fernand Gobet de la Universidad de Liverpool, “tocar música no afecta ni las habilidades cognitivas –inteligencia fluida, memoria, procesamiento fonológico, habilidad espacial y control cognitivo– ni mejora los logros académicos”.

Foto: La mujer con el coeficiente intelectual más alto del planeta. (Reuters)

Algo que también se reproduce en los otros dos campos que fueron analizados en el estudio, el ajedrez y el entrenamiento cognitivo. Más bien, la excepcional capacidad cognitiva de los jugadores de ajedrez se debe a su capacidad para recordar muy bien las jugadas de ajedrez… Y tan solo eso. Como recuerdan los responsables, es posible que practicar una disciplina en concreto sirva para mejorar en ella, pero no para mejorar las capacidades cognitivas innatas. Sin embargo, es posible que estemos confundiendo el huevo con la gallina y la causa con la consecuencia, y que “la gente con mejores habilidades cognitivas tenga una mayor inclinación a participar y sobresalir en ajedrez y música”.

¿Qué está pasando?

Hay varios factores que explican que se siga aplaudiendo los logros de estos métodos tan falibles, incluso desde la “ciencia”. El primero es que la mayoría de campañas publicitarias suelen centrarse, como es de esperar, en aquellas investigaciones que les dan la razón. “Las afirmaciones entusiastas respecto a los efectos de los programas de entrenamiento cognitivo por lo general aparecen tras la publicación de un único experimento con resultados positivos”, señalan los autores. “Pero se presta mucha menos atención cuando los resultados son negativos”.

En un manifiesto, 75 científicos de Stanford negaron que estos juegos permitan reducir el declive cognitivo de forma científicamente probada


Además, los propios experimentos no suelen estar muy bien diseñados. Como aseguraba un estudio publicado el pasado año en 'PNAS', “el rigor de los experimentos de doble ciego randomizados no existe en esta área de investigación”. No solo eso, sino que es un área particularmente propicia a los placebos. “Estos suelen aparecer en cualquier intervención en la que el efecto deseado sea ya conocido por el participante, como ocurre con estos entrenamientos”, recordaban los autores. En definitiva, es posible que las mejoras se deban a otros factores y no a haber estado practicado con un juego durante unas semanas.

La falta de evidencia contra la utilidad de estos programas es tal que el año pasado un grupo de 75 científicos coordinados por la Universidad de Stanford y el Instituto Max Planck publicó una declaración de consenso en la que objetaban “que los juegos de memoria ofrezcan a los consumidores un camino científicamente fundamentado para reducir o revertir el declive cognitivo cuando no hay una suficiente evidencia científica para probar que lo hacen”. El nuevo metaestudio refrenda dicha teoría, al recordar que “el optimismo con los efectos del entrenamiento cognitivo no está justificado”.

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Foto: iStock.

La clave puede encontrarse en los constructos cognitivos latentes, como los denominan los autores; es decir, las variables que influyen en un resultado cognitivo determinado. Lo que ocurre en la mayoría de estos entrenamientos es que se mejora el rendimiento en el área concreta que se practique (sea tocar el violín o hacer sudokus), pero no más. Es algo semejante a lo que ocurre con el entrenamiento de memoria, tan popular entre los regalos para padres o abuelos. Si bien es capaz de mejorar la memoria de trabajo, tan solo lo hacen en este aspecto, y no en otros más o menos relacionados como la inteligencia fluida, el control cognitivo o el rendimiento académico, por lo que sus beneficios son limitados.

El ciclo rentable

El ejemplo más evidente a tal respecto es el caso del célebre estudiante protagonista de un estudio pionero de William G. Chase y K. Anders Ericsson en 1982. Aunque al principio solo era capaz de recordar siete dígitos, después de 11 meses podía memorizar 82 diferentes. Sin embargo, solo era capaz de eso: los efectos no se reproducían cuando tenía que memorizar, por ejemplo, consonantes. Los profesores liverpulianos recuerdan que aquel experimento fue el pistoletazo de salida para una relación de amor entre científicos e industria del entretenimiento en la que ambos se retroalimentaban.

Un único estudio, realizado por investigadores con intereses económicos, no es suficiente para asumir que un juego ha sido examinado rigurosamente


Los primeros se sumaban al 'boom' de los productos ofrecidos por los segundos, y estos se aprovechaban de la justificación “científica” que les proporcionaban, aunque fuese discutible. En muchos casos, como recuerda un reportaje de 'Ars Technica', estos han intentado estirar la cuerda asegurando no solo que nos haremos más inteligentes utilizándolos, sino que también sirven para prevenir o reducir los desórdenes de hiperactividad o recuperarnos de graves infartos cerebrales.

“A medida que los 'baby boomers' entran en sus años dorados con una preocupación cada vez mayor sobre la pérdida potencial de las habilidades cognitivas, los mercados responden con productos que prometen aliviar esas ansiedades sobre su potencial declive”, recuerda la declaración de los científicos de Stanford. Como otras industrias de la “eterna juventud”, aprovecha la ansiedad sobre un problema cada vez más común, debido al progresivo envejecimiento de la población, para ofrecer soluciones rápidas a personas que sienten un gran y comprensible miedo.

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“Los investigadores y el público general deberían ser conscientes de los límites de los beneficios de entrenar el cerebro”, concluyen los autores del metaestudio. Esto no quiere decir que estos métodos sean negativos, claro: como hemos dicho, permiten entrenar una pequeña parte de la memoria (¡o hacernos tocar mejor el violín!), no son contraproducentes y, sobre todo, pueden resultar muy entretenidos. Sin embargo, lo importante es no creer en estos programas como algo milagroso, y desde luego, entender que, como recordaba la dura declaración de los científicos de Stanford, “un único estudio, realizado por investigadores con intereses económicos en el producto, o la cita de un científico, no son suficientes para asumir que un juego ha sido examinado rigurosamente”.

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