ENTREVISTA CON LUKASZ KAMIENSKI

“Tenemos suerte de que Kennedy tomase 'speed' durante la crisis de los misiles ”

Las drogas son una parte imprescindible de toda confrontación bélica, pero apenas han sido estudiadas. En su nuevo libro, el historiador polaco desvela este tabú

Foto: John Fitzgerald Kennedy.
John Fitzgerald Kennedy.

En una de las anécdotas más reveladoras de 'Las drogas en la guerra. Una historia global' (Crítica), el historiador de la Universidad Jaguelónica de Polonia Lukasz Kamienski reproduce una irónica historia contada por el líder checheno Imrán Ahhayev después de su enfrentamiento con el ejército ruso. En un momento de la guerra, sus enemigos le vendieron un vehículo blindado a cambio de dos cajas de vodka y una tregua de una semana, para poder tomarse tranquilamente las botellas. Así, los rusos se convirtieron en uno de los abastecedores de material militar de los chechenos, el mismo que utilizarían para acabar con ellos.

Esta es una de las miles de historias que trufan el libro, que detalla la relación entre drogas y guerra desde la antigüedad a nuestros días deteniéndose en cada una de las aplicaciones de estas sustancias, desde las más duras hasta las más blandas. Es un libro detallado y complejo, en el que se pone de manifiesto el rol que las sustancias tóxicas han jugado en los enfrentamientos bélicos, desde su utilización como medicina para aliviar la fatiga de los soldados como un arma empleada para minar la moral del enemigo desde dentro, pasando por los experimentos que han intentado conseguir supersoldados a partir de una fórmula mágica.

Puedes reducir las inhibiciones a la hora de matar a través de las drogas. Usar depresores y excitantes puede crear mejores soldados


“Conocer la incidencia del uso de estupefacientes por parte de los estados, los ejércitos, los grupos armados no estatales y los combatientes es crucial para el estudio de la historia militar, pues podría cambiar la manera en que analizamos, interpretamos y concebimos la guerra”, recuerda el autor en la introducción de su libro. Nos sumergimos con el historiador polaco en los matices de la contienda dopada aprovechando su reciente visita a Madrid.

PREGUNTA. El término griego “pharmakos” hacía referencia a un chivo expiatorio; en muchos casos, un esclavo. ¿Ha sido la droga utilizada en la guerra como una manera de convertir a ciudadanos en esclavos?

RESPUESTA. Es una pregunta difícil para empezar. Si tomamos por ejemplo el enfoque de Michel Foucault, encajaría por completo. Hay sustancias farmacológicas utilizadas por las autoridades para tener bajo control a nuestros ciudadanos; en este caso, a los soldados, que se convierten en luchadores, de una manera meramente instrumental. En un sentido más amplio, en referencia a su uso hedonista, están los peligros de convertir el uso en un hábito y el hábito en una adicción, por lo que esta lectura literal del término “pharmakos” encaja perfectamente.

P. En su libro se plantea que la guerra no es natural, y que hacen falta determinadas intervenciones para convertir a un hombre en soldado. ¿Ha sido imprescindible la droga en ese contexto?

R. No. Existen muchas maneras de convertir a un hombre en un guerrero. Lo más básico son los sentimientos y las emociones, mostrar al enemigo como un peligro, y aquí es donde entra el proceso de deshumanización, que facilita el proceso de asesinar. Por otro tienes el entrenamiento militar, prácticas que desde el origen no solamente están pensadas para imponer disciplina y una regla férrea a los soldados, sino también para convertirles en guerreros que son como máquinas (aunque quizá esta no sea la mejor palabra). Tienen que comportarse instintivamente sin pensar en las consecuencias éticas de sus actos, porque matar en la guerra no es lo mismo que matar en el mundo civil. Existe todo un cuerpo de temas sociales y culturales. Si miramos la guerra antigua, los soldados que regresaban a casa atravesaban un proceso de catarsis. La sociedad les daba la bienvenida y les decía que apreciaba lo que habían hecho, a pesar de que fuese terrible. Eso hacía haber matado más aceptable, tanto para los soldados como para la sociedad.

El autor, durante su paso por Madrid. (Foto: Héctor G. Barnés)
El autor, durante su paso por Madrid. (Foto: Héctor G. Barnés)

Los antropólogos suelen estar de acuerdo en que matar a otro ser humano no está dentro de nuestra naturaleza, y hay evidencia empírica que lo confirma. Lo exploró David Grossman en su libro 'Sobre matar'. Hay casos como el de la batalla de Gettysburg, donde se encontraron miles de armas cargadas, listas para ser utilizadas, pero que nunca fueron disparadas. El misterio es cómo 20 o 30.000 soldados no lograron disparar. Esto muestra que hay algo que no nos permite matar fácilmente al prójimo. También hay otras motivaciones: puedes reducir las inhibiciones a la hora de matar cambiando la consciencia o aumentando la autoconfianza y la agresividad antes y durante del combate. En otras palabras, usar depresores y excitantes puede crear mejores soldados con un mejor rendimiento. Mi enfoque es este, la guerra puede ser una institución, pero el hombre tiene que ponerse a la altura del proceso de matar.

P. Hay una paradoja en la utilización de las drogas, que suelen prohibirse en el frente interno pero se administran a los soldados durante la guerra. ¿Cómo se resuelve dicha situación?

R. Es un fenómeno moderno, que se remonta a las primeras convenciones antidroga y las leyes dictadas en 1912. Es un período breve. Cuando hablamos de la sociedad moderna, hay ciertas sustancias utilizadas por soldados que incluso después del combate siguen ser ser ilegales. Si una persona normal y corriente puede tener acceso a una droga y suplementar su dieta con esto, ¿qué tiene de malo que hagan lo mismo los soldados?

Dos ejemplos. La cocaína en la primera guerra mundial y las anfetaminas en la segunda. Estas pastillas eran vendidas sin receta hasta 1951, y los inhaladores para calmar la congestión nasal estuvieron disponibles en las farmacias estadounidenses hasta 1965. Hay una fina línea que a menudo no está muy clara: las sociedades británicas y americanas descubrieron que se daba a los soldados anfetaminas que les ayudaban a sobrevivir y a luchar mejor, así que siguieron el ejemplo. Los estudiantes o camioneros la utilizaban para mantenerse despiertos.

El secretismo previene el interés de la opinión pública, pero a veces los ejércitos tienen que reconocer que dan drogas a los soldados

Tu pregunta tiene que ver con la segunda mitad del siglo XX, y aquí la respuesta sería “es mejor no hablar de esto públicamente, hay que mantenerlo en secreto, porque existe un doble rasero”. Y es mucho más fácil, porque los soldados están cada vez más separados de la ciudadanía. El ejército es una profesión separada de la sociedad. El otro problema son las pruebas humanas llevadas a cabo por los ejércitos del Reino Unido, los checos o los soviéticos durante la guerra fría, que tenían que mantenerse en secreto porque la idea era encontrar una sustancia mágica que pudiera proporcionar al ejército ese extra. El secretismo es una forma de prevenir el interés por parte de los medios y la opinión pública.

En 2002, en Kandahar, un piloto que volvía de una misión en Kuwait estaba siendo disparado, y devolvió los disparos antes de recibir confirmación del sistema de que era de verdad un objetivo. El resultado fue cuatro soldados canadienses muertos porque era el ejército canadiense haciendo pruebas. Esto generó mucho interés por parte de los medios: ¡pilotos americanos matando canadienses! El abogado del piloto arguyó que no eran responsables, sino que lo eran las autoridades que autorizaron el uso de dextroanfetamina que habían consumido horas antes. Fue un caso en el que la opinión pública descubrió que el piloto estaba volando bajo los efectos de esta droga, lo que azuzó la protesta canadiense, y las fuerzas aéreas americanas tuvieron que confirmar que estaban autorizando el uso de dextroanfetamina, pero de forma limitada, regulada y como un medio para combatir la fatiga.

Kennedy recurría a menudo a las drogas para paliar sus problemas de salud. (Cordon Press)
Kennedy recurría a menudo a las drogas para paliar sus problemas de salud. (Cordon Press)

Pero esto no importaba, porque la opinión pública entiende que no puedes utilizar la dextroanfetamina para mejorar el rendimiento de los soldados. ¿Alguien puede imaginarse a pilotos agotados después de volar durante horas tomando pastillas de dextroanfetamina y diciendo por megafonía a los pasajeros “hola, estoy consumiendo pastillas para poder traeros de vuelta a casa sanos y salvos”?

P. En el ejército, el consumo de drogas está más o menos regulado, pero en muchas ocasiones, son quienes toman las decisiones quienes están bajo sus efectos. En su libro cita el caso de John Fitzgerald Kennedy, que consumía 'speed' mientras se enfrentaba a la crisis de los misiles de Cuba, uno de los momentos en los que estuvimos al borde de la guerra nuclear. ¿No es un riesgo altísimo imposible de controlar?

R. Puede que tuviéramos suerte de que Kennedy estuviera bajo los efectos del 'speed', porque aclara el pensamiento y tiene un efecto cognitivo enorme. Para sufrir psicosis de anfetamina, necesitarías tomar cantidades ingentes regularmente. Serían dos semanas de sobredosis, sumadas a condiciones especiales como desnutrición, falta de sueño, etc. No diría que existiese una mala percepción. No conocemos la dosis exacta que le dio el conocido como Dr. Feelgood, que era muy indulgente con sus dosis de vitaminas y estimulantes. Era 1962, cuando se recetaba a menudo. Por lo tanto, no resultaba alarmante.

Sin embargo, estoy de acuerdo en que al hablar de la toma de decisiones al más alto nivel, la perspectiva individual tiene que ser tomada en cuenta, como el estado mental, la salud o influencias externas como las drogas. Estoy intentando defender que incluso si somos incapaces de determinar el efecto de las sustancias psicoactivas sobre el resultado final, este tema tiene que formar parte de la discusión. Sabemos que a Winston Churchill también le recetaba regularmente anfetaminas su médico personal, el doctor Moran, por no decir Adolf Hitler, al cual le daba una variedad de drogas diversas su médico, el doctor Morell.

El Eukodal le dio a Hitler euforia. Hace que el mundo parezca un lugar más agradable, aunque se esté desmoronando a tu alrededor


Dados los regímenes antidrogas estrictos de hoy, es poco tranquilizador descubrir que los líderes políticos se están sirviendo libremente de sustancias prohibidas y que podrían hacer que a cualquiera de nosotros nos detuviesen. En teoría, se toman por fines médicos. JFK era una persona muy enferma, por ejemplo.

P. La droga también sirve para aumentar el carisma, aunque no se haya debatido mucho sobre ello. Es el caso de Adolf Hitler, por ejemplo.

R. Hasta hace poco. Está 'El gran delirio' de Norman Ohler, publicado también por Crítica, trata sobre el uso oficial y la política de drogas por los nazis. Las drogas se relacionaban con la decadencia moral, en contraste con la pureza aria, y la propaganda relacionaba el consumo de las drogas con los judíos. Era otra dimensión de su deshumanización. Gran parte del libro trata sobre el uso de drogas por Hitler gracias a los archivos de Morell, que deconstruyó la imagen de Hitler tomando estas sustancias.

Solo encuentra un ejemplo en el que Morell proporcione a Hitler metanfetamina. En julio de 1943 le suministró Eukodal, que es un primo hermano de la heroína, similar a un opiáceo, la misma droga que ha generado una gran epidemia en EEUU. El Eukodal le dio a Hitler una especie de euforia. Hace que el mundo parezca positivo, aunque se esté desmoronando a tu alrededor.

Hitler y Otto Dietrich en 1936. (Cordon Press)
Hitler y Otto Dietrich en 1936. (Cordon Press)

P. Las drogas pueden hacerte ganar una guerra, pero también, perderla, ¿verdad? Por ejemplo, cuenta la anécdota de que Hitler quizá reaccionó tarde el día del desembarco de Normandía porque no podía levantarse por los somníferos que había tomado…

R. Hasta cierto punto sí. Para ser sinceros, hay muchas cosas que no sabemos, porque son temas difíciles de verificar, y para hacerlo necesitaríamos llevar a cabo un experimento científico. Es un tema delicado que abre argumentos y ejemplos para la crítica. No estoy diciendo que fuese así, lo que suelo decir es que podría haber sido así. Si llega a ser el caso, explicaría muchas cosas. Si Hitler estaba tomando pastillas para dormir porque tenía insomnio, se hubiese comportado de forma agresiva con cualquiera que hubiese intentado levantarle. Tenía problemas a la hora de controlar sus emociones, y en lo que se refiere al desembarco de Normandía, cada hora importaba.

El tema de las sustancias tóxicas como arma para minar el rendimiento del enemigo es un capítulo entero de mi libro. Podemos hablar de este enfoque como no ortodoxo o asimétrico. En la época antigua hay relatos de Heródoto sobre vino envenenado o cannabis que se quemaba para crear un humo que inmovilizaba al enemigo. Hay un área enorme de experimentos que se abre después de la segunda guerra mundial, cuando los soviéticos y los americanos prueban sustancias para hacer rendirse a la población enemiga sin lucha alguna. Algunas ideas sobre convertir sustancias tóxicas en armas continúa a día de hoy. El ejemplo más reciente es una patente de este año que convierte el cannabis en arma para controlar a las masas, tanto por la ley como por el ejército. Es solo una patente, pero ya te empieza a dar idea de lo que viene.

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