LO QUE EL CASO VOLKSWAGEN DESVELA

El truco para ganar dinero de las empresas mientras afirman hacer lo contrario

Puede parecer una triste casualidad que una de las compañías con mejor fama en cuanto a responsabilidad social sea una de las más mentirosas, pero no tiene nada de accidental

Foto: Decir una cosa y hacer otra puede resultar muy rentable. (iStock)
Decir una cosa y hacer otra puede resultar muy rentable. (iStock)

El escándalo de las emisiones de Volkswagen ha marcado un antes y después en la historia de las empresas en el siglo XXI, y no solo por las potenciales consecuencias que puede tener para una de las grandes corporaciones automovilísticas del mundo, sino también para la manera en que estas se relacionan con la sociedad. Cuando el 18 de septiembre de 2015 se hizo público que Volkswagen había violado las normas anticontaminación de EEUU, no solo se le acusaba de mentir gravemente, sino que su reputación como una de las empresas más responsables con el medio ambiente se vino abajo en cuestión de segundos.

Si el caso de Volkswagen nos enseña algo, en opinión del profesor de tecnología Carl Rhodes, de la Universidad de Sydney (Australia), es que las políticas de responsabilidad social corporativa no son, en muchos casos, más que un disfraz para esconder el verdadero comportamiento de las multinacionales, muy útil a la hora de esquivar la supervisión gubernamental. Pero también, que en un momento en el que el Estado ha pedido su poder a la hora de regular las acciones de los Gobiernos, aún es posible que la sociedad civil exponga las vergüenzas de las grandes empresas. Es lo que asegura un una nueva investigación publicada en 'Organizational Studies'.

La responsabilidad social de una empresa contribuye a maximizar sus beneficios, algo que el propio Winterkorn admitió en el último informe anual

“El escándalo de Volkswagen muestra cómo las prácticas establecidas de ética corporativa no son una barrera, y de hecho pueden llegar a favorecer una creciente persecución del propio interés a través de conspiraciones bien orquestadas y a larga escala que implican las mentiras, el engaño, el fraude y la ilegalidad”, asegura el autor. Algo aún más llamativo en el caso de Volkswagen que, como su antiguo CEO Martin Winterkorn anunció ufano en los buenos tiempos, tenía el objetivo de convertirse en 2018 en “la automovilística más rentable, fascinante y sostenible del mundo”, y que se había convertido en un ejemplo global de buenas prácticas.

Para qué sirve ser bueno

Lo interesante del artículo de Rhodes es que no interpreta la estafa medioambiental de Volskwagen y su papel como niño bonito de la responsabilidad corporativa como una mera casualidad, sino paradójicamente, como dos cosas íntimamente relacionadas. “Al mismo tiempo que se ha incrementado el dominio global de empresas en el neoliberalismo, se ha producido la ascensión de la ética y responsabilidad corporativa como prácticas organizativas explícitas que se espera que las empresas lleven a cabo”, explica el autor. “Esto incluye, por ejemplo, el desarrollo de códigos éticos, la implementación de programas de responsabilidad social corporativa, auditorías éticas, generosos actos de filantropía y la defensa de la buena gobernanza corporativa”.

Martin Winterkorn durante una conferencia en Stuttgart, el 19 de octubre de 2010. (REUTERS/Alex Domanski)
Martin Winterkorn durante una conferencia en Stuttgart, el 19 de octubre de 2010. (REUTERS/Alex Domanski)

Aunque la mayor parte de estas herramientas son voluntarias, Rhodes recuerda que hoy en día están tan extendidas que se espera que todas las grandes organizaciones las adopten. Y no hay ninguna duda de que Volkswagen lo es: en 2014 se encontraba en el puesto número 14 de las empresas más grandes del mundo y tenía unos beneficios de 269 mil millones de dólares; si fuese un país, su Producto Interior Bruto sería superior al de Finlandia, Chile, Pakistán o Irlanda. El autor recuerda que la responsabilidad social de una empresa contribuye a maximizar sus beneficios y a reforzar las relaciones de mercado, algo que el propio Winterkorn admitió cuando en el informe anual de la compañía admitió que “la sostenibilidad, la protección medioambiental y la responsabilidad social pueden ser poderosos impulsores de valor”.

¿De qué manera? Rhodes recuerda que nunca antes en la historia de la economía liberal (o neoliberal) el Estado y las instituciones públicas habían tenido tan poco poder, y las grandes corporaciones, tanto. Ello no significa que estas últimas puedan hacer lo que quieran y comportarse como organizaciones que actúen en contra de los intereses de los ciudadanos, pues ello resultaría fatal, como ha ocurrido con las ventas de Volkswagen después de que el escándalo saliese a la luz. Por el contrario, su “soberanía corporativa”, el término que Rhodes utiliza para referirse a su creciente poder, les ha llevado a que la ética organizativa pase a ser parte de “un modelo de autorregulación y autoorganización que ha permitido que la gestión defina sus propias responsabilidades”.

La ética corporativa les ha servido para esquivar las demandas de control externo, ya que las empresas aseguran que se pueden regular a sí mismas

Dicho de otra manera, las prácticas de responsabilidad corporativa es lo que les ayuda a hacer explícito su estatus ético… aunque, como ocurra en el caso de Volskwagen, la realidad sea bien distinta: “La ética corporativa les ha servido para esquivar las demandas de control regulatorio externo inculcando un sistema en el que las grandes empresas aseguran que se pueden regular a sí mismas”. En ese caso, el esfuerzo de Volkswagen y otras compañías por promocionar su respeto al medioambiente o su compromiso con las buenas causas habría servido para evitar la supervisión externa que les habría puesto en serios apuros.

Sin embargo, recuerda el autor, la lógica del mercado actual señala que “el principio que guía la gobernanza de las corporaciones es maximizar los beneficios de los accionistas, lo que afecta a cómo organizan su ética”. Esta, por lo tanto, solo resulta útil en caso de que pueda ser rentabilizada y suponga un beneficio para la empresa: “Su voluntarismo es tal que las organizaciones aseguran que preferirán comportarse éticamente sin necesidad de interferencias externas, mientras en la práctica, si la conducta ética se juzga por sus consecuencias, entonces el primer beneficiado es la empresa en sí misma”. El autor recuerda que las constantes apelaciones a la responsabilidad social han permitido “que el capitalismo se desate” al ayudar a legitimar la independencia de las multinacionales de una manera que la simple lógica mercantil no permitiría.

El truco para ganar dinero de las empresas mientras afirman hacer lo contrario

En el caso de Volskwagen, esta empresa “había llevado a cabo grandes esfuerzos para ensalzar sus propias virtudes éticas al mismo tiempo que deliberadamente ocultaba su propia actividad criminal”. Bajo la apariencia de ser una de las empresas más comprometidas del mundo, en su interior “existía una conspiración que servía para incrementar el crecimiento de la corporación y apuntalar su propia soberanía actuando como si estuviese por encima de la ley”.

El propio funcionamiento interno de la empresa muestra cómo era posible que algo así hubiese ocurrido sin que saliese antes a la luz: “Volkswagen era una organización orientada a la productividad y jerárquicamente centralizada donde se esperaba que los empleados hiciesen lo necesario para alcanzar los objetivos de la empresa. Volkswagen ha sido describa como una organización autocrática donde los empleados de todos los niveles debían 'mantener silencio' sobre aquello que no apoyase los imperativos centrales por miedo de ser excluidos del generoso sistema de bonus. Es una organización donde discutir con un superior era visto como algo inadmisible y donde se sabe que el trabajo medioambiental de la compañía evita el debate y la disensión”.

Una nueva ética

Ante dicha situación, Rhodes propone una redefinición de la ética organizacional, partiendo de las ideas del filósofo lituano Emmanuel Lévinas, autor de ''Ética e infinito' o 'De la existencia al existente'. Este ponía de manifiesto que el objetivo de la ética no es llevar a cabo comportamientos racionales que aseguren la rectitud del que las lleva a cabo, sino que debe basarse en la responsabilidad hacia los demás: “La ética no es personal, sobre uno mismo, personal o corporativo, sino sobre el servicio a los demás”. Por ello, no puede tener como objetivo reforzar la propia soberanía, sino dejarla de lado.

Que finalmente haya sido denunciada muestra que las empresas no van a poder definir su moral mientras persigan sus propios intereses a costa de los demás

Pero, señala Rhodes, esta visión implica dejar de “soñar ociosamente con una utopía esponsorizada por el Estado y basada en el mercado y en la que las corporaciones eligen voluntariamente actuar por el interés de la comunidad y de aquellos que hayan sido explotados”, y empezar a recordar el principio liberal (y no neoliberal) por el cual la sociedad se guía por el principio de justicia y la subordinación del interés comercial al de la gente.

El caso de Volkswagen, no obstante, supone una nueva esperanza a la hora de mostrar que la sociedad civil puede hacer frente a los desmanes de las corporaciones multinacionales. La información no había salido a la luz “si no fuese por la participación de ONGs, científicos, legisladores, agencias del gobierno, medios de comunicación y la gente”; no tanto así por el rol del gobierno alemán, ya que “han surgido serias dudas acerca de su deseo de hacerse cargo de una de las compañías más grandes y económicamente importantes del país”. Sin embargo, es un buen primer paso. Como concluye Rhodes, “a pesar de todo lo que ha ocurrido, el hecho de que Volkswagen finalmente haya sido llevada ante la justicia es un signo de esperanza; la esperanza que las poderosas corporaciones no pueden definir su propia moralidad mientras sigan persiguiendo descaradamente sus propios intereses económicos a costa de los demás”.  

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