NO ES LO MISMO OÍR QUE ESCUCHAR

La guía básica para aprender a disfrutar de la música

Aunque disponemos de todos los adelantos tecnológicos posibles, hemos perdido la capacidad de escuchar con atención la música. Con estas normas puedes volver a disfrutar de tus discos preferidos

Foto: No hace falta ser un melómano empedernido para mejorar el disfrute (y entendimiento) de la música que escuchamos.
No hace falta ser un melómano empedernido para mejorar el disfrute (y entendimiento) de la música que escuchamos.

Si las personas que vivían a principios del siglo XX pudiesen ver los adelantos tecnológicos de los que gozamos en cuestión de reproducción musical hoy en día, se quedarían con la boca abierta. A muchas de ellas les parecería un milagro la simple posibilidad de escuchar música en sus hogares apretando un simple botón, no digamos ya la calidad de reproducción de los formatos actuales (incluso un mp3 de 96kbps ofrece una fidelidad muy superior a lo que estaban acostumbrados). Sí, oímos mejor, pero durante todo este tiempo hemos perdido la capacidad de escuchar.

Hoy en día, suena música en todas partes. En el hilo musical de las tiendas, en el coche, en tu casa, en los bares, incluso en tu lugar de trabajo. Ello ha provocado que termine formando parte habitual del panorama sonoro como puede ser el de un ventilador o el ruido de una obra, una presencia más en la que raramente nos detenemos. Gran parte de la producción musical, del muzak a determinada música comercial pasando por las bandas sonoras, tiene precisamente como objetivo no llamar especialmente la atención.

Ya podemos contar con toda la tecnología posible y gastarnos miles de euros en aparatos de reproducción o discos de vinilo, que si no aprendemos a escuchar (de igual forma que aprendemos a leer o a ver una película), nuestra relación con la música no pasará de lo superficial. Ello no pasa necesariamente por sentarnos en un sillón a sumergirnos, con los ojos cerrados, en lo que proviene de nuestros altavoces, o por aprender armonía y solfeo (aunque habrá a quien le ayude), sino de introducir pequeñas costumbres que se enfoquen, ante todo, a alterar nuestra percepción de los sonidos que entran por nuestros pabellones auditivos. Aquí recopilamos algunas de las propuestas de psicólogos y los musiqueros más fieles.

Lee las letras

Cuando somos adolescentes, buscamos las letras de las canciones en otros idiomas de nuestros ídolos. En esa época, la música tiene un fuerte carácter identitario, por lo que entender qué nos dicen es parte esencial del entrenamiento musical. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo y tenemos otras ocupaciones, nos parece algo banal. Para la psicóloga Kimberly Sena Moore, prestar atención a la letra de una canción es parte esencial del disfrute de la música, como explica en Psychology Today. No basta con canturrear el estribillo, sino que es importante leer la letra de las estrofas y detenerse en su significado.

La música a un volumen bajo sirve para ambientar una estancia y no interferir en las conversaciones, pero no sirve para escuchar todos los matices de una composición musical

La razón por la que esto ocurre es porque, como sugirió una investigación publicada en Plos One, el sistema neuronal que se activa cuando nos fijamos en la letra de una canción es distinto al que funciona cuando escuchamos una melodía. Al procesar la letra, se ponen en marcha las mismas zonas del cerebro que sirven para reconocer palabras y procesar imágenes visuales. En definitiva, atender tanto a la melodía como a la letra proporciona una experiencia más completa.

Sube la música

Discos como The Rise and Fall of Ziggy Stardust de David Bowie o la película de Martin Scorsese El ultimo vals, sobre el último concierto de The Band, advierten en su carátula que deben ser reproducidas a un volumen alto. No es baladí: la música a un volumen bajo sirve para ambientar bien una estancia y no interferir en las conversaciones que allí tienen lugar, pero no sirve para escuchar todos los matices de una composición musical. ¿Se imaginan un concierto en la Ópera de París en el que la voz principal fuese menos que un murmullo imperceptible? Por supuesto, no nos debemos pasar: un volumen excesivamente alto puede llegar a distorsionar la música, aunque nunca debemos olvidarnos de los efectos físicos que buscan determinados estilos que recurren a los graves, como el dub o alguna música electrónica, pueden tener en los oyentes, un factor importante en el carácter comunitario de la música.

Baila

La lógica parece dictar que la mejor forma de estar concentrados en la música es estar quietos; a poder ser, a gusto en casa, sentados en el sillón, plenamente relajados. Pero eso no tiene por qué ser verdad; como han puesto de manifiesto investigaciones como la publicada en Acta Psychologica, existe una estrecha relación entre la danza y diversos procesos cognitivos que implican también lo visual. Al fin y al cabo, ¿cuándo vamos a prestar más atención al ritmo de una canción que en el momento en que estamos obligados a mover nuestro cuerpo de forma acorde al mismo para no quedar en ridículo?

Utiliza tu vista

Bob Dylan aseguraba que el hecho de que muchas personas no viajasen en coche, autobús o tren había provocado que se perdiesen grandes compositores. Tan críptica sentencia sugiere que la inspiración puede provenir de los estímulos visuales que recibimos a través de la ventana de un vehículo en marcha. Algo semejante ocurre cuando escuchamos música, cuando podemos poner en marcha nuestra capacidad sinestésica. Cada vez más grupos suelen introducir proyecciones u otras señales visuales en sus conciertos no sólo para romper la monotonía visual del escenario, sino como refuerzo (o contrapunto) a la música que se está interpretando, como ocurre con Portishead en este vídeo:

Come (y bebe)

De igual forma que ocurre con la vista, el gusto y el olfato también pueden completar nuestra experiencia musical. Como recuerdan en un estudio publicado en Chemosensory Perception, el consumo de comida y bebida es una de las experiencias más multisensoriales en las que puede participar el ser humano. Aunque esta investigación se centraba en la influencia que los sonidos pueden tener en el sabor de lo que comemos o bebemos, también puede funcionar en el sentido contrario. Así que es buen momento para tomar una copa de champán si escuchamos lounge, una copa de vino si nos ponemos a Sinatra, un bourbon para escuchar a John Lee Hooker o un vaso de agua Evian si lo nuestro es el indie.

Hazte pruebas

La gente que escucha música a menudo, y sobre todo, los profesionales, están acostumbrados a aislar determinados elementos de la mezcla musical y a hacerse preguntas sobre lo que escucha. El oído poco entrenado suele dar al botón de Play y olvidarse, pero hay una serie de pruebas que podemos plantearnos para aguzar el oído: ¿qué clase de ritmo tiene la canción? ¿Qué es lo que está tocando el solista? ¿Serías capaz de cantar la melodía? ¿La progresión armónica te suena de otras canciones (piensa que en la música popular dichas progresiones son muy limitadas)? ¿Qué instrumentos suenan? ¿Qué elementos se repiten a lo largo de la canción? ¿En qué momentos la dinámica de la canción desciende? ¿Se te está haciendo corta o larga la canción que estás escuchando (la música rápida, paradójicamente, ralentiza el paso del tiempo)?

Desarrolla tu memoria

En 1982, el compositor Elliott Schwartz publicó Music: Ways of Listening, en el que proporcionaba algunos trucos para mejorar nuestro entendimiento musical. Aunque muchos de ellos estaban orientados a músicos de clásica, otros pueden ser adoptados por cualquier oyente, como es el caso del desarrollo de la memoria musical. Schwartz asegura que esta se puede mejorar recordando patrones familiares, relacionando nuevos eventos en una canción con otros antiguos (por ejemplo, un nuevo solo de guitarra con otro que ya se ha escuchado) y preguntándonos por la duración de cada sección del total.

Una buena forma de entender cómo funciona una canción, en especial su sistema rítmico y sus arreglos, es compararla con otras versiones del mismo tema

El contexto lo es todo

Nuestro humor y capacidad de atención varían a lo largo del día. Por eso, si de verdad queremos entender un disco, debemos intentar encajarlo en diversos aspectos de nuestra vida: por la mañana nada más levantarnos o a última hora de la noche, conduciendo el coche o en la cama con cascos, en un día de lluvia mientras nos tapamos con una manta o disfrutando del sol veraniego en el parque, la música puede sonar totalmente distinta según el contexto en el que nos encontremos.

Escucha discos en vivo, remezclas y versiones de otros artistas

Una buena forma de entender cómo funciona una canción, en especial su sistema rítmico y sus arreglos, es compararla con otras versiones del mismo tema. ¿Qué se conserva y qué es totalmente diferente? ¿Por qué determinado grupo ha decidido cambiar algunas cosas en directo y conservar otras? ¿Por qué James Murphy o Timbaland se han ganado una gran reputación por sus remezclas? Una prueba sencilla: intenta comparar la archiconocida versión de Unchained Melody de los Righteous Brothers con la trepidante revisión de Vito & the Salutations

Pon el botón de shuffle

Es otra manera de decir que hay que forzar las casualidades significativas. Los surrealistas utilizaban como herramienta métodos que favorecían la unión de conceptos dispares entre sí; es la famosa definición del movimiento como “el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección”. A veces, nos acostumbramos a escuchar los discos en orden, de principio a fin, o a poner una lista de canciones en el mismo orden. Si forzamos encuentros casuales, quizá nos demos cuenta de que cierta música irlandesa se parece más de lo que pensamos a Kraftwerk. Algo semejante puede hacerse con las listas de reproducción que aplicaciones como Spotify permiten. Si haces una playlist de canciones sobre tartas, por ejemplo, puedes llegar a juntar a Drake con Marilyn Manson o Bob Dylan

Déjalo reposar

En este artículo, el escritor David Santistevan recomienda escuchar tres veces algo antes de formarse una opinión, aunque otros periodistas seguramente elevarían dicho umbral. El veterano crítico musical Diego Manrique ha recomendado en repetidas ocasiones dejar reposar los discos para poder formarse una opinión real sobre ellos: aquello que en un momento de tristeza te pudo parecer banal y simplón, dos semanas después, cuando estás de vacaciones y tus problemas se han esfumado, puede sonar a melodía celestial a nuestros oídos. La buena música resiste el paso del tiempo y, sobre todo, suena igual de bien en situaciones vitales muy diferentes.

Alma, Corazón, Vida

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